La ma?ana llegó con un brillo nuevo, aunque el sol apenas lograba filtrarse a través de la densa mara?a de hojas que tejían un techo verde sobre el bosque. Los árboles eran colosos milenarios, de troncos anchos como torres y ramas que se entrelazaban en lo alto, ocultando el cielo como si quisieran proteger a la tierra de miradas ajenas.
Nhun se había levantado con las primeras luces del alba. Sentada sobre una roca cubierta de musgo, se inclinaba sobre un cuaderno gastado, donde trazaba anotaciones con manos rápidas y precisas. Entre símbolos, traducciones y antiguos glifos, su mente se mantenía ocupada, refugiada del dolor que amenazaba con alcanzarla en los momentos de silencio.
El crujido de hojas secas la sacó por un momento de su concentración. Cáliban emergía entre los árboles, arrastrando un ciervo de pelaje rojizo y dos cabezas simétricas que colgaban sin vida.
—He traído el desayuno… —anunció, dejando caer al animal con un golpe seco.
—Ajá… —murmuró Nhun sin apartar los ojos del mapa —Déjalo ahí.
Cáliban se arrodilló y comenzó a preparar el venado, cuando un grito de júbilo quebró la quietud.
—?Por fin! ?Lo terminé!
El líder alzó la mirada, intrigado.
—?Has traducido todo el mapa?
Nhun soltó una carcajada breve, divertida por su ingenuidad.
—?Todo? Por favor… ?Quién crees que soy? Solo descifré la zona donde estamos ahora. Pero mira esto…
Se acercó con pasos ligeros y le tendió el cuaderno con las anotaciones al líder. Cáliban lo tomó con ambas manos, examinando los símbolos antiguos junto a las anotaciones garabateadas con tinta oscura. Una frase destacaba entre las marcas. Justo al pie de una monta?a envuelta en niebla, podía leerse:
“Cuidado de no despertar a la bestia que duerme en el abismo.”
Cáliban frunció el ce?o.
—?Estás segura de que eso es lo que dice?
—Bueno… no al cien por ciento. Pero es lo más cercano que pude descifrar. —Le sostuvo la mirada con firmeza —?No te quejes! Hice lo mejor que pude.
él asintió, dejando escapar un leve suspiro.
—No me quejo. Has hecho un buen trabajo… muy bien hecho, Nhun.
La elfa agitó las orejas con una alegría que no pudo ocultar. Una sonrisa se dibujó en su rostro, iluminándolo como un rayo de sol entre las ramas. Cáliban volvió al mapa. Cinco frases se esparcían por la zona donde se encontraban, pero una llamó especialmente su atención. La marca que se?alaba el gran árbol sagrado decía:
“Gloria a la Madre Sol, que nos ilumina desde nuestro santuario…”
—?Crees que haya un santuario ahí? —preguntó Nhun, entornando los ojos hacia el símbolo grabado junto al árbol en el mapa.
—Es posible… —respondió Cáliban, pensativo —Tal vez existió una civilización que veneraba a una diosa solar y usaban el árbol como un templo sagrado.
La elfa frunció el ce?o mientras leía en voz alta la siguiente inscripción, oculta entre los pliegues de la espesa bruma dibujada en el mapa:
—“Muerte a todo aquel que pise terreno y no sea iluminado…” —guardó silencio —?Qué crees que signifique?
—?Luz… iluminación espiritual? ?Tal vez se refiera a un conocimiento interior, o a un camino guiado? No lo sé… es difícil saberlo sin más pistas. —murmuró Cáliban.
Después, su mirada se posó en la monta?a negra. Dos frases, escritas en tinta más oscura, parecían entrelazarse como advertencias gemelas:
—“Cuidado con despertar a la bestia de los… ?Colmillos torcidos?”... “?Prohibido acercarse!”
Cáliban alzó la ceja y miró a Nhun con una mezcla de escepticismo y respeto.
—No me mires así. Eso es lo que pude descifrar… —se defendió ella, encogiéndose de hombros —Las runas estaban borrosas.
Por último, sus ojos se detuvieron en la marca más cercana a su posición actual. Las palabras estaban trazadas con líneas firmes y agresivas:
—“Cuidado con los Marcas Rojas. Ellos no permitirán el paso…”
—?Marcas Rojas? ?Serán alguna clase de monstruos… o guardianes?
—Lo descubriremos. Por ahora dejaremos la comida. Avancemos antes de que se haga más tarde.
Nhun asintió sin decir palabra y comenzó a recoger su tienda. Cáliban hizo lo mismo. Cuando estuvieron listos, se internaron hacia la base de la monta?a. El ascenso era empinado, traicionero, pero no representó gran problema con el equipo de escalada. El viento susurraba entre las rocas, como si la monta?a les hablara en una lengua antigua.
—?Oye! —gritó Nhun mientras se aferraba a una saliente —??Cuánto tiempo tengo para darte una respuesta?!
—No lo sé… ?Cuánto tiempo necesitas?
—?Es solo que… mi padre… no quiero dejarlo solo!
—?Qué pasa con tu padre? —preguntó Cáliban, sin aliento, mientras se sujetaba del último saliente rocoso.
Nhun intentó incorporarse, pero la pendiente era tan abrupta que no encontraba un punto firme donde apoyarse.
—Ven… súbete a mi espalda. —indicó él, extendiendo un brazo.
Con esfuerzo, Nhun se acomodó sobre los hombros del líder. Cáliban se impulsó, aferrándose al filo del pico con ambos brazos, dejando que ella pudiera observar desde una posición más alta.
—Bueno, yo… —comenzó a decir, pero Cáliban la interrumpió suavemente.
—Esa conversación la dejaremos para cuando bajemos. Ahora concéntrate… Dime, ?Qué ves?
Desde su posición, Nhun recorrió el horizonte con la mirada. Se sentía como si flotaran sobre un océano verde e inmóvil. La copa de los árboles era tan alta que parecía cubrirlo todo como una alfombra viviente, densa y sin fin.
—Mierda… todo aquí es descomunal… no veo ni una… ?Espera!
Entrecerró los ojos. A lo lejos, en dirección norte, una figura centelleaba como un espejismo. Una criatura alada, compuesta enteramente de agua cristalina, se elevaba danzando sobre el follaje. Tenía la forma majestuosa de un águila, sus alas reflejaban la luz como si cada pluma fuera una onda líquida.
—Creo que veo algo… está al norte.
—?Estás segura?
—?Hay una maldita águila azul, agitando las alas como si nos estuviera rogando que vayamos hacia allá!
Cáliban esbozó una media sonrisa.
—Bien. Si ese es el caso…
Movió el cuerpo con decisión, y un repentino vértigo se apoderó de Nhun.
—?Eh! ??Qué haces?! —gritó ella, con pánico en la voz.
—Buscar una forma más rápida de bajar…
Sin esperar respuesta, Cáliban flexionó las piernas y se lanzó al vacío. El viento silbó entre sus oídos mientras descendían en picada. Nhun se aferró a él con desesperación, con los ojos abiertos en par mientras el suelo se aproximaba a una velocidad aterradora.
Cuando el impacto parecía inevitable, Cáliban desenrolló una de sus cadenas y la lanzó con precisión. El metal se enredó firmemente en una de las ramas gruesas de un árbol colosal. El impulso los hizo balancearse como péndulos vivientes entre los árboles, cruzando el bosque con una velocidad vertiginosa. Las sombras y la luz pasaban a su alrededor como ráfagas de un sue?o en fuga, mientras el suelo, por ahora, quedaba fuera de su alcance.
—??Estás loco?! ?Casi me matas del susto! —exclamó Nhun, aferrada a su espalda, temblando de furia.
—?Ja, ja, ja! ?Tranquila, todo está bien! —respondió Cáliban con una risa despreocupada.
—??No podías, al menos, avisarme antes de lanzarte al puto vacío?!
—Jamás hubieras estado lista. —replicó él, aún sonriendo.
Se deslizaban entre los árboles como sombras veloces, columpiándose con precisión. Nhun se aferraba con pies y manos al cuerpo de Cáliban, apretando los dientes y maldiciéndolo en silencio con cada salto que daba. Después de varios minutos, mientras se balanceaban entre las ramas, Cáliban sintió algo distinto. Una energía mágica densa, vibrando suavemente en el aire como si el bosque respirara otro idioma. Sin pensarlo dos veces, retiró las cadenas y aterrizó firmemente sobre la hierba húmeda del suelo.
—Muy bien, Nhun… parece que ya llegamos. —anunció, con voz más seria.
Nhun no se movía. Seguía temblando violentamente, aferrada a él como si el suelo aún no existiera bajo sus pies.
—Nhun… ya está, hemos aterrizado.
—?No! —gritó sin abrir los ojos —?Si me bajo, vas a lanzarme por otro risco o nos harás nadar entre tiburones mágicos o alguna estupidez parecida!
—Tranquila… ya estás a salvo, lo prometo.
Nhun entreabrió un ojo con cautela. Al confirmar que estaban en tierra firme, se soltó bruscamente, bajó de su espalda y corrió directo hacia un arbusto cercano, donde vomitó sin contenerse. Cáliban se acercó en silencio, posando una mano en su espalda mientras ella se recuperaba.
—Bastardo… eso fue… —respiraba entrecortadamente —Eso fue imperdonable. No lo vuelvas a hacer… —escupió las palabras con rabia y desprecio.
—Bien, bien… lo prometo. —murmuró él, sabiendo que no era del todo cierto.
Nhun se limpió la boca con el dorso de la mano y caminó a su lado en silencio, internándose en la espesura. El bosque los envolvía con su misterio. Miraron hojas enormes, raíces retorcidas, y un aire cada vez más denso y cargado.
De pronto, Cáliban extendió un brazo, deteniéndola.
—?Qué sucede?
—Mira con atención…
Ella frunció el ce?o, desconcertada. Dio un par de pasos, afinando la vista. Entonces lo vio, frente a ellos, como una ondulación en el aire, se alzaba una pared ilusoria. Una especie de velo mágico flotaba entre los árboles, moviéndose con una calma inquietante.
—?Una barrera? —preguntó Nhun, frunciendo el ce?o.
—Eso parece… —asintió Cáliban, acercándose con cautela —Alguien colocó un velo de ocultación. Eso explicaría por qué no podíamos encontrar el árbol…
—?Crees que deberíamos cruzarla?
—No tenemos otra opción.
Ambos avanzaron, atravesando el umbral espeso y brumoso que flotaba como una cortina etérea entre los árboles. Al pasar, la visión de Nhun se estremeció. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sus ojos se posaron en lo que ocultaba la barrera. Una ciudadela en ruinas, fría, marcada por cicatrices antiguas de una guerra feroz.
Frente a ellos, en la cima de la ciudad, se alzaba un árbol colosal, sus hojas brillaban con una luz pulsante, como si exhalaran su último aliento.
—Parece que llegamos… —murmuró Nhun, sin aliento.
—No bajes la guardia… avancemos. —ordenó Cáliban, con tono bajo pero firme.
Se internaron en las calles de lo que alguna vez fue una ciudad esplendorosa. La arquitectura irradiaba un aura antigua, majestuosa incluso en la decadencia. A cada paso, los ecos del pasado los observaban desde las sombras. Nhun se detuvo al ver cuerpos esqueléticos esparcidos por los caminos de piedra agrietada.
—?Qué demonios pasó aquí? —susurró —Parece que hubo una masacre…
Se arrodilló junto a un par de esqueletos. Estaban enfrentados, sus armas aún parecían estar encajadas en los restos del otro.
—Parece que se mataron mutuamente. ?Una guerra…?
—Eso parece… —respondió Cáliban, con la mirada perdida.
Había algo en el ambiente que lo trastornaba. Ecos lejanos de gritos, espadas chocando y plegarias desesperadas resonaban en su mente. Caminó entre cadáveres vestidos con armaduras resplandecientes y oscuras, fundidas en el suelo como un río congelado de muerte. La ciudad, aunque muda, gritaba su historia.
Un silencio ominoso impregnaba las calles. Y en el aire flotaba un hedor intangible, no a carne, sino a desesperación antigua, como si el mismo tiempo se hubiese estancado ahí, observando sin intervenir.
Nhun caminaba despacio, con el corazón encogido. La arquitectura la tenía fascinada. Altos torreones, vitrales rotos, estructuras elegantes y curvilíneas que no se parecían a nada que hubiera visto jamás… aunque tampoco era experta en construcciones élficas.
—Cáliban… —dijo con voz suave —?Por qué viniste aquí?
Pero no recibió respuesta. él había detenido su andar, con los ojos fijos en el camino que llevaba hacia una gran catedral al fondo de la ciudad junto al gran árbol. Sus sentidos se nublaban. Voces susurrantes lo rodeaban, como murmullos de fantasmas atrapados en un ciclo eterno, contándole historias que nadie más podía oír.
—Iremos allí… —anunció Cáliban con voz firme.
No esperó respuesta ni objeción. Se adelantó, guiado por los susurros que sólo él podía oír, como si la ciudad misma le hablara desde sus ruinas. Nhun lo siguió, observando su mirada distante y sus ojos endurecidos como acero viejo. Algo dentro de él se removía… y no sabía si debía temerlo.
Llegaron al extremo más lejano de la ciudadela, donde se extendía una escalinata monumental. Cada pelda?o, erosionado por el tiempo, conducía hacia la cima, donde una antigua catedral aguardaba bajo la sombra viva del gran árbol, cuyas hojas pulsaban con una luz moribunda.
Cada escalón era un castigo para Nhun. Jadeaba, sudaba y se quejaba mientras subía.
—?Mierda! ?Por qué tenían que hacer tantas escaleras? ?Un maldito elevador no habría sido tan blasfemo!
—La gente venía aquí a orar… —dijo Cáliban sin volverse —Veneraban a una entidad que representaba a este árbol.
Nhun frunció el ce?o.
—?Cómo sabes eso? ?Has estado aquí antes?
—Deberías haberlo adivinado ya. No es la primera vez que veo un culto así…
Finalmente llegaron a la cima. La catedral emergía imponente, aún en ruinas. A pesar de su estado, brillaba con el eco de un pasado glorioso. Sus vitrales rotos dejaban pasar la luz del árbol, te?ida de dorado. Las columnas agrietadas sostenían bóvedas altas que murmuraban oraciones olvidadas.
Cáliban se dirigió al altar central. Allí, rodeado de símbolos solares y huesos blanqueados por el tiempo, descansaban cuerpos que narraban una historia sin palabras. Nhun se detuvo en seco al ver los restos de una madre abrazando a su hija, sus calaveras reposaban juntas en un último gesto de amor y desesperación.
—Esto… —murmuró, con la voz temblándole —Esto fue una batalla…
—No fue una batalla… —interrumpió una voz profunda, densa, cargada de ecos que resonaron como campanas funerarias entre los muros —Fue una masacre.
Ambos reaccionaron de inmediato, adoptando posturas defensivas.
—??Quién eres tú?! —rugió Cáliban.
De pie, apoyado sobre el altar, se encontraba un hombre cubierto con una armadura plateada, húmeda y desgastada.
—Vaya… ?Ya no me recuerdas? Eso me entristece profundamente. —dijo con un suspiro teatral.
Sin que pudieran detectarlo, en un parpadeo el caballero desapareció… y reapareció detrás de ellos. Les colocó ambas manos en los hombros, el temor y la sorpresa se adue?ó de Nhun.
—No se preocupen… si quisiera matarlos, lo habría hecho en cuanto cruzaron la barrera.
Cáliban bajó su espada lentamente. No lo hizo por miedo, sino porque sabía, con absoluta certeza, que ese no era un combate que pudiera ganar.
—Nhun… baja la mano. —dijo con voz serena, pero firme.
Ella temblaba. Sus dedos se alzaban con torpeza, y el anillo vibraba ligeramente por el temblor de su brazo. La presencia del caballero frente a ellos era como una sombra viva, una amenaza que no necesitaba moverse para helar la sangre.
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—Pero… —susurró, con la voz quebrada.
—No somos su oponente. —Cáliban habló sin mirarla —Aun si intentaras algo, no cambiaría nada.
Dudando, Nhun bajó el brazo. Se colocó detrás de Cáliban, buscando protección como si él pudiera protegerla. Su cuerpo entero estaba tenso, como si una sola palabra bastará para romperla.
—No has cambiado nada… —musitó el Caballero del Lago, con un tono casi melancólico.
—?Dónde está el mago que me convocó aquí? —preguntó Cáliban, guardando su espada en su anillo con un leve chasquido metálico.
—Tuvo que marcharse. —respondió el caballero, caminando en círculos a su alrededor como un depredador paciente —Asuntos importantes que atender.
Sus pasos eran pesados, pero no hacían eco; cada uno parecía arrastrar consigo un fragmento del tiempo. Los observaba con detenimiento, como si escudri?ara más allá de la carne, juzgando lo que había debajo de la piel y del alma. Bajo su casco de plata marchita, sus ojos ardían con un brillo fantasmal.
—Puedo sentirlo… —murmuró —Sí… realmente eres tú.
—?De qué hablas? ?Quién eres? ?Por qué me trajeron aquí?
El caballero se detuvo.
—?No recuerdas nada? ?Ni este lugar, ni su gente… ni lo que ocurrió aquí?
Cáliban apretó los pu?os. Su mirada se endureció.
—Recuerdo muchas cosas… pero esta no es una de ellas.
—Hmm… —el caballero inclinó ligeramente la cabeza, intrigado —Es curioso. Puedo sentir la esencia, la misma que vi aquella noche. Y sin embargo… ?No es perfecto? Qué lástima…
Un silencio cargado de tensión llenó la catedral. Cáliban dio un paso al frente.
—?Basta de juegos! —su voz retumbó como un trueno, cargada de una energía eléctrica que estremeció el aire. Pero el caballero no se inmutó —?Deja los enigmas y respóndeme! —rugió —?Por qué me han traído aquí?
—Tan temperamental… —comentó el caballero con una voz grave y condescendiente —?Será por haber vuelto a ser adolescente? Sea como sea… calma tus ansias. Si quieres respuestas, sígueme.
Sin más palabras, el Caballero del Lago se dio media vuelta y caminó hacia la parte trasera de la catedral. Sus pasos eran firmes, resonando entre los muros desgastados por el tiempo. Cáliban lo siguió sin vacilar. Nhun, un poco más atrás, caminaba a paso cauteloso, pero su curiosidad era más fuerte que su miedo.
Los pasillos de piedra antigua estaban llenos de tapices rotos, esculturas resquebrajadas y vitrales cubiertos de polvo que una vez proyectaron luz divina. Las reliquias que los rodeaban eran ecos apagados de un esplendor olvidado.
—?Quién eres tú… realmente? —preguntó Nhun, rompiendo el silencio con la voz cargada de duda.
—Dejé de ser digno de mi nombre y de mi título hace mucho tiempo. —respondió el caballero sin girarse —Mi nombre ya no importa. Llámame como quieras…
—Muy bien. —dijo ella, con una sonrisa —Te llamaré Caballero de Armadura Horrible con un Palo en la Espalda.
El Caballero del Lago se detuvo de golpe y frunció el ce?o. Giró levemente el rostro.
—Mejor… llámame Lanzarote.
—Pfff… me gustaba más mi versión. —replicó Nhun, cruzándose de brazos.
Lanzarote soltó un suspiro cansado, el de un guerrero harto de tratar con ni?os insolentes, pero sin energía para rega?arlos. Continuó su andar en silencio. Cáliban, en cambio, observaba los estandartes desgarrados, las paredes ennegrecidas por el fuego, y las marcas de combate que aún manchaban el suelo.
—?Este lugar era una iglesia…? —preguntó en un susurro.
—Sí. —respondió Lanzarote, con un poco de nostalgia en la voz —En tiempos antiguos, los feéricos venían desde tierras lejanas para rendir culto a las Ocho Reinas de las Hadas. Esta catedral estaba dedicada a la Reina de la Luz.
Hizo una pausa, luego se volvió ligeramente hacia Cáliban.
—?Te suena de algo?
Cáliban negó en silencio, sin decir una palabra. Lanzarote lo observó por un instante, luego prosiguió.
—?Qué fue lo que pasó aquí? —preguntó Nhun, impaciente, mirando los restos que decoraban los pasillos como grotescas ofrendas.
—Una masacre… —dijo Lanzarote, con la voz apagada —Los ejércitos del Rey de los Muertos asaltaron la ciudad. Quemaron, arrasaron y destruyeron todo a su paso. Exterminaron a cada criatura del reino de las hadas que aquí residía.
—?Por qué? —interrumpió Cáliban, su voz se tornó más áspera y cargada de una leve tensión —?Qué lo llevó a hacer todo esto?
Lanzarote apretó los pu?os tras la espalda. Por un momento, su respiración pareció volverse pesada. Sus hombros, aunque cubiertos por la armadura, se tensaron levemente, como si reviviera algo que nunca había sanado.
—?Traición? ?Dolor? ?Locura?... Nadie lo sabe. La razón se perdió hace mucho tiempo. —respondió Lanzarote, sin mirar atrás —Luego de que las Reinas llevaran el cuerpo del Rey de los Caballeros al Reino de las Hadas, algo cambió en él. Despertó… pero no como el protector que fue. Despertó con odio y resentimiento en el corazón. Levantó hordas de los Caídos de Camlann… y arrasó la tierra. Desde entonces, esta isla no es más que un páramo desértico, habitado solo por monstruos, horrores… y recuerdos que preferirían permanecer enterrados.
Los ojos de Nhun brillaron, atrapados por la cadencia sombría de la voz de Lanzarote. No sonaba como alguien que contara una leyenda… sonaba como alguien que había estado allí.
—?Cómo se llamaba esta isla?
—ávalon. —dijo Lanzarote.
Nhun se detuvo en seco. Su rostro se transformó en una mueca de asombro absoluto. Giró de inmediato hacia Cáliban, buscando alguna reacción. Pero su expresión era inmutable, como una estatua esculpida en piedra.
—?Quién era la deidad patrona? —preguntó él, con la voz impregnada de una seriedad absoluta.
Lanzarote dudó. El nombre surgió en su mente como un eco cargado de nostalgia y dolor. Sus labios tardaron en moverse, como si pronunciarlo fuera abrir una herida que nunca cerró.
—Tuvo muchos nombres… —murmuró —Fue adorada de muchas formas. Pero siendo uno de los pocos que realmente la conocieron… su verdadero nombre era Nimue.
Por primera vez, la mirada de Cáliban se quebró. Una chispa invisible tembló en sus ojos. Era como si el tiempo se detuviera un instante.
???Hermana mayor?! ?Eso no es posible!?
—?Mentira! —rugió de pronto.
Su voz sacudió los muros de la iglesia como un trueno sagrado. Un pulso divino recorrió el templo, haciendo vibrar las columnas, las piedras y los restos antiguos que colgaban del techo. El aire mismo pareció rasgarse ante su grito.
—?No es posible que ella haya tenido este mundo! ?Nunca oí nada de esto!
—Cá… Cáliban… —susurró Nhun, con la voz temblorosa —Cálmate, por favor…
Pero ya no la escuchaba. Su furia se desató como una tormenta. Sus pasos resonaban como martillos. Sus ojos ardían con un fuego celestial.
—?No permitiré que jueguen con su nombre! ?No dejaré que la manchen con mentiras!
Su aura crepitaba a su alrededor como una tormenta contenida. La catedral entera temblaba ante su ira, y por un momento, hasta el árbol sagrado pareció apagarse levemente, como si también recordará.
Cáliban arremetió con furia en contra del caballero.
Lanzarote alzó una mano con evidente flojera, como si detener a Cáliban fuera un mero trámite. En su mente, pensó que sería fácil. Después de todo, el muchacho ya no poseía el poder que ostentó en tiempos antiguos.
Pero se equivocó.
Cáliban desenvainó su espada con un movimiento limpio y certero. Era una técnica que Lanzarote conocía... aunque había algo nuevo en ella, algo más afilado, más letal. Algo que no había visto antes.
Sin mediar palabra, Cáliban cargó con una furia asesina. La espada cortaba el aire como una promesa de muerte. Lanzarote, obligado, desenvainó su lanza con un destello de energía. El choque fue inmediato y brutal. Filo y punta colisionaron en una explosión de poder que sacudió los cimientos de la catedral, agrietando el suelo como si la tierra misma se partiera bajo sus pies.
—??Qué estás haciendo?! —exclamó Lanzarote, esquivando por poco otro tajo feroz.
—?Asegurándome de que jamás vuelvas a usar su nombre! —gritó Cáliban, sus ojos ardieron con una ira desatada.
Lanzarote retrocedió, girando su lanza para mantener la distancia. Su intención no era herir, pero tampoco podía permitir que lo mataran. Su arma danzaba en sus manos, desatando una lluvia de estocadas veloces y medidas, que Cáliban rechazaba una a una con fuerza abrumadora.
El duelo era desigual… no por falta de habilidad, sino por propósito. Uno buscaba defenderse; el otro, matar.
El combate los obligó a salir de la catedral. El terreno temblaba bajo sus pies. Fragmentos de piedra caían como cenizas, y la energía mágica en el aire comenzaba a volverse espesa y peligrosa.
Cáliban se detuvo un instante, respirando con violencia. Apoyó la espada verticalmente, sus dedos rozaron la hoja con solemnidad. Luego apuntó hacia Lanzarote con un brillo aterrador en sus ojos carmesí.
—?Perforación!
Una energía densa y aguda surgió de la hoja, lanzándose con velocidad imposible. Lanzarote sintió el filo aún a distancia. Reaccionó por instinto. Giró su lanza entre los dedos, haciéndola rotar con tal rapidez que generó un escudo de energía giratoria. La técnica de Cáliban chocó contra él en un estallido de chispas y luz.
—?Detente! —gritó Lanzarote —?No es mi intención pelear!
—?Pero la mía sí!
Sus miradas se encontraron, intensas y crueles. En los ojos carmesí de Cáliban ardía una ira antigua, casi primitiva. Desde la sombra del casco de Lanzarote, un par de ojos azules, brillantes como faroles espectrales, respondieron con calma sobrenatural.
Y entonces, Cáliban lo supo.
—?Un sucio Dullahan se atreve a usar su nombre! —rugió con ira y repulsión.
Lanzarote apenas parpadeó, pero su mente gritaba:
?Ah… sucio mago… ??Cuánto más vas a tardar?!?
Al mismo tiempo, una figura encapuchada recorría los altos pasillos de lo que alguna vez fue la cuna de la esperanza para su pueblo. Caminaba con pasos medidos, envuelto en el eco de un pasado que ya no existía. Se detuvo frente a una pared desquebrajada, donde colgaba un retrato destruido. La imagen de una mujer hermosa, cuyo rostro había sido arrancado con violencia, como si alguien hubiera querido borrar su existencia.
El encapuchado suspiró. Un sonido seco, hueco, cargado de nostalgia por tiempos que jamás volverían.
Con la mano en la espalda, avanzó por el pasillo como un espectro entre ruinas hasta llegar a la sala del trono. Allí lo esperaba el Rey de los Muertos, inmóvil en su trono, como una estatua tallada en muerte y poder. Su cuerpo estaba cubierto por una armadura ceremonial ennegrecida por el tiempo, y sus ojos brillaban como carbones apagados.
Cuando el encapuchado se detuvo ante él, los labios podridos del rey se movieron con la rigidez de un cadáver articulado, y una risa tenue brotó de su garganta como una corriente de aire en una tumba sellada.
—?Hay algo que le parezca gracioso, mi rey? —preguntó la figura con voz grave.
Se retiró la capucha, revelando un cráneo limpio, sin piel ni carne. Sus ojos brillaban con un azul profundo, como brasas mágicas ardiendo en la oscuridad. Sostenía un bastón largo, retorcido, coronado con una piedra que palpitaba suavemente.
—Merlín… —murmuró el rey, con una voz serena y aterradora —Mi viejo amigo… mi mentor… me gustaría conocer tu opinión sobre un asunto reciente.
El archimago no mostró emoción.
—Dígame, mi rey… ?Qué lo aqueja a estas alturas? ?Acaso le perturbó lo que dijo el prisionero?
El ce?o del Rey se frunció. Su mano se cerró en un pu?o, reflejo automático de una furia enterrada. El solo recuerdo de Talos parecía ensuciar el aire.
—?Crees que sea verdad…? ?Crees que el traidor ha regresado?
Merlín soltó una risa baja sin emoción que se deslizó por la sala como niebla en una cripta.
—?Quiere decir que cree en las palabras de Talos? El hombre ha perdido la razón. A?os de prisión, de servidumbre forzada, han erosionado su mente. Lo que dice no son más que delirios… fantasías nacidas de su anhelo por la libertad. Yo no le daría crédito alguno.
El Rey no respondió de inmediato. Se levantó lentamente de su trono, cada movimiento estaba cargado de peso y solemnidad. Caminó hasta el balcón privado que dominaba la ciudad. Lo que alguna vez fueron calles rebosantes de vida, ahora yacían en silencio, cubiertas por la sombra de la desolación. Nada se movía, nada respiraba. Con Las manos cruzadas tras la espalda y su mirada fija en las ruinas, murmuró:
—?Estás seguro de eso? —dijo sin girarse, con la voz como un susurro de tumba.
—Entiendo tus preocupaciones, mi rey. —dijo Merlín con voz firme pero calmada —Pero sabes mejor que nadie que ningún ser vivo puede sobrevivir a una herida provocada por acero dracónico… ni siquiera tú.
El Rey llevó la mano instintivamente al pecho. Allí, bajo la coraza, latía una vieja cicatriz que todavía ardía con una energía oscura y palpitante. Cerró los ojos por un momento.
—Sí… es cierto. —susurró —Supongo que mis temores no son más que sombras en mi imaginación. No he estado del todo bien desde que aquella magia extra?a invadió mis tierras… ?Has logrado descubrir algo sobre ella?
—Temo que no. —respondió el archimago —La barrera que protege el Bosque Neblinoso es más fuerte que cualquier hechizo que poseo, incluso que la magia Feérica. Todo intento de atravesar la pared ha sido en vano. Incluso cuando enviaste a Talos… ni él pudo avanzar más allá del Bosque Marchito.
El Rey entrecerró los ojos, mirando a lo lejos, en dirección al gran pico de piedra que marcaba la entrada al Bosque Neblinoso. Una sombra se extendía desde él como una promesa de secretos sellados.
—?Crees que sea una amenaza?
—Es difícil saberlo. La magia que emana de ese lugar no se parece a nada que haya sentido antes. Pero sea lo que sea… lo enfrentaremos. Lo hemos hecho antes, y lo haremos de nuevo.
Una risa baja y gutural recorrió el aire denso del balcón, como si la piedra misma la absorbiera.
—Tienes razón, viejo amigo… —dijo el Rey, con un tono más sereno —Pero no ceses en tu búsqueda. Quiero saber, con certeza, si esa magia representa una amenaza.
Merlín asintió con respeto, haciendo una leve reverencia. Alzó su bastón y lo golpeó suavemente contra el suelo. Una onda de energía pura lo envolvió, y en un suspiro, desapareció entre destellos azules.
El Rey quedó solo en el balcón, contemplando las ruinas de su reino. Las calles, anta?o llenas de vida, solo respiraban silencio y desolación.
Entonces, su voz retumbó en la oscuridad, solemne y grave:
—Tristán…
Desde las sombras emergió un caballero. Portaba la misma armadura plateada, desgastada por el tiempo, pero su figura era imponente. A su espalda, una alabarda gigantesca brillaba con un fulgor extra?o, como si acabara de ser forjada.
Tristán se arrodilló de inmediato ante su se?or y mantuvo la cabeza gacha. Dijo con su voz llena de devoción:
—?Ordene, mi rey!
El Rey de los Muertos bajó la mirada hacia él, con frialdad.
—?Has encontrado la base de los Marcas Rojas?
La pregunta cayó como una piedra en el corazón del caballero. Tristán tembló levemente. Sus labios se movieron, pero tardó en emitir palabra alguna.
—No, mi se?or… —respondió Tristán, esforzándose por mantener la voz firme —Su base está oculta bajo magia feérica muy antigua. Todos mis esfuerzos han sido en vano. Ni siquiera el maestro Merlín ha logrado localizarlos…
—Ya veo… —murmuró el Rey de los Muertos, entrecerrando los ojos —Siendo ese el caso, puedes dejar esa tarea para después. Tengo otra misión para ti.
Tristán respiró hondo, en silencio, aliviado. Por un momento temió ser castigado, como había ocurrido con tantos antes que él.
—?Por favor, ordene, mi se?or!
—Quiero que vayas al Bosque Neblinoso. —dijo el rey con voz grave —Busca el árbol de la Abundancia… y asegúrate de destruirlo.
Tristán se quedó sin aliento. Sus ojos espectrales parpadearon con duda.
—Pero… mi se?or… pensé que ya no le preocupaban los cultos a las Nueve Reinas. Ya demolimos todos sus centros de adoración. Quemamos sus ciudades, destruimos sus ídolos… exterminamos a la plaga feérica de sus principales ciudades. Los Ocho árboles Sagrados se pudren lentamente. Pronto caerán… ?Para qué quiere que…?
El Rey resopló. Un sonido seco, como el aliento de un cadáver que se niega a morir.
—No lo recuerdo…
Tristán vaciló. Se atrevió a dar un paso, alzando la voz con suavidad:
—Ah… entonces, si me permite, tal vez…
—No recuerdo haber pedido tu opinión. —interrumpió el Rey.
Su voz fue un filo helado que cortó las palabras de Tristán antes de que pudieran tomar forma. El silencio que siguió fue denso, casi insoportable. Tristán tembló ligeramente, evitando hacer contacto visual. Bajó la cabeza con obediencia ciega.
—?Lo siento, mi rey! ?Me aseguraré de cumplir esta tarea sin falta!
—Lárgate… —susurró el rey, con la voz te?ida de hastío.
Tristán no esperó a recibir otra orden. Se desvaneció como una ráfaga de viento helado, impulsado más por el miedo que por el deber. Solo quedó un leve rastro de energía que pronto se disipó entre los ecos del castillo.
El Rey de los Muertos se quedó solo, contemplando desde lo alto. Desde el balcón privado, su mirada se extendía sobre la vasta y arrasada isla de ávalon. Pero no estaba en la tierra… su castillo flotaba en una isla suspendida en el cielo, girando lentamente alrededor de la isla perdida.
Allí arriba, donde los vientos no llevaban voces ni gritos, sólo el silencio hablaba con claridad.
El Rey observaba sin emoción, con las manos cruzadas tras la espalda. Lo que había sido un reino glorioso, ahora no era más que cenizas perpetuas. Aun así… algo en su pecho palpitaba. Algo que no recordaba, pero que tampoco podía ignorar.
Al otro lado de la isla, Merlín apareció sobre la copa del árbol de la Luz, envuelto en un remolino de energía azulada que se disipó con suavidad. El santuario lo recibió con su habitual serenidad… pero aquella paz se rompió cuando vio dos figuras siendo arrojadas violentamente desde la Gran Catedral.
—Oh, no… —murmuró el mago —?Ahora qué hiciste…?
Debajo de él, Cáliban y Lanzarote impactaron con fuerza contra el terreno, justo frente al árbol Sangrado. Sus ramas se extendían como tentáculos sobre un estanque de agua cristalina y poco profunda, cuyas ondas se alteraron con el estruendo.
—?Detén esta locura, Mordred! —exclamó Lanzarote.
—?Ese no es mi nombre! —rugió Cáliban, y arremetió con un tajo diagonal que cortó el aire como un relámpago.
Lanzarote no tuvo dificultad en bloquearlo. Sus reflejos eran precisos, casi inhumanos, pero su paciencia empezaba a erosionarse.
—Si no vas a obedecer… me veré obligado a hacerte caer.
—Puedes intentarlo, cadáver…
Cáliban golpeó el suelo con su pu?o envuelto en su energía carmesí. Desde el impacto, cadenas heladas se extendieron en todas direcciones, buscando atrapar a su enemigo. Lanzarote giró su lanza con elegancia y, en un solo movimiento, la clavó en la tierra. Una explosión de energía líquida estalló a su alrededor, rompiendo las cadenas al instante. Vapor y agua llenaron el estanque, envolviendo la zona en una neblina espesa que limitaba la visión.
Pero no hubo tiempo para respirar.
Cáliban emergió del agua como una sombra vengativa y hundió su espada en el abdomen de Lanzarote. Por un momento, el Dullahan no reaccionó. Sin embargo, su mirada tembló. Una sensación imposible recorrió su cuerpo… dolor. Dolor real. La energía carmesí que recubría la hoja ardía como fuego divino, quemándole las entra?as muertas.
—?Aléjate! —rugió Lanzarote.
De un impulso violento, pateó a Cáliban en el rostro. Este alcanzó a bloquear el golpe con el filo de su espada, pero aun así fue lanzado varios metros atrás, chocando contra la superficie del estanque. Lanzarote no perdió tiempo. Alzó la mano, y del agua surgieron cuatro torbellinos giratorios, que se lanzaron contra Cáliban con la furia de un océano encadenado.
Cáliban se reincorporó y, girando sobre sí mismo, esquivó y cortó cada torbellino con una precisión sobrehumana. Su espada danzaba en el aire como una extensión de su voluntad, rasgando el agua en trazos perfectos.
Desde la distancia, Nhun observaba con los ojos muy abiertos, sin poder apartar la vista. Cada movimiento de Cáliban era una sinfonía de precisión y agilidad. El modo en que giraba sobre sus pies, cómo encontraba el ritmo de cada ataque y lo neutralizaba… era fascinante. Había algo salvaje y hermoso en su forma de luchar.
Cáliban buscó a Lanzarote entre la neblina y el agua agitada, pero su oponente ya no estaba en el campo de visión. Había aprovechado el instante de distracción para escabullirse. Sin embargo, un instante después, sintió la presión de una presencia descendiendo sobre él como un rayo. Lanzarote caía en picado desde las alturas, su lanza apuntó directamente al pecho de Cáliban como un relámpago mortal.
Cáliban no dudó. Juntó su energía en su espada, la hoja vibraba con un brillo carmesí pulsante. Filo y punta estaban a punto de colisionar en un estrepitoso impacto que prometía devastación.
Pero entonces, en un estallido de luz azulada, una figura apareció entre ambos.
Merlín se interpuso.
El mago conjuró un escudo de energía vibrante que expulsó a los dos combatientes con brutalidad. Lanzarote fue lanzado hacia los escombros de la catedral, rompiendo muros y columnas al impactar. Cáliban fue arrastrado hacia atrás, cayendo con fuerza sobre las aguas poco profundas del estanque sagrado.
—Te pedí que lo guiaras. —dijo Merlín con frialdad —Y esto es lo que haces… esperaba más de ti, Lance.
Lanzarote emergió de entre los escombros, sacudiendo el polvo de su armadura corroída, con la lanza aún firme en su mano.
—No es mi culpa, Merlín. —gru?ó —No escuchaba razones. Me atacó sin más. Intenté detenerlo, pero era como hablar con una tormenta…
Cáliban intentó levantarse. El golpe lo había dejado sin aire, y sus músculos gritaban por descanso. Con dificultad, enfocó la mirada y vio al mago. La figura esquelética, su rostro sin carne, los ojos ardientes como carbones ardiendo en una tumba sin fin. Conocía muy bien a esa criatura.
—Un lich… —escupió con desprecio —Criatura inmunda…
Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondía. Había llegado al límite.
Fue entonces cuando una figura se alzó entre él y sus enemigos. Desde el centro del estanque, con el alma temblando, pero la determinación encendida, Nhun extendió un brazo en se?al de advertencia.
—?No se acerquen…! —gritó con voz quebrada, pero firme.
Merlín y Lanzarote se detuvieron. No por miedo, sino por respeto a la valentía de la peque?a elfa que se interponía entre la muerte y su amigo.
—Nhun… —susurró Cáliban, con la voz temblando ligeramente—Vete… ganaré tiempo…
El Lich levantó una mano esquelética. Una energía oscura y envolvente surgió de sus dedos, atrapando a ambos. Con un gesto mínimo, los atrajo hacia él, suspendiéndolos en el aire, cara a cara.
Los ojos carmesíes de Cáliban se cruzaron con los del hechicero. Reflejaban furia, orgullo y desdén. Una tempestad silenciosa brillaba en su mirada. En cambio, los ojos espectrales de Merlín, profundos como un abismo sin fondo, respondían con calma.

