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Despertar inusual, deshumanización natural

  Maribel abrió los ojos sin saber cuánto tiempo había pasado.

  El cuerpo le dolía entero: hombros, cuello, columna. Un escozor incómodo le recorría la piel. Algo le rozaba la nariz con un olor extra?o y una luz intensa le atravesaba los párpados. Para alguien que llevaba dos noches seguidas trasnochando y sin comer bien, aquello era una tortura.

  Sin atreverse a abrir los ojos del todo, se cubrió el rostro y permaneció así un momento, buscando refugio. Hacía nada estaba despierta de madrugada bajo luces LED; ahora, el cansancio y esa pesadilla tan realista seguían oprimiéndole el pecho.

  Esperaba, con toda su fuerza, que la mujer desangrada también hubiera sido solo un sue?o.

  —Ahh… —se quejó.

  Rodó sobre el suelo y finalmente abrió los ojos. Esperaba ver el sol filtrándose por una ventana, pero lo que encontró fue un cielo abierto, con pocas nubes.

  —?Qué carajo…? —La indignación le explotó en la garganta—. ?Me dejaron tirada en el pasto bajo el sol? ?Quién hace algo así? ?Incluso alguien que no hizo nada debería saber que esto no se hace!

  Se incorporó con dificultad. El dolor solo aumentó su mal humor.

  ?Esto es inaceptable?.

  ?Definitivamente voy a denunciar?.

  ?Y espero no volver a ver a esa zorra de Miriam?.

  Caminó sin rumbo durante varios minutos, intentando orientarse. La sed terminó por detenerla. Cerca de donde había despertado corría un río silencioso, de agua sorprendentemente clara. Demasiado clara para estos tiempos.

  Se arrodilló y bebió hasta saciarse. Luego, sin pensar demasiado, alivió la vejiga allí mismo y continuó caminando.

  Media hora después, la inquietud se volvió imposible de ignorar.

  —?Dónde estoy…? No pudieron llevarme tan lejos. Unas cuadras, como mucho…

  El bosque no parecía terminar nunca. Eso la puso nerviosa. Insectos, animales, mordeduras, venenos… Todo lo que no era su mundo. Ella era médica, no una recolectora. ?De qué servía saber curar si una serpiente la mordía sin antídotos ni siquiera para identificarla?

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  Tras una hora de deambular, vio algo que la tranquilizó: humo.

  Fuego hecho por humanos.

  —Así que sí me trajeron lejos… —murmuró—. Después de esto, me largo de esa ciudad.

  Siguió el rastro hasta una casa de adobe con techo de paja. Una olla hervía sobre el fuego; cerca, otra hoguera secaba fibras vegetales. Una mujer trabajaba hilos con una tabla, concentrada, vestida con ropa sencilla y un sombrero de paja.

  —Disculpe… —dijo Maribel—. Espero no incomodarla.

  ?Claro que la incomodarás… pero educación primero?.

  La mujer se sobresaltó al verla. Observó su ropa, manchada de sangre, y de pronto cayó de rodillas, inclinándose con temor.

  Maribel se quedó rígida. No esperaba eso.

  —M-mi se?ora… por favor… dígame lo que desea…

  Tardó unos segundos en reaccionar.

  —Disculpe —dijo finalmente—. Me perdí. Quisiera saber dónde queda la ciudad o el pueblo más cercano.

  El tono irritado se le escapó apenas. Fue suficiente. La mujer se estremeció y se lanzó al suelo.

  —La ciudad más cercana está a dos días a pie —exclamó—. P-pero si usted trae consigo a su bestia, podría llegar mucho antes… Lamento no saber más, soy peque?a e insignificante… ?Por favor, tenga piedad!

  Maribel dio un paso atrás, incómoda.

  —No te haré nada. Solo estoy perdida.

  La mujer permaneció tensa, sin atreverse a mirarla.

  —Oye… —Maribel carraspeó—. No tienes que tenerme miedo. No voy a tocarte.

  —?Usted lo promete…? —susurró—. Solo soy una hormiga para usted…

  El ce?o de Maribel se frunció.

  —?Qué hormiga? Las hormigas van por el suelo. Tú eres humana. Deja de menospreciarte, es… incómodo verte hacerlo. Tienes dignidad solo por existir.

  —M-mi se?ora… yo no soy como usted… ?Cómo podría compararme…?

  Maribel suspiró. Cambiar de tema parecía lo mejor.

  —?Qué estás haciendo con esos hilos?

  —Tejo. Es mi trabajo para la comunidad.

  —Ya veo… —dijo, desviando la mirada—. ?Dónde está la entrada al pueblo? Quisiera hablar con su líder.

  —?Líder…?

  —El que manda aquí.

  Algo se le apretó en el pecho, aunque no supo por qué.

  La reacción del pueblo fue similar. Miradas, murmullos, temor. Algunos parecían mareados solo con verla pasar.

  ?Claro… la sangre?, pensó. ?Se ve desde lejos?.

  —Siento náuseas… —susurró alguien entre la multitud.

  El líder finalmente habló.

  —Le daremos ropa y comida. Solo siga ese camino.

  Los habitantes parecían aliviados de verla irse. Le entregaron provisiones con una reverencia casi agradecida, como si deshacerse de ella fuera un favor.

  Antes de retirarse, el líder a?adió:

  —Si desea botar la comida en el camino… no nos ofenderemos.

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