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El mundo está más loco que yo (I): La fiesta — Gallinazos sin plumas

  En la villa Puerta de Sal, las personas vivían la alegría de haberse esquivado por un pelo una bala dirigida a la cabeza; una sensación que, en gran medida, no era exagerada.?

  Observando desde lejos, Maribel podía decir que aquello era, de algún modo extra?o, lo más inesperado que había visto en su vida.

  ?Nunca imaginé presenciar este tipo de fiestas.?

  Ella recordó las fiestas que conocía.

  Estaba acostumbrada a celebraciones con alcohol: una peque?a copa de vino servida durante la fiesta, cajas de cerveza embriagando a la gente. Esas eran las reuniones tranquilas que prefería, entre compa?eros de trabajo o del colegio.

  Una ligera sonrisa se le escapó.

  ?Solía evitar gastar dinero, pero esas ocasiones eran especiales —una ligera amargura se filtró— tanto por la celebración en sí misma como por la presión social para participar y colaborar con algo propio.?

  Esta vez Maribel negó en su corazón; recordó las que son peores.

  ?Recuerdo las no tan calmadas... por decirlo amablemente. La música resonaba a todo volumen hasta hacer vibrar mi pecho... las personas frecuentemente se olvidaban de sí mismas.?

  Ella recordó una experiencia desagradable.

  ?Qué experiencia? Dicho amablemente: los ba?os en esas fiestas existían; entrar en ellos era bajo su propio riesgo: podías encontrarte con cosas que no debías ver.

  La fiesta frente a ella era distinta.

  Tambores, pies descalzos, instrumentos de viento como zampo?as y algo parecido a una flauta dulce. En el suelo descansaba un instrumento similar a una guitarra, con las cuerdas desgastadas y rotas. Había fogatas encendidas aun siendo de día, dispersas entre las casas.

  Maribel sonrió apenas; no estaba realmente feliz.

  ?A diferencia de las fiestas que recuerdo, esta es algo completamente nuevo.?

  Lo más extra?o era que había alcohol… o al menos algo parecido. Las personas tenían jarras de vino artesanal enterradas en distintos puntos de sus patios. ?Cuánto tiempo llevaban allí? Solo Dios lo sabía.

  ?Rayos... los salvo y no me dan ni una gota. ?Qué es eso de que cada uno hace su alcohol??

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  Ella miró al ni?o.

  —?Sabes? Espero que no te vuelvas como ellos, Pedro.

  Lo dijo con un dejo de resentimiento por no haber recibido nada.

  El ni?o observaba la escena con visible desagrado; su expresión parecía exagerada en su rechazo.

  —Sí… nunca seré como ellos.

  —…

  De algún modo, aquella escena le recordó algo: verse apartada, sucia, mientras otros disfrutaban de la vida.

  —?No seré yo un gallinazo sin plumas, verdad? —dijo en broma.

  ?Definitivamente lo eres?, respondió el sistema.

  —Knu…

  El quejido de Maribel era de dolor. Aunque emocional, seguía siendo dolor.

  —?Qué es un gallinazo sin plumas?

  —Un gallinazo es un ave de rapi?a… es decir, un ave que come basura y animales podridos después de morir. No matan: se alimentan de quienes ya murieron. Como suelen reunirse donde hay desechos para encontrar comida, a quienes no tienen ni dónde caer muertos, o solo hallan alimento en la basura, se les podría llamar gallinazos sin plumas.?

  —…

  Pedro la miró largamente.

  —Entiendo.

  Pareció querer decir algo más, pero al final solo dijo eso.

  Maribel ladeó la cabeza ligeramente.

  ?Espero que el ni?o no estuviera conteniéndose o reprimiendo sus emociones tras creer que casi lo abandono. Quizá debí contarle el plan de antemano.?

  La idea la hacía sentir culpable.

  Ella suspiró.

  ?Sin embargo, la idea había surgido de forma tan improvisada que fácilmente podía haber salido mal. Lo mejor era que Pedro estuviera listo para correr si era necesario.?

  Actualmente, esa forma de pensar empezaba a disgustarle, pero en ese momento le parecía lo correcto.

  Ahora por fin sentía que había saldado su deuda, pero otro problema se cernía sobre ella.

  Pese a querer descansar, el mundo parecía empe?ado en impedírselo.

  De por sí, la fiesta ya le robaba el sue?o.

  Ahora debía descubrir cómo llegar a un lugar seguro donde Pedro no fuera atacado por ser un semihumano. El problema no se resolvía solo con saber adónde ir.

  Anteriormente, Maribel había salido a caminar de noche, y eso le abrió los ojos a la magnitud del problema: la noche misma era el enemigo. En aquella oscuridad total, con árboles elevándose hasta el límite de su visión, no podía ver ni siquiera la luz de las estrellas, si es que las había. Sin poder cubrirse con montones de pasto seco, el frío no los dejaría dormir.

  No podían caminar. Tampoco dormir. En realidad, tampoco podían comer ni beber agua: para eso era necesario ver.

  Eran completamente inválidos.

  ?Jah, creo que es más aún —se burló Maribel—. Ni siquiera lisiados: más bien somos como pacientes en coma.?

  Ese pensamiento llevó a Maribel a un estado de tensión relativa; relativa porque, al menos, ella conocía la solución.

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