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En busca de calor (I): El lobo que huye de la manada.

  Un ni?o lobo estaba encerrado en una jaula, con una mujer humana abrazándolo.

  Los ojos de la mujer estaban vacíos, como si ya no miraran el mundo.

  El ni?o temblaba. Su pelaje erizado apenas lograba retener el calor.

  En el cielo, la luna tenía un tinte rojo en los bordes, como si estuviera herida.

  Alrededor de un altar se reunía una multitud. Algunos bailaban; otros hacían gestos extra?os con las manos.

  Sus movimientos eran caóticos, pero extra?amente sincronizados. Aquello resultaba inquietante.

  En lo alto del altar yacía el cuerpo de una mujer. Su sangre corría por las heridas y caía hacia una piedra verde colocada en el centro. Sin embargo, la sangre nunca llegaba a mancharla: desaparecía justo antes de tocarla.

  Si había algún consuelo para el ni?o, era que ese cuerpo no era el de su madre.

  —Mamá… —susurró, mirando la piedra—. ?A dónde debo correr?

  La mujer que lo abrazaba era su madre. O, al menos, lo que quedaba de ella. Su cuerpo se movía por instinto, pero su mente ya no estaba allí.

  El ni?o recordaba bien la primera vez.

  La primera fiesta.

  Su padre había sacado a su madre de la jaula. Fue la primera en subir al altar. En aquel entonces, la piedra era blanca.

  El hombre levantó las manos hacia el cielo.

  —Gran dios devorador de la luna —proclamó—, tú a quien incluso los cielos temen y que fuiste expulsado por envidia. Concédenos el poder para vengarnos de nuestros enemigos.

  Tomó aire con solemnidad, apretó la piedra y la colocó en su sitio.

  —Y como prueba de mi lealtad… te ofrezco a mi amada.

  La mujer fue desangrada. Pero la sangre no cayó: se elevó.

  La multitud estalló en ovaciones.

  —Esta piedra será el enlace —continuó el hombre—. La prueba de nuestra subordinación al gran dios, mientras permanezca con nosotros.

  Esas fueron las últimas palabras que el ni?o escuchó antes de que el cuerpo de su madre quedara completamente vacío.

  Cuando dejó de convulsionar, la piedra se volvió verde.

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  El lobo bajó las manos.

  —Nuestra gente será cada vez más poderosa. Tráiganme los sacrificios.

  Pero su madre no murió. Sus heridas sanaron.

  Desde entonces, cada vez que celebraban una fiesta, la piedra que contenía su alma era llevada al altar.

  Aquellos rituales eran horribles…pero también eran las únicas ocasiones en que el ni?o podía hablar con ella.

  El tiempo dejó de tener sentido. Solo existían días y noches.

  No supo cuándo ocurrió, pero los barrotes comenzaron a verse más peque?os, el techo más cercano.

  Hasta que un día, su madre dejó de responder.

  Eso lo llevó a este momento.

  —Mamá… respóndeme. ?A dónde debo correr?

  La fiesta había terminado. Nadie venía a buscarlo.

  Afuera había ruido. Mucho ruido.

  Sabía que no era por la fiesta.

  Se oían estallidos metálicos, golpes que hacían temblar las paredes.

  El caos se acercaba.

  El ni?o no sabía qué hacer, hasta que vio a alguien parecido a su madre.

  La observó con atención.

  No tenía cola. Sus orejas eran peque?as y estaban a los lados de la cabeza, como las de ella.

  —?Tú me sacarás de aquí?

  El hombre lo miró. Sus ojos se oscurecieron.

  Sin decir una palabra, cortó la reja con un solo movimiento de su espada… y se fue.

  Afuera reinaba el caos. El ni?o quedó paralizado.

  Siempre había sentido que lo que su padre hacía era desagradable, pero esto era peor.

  ?Incluso si con mamá jugaban despacio… no me gusta esto. Quiero que todos puedan moverse.?

  Tomó el objeto que su madre solía ponerle en la cabeza. Su corazón tembló.

  El ruido. El caos.

  Huyó.

  —?Desgraciado! —rugió la voz de su padre a lo lejos—. ?No te atrevas a abandonarme! ?Eres la llave para fortalecer mi línea de sangre!

  De su cuerpo brotó un poder nauseabundo.

  Oli?a como las heces detrás de su antigua casa.

  —?Perros del dragón! ?Apártense o los aniquilaré!

  La presión se concentró en sus manos. Sus u?as se endurecieron, volviéndose piedra por primera vez desde que el ni?o recordaba.

  Su padre sonrió.

  —Iré por ti, peque?o gusano.

  Con un solo movimiento, destrozó cuerpos. Partió en dos a un hombre con armadura y avanzó bebiendo la sangre que salpicaba el aire.

  Alguien rápido apareció para enfrentarlo. No murió de inmediato.

  La pelea no tuvo un vencedor claro.

  El ni?o corrió hacia el bosque.

  —Tu nombre será Pedro —gritó su padre—. ?Como mis garras de piedra!

  Una espada logró herirlo, pero el hombre se cubrió.

  —?Mientras mis armas estén conmigo, nunca dejaré de buscarte!

  El ni?o corrió hasta que sus oídos latían y el vapor escapaba de su cuerpo.

  Así, se perdió.

  Durante muchos días se alimentó como podía. Olfateaba el aire, pasando la nariz de un lado a otro, evitando —tal como su madre le había aconsejado— los olores demasiado ácidos.

  Con el tiempo, aprendió a encender fuego golpeando piedras, igual que en las fiestas. Gracias a eso logró calentarse por las noches, refugiándose en cuevas. Ya no comía animales crudos, al menos no por fuera; el interior seguía quedando sin cocinar.

  Un día, mientras vagaba sin rumbo, cruzó un río y encontró un peque?o asentamiento. No se parecía a los lugares donde solía vivir.

  Había una casa apartada del resto, similar a la de sus antiguos vecinos. Se acercó con cuidado.

  A poca distancia oyó el sonido de piedras chocando.

  Pese a estar en un lugar aislado —donde solo deberían vivir vecinos—, vio a una mujer como su madre: sin cola, con orejas peque?as a los lados de la cabeza.

  Ella intentaba encender fuego.

  El ni?o escondió su cola y sus orejas de lobo. Observó durante largo rato, sin moverse.

  Finalmente, el fuego prendió.

  El ni?o abrió los ojos, sorprendido.

  —Clap, clap, clap, clap, clap.

  Un ni?o apareció detrás de la mujer, aplaudiendo. Llevaba una capucha de cuero sobre la cabeza.

  —Finalmente lo conseguiste, se?ora. No te avergüences; a mí me tomó mucho más tiempo aprender a encender fuego. Aunque, si no querías el lugar, habría agradecido que no quemaras todo el pasto. Pensaba dormir ahí.

  —Espera —dijo ella, alzando una ceja—. Me tomó mucho tiempo quemar el pasto… ?y me lo dices ahora?

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