El silencio duró apenas un instante antes de quebrarse con un sonido húmedo, como carne desgarrándose. Del suelo, entre la grieta, surgió algo que parecía una mano… aunque no lo era. Era una amalgama de nervaduras, venas y raíces te?idas de verde oscuro, que se movían como si buscaran respirar.
Nadir dio un paso al frente.
—No retrocedan. —Su voz, antes tranquila, ahora era una orden pura.
Maribel intentó hablar, pero su garganta se secó al ver la figura que emergía lentamente del polvo. Tenía cuerpo humano, aunque su piel estaba cuarteada, plagada de grietas por donde emanaba una luz esmeralda, como si el alma misma se le escapara. En su pecho, incrustada como un corazón falso, la piedra verde latía.
Aether retrocedió, los ojos abiertos de par en par.
—Esa… piedra… —murmuró—. Es igual a la de papá.
Maribel lo miró con sorpresa, pero no tuvo tiempo de preguntar.
La criatura levantó el rostro. Era un semihumano, pero sus facciones estaban deformadas. Mitad hombre, mitad bestia, con colmillos rotos y ojos de un verde antinatural. Cada respiración que exhalaba dejaba un vapor denso que olía a hierro caliente.
—Tanta pureza en este lugar... —susurró el ser, su voz distorsionada, casi doble—. Tanta energía desperdiciada.
El suelo tembló. Nadir se adelantó, extendiendo una mano.
—Chicos, llévense al ni?o. No miren atrás.
—?Pero maestro!— protestó Maribel.
Nadir sonrió apenas.
—Un maestro no florece encerrado en su cueva. De vez en cuando, debe regar con sangre el jardín del mundo.
Aether quiso hablar, pero Richard lo tomó en brazos. Maribel, resistiéndose, dio un paso atrás, sin apartar la vista de Nadir. Lo vio trazar un símbolo en el aire. Sus dedos dejaron un rastro dorado que cayó al suelo, encendiendo el polvo como brasas.
Entonces ocurrió.
De las raíces secas, de los troncos carbonizados y las flores muertas, brotó una vida violenta. Las plantas revivieron, pero no con verdor, sino con fuego. Las ramas ardían sin consumirse, las espinas chispeaban como carbones. El aire se llenó de un sonido que no era rugido ni canto: era el crepitar de la naturaleza vengándose.
El semihumano rió.
—?Fuego contra mí?— Su piel cambió de tono, volviéndose oscura como metal oxidado—. Yo ya fui quemado por los cielos.
Nadir no respondió. Con un gesto, las raíces ardientes se alzaron como serpientes y se abalanzaron sobre él. Cada vez que tocaban la carne del enemigo, el fuego se tornaba verde, robado.
El aire se saturó de energía espiritual. Maribel lo sintió en el pecho, un pulso que golpeaba su corazón como un tambor.
??Váyanse!?
gritó el sistema, esta vez dentro de la mente de todos, amplificando la voz de Nadir. Su calma habitual rota por la amenaza de muerte sobre sus protegidos.
Aether se aferró a ella.
—él va a morir…
—No —dijo Maribel, obligando a su voz a mantenerse firme—. él está ganando tiempo.
La luz creció detrás de ellos, cegadora, como si el bosque entero hubiese estallado en un amanecer falso.
Dentro del fuego, Nadir respiraba hondo. Sus ojos estaban cerrados, su piel cubierta de grietas doradas.
—Las raíces del mundo no mueren… solo esperan un cultivador digno.
Sus manos se hundieron en la tierra quemada, y de su espalda brotaron ramas doradas, retorcidas, brillando con energía vital. Las plantas secas lo rodearon, fundiéndose con su qi. Se movían como un solo cuerpo, un bosque en forma humana.
El semihumano rugió, su piedra latiendo con furia.
—?Tu fuerza no puede detenerme!
This novel is published on a different platform. Support the original author by finding the official source.
—No intento detenerte. —Nadir abrió los ojos, y su voz retumbó como el trueno—. Solo quiero ver de qué estás hecho.
Las raíces llameantes lo envolvieron, y por un instante, todo fue luz. El grito que siguió no fue humano.
Cuando el humo se disipó, lo que quedaba del villano era solo un cuerpo vacío, hecho de sangre seca. Un mero clon.
Nadir jadeó, agotado.
—Así que… solo una sombra… —susurró, mirando la piedra caída entre los restos.
Pero antes de que pudiera tocarla, la piedra vibró y se disolvió en humo verde, escapando hacia el cielo. El verdadero enemigo había huido.
Nadir cayó de rodillas, apoyándose en una raíz ardiente que aún se movía débilmente.
—Astuto, muy astuto… informaré de esto luego.
Miró en dirección a donde Maribel y los demás habían huido. Una sonrisa, leve pero genuina, se dibujó en su rostro.
—Al menos… los jóvenes aún florecen.
El fuego lo envolvió, y su figura se desvaneció entre el resplandor anaranjado, mientras las raíces cantaban su último crepitar.
El viento olía a ceniza y hierro. Maribel corría con Aether en brazos, sintiendo cómo el suelo aún vibraba bajo sus pies. Amara iba delante, los ojos nublados, respirando con dificultad. Richard cerraba el grupo, con una espada envuelta en qi tenue, apenas estable.
El bosque que los rodeaba era un cadáver. Las ramas parecían manos extendidas, buscando algo que ya no existía. El cielo, cubierto por nubes grises, dejaba filtrar una luz pálida que te?ía todo de un verde enfermizo.
Aether temblaba.
—?El maestro…?
—Está bien —mintió Maribel, con la voz baja y firme—. él siempre vuelve.
Amara se detuvo de golpe.—No… —susurró—. Algo viene.
Maribel sintió la piel erizarse. No era el viento. Era una presencia. Un eco. El sistema dentro de su mente susurró con un tono distorsionado:
[Alerta: Fluctuación espiritual anómala. Qi residual detectado. Nivel: Alma Naciente.]
Richard desenfundó del todo, sin tiempo de preocuparse por la extra?a voz.
—?El maestro...?
—No —dijo Maribel—. Esto es distinto.
Entre la neblina, una figura avanzó tambaleante. Tenía el mismo rostro que el enemigo anterior… pero su piel estaba más oscura, como si se estuviera descomponiendo desde adentro. Cada paso que daba dejaba un charco verde que humeaba.
—No puede ser… —murmuró Richard—. Lo quemamos.
—No. Lo limitamos. —Maribel frunció el ce?o—. Ese no es un cuerpo nuevo… es el mismo qi.
El semihumano levantó la cabeza, y sus ojos se abrieron en una línea vertical.—Qué astuto era ese viejo… —dijo con voz hueca—. Pero no puede matarme sin morir conmigo. Su mirada se posó en ellos.—Tú. —Se?aló a Aether—. Tienes un aroma familiar… ?Acaso sabes quién duerme en tu sangre?
Aether retrocedió, llorando en silencio. Maribel lo ocultó tras de sí.—No lo toques.
El villano sonrió, mostrando dientes como fragmentos de vidrio.—Oh, lo haré. Necesito lo que me robó. Su voluntad se niega a morir mientras sigan respirando. Así que primero necesito vuestro poder para tomar el de él.
El aire se deformó. La presión espiritual lo aplastaba todo. Maribel apenas podía moverse. Richard tosió sangre. Amara cayó de rodillas, con los ojos brillando de azul: una precognición abrupta.
—Nos alcanza… nos mata… —susurró, temblando—. Nos mata uno por uno.
Maribel apretó los dientes.—Entonces haré que no quiera hacerlo.
Se arrodilló, cerrando los ojos. El aire alrededor de ella se volvió espeso, como si la realidad misma se replegara. Sus dedos trazaron un círculo invisible. Una palabra se materializó: “Deseo”.
La tomó… y la rompió.
El semihumano se detuvo. Su rostro se contrajo, confuso. Su respiración se volvió irregular. Los ojos se apagaron un instante, como si hubiera olvidado por qué estaba allí.
Richard lo vio y aprovechó el momento, lanzándose con una estocada y usando casi todo su poder en ello. El acero atravesó la carne, pero el villano no sangró: su cuerpo era más niebla que carne.—Impresionante —dijo, riendo—. Pero fue inútil.
Maribel intentó mantener la concentración y miró al cielo.
?Promesa? susurró en su mente, tratando de tejer un hilo entre ellos. ?Mientras respiremos, nadie caerá.?
El concepto se ancló. Un lazo invisible unió sus almas por un instante y algo pareció cambiar en el mundo.
El semihumano rugió, extendiendo una garra que distorsionó el aire. La presión quebró los árboles cercanos, y el suelo se abrió, revelando raíces calcinadas.
De pronto, una vibración recorrió el suelo. Las raíces muertas se movieron.
Amara alzó la cabeza.
—?él… sigue aquí!
Desde la tierra emergió una figura de ramas secas y ceniza. El rostro era apenas un relieve humano, pero los ojos… los ojos brillaban dorados.
La voz de Nadir resonó, profunda y distante:
—Te dije que el jardín del mundo siempre reclama lo suyo. Y no se que hiciste, pero ahora incluso los cielos te detestan.
El villano se volvió con furia.
—??Tú!? ?Imposible! ?Estabas muerto!
Nadir —o lo que quedaba de él— sonrió, una sonrisa tallada en madera viva.
—Soy el Maestro Soberano de las Hierbas Secas. La muerte no es mi final… solo mi estación.
Las raíces ardieron otra vez, envolviendo al semihumano. Maribel retrocedió con los demás, cubriendo los ojos de Aether. El grito que siguió fue mitad humano, mitad animal… y duró demasiado.
Cuando todo se calmó, solo quedó silencio. El cuerpo vegetal de Nadir se inclinó lentamente, mirando hacia ellos.
—Vayan. El bosque los ocultará. Yo… necesito tiempo.
Maribel asintió, temblando.
—Sí, maestro.
Nadir sonrió con serenidad.
—El enemigo no ha muerto. Pero ya sangra. Eso nos da ventaja.
La figura se disolvió en hojas que se deshicieron al viento, dejando solo un murmullo entre los árboles:
—Florezcan… mientras aún haya tierra.
El bosque parecía dormir, pero no había sue?o en él. Solo raíces cansadas y hojas que se desmoronaban como piel vieja.
Maribel se dejó caer junto a un tronco hueco. El aire era pesado, casi irrespirable. Amara respiraba agitadamente, con la mirada perdida. Richard había improvisado una peque?a barrera de qi para ocultar su presencia, pero su cuerpo temblaba; la última pelea lo había dejado agotado.
Aether dormía sobre el regazo de Maribel, pero incluso en sue?os se aferraba a su túnica, con los nudillos blancos. Ella le acarició el cabello, y por un instante, el miedo se disolvió.
Solo por un instante.
Porque entonces escuchó la voz.
?Te advierto, Maribel. Has sobrepasado tu límite de manipulación conceptual. Nivel de interferencia: crítico.?
La voz del sistema sonaba humana otra vez, como una respiración contenida.

