Las ciudades del sur estaban desordenadas, por decirlo de forma amable. En realidad, Maribel sintió que su corazón se hundía: un cambio drástico en su estado anímico que todos en el grupo compartieron.
A medida que el ave descendía, el aire se volvió más pesado. Desde las alturas, la ciudad del sur se veía como una mancha gris entre las colinas: techos derrumbados, calles torcidas y un silencio tan espeso que parecía absorber incluso el sonido del viento.
Cuando aterrizaron, el olor los golpeó primero. Era una mezcla sofocante de madera podrida, hierro oxidado y carne que alguna vez fue humana. El suelo estaba cubierto por una capa de barro oscuro, tan espeso que los pies se hundían con un sonido húmedo y desagradable. En algunos puntos, el agua estancada reflejaba el cielo, como si la ciudad intentara recordar cómo era el mundo cuando estaba limpio.
Las casas —de piedra tosca y madera ennegrecida por el fuego— parecían al borde del colapso. Las vigas se doblaban, los muros estaban cubiertos de moho y las puertas, si aún colgaban, lo hacían sostenidas por un solo clavo oxidado. A lo largo de la calle principal había carretas volcadas, con las ruedas medio sumergidas en el fango.
—No hay nadie… —murmuró Amara, bajando la voz sin saber por qué.
No había cuerpos, pero todo gritaba muerte. En los callejones, el eco del goteo constante se mezclaba con el sonido de alas peque?as: insectos carro?eros que aún trabajaban, incansables. Moscas enormes y lentas zumbaban sobre los restos secos de lo que alguna vez fue un mercado. Entre los tablones rotos, ratas de pelaje grasiento corrían y desaparecían bajo las ruinas.
Maribel notó un detalle que le erizó la piel: no había huellas recientes. Nadie había pasado por allí en días, tal vez semanas. Y aun así, las puertas abiertas de las casas se movían suavemente con el viento, como si alguien acabara de salir.
Más adelante, la sede de la secta local se alzaba como una sombra del pasado. Las torres que alguna vez fueron blancas estaban ahora cubiertas de hollín. Los pabellones se habían desplomado uno tras otro y, entre las piedras, se colaban raíces negras y retorcidas, como venas que bebían de la tierra.
Aether se aferró a Maribel, temblando.
—Maribel… no siento pájaros en el cielo.
Ella levantó la vista y comprendió lo que quería decir. El cielo, antes tan vasto y vivo, ahora parecía una losa inmóvil. No había cantos, ni alas, ni siquiera el zumbido de un insecto.
Richard avanzó unos pasos, con la mano ya sobre la empu?adura de la espada.
—Esto no fue una batalla… —dijo en voz baja—. Fue un drenaje.
—?Drenaje? —preguntó Amara.
—Sí —respondió Nadir, sin apartar la mirada del suelo—. Cuando algo absorbe toda la energía vital de un lugar. Personas, animales, incluso la hierba… todo desaparece. Solo queda la cáscara.
Y tenía razón. Las flores, los árboles, incluso los insectos muertos parecían secos, sin color, como si les hubieran robado el alma.
A lo lejos, el viento arrastró una voz rota. No era humana. Sonaba como una carcajada que se disolvía en el aire antes de poder ser entendida.
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Maribel sintió cómo el sistema se activaba en su mente.
[Alerta: presencia de energía residual. Entidad no identificada. Nivel de peligro: Alma naciente.]
Su respiración se detuvo por un instante. Miró al maestro Nadir, pero él ya había cerrado los ojos, concentrado, intentando percibir algo más allá de lo visible.
Cuando los volvió a abrir, sus pupilas eran finas como las de un depredador.
—No bajen la guardia —dijo—. Este lugar no está vacío… solo está esperando.
Avanzaron en silencio. Con cada paso, el aire parecía volverse más denso. No era solo el olor; era algo más profundo, como si el ambiente respirara despacio… pero sin pulmones.
El barro se volvió más oscuro, pegajoso, casi negro. Aether fue el primero en notarlo.
—Esto no es barro…
Sus ojos brillaban con un leve tono guinda mientras observaba la textura viscosa adherida a las botas.
Maribel bajó la mirada. Lo que habían creído fango era, en parte, sangre seca, arrastrada por la lluvia y mezclada con la tierra. Cuando todos levantaron la vista hacia la monta?a, la dirección se volvió clara.
A medida que se acercaban a la antigua secta, el terreno cambiaba. La vegetación, que antes moría de forma natural, ahora estaba torcida y rígida. Las raíces parecían petrificadas. Las flores eran manchas grises, y los árboles exhalaban un olor agrio, como carne en descomposición. Se suponía que después del invierno llegaba la primavera, pero aquello no se parecía a ella.
—El flujo de la vena espiritual… —susurró Nadir, arrodillándose y posando una mano sobre el suelo—. Fue cortado. No… peor. Fue absorbido.
Richard frunció el ce?o.
—?Por quién?
—Por algo que se suponía estaba sellado —respondió el anciano, con un tono tan bajo que parecía hablar para sí mismo.
El viento sopló y, con él, llegó un murmullo. No era un sonido natural. Era como si las piedras intentaran hablar, como si los muros recordaran. Un lamento arrastrado, suave… humano.
Maribel se detuvo, con los ojos abiertos.
—?Escucharon eso?
Nadie respondió. Todos lo habían oído.
El aire tembló durante un segundo y el sistema habló de nuevo en su mente:
[Energía espiritual distorsionada.]
[Residuos de consciencia colectiva detectados.]
[Advertencia: esta zona posee memoria.]
??Memoria??, pensó Maribel.
El entorno cambió ante sus ojos.
Ya no vio ruinas, sino personas. Sombras sin rostro repetían gestos cotidianos: una mujer arrodillada lavando ropa, un ni?o corriendo, un discípulo practicando con una espada invisible. Todo era silencioso. Todo era gris.
Y todos sangraban.
Lentamente, sin dolor aparente, la sangre flotaba fuera de sus cuerpos y se elevaba hacia un punto en el cielo, en dirección a una figura borrosa envuelta en una túnica oscura. En su mano, una piedra verde brillaba con una luz enfermiza. Dentro de ella, algo se movía.
El aire vibró. La visión se deshizo.
Maribel jadeó y cayó de rodillas. Aether corrió para ayudar, pero ella levantó una mano, pálida y temblorosa.
—Lo vi… —dijo con la voz quebrada, mientras su mirada se dirigía al pabellón central—. Vi cómo murió esta ciudad.
Nadir permanecía inmóvil, observando los restos ennegrecidos del pabellón. Allí, entre los escombros, el suelo formaba un espiral irregular de tierra reseca y sangre seca. En el centro, un altar de piedra representaba a un lobo devorando la luna; entre sus fauces había un espacio vacío, destinado a incrustar algo.
El epicentro.
—La estatua… —dijo Richard, alzando la vista—. Lo que sea que usó ese hombre, está en algún lugar de aquí.
—No —corrigió Nadir con voz fría—. Aún está funcionando.
Un crujido resonó a lo lejos. Luego otro, más cercano. Las paredes comenzaron a vibrar con un sonido similar al de un corazón latiendo… pero sin ritmo.
Aether retrocedió, asustado.
—Algo… se está moviendo bajo tierra.
El sistema volvió a hablar en la mente de Maribel, esta vez con una nota clara de alarma:
[Presencia vinculada a fragmento de alma detectada.]
[Posible interferencia de alma atrapada.]
[No mires directamente al centro.]
Maribel no entendió por qué… hasta que lo hizo.
Una grieta se abrió frente a ellos, y de ella brotó una luz verde. No cálida ni viva, sino como el reflejo de un pantano iluminado por la luna.
Y desde su interior, una voz habló. No en el aire. No en sus oídos. Sino dentro de sus pensamientos.
—Devuélvanme lo que respiraron.

