home

search

Capítulo 136: En busca de un nuevo camino

  —En la tierra de los elfos oscuros, las relaciones entre especies están prohibidas… —comenzó Nhun, con la voz apagada —Cualquiera que engendre un mestizo es desterrado de por vida, y la infractora… es condenada al encierro eterno.

  Cáliban la observó con creciente atención. Nhun mantenía la mirada baja, como si temiera que el mismo bosque pudiera escucharla.

  —Cuando nací, mi madre fue apresada… y mi padre, expulsado. O al menos eso fue lo que me dijo durante a?os. Luego, cuando cumplí 11 a?os, me enteré que realmente se había ido… —Respiró hondo, con el pecho oprimido —Aquellos que cargamos con el pecado de la sangre diluida… somos marcados. Malditos. Nunca podremos blandir un arma. Es la condena del linaje roto.

  —?Cómo estás tan segura de que los abandonó?

  —Mi madre había dejado una carta. Pero estaba escrita en su idioma élfico. Papá pensó que jamás me daría cuenta de lo que decía. Estudié… día y noche para poder comprender aquellos grabados… y cuando finalmente pude entenderlo… no era un mensaje especial para nosotros… simplemente era una carta pidiéndole a mi padre que nunca más la buscáramos. Y que no quería verme nunca…

  Hizo una pausa. Su voz se volvió apenas un susurro cargado de desprecio por su propia raza y su madre.

  —También… se nos da un apellido, uno que debemos portar con vergüenza. A’ken… que significa “Impuro”.

  Cáliban sintió que el aire le abandonaba el pecho por un instante. No había imaginado que aquella radiante elfa cargaba con una historia tan cruda.

  —Entonces por eso el ritual no funcionó contigo…

  —Sí. —Asintió, con los ojos clavados en la tierra —No importa cuánto lo intente. Esa maldición no se romperá jamás… seré una carga para todos. Siempre.

  Su voz se llenó de amargura, pero también de un cansancio que venía de a?os acumulando heridas sin cicatrizar.

  —?Y tu meta? —preguntó Cáliban, más suave esta vez —Recuerdo que querías ser una guerrera… ?Eso cambió?

  —??No estás escuchando?! —estalló ella, girándose hacia él con furia contenida —?No tengo talento! ?Nunca lo tendré!

  Cáliban suspiró, algo irritado, pero no con ella. Con la maldición y el mundo.

  —Aun si Cecilia estuviera viva… ?Qué pensabas hacer? ?Ser su escudera? ?Su sombra? ?Cuál era tu plan exactamente?

  Nhun no respondió al instante. Se recostó sobre el césped húmedo, con la mirada fija en el cielo nocturno. Las estrellas titilaban como heridas lejanas. Su voz, cuando habló, estaba te?ida de ira… y miedo.

  —Nuestro sue?o era ser magas poderosas… —dijo, recordando —Pero cuando supe que yo no podría, hice de mi propósito ayudarla a cumplir el suyo. Juré que pondría todo de mí para que Cecilia brillara. Que la protegería, que sería su apoyo… su fuerza.

  Las palabras se quebraron en su garganta.

  —Y al final… todo terminó así…

  Cáliban bajó la mirada.

  —Nhun…

  —?Sabes? Si no hubieras estado en aquella emboscada… —dijo con voz suave, sin mirarlo —Muy posiblemente todo habría terminado ahí… así que… gracias. Por darme un poco más de tiempo junto a ella…

  Un nudo cerró la garganta de Cáliban. Esa muestra de empatía, tan sencilla y sincera, lo tomó por sorpresa. No estaba acostumbrado a recibir palabras así.

  —Perdón… —murmuró al viento —Por no haber podido protegerla…

  Nhun guardó silencio, pero por dentro los recuerdos de su ni?ez resurgieron como un estallido de fuegos artificiales que quemaban y acariciaban al mismo tiempo.

  —En Reidell… los elfos oscuros son odiados. —susurró —Cada día era igual… me apedreaban, me insultaban… Volvía a casa cubierta de heridas, con mi padre llorando al verme, tratando de consolarme. Pensé que me lo merecía… que había nacido de un pecado, y que ese desprecio era justo.

  Sus ojos se cerraron con fuerza.

  —Pero ella me salvó…

  En su mente, la imagen de Cecilia abrazándola por última vez se formó como una fotografía eterna, nítida, perfecta… e irrompible. Un recuerdo que dolía y, al mismo tiempo, traía consuelo.

  —Me hizo su amiga… incluso cuando los demás la llamaban monstruo por tratar conmigo, incluso cuando perdió a sus supuestos amigos por mi culpa… nunca me dio la espalda. Ella era mi mejor amiga. Mi hermana. Mi familia… y ahora… ya no está.

  Las lágrimas comenzaron a caer, resbalando por sus mejillas, perdiéndose entre la hierba húmeda y la brisa suave del bosque. Cáliban dudó por un instante. No era bueno para consolar, nunca lo había sido. Pero recordó a Triana, su hermana. Ella siempre pedía un abrazo cuando se sentía rota. Y con el tiempo, esa costumbre se volvió una forma de curar.

  Con torpeza, Cáliban rodeó con los brazos a Nhun y la atrajo hacia sí.

  —Lo lamento… —murmuró.

  En medio del silencio compartido, con el crujido leve de la fogata aún audible en la lejanía, Nhun alzó la voz con una frialdad que heló la sangre de Cáliban.

  —?Esto… ya había pasado cuando la conociste antes?

  Cáliban se separó lentamente del abrazo. Los ojos de Nhun ya no lloraban, pero había en ellos una profundidad extra?a. No era tristeza ni rencor. Era vacío… y una seriedad calculada, como si aquella pregunta hubiera estado planeada desde el inicio.

  Cáliban entornó los ojos. Su voz, aunque baja, fue firme.

  —Supongo que no he sido lo suficientemente duro con Joseph…

  —?Qué más da? —insistió Nhun, con voz firme —Respóndeme…

  Cáliban la observó con detenimiento. No entendía por qué Nhun había hecho esa pregunta, ni qué había detrás de su tono. Había algo extra?o en su mirada, algo que escapaba incluso a su percepción.

  —?Qué es lo que buscas…? —dijo al fin —?Venganza, consuelo, perdón? Por más que te miro, no puedo determinarlo…

  —Quiero pelear… —murmuró Nhun con una mueca amarga —Quiero librarme de todo este dolor… de esta ira que me carcome. Quiero matar a Alec. Quiero que alguien pague.

  —Cecilia no estaría de acuerdo con eso… —respondió Cáliban con seriedad.

  —Pero Cecilia ya no está aquí… —replicó ella, sin dudar.

  Cáliban frunció el ce?o. Nhun se estaba sumergiendo en un pozo oscuro, uno del que no muchos regresaban. Sabía bien cómo se sentía perder un propósito y permitir que la rabia fuera lo único que quedará.

  Se acercó, bajó la voz, y le habló con una convicción suave, como si abriera una herida para limpiarla.

  —Lo que buscas no es venganza…

  Nhun lo miró, confundida.

  —Lo que realmente necesitas… es una causa. Algo por lo cual vivir. Porque sientes que tu vida, sin Cecilia, ha perdido todo su sentido.

  Los ojos de Nhun temblaron. Por primera vez en días, mostraron luz. Parecía que aquellas palabras habían tocado justo en el centro de su alma.

  Sin decir nada, se retiró unos pasos. Se abrazó a sí misma con fuerza, como si intentara sostenerse, y perdió la mirada entre las estrellas que decoraban el cielo de la mazmorra. No habló. No mostró su rostro. Solo se quedó allí… mientras la luna subía, tan alto como ella se hundía.

  —Su nombre era Alice… —dijo entonces Cáliban, rompiendo el silencio con voz grave.

  Nhun parpadeó, temblando levemente. Las palabras resonaron como un trueno suave.

  —?Qué tanto te dijo él? —preguntó en voz baja.

  —Solo que la habías conocido en otro lugar… —respondió ella —Y que tenían historia. Dijo que si quería saber más, debía sacártelo a ti directamente…

  Cáliban se llevó la mano al rostro, frotándose las sienes con frustración.

  ?Cobarde… ni siquiera tienes el valor de terminar lo que empezaste…?

  Con un suspiro resignado, alzó la mano y conjuró una cúpula oscura como la noche misma. El aire dentro cambió.

  —Escucha… la verdad es que podría decirse que soy una especie de viajero. —comenzó Cáliban con voz pausada —Mi deber era viajar entre mundos y protegerlos de la influencia de criaturas exteriores… entidades que se alimentan de la fe de los mortales y corrompen la realidad.

  —?Como la Madre de la Mirada Triste? —preguntó Nhun, recordando con amargura aquel nombre.

  —Exactamente.

  Al instante, las imágenes comenzaron a tomar forma frente a ella. Mundos enteros aparecían como ilusiones flotantes. Civilizaciones colapsando, paisajes desgarrados por energías incontrolables, cielos partidos por el caos. Nhun tragó saliva. Aquello le recordaba a su llegada al castillo, cuando el portal se averió y, por unos segundos, vislumbraron otras realidades. Raras razas, ciudades imposibles, cielos con múltiples lunas… era aterrador y fascinante a la vez.

  —?Por qué ella… y el director? ?Por qué parecen conocerte…?

  Cáliban se quedó en silencio por unos instantes, como si seleccionara cada palabra con cuidado.

  —Fui discípulo de una entidad cósmica. Un ser de sabiduría infinita… cuya misión era preservar la creación frente a los Exteriores. Algunos de estos seres, por sus crímenes, despertaron su ira. Y cuando eso ocurría… me enviaba a mí.

  —?Para eliminarlos?

  —Para exterminarlos o, si era posible, encerrarlos. En el caso del director… y la diosa… —hizo una pausa —ambos fueron sellados por mí en la dimensión oscura.

  Cáliban alzó una mano, y la imagen ante ellos cambió. Apareció un páramo desolado. Vientos eternos rugían en todas direcciones. No había luz ni sombra, sólo una extensión infinita de desesperación. Criaturas colosales reptaban en la distancia, sus formas imposibles quebraban la lógica. En el horizonte, un huracán negro giraba con furia devastadora, como si el mismísimo tiempo se desgarrara en su centro.

  —Este lugar… —explicó —era una prisión. Mi maestro sellaba aquí a aquellos que merecían un castigo eterno. Pero tras su muerte, la barrera se agrietó… y con ello, surgió una fisura. Un paso… hacia este plano.

  Nhun observaba con los ojos muy abiertos.

  —?Entonces… planeas matarlos a todos?

  —Voy a encontrarlos… uno a uno. Y haré que regresen al olvido.

  La determinación en su voz era gélida, absoluta. Las imágenes seguían cambiando. Batallas, destrucción, fuego. Y entonces, una escena distinta emergió.

  Un paisaje tranquilo. Un campo verde iluminado por la luz del amanecer. El cielo estaba te?ido de dorado y, en medio de la calma, una figura se alzaba. Alta, serena, de cabello largo y distinto al de Cecilia. Pero había algo… algo en su aura, en su postura, en la forma en que miraba al horizonte… que le recordaba a su amiga.

  Nhun contuvo el aliento.

  —?Quién… es ella?

  Cáliban la observó de reojo, pero no respondió de inmediato.

  —Ella es… —susurró Cáliban —Es Alice… antes de que mi mundo fuera destruido.

  La escena proyectada frente a ellos cambió. El amanecer dorado seguía pintando el cielo, pero ahora una figura más apareció. Era un joven de rostro cansado, cabello despeinado y ojeras marcadas. Llevaba una chaqueta raída y una expresión entre fastidio y agotamiento. Se detuvo frente a Alice, mirando hacia ella con dureza.

  —?Para qué me citaste aquí, Alice? —preguntó con un tono seco —?No podías esperar hasta ma?ana?

  Alice esbozó una sonrisa suave, forzada, como si luchara por no dejar que su tristeza se notara.

  —Solo quería verte… ?Eso es tan malo?

  —No, pero hay tiempo y lugar para eso… me hiciste caminar mucho.

  Nhun, que observaba con el ce?o fruncido, no pudo contenerse.

  —?Y ese idiota quién es?

  Cáliban no respondió. Mantuvo los ojos fijos en la escena, sin parpadear. Lo que observaba no era un recuerdo cualquiera. Era una herida abierta.

  —Hay algo importante que debo decirte… —dijo Alice en el recuerdo, con la voz temblorosa.

  Pero antes de que pudiera terminar, Cáliban agitó la mano, y la imagen se deshizo como humo. La oscuridad volvió a envolverlos.

  —Ese… era yo. Al principio de todo.

  Nhun se quedó inmóvil. Comparar al hombre desali?ado con el joven que tenía al lado era casi imposible. No solo se veían distintos; eran distintos.

  —?En serio? Bueno… si te sirve de consuelo, ahora pareces mucho menos idiota.

  Cáliban soltó una carcajada sincera por primera vez en mucho tiempo.

  —?Gracias…? —dijo, medio entre divertido y confundido.

  El momento quedó suspendido en un breve silencio. Luego, Nhun bajó la mirada. Evitó encontrarse con sus ojos, como si ocultara algo.

  —?Qué le pasó a tu mundo? —preguntó, en voz baja, con una tristeza que intentaba disimular sin éxito.

  Cáliban no respondió de inmediato. Su rostro se tornó serio, y su mirada vagó más allá de los árboles, del bosque, incluso del plano físico. Como si aún pudiera ver lo que había perdido.

  —Fue destruido… —murmuró Cáliban, como si las palabras dolieran al salir —Fue entonces cuando me encontré con mi maestro. En aquel momento… estaba roto y herido. Quería que todo se acabara. Que no quedara nada de mi.

  Hizo una pausa, buscando fuerzas entre sus propios recuerdos.

  —Y en esa oscuridad… él me rescató. Me dio las herramientas para pelear, para sobrevivir… para proteger lo que alguna vez no pude.

  —Eso suena… bien. —murmuró Nhun, con un poco de envidia contenida.

  —Pero con la felicidad viene el dolor, Nhun. —La miró —En esta vida, nadie con corazón es inmune a eso.

  Con un chasquido de sus dedos, Cáliban proyectó una visión ante ambos. Un río de sangre surgió en medio del vacío. Nhun contuvo el aliento, temblorosa, al ver cómo aquella corriente carmesí fluía interminablemente por un abismo sin fondo. En el horizonte, se levantaba una monta?a… una monta?a de cadáveres.

  Pero no eran simples cuerpos. Cada uno de ellos tenía el rostro de Cecilia. Algunos eran humanos. Otros, elfos. Algunos, bestias, mujeres, hombres, ni?os… pero todos compartían algo. Sus ojos, su rostro… su esencia…

  Nhun palideció.

  Giró el rostro hacia Cáliban, en busca de una explicación, de consuelo… pero él solo observaba. Con una melancolía contenida, con una desilusión tan profunda que parecía parte de su carne.

  —Donde hay poder… hay debilidad. —susurró —Donde hay amor, hay pérdida. Donde hay vida… siempre habrá muerte. Siempre ha sido así y siempre lo será…

  Volvió a mirarla, sus ojos se encendieron con una sabiduría amarga.

  —Si buscas un motivo para luchar, Nhun… no lo encontrarás en nadie más. Al final, las aventuras se terminan. Los sue?os se desvanecen. Las ilusiones mueren. Y si eres inmortal… si vives lo suficiente… verás cómo todo se va, mientras tú te quedas.

  Nhun no pudo refutar nada. No tenía palabras. Solo entendimiento.

  —?Por qué? —preguntó en voz baja.

  Cáliban la miró, sorprendido por la pregunta.

  —?Por qué sigues luchando?

  Cáliban giró un dedo, y una nueva memoria tomó forma.

  En ella, Avalos, su maestro, lo guiaba por los pasillos secretos de su castillo. Llegaron a una sala oculta, silenciosa, donde la realidad misma parecía inclinarse ante la magia contenida.

  En estanterías flotantes, cientos de peque?as esferas descansaban. Canicas encantadas, dentro de las cuales latían mundos enteros. Galaxias completas atrapadas como joyas, brillando con vida.

  —Mi maestro me hizo un regalo una vez… —dijo Cáliban —Me llevó aquí y me mostró esto. Me explicó que cada mundo salvado de la corrupción era depositado en estas barreras. Eran mundos a salvo… mundos puros…

  Unauthorized reproduction: this story has been taken without approval. Report sightings.

  El recuerdo avanzó. Avalon se acercó a una de las esferas. Dentro, observó un mundo donde nadie sufría. Donde ninguno de sus seres queridos era lastimado. Donde existía paz… esperanza.

  —Pude verlos. A todos. Vivos… sonriendo. Mundos donde Alice… donde Cecilia… donde todos estaban bien. —Su voz se quebró levemente —Solo había un problema.

  —En ninguno de ellos estabas tú… —dijo Nhun con suavidad, bajando la voz como si temiera romper algo sagrado.

  Cáliban asintió en silencio, sin apartar la vista del recuerdo suspendido frente a ellos.

  —En efecto… —respondió con solemnidad —Desde ese día, decidí que daría mi vida para proteger los mundos donde ellos habitaban. Entregaría cada segundo, cada aliento, para que estuvieran libres de toda influencia maligna. Y un día… liberaría la creación de “ellos”. Esa fue la misión que me dio sentido.

  Agitó su mano lentamente, y la imagen se deshizo como polvo de estrellas. En su lugar, el entorno cambió por completo.

  Ahora estaban en la superficie de la Luna.

  Nhun dio un paso hacia atrás, sorprendida. Bajo sus pies, había un terreno gris y silencioso. Frente a ella, el espacio infinito se desplegaba como un lienzo eterno. Los planetas se movían con una lentitud majestuosa, y detrás de ellos, el sol brillaba con una intensidad cegadora, como un dios antiguo observándolos desde las alturas.

  —?Dónde estamos? —susurró Nhun, casi sin aliento.

  —En el espacio. —respondió Cáliban —Más allá del cielo de tu mundo.

  Se?aló con un dedo al planeta suspendido frente a ellos, cubierto de nubes y continentes familiares.

  —Ese es tu planeta. Allí están tus tierras.

  Nhun lo observó con los ojos muy abiertos, llena de asombro.

  —?Puedes llevarnos a otros mundos…? ?A lugares como este?

  Cáliban sonrió levemente.

  —No… esto no es real. Es solo una proyección. Una recreación de cómo creo que se ve tu mundo desde el exterior. Muchos mundos comparten el mismo dise?o orbital, así que no es difícil imaginarlo.

  Con un aplauso seco, la ilusión se desvaneció como humo disipado por el viento. Volvieron a la mazmorra en la que habían estado todo el tiempo. La niebla, los árboles, la brisa. Todo seguía allí. Pero Nhun tardó unos segundos en procesar lo que acababa de ver.

  —?Crees que… podría ir contigo, algún día… allá arriba? —preguntó, mirando la luna con ojos llenos de esperanza. La luz creciente ba?ó su rostro como una caricia divina.

  Cáliban la observó. Su expresión cambió levemente, te?ida de una tristeza suave.

  —Lo siento, Nhun… pero…

  Justo cuando estaba por romper su ilusión, una luz carmesí golpeó su rostro. Un leve zumbido vibró en el aire, y el grimorio surgió una vez más. Las páginas se agitaron con fuerza, como si danzaran con vida propia.

  —?Qué es eso? —preguntó Nhun, se?alando el libro flotante que giraba sobre la palma de Cáliban.

  —Es mi grimorio. —respondió él, atrapándolo con una sola mano —Luego te lo explicaré…

  El grimorio se abrió en par con un chasquido seco, como si algo lo despertara desde lo más profundo. Una proyección flotante surgió sobre sus páginas, iluminando la oscuridad de la noche con un brillo pálido.

  [Se han examinado los recursos obtenidos… desplegando información…]

  Cáliban y Nhun observaron en silencio mientras las páginas comenzaban a llenarse con tinta viva. Dibujos detallados de los objetos consumidos, símbolos antiguos y escrituras olvidadas emergían como si fueran revelados por una mano invisible. Lo que antes eran páginas en blanco, ahora se transformaban en compendios de saber prohibido.

  La primera entrada se manifestó con fuerza.

  [Núcleo de Apep

  Serpientes del Averno que una vez amenazaron con devorar la creación. Su extinción sólo marcó el comienzo de una nueva era, regida por un rey tirano y soberbio. En esta esfera descansan los restos de un Apep cuyo nombre se perdió en el tiempo. Su poder pulsante resuena con un hambre voraz que jamás podrá ser saciada.]

  Los ojos de Cáliban se abrieron con asombro. Una oleada de memoria lo golpeó de inmediato.

  ???El núcleo encerrado en la Puerta Dorada… era de un Apep?! ?Cómo es posible…??

  Pasó la página rápidamente, con el corazón acelerado. Lo que apareció a continuación lo dejó sin palabras. Era uno de los fragmentos que había encontrado sobre aquel cadáver sin nombre.

  [Páginas del Libro de la Duat

  Fragmentos impregnados de muerte y renacimiento. Estas hojas pertenecen al legendario Libro de la Duat, guía de los muertos en su travesía por el inframundo. Su poder residía en juzgar el corazón de los visitantes, pesando su alma contra la pluma de la verdad. Ahora corrompidas, conservan parte de su juicio, pero sin el equilibrio sagrado.]

  Cáliban frunció el ce?o, perplejo.

  ??Páginas del Libro de los Muertos? ?Qué hace Anubis en todo esto…? Ese libro fue destruido durante la guerra contra Apofis… ?De dónde salieron estas páginas??

  El grimorio no le dio tiempo para formular más preguntas. Las páginas se giraron solas con violencia, desplegando la tercera entrada. Esta vez, Cáliban reconoció de inmediato lo que estaba viendo.

  [Núcleo de Ley: Corrupción

  En una era olvidada, los Lu-em, una civilización de sabiduría y ambición desmedida, exploraron los caminos prohibidos hacia la inmortalidad. Su búsqueda por trascender más allá de la carne y el tiempo los llevó a cometer los actos más atroces de la creación. Su legado… es una ley corrupta, viviente, que pervierte todo lo que toca.

  Su reina, la Inmortal, se dejó seducir por las palabras de un Exterior con promesas de eternidad. En su anhelo por la permanencia, su alma fue corrompida, y con ella, todo lo que la rodeaba.

  Mediante un ritual prohibido, su esencia divina fue fundida en agonía y sufrimiento dentro de una única píldora. Aún ahora, su dolor pulsa en su interior, con una energía violeta que vibra con una voluntad viva y vengativa.

  Aquel que consuma dicha píldora podrá acceder a la Ley encerrada en su núcleo…]

  Aunque ya lo sospechaba, leerlo de forma tan clara dejó a Cáliban sin aliento. En sus manos tenía la llave para crear un nuevo inmortal. Pero con ese poder venía una pregunta que lo atravesó como un filo invisible:

  ??Quién podría resistir la energía corrupta de la diosa…??

  Fue entonces cuando la voz de Ocelotl, clara y serena, resonó dentro de su mente, como una brisa en la penumbra.

  ?Se?or… ?No está la respuesta justo frente a usted??

  Cáliban giró el rostro, y sus ojos se encontraron con Nhun. La joven observaba el libro con curiosidad, intentando sin éxito descifrar las páginas invisibles.

  —?Por qué lees un libro vacío…? —preguntó ella, frunciendo el ce?o —No veo nada.

  Cáliban la miró unos segundos, en silencio. Luego formuló la pregunta.

  —Nhun… ?Qué tan elfo oscuro te consideras?

  Ella parpadeó, sorprendida, y al instante se llevó las manos a las orejas, tocándolas con cierta inseguridad.

  —?Qué tanto…? Bueno, tengo orejas largas y puntiagudas… También soy alta, delgada… No heredé el tono gris de mi madre, pero creo que soy más elfo que humana. ?Por qué?

  Cáliban cerró el grimorio lentamente. Su voz se volvió firme, pero su tono era diferente. No era el de un maestro hablando con su discípula, sino el de un viajero compartiendo un secreto sagrado.

  —Tengo una oferta para ti… pero el precio será alto.

  Nhun entrecerró los ojos con desconfianza, pero lo conocía bien. Si Cáliban planteaba algo con esa seriedad, merecía ser escuchado. Soltó un suspiro largo, cargado de cansancio, pero también de resolución.

  —Te escucho…

  él asintió.

  —Esta oferta no es un entrenamiento ni una misión. Es una decisión que puede cambiar tu existencia. Puedo darte el poder para que avances… poseer una energía divina, única, sin rival bajo los cielos.

  Las palabras se clavaron en el aire como estacas. Nhun abrió los ojos con asombro. Su respiración se entrecortó. El temor, la duda… pero también una chispa de esperanza bailaron en su mirada.

  —Pero todo tiene un precio…

  Nhun tragó saliva, visiblemente nerviosa.

  —?Q-qué quieres?

  —Quiero tu vida… —la frase cayó como un trueno, desgarrando el silencio de la noche. Su eco se perdió entre los árboles, dejando una estela de inquietud —Te tomaré como discípula. Permíteme ser tu maestro… guiarte hacia un poder que desafía toda comprensión, más allá de la lógica mortal. Pero si aceptas, deberás obedecer mis reglas… como una hija lo haría con su padre.

  Nhun soltó una risa temblorosa, intentando calmar el vértigo que le oprimía el pecho.

  —?Padre e hija…? Pfff… no creo que estés hecho para eso.

  Sus palabras se deshicieron en el aire cuando Cáliban reveló su verdadera forma. La sombra ante ella se alzó, imponente. Un caballero cubierto por una capucha negra, cuyos ojos ardían como brasas vivas que miraban directamente a su alma. Medía casi tres metros, y su mera presencia destilaba un poder ancestral, tan inmenso que el bosque pareció contener el aliento.

  —Nhun… —retumbó la voz de Avalon, cuyo timbre celestial vibró entre los árboles, como un canto grave que despertaba los secretos del mundo —Esta oferta es real. No es un juego. Cuando recupere lo que me fue arrebatado, ascenderé… y te llevaré conmigo. Vive por mí. Entrégame tu vida como discípula, y yo te entregaré todo mi conocimiento. No volverás a estar sola jamás…

  Avalon extendió la mano. Nhun dio un paso atrás, sobrecogida por la magnitud de aquel ser que parecía superar los límites del tiempo y la materia. En su palma emergió un libro carmesí, cuyas páginas brillaban con un resplandor sobrenatural. Con dos dedos, Avalon extrajo una perla violeta que latía con energía pura.

  —Esta es mi oferta. No puedo prometerte más que poder y apoyo. A cambio, solo exijo tu obediencia y lealtad. Un intercambio justo… pero la decisión es tuya.

  —?Y… si me niego? —susurró ella.

  —Seguirás viviendo como hasta ahora. No te obligaré a nada. Este camino debe ser elegido… no impuesto.

  Nhun miró la perla, hipnotizada. Miedo y asombro danzaban en sus ojos. Parpadeó varias veces, como si no pudiera creer que semejante destino se desplegara frente a ella.

  A lo lejos, el Caballero del Lago, quien hasta hace poco reposaba sobre la copa de un árbol, atento como un centinela olvidado, se incorporó de súbito, con el rostro desencajado por la sorpresa. Aquella presencia que podía percibir a la distancia no era ajena; era la misma que habitaba en sus memorias más antiguas, de cuando aún caminaba entre los vivos.

  —Es él… —susurró, sin aliento —realmente… ha vuelto…

  No alcanzó a pronunciar otra palabra. Un par de ojos carmesíes se posaron sobre él. A lo lejos, Avalon cruzó su mirada con la del Caballero del Lago, llenándolo de un terror primitivo, un miedo que creía enterrado hacía siglos.

  Y, de repente, ambos desaparecieron. Como si hubieran sido devorados por el aire mismo, la presencia de Avalon y Nhun se desvaneció. El Caballero parpadeó, atónito. Hace un instante estaban ahí, y ahora… no.

  Nhun, por su parte, observó cómo una cúpula negra emergía lentamente a su alrededor, cubriendo el cielo estrellado y el bosque entero en un velo insondable.

  —?Qué sucede? ?Por qué…?

  —Es solo una medida de precaución. —respondió Cáliban con calma —No queremos miradas curiosas. —Aunque sabía perfectamente que los vigilaban.

  El silencio se volvió más denso, como si la noche misma contuviera el aliento.

  —Entonces… —dijo él —?Cuál es tu respuesta?

  La mirada de Nhun temblaba. Las palabras se le atragantaban en la garganta. El miedo, profundo y antiguo, brotó desde lo más recóndito de su alma, paralizándola. Aun así, con un esfuerzo desgarrador, trató de articular sonido:

  —Yo… yo… ah… yo…

  Cáliban observó con atención el rostro de Nhun, incapaz de encontrar una respuesta. Sus ojos se perdían en la confusión, atrapados entre el miedo, la duda y el eco de una decisión que aún no podía tomar.

  Con un suspiro casi imperceptible, cerró el grimorio, y con él, la perla violeta fue absorbida nuevamente entre sus páginas. Al hacerlo, la cúpula negra comenzó a disiparse lentamente, devolviendo el cielo estrellado y el susurro del bosque a su estado natural. La figura de Cáliban pareció encogerse, y su forma se suavizó, como si el conjuro lo hubiese agotado.

  —Parece que estás indecisa… está bien. Puedo darte algo de tiempo para pensarlo.

  Se puso de pie, permitiéndole espacio para respirar.

  —No te desveles, partiremos ma?ana al amanecer. Que descanses, Nhun.

  Ella extendió una mano hacia él, como si quisiera detenerlo. Pero el valor se deshizo antes de llegar a sus labios. En su mente, apareció la imagen de su padre. Un herrero de manos encallecidas, ojos hundidos y mirada cargada de ternura silenciosa. ?Tendría el coraje de abandonarlo?

  Alzó la vista hacia el cielo. Las estrellas titilaban en la negrura, indiferentes a su dilema.

  Al mismo tiempo, lejos de allí, en la región que rodeaba la falsa academia, un hombre robusto de piel oscura subía con esfuerzo la colina. Llevaba un saco al hombro con todo lo que había logrado recoger antes de salir de casa. Sus pasos eran pesados, su aliento era entrecortado, pero la determinación en sus ojos lo empujaba hacia adelante.

  —Tranquila, hija… papá ya está aquí…

  Durante el trayecto por el pueblo de Hilloy, había intentado hablar con los residentes. Pero sus rostros eran inexpresivos, sus respuestas vacías y casi mecánicas. Eran como marionetas, condenadas a repetir frases sin alma.

  El viejo herrero no se detuvo. El hambre y el dolor lo atravesaban, pero no cedió. Subió la colina, cruzó los jardines de la academia falsa, y aunque recorrió sus alrededores durante horas, el sitio parecía abandonado.

  Un nudo de angustia le cerró el pecho. Un frío inusual le recorrió la espalda.

  —Nhunisha… ?Dónde estás?

  Su voz rasgó el silencio de la madrugada. Gritó con desesperación, sin saber si alguien lo escuchaba. Entonces, una figura emergió de entre las sombras. Un hombre de porte firme y mirada serena se le acercó lentamente.

  —Está prohibido que personas ajenas a la academia ingresen sin autorización. —dijo, con voz firme y controlada.

  El hombre giró la cabeza con rapidez. A unos pasos detrás de él se encontraba el profesor Yannes, con su característica mirada serena y su tono pausado.

  —?A qué se debe su visita a estas horas de la noche, buen se?or?

  —?Por favor, tiene que escucharme!

  —Está bien, está bien… calma. —respondió Yannes, alzando las manos en se?al de paz —Antes que nada, ?Podría decirme su nombre?

  —Eh… ah, sí… Me llamo Robert Hagiran. Vine por mi hija, su nombre es…

  —?Nhunisha A'ken Hagiran? —interrumpió el profesor con una leve sonrisa —La conozco. Es mi alumna, y estoy a cargo de la casa donde se hospeda.

  Robert, sin poder contenerse, tomó al profesor por los brazos y lo agitó con desesperación.

  —??De verdad?! ?Por favor, lléveme con ella! ?Necesito verla, saber si está bien, se lo suplico!

  Yannes sabía que el protocolo le prohibía permitir el ingreso de cualquier externo sin una autorización formal o una evaluación de seguridad. Pero al observar los ojos de aquel hombre, lo único que vio fue la angustia pura de un padre desesperado. No percibía ninguna amenaza.

  —Tranquilo, se?or Hagiran… Está bien. Lo llevaré con ella. Pero debe calmarse y seguirme en silencio. ?De acuerdo?

  —Sí… sí, por supuesto. Gracias.

  Robert inhaló profundamente, luchando por mantener el control sobre sus emociones. La ansiedad le oprimía el pecho, pero no podía darse el lujo de perder la compostura.

  —Bien. Por aquí, por favor…

  Ambos subieron a un peque?o carruaje que aguardaba en la entrada. Mientras avanzaban por los caminos adoquinados en dirección a la Casa de los Especiales, Robert apenas podía creer lo que veía. Era una ciudadela dentro de la academia, con casas majestuosas, distritos vibrantes y avenidas iluminadas por cristales flotantes.

  —Oh… sabía que esta academia tenía renombre, pero… esto es simplemente… increíble…

  —Me alegra que le impresione. —dijo Yannes, sin apartar la vista del camino —Su hija ha sido un torbellino de emociones, pero se ha desempe?ado bien… especialmente en estos últimos días.

  La mirada de Robert, que hasta ese momento se había perdido en la contemplación de las calles, se volvió bruscamente hacia el profesor, con un brillo de preocupación renovada.

  —?Qué quiere decir con eso…?

  —Supongo que no lo sabe. —dijo Yannes, con tono grave —Permítame explicarle la situación…

  Durante el trayecto hacia la Casa de los Especiales, el profesor relató lo sucedido. El secuestro, la desaparición de Nhun y la trágica muerte de Cecilia. Cada palabra fue una daga silenciosa que se clavaba en el corazón de Robert. Apretó los pu?os, luchando por contener las lágrimas que pugnaban por salir.

  —Oh… mi peque?a… —murmuró —Qué terrible lo de Cecilia… Era una joven extraordinaria, tan amable… tan pura. No merecía ese destino…

  —Eso he oído. Fue una pérdida dolorosa para todos. —respondió Yannes, bajando la mirada.

  Cuando llegaron a la entrada de la mansión, la mayoría de los estudiantes se encontraba reunida en la sala común, conversando con aburrimiento sobre los próximos exámenes complementarios. La única ausencia notable era la de Nhun y Cáliban.

  Juliana estaba sentada en uno de los sillones, con la mirada perdida, hundida en una mezcla de cansancio y resignación.

  —Tengo tanto que estudiar… y no quiero hacerlo. —dijo, arrastrando las palabras.

  Astrid, sentada junto a Elizabeth, la miró con desdén, como si su mera existencia fuera una molestia.

  —Haz el favor de esforzarte un poco. No quiero que el líder nos castigue por tu mediocridad…

  —No deberías ser tan cruel… —intervino Elizabeth, cruzando los brazos.

  —Gracias, Eli… —susurró Juliana con una débil sonrisa.

  —?No ves que ya está rindiendo el máximo que su capacidad intelectual le permite?

  —?Qué…?

  Los comentarios sarcásticos no pasaron desapercibidos. Dimerian, Reinhard y Joseph intercambiaron miradas, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no soltar la carcajada.

  —Por cierto. —intervino Dimerian, intentando cambiar el tema —?Cómo les fue con el maestro Bardrim?

  —Nos llevó a escalar casi toda la monta?a… —bufó Reinhard, tirándose sobre un sillón —No entiendo cómo alguien tan viejo puede moverse con tanta energía…

  —Fue una tortura… —a?adió Elizabeth, dejando escapar un largo suspiro mientras se recostaba. Sacó de su bolso una mascarilla nocturna y se la colocó con elegancia —Necesito hidratarme. Mi piel no va a sobrevivir a otro día como este…

  —Fue horrible… —gru?ó Reinhard, recostado —Estuve a punto de caerme de un acantilado más veces de las que he estado en peligro en toda mi vida… y al final, ?El viejo llenó su mochila con gemas raras y minerales exóticos!

  Los ojos de Dimerian se encendieron con entusiasmo.

  —??En serio?! ??Qué encontraron?! ?Eran piedras de alma? ?Cristales de ignis? ?Tal vez rubium arcano?

  Antes de que Reinhard pudiera responder, la puerta principal se abrió con un leve chirrido. Todos voltearon al unísono.

  Un hombre desconocido cruzó el umbral acompa?ado por el profesor Yannes. Este último movió discretamente la mano, conjurando un vaso de agua que apareció flotando ante el visitante.

  —?Oh, muchas gracias! —exclamó el hombre, bebiendo con ansias —Tenía una sed terrible…

  —?Profesor Yannes…? —preguntó Astrid, acercándose con curiosidad —?Quién es él?

  —Les presento al se?or Robert Hagiran… —anunció Yannes con voz firme —el padre de Nhun.

  Como si hubieran olido sangre, los estudiantes se abalanzaron hacia él, presentándose uno a uno con sonrisas fingidas, omitiendo intencionalmente sus apellidos para evitar despertar sospechas o provocar alguna reacción no deseada.

  —?Oh! ?Todos ustedes son amigos de mi Nhunisha? —dijo Robert, sorprendido y conmovido —?Es un verdadero placer conocerlos!

  —?Se?or, se?or! —intervino Astrid con una voz cargada de dulzura artificial —?Nhun siempre nos está haciendo bromas!

  Elizabeth se sumó al juego con una expresión inocente.

  —?Una vez me puso una tarántula en la cama mientras estaba distraída! ?Puede imaginarlo?

  —?Compró un mono con su dinero y lo dejó en mi habitación! —se quejó Juliana, indignada —Y cuando le pedí explicaciones, dijo que era para que me “sintiera como en casa”.

  Mientras las chicas narraban sus historias con entusiasmo fingido, Dimerian, Reinhard y Joseph se mantuvieron en silencio, al igual que el profesor Yannes, observando, con una mezcla de diversión y resignación, cómo se desarrollaba la escena.

  Robert se pasó la mano por el rostro, agotado, y dejó escapar un largo suspiro.

  —Esa ni?a… no se preocupen, chicas. Me aseguraré de darle un buen castigo a esa mocosa traviesa.

  Las sonrisas de las chicas se tornaron ligeramente siniestras, como si hubieran ganado una peque?a batalla.

  —?No creen que se están excediendo un poco? —preguntó Joseph en voz baja, arqueando una ceja.

  —No… —respondieron al unísono.

  —Nhun se va a enojar cuando se entere. —comentó Reinhard, con una sonrisa incómoda.

  —Contamos con eso. —volvieron a decir las chicas, con una sincronía inquietante.

  El profesor Yannes se aclaró la garganta, intentando recuperar algo de orden.

  —Me temo que no tenemos habitaciones disponibles para huéspedes, se?or Robert. ?Por qué no se queda en el cuarto de su hija mientras la espera?

  —?Qué? Pero… ?Dónde está mi hija?

  Joseph dio un paso adelante, intentando calmar su inquietud.

  —No se preocupe. Salió esta ma?ana en una expedición a una mazmorra con nuestro líder.

  —?Una mazmorra? ?Eso no es peligroso?

  —Con él a su lado, estará a salvo. Lo más probable es que regrese ma?ana. —aseguró Joseph con serenidad.

  —Ya… ya veo…

  Las chicas se ofrecieron a acompa?arlo a la habitación de Nhun, esperando alguna reacción al ver el inevitable desorden. Pero, al abrir la puerta, algo inesperado sucedió.

  Robert se quedó inmóvil en el umbral. Una extra?a y cálida sensación lo envolvió. No era incomodidad. Era… felicidad.

  Las chicas intercambiaron miradas, escépticas.

  El hombre comenzó a caminar lentamente por la habitación. Pasó los dedos por la superficie del escritorio, por los bordes de la estantería repleta de libros, cuidadosamente ordenados junto a la ventana. En una esquina, estaba una cama mal hecha, espaciosa y sencilla. A un lado, un espejo adornado con peque?os frascos de perfume y maquillaje, decorado con cintas y notas que hablaban de un gusto personal.

  Los ojos de Robert se humedecieron.

  —Está bien… —susurró —Ella está bien.

  Sintió un alivio tan profundo que por un momento olvidó la fatiga, la incertidumbre, incluso la distancia recorrida. Saber que su hija no pasaba hambre, ni frío, que podía comprarse lo que quisiera, no por necesidad, sino por deseo… era más de lo que él jamás había podido ofrecerle.

  —Esto… —dijo en voz baja, conmovido —Esto es más de lo que alguna vez pude darle… me alegra tanto…

  Las chicas intercambiaron miradas en silencio. Todas entendieron que era el momento de dejarlo solo. Después de todo, había atravesado medio continente caminando desde Reidell para encontrar a su hija.

  Robert se sentó en la cama, dejando escapar un suspiro largo y cansado. Era cómoda. Demasiado cómoda. Una peque?a sonrisa se dibujó en sus labios mientras acariciaba la almohada de su hija.

  Se recostó, cerró los ojos, y por primera vez en días… se permitió so?ar con el momento de volver a verla.

Recommended Popular Novels