Alea iacta est
Resultaba impensable que el mundo pudiera acabarse en aquella noche de oto?o tan hermosa. No había sitio en su cabeza para creerlo, pero todo apuntaba a que había sucedido tal cual lo recordaba. La Capital había caído, las calles habían sido saqueadas y el enemigo vencido con una comodidad casi irrealizable. Según sus ojos habían visto, la nobleza y la plebe adornaban de rojo el empedrado por millares; sin cabida a la discriminación para aquellos que se rendían, buscasen huir o aunaran todo su coraje en contra de la Horda. En cuanto a la Realeza, solo Dios sabía que había pasado con ellos. Y solo él también sabía por qué Vyler seguía con vida, y no otros hombres con mejor juicio.
Habían creído que se trataba sino de un grupo de maleantes. Ninguno se habría imaginado la magnitud del error y la tragedia, fruto perverso de quienes rompieran con la ilusión de una ciudad impenetrable.
Fuera de la celda, se oían amortiguados los gritos nerviosos de los caballeros encerrados en las cámaras de la mazmorra. Sobre estos, escasos, aunque más claros, le llegaban los jolgorios de sus carceleros. Los bárbaros se paseaban de aquí para allá a lo largo de la estrecha red de pasillos entre celdas, con garrotes con los que golpear las portezuelas de acero. Les habían dejado a ser Vyler y a los suyos una antorcha encendida apostada en la columna central de la habitación peque?a e inmunda que rayaba su capacidad. De resto, se hallaban desprovistos de todo lo que no fuera angustia.
— Para que veamos nuestra vergüenza a los ojos. — No había hecho falta las palabras de ser Alfred Barmettler para aclararlo, pero nada lo detuvo de hacerlo. Después de esto, escupió al suelo. Todo el que rezongaba algo, la más mínima frase que no estuviese dirigida hacia sus familiares, escupía al suelo.
? Algunos tienen más para ver que otros. ?, pensó el caballero sin animarse a mirar de soslayo por segunda vez a uno de sus camaradas.
De ojos inyectados en sangre, encolerizados y cansados de ahogar lágrimas, ser Ronnie no quitaba la vista de su esposa de belleza modesta y carácter gentil. Le acariciaba los cabellos casta?os y le hacía ondas con sus dedos, mientras se apretaba los dientes con furia al punto de astillárselos. Ella no volteaba a verlo a la cara, no podía ni el caballero pretendía que lo hiciese nunca más.
Ser Vyler, ungido sobre la ropa hecha jirones con su propia sangre y las de quienes hubo ajusticiado sin juicio ni el menor recato, se revolvió e intentó sin éxito destrozar los grilletes de sus mu?ecas, para así librarse de su ira y pesadez. Las retorció, rogando por tener fuerzas suficientes. Pero nada en el mundo sería capaz de cumplir con tal propósito aquella aciaga madrugada que solo trajese tiempos de mayor desolación.
Horas atrás, los quince caballeros que lo acompa?aban en bancos de piedra habían defendido la Calle del Caudal junto a nobles sin título ni destreza ante todo animal armado con hachas, espadas y garrotes que se acercaba a pillar sus pertenencias y asesinar a sus familias. Durante un cuarto de hora o puede incluso que más, resistieron el avance de los salvajes. Había reunido a varias decenas de sus miembros de la Compa?ía Caballeresca y los había dispuesto para que protegiesen el arrabal más pudiente de la ciudad. Desde sus monturas, arrollaron, pisotearon y sesgaron a unos tantos pelotones de la Horda de las Bestias, pero los números no tardaron demasiado en jugarles en contra y verse superados. Sin embargo, con valor y ahínco plantaron pie a las oleadas de contrarios, aún después de que muchos de los suyos, él incluido, cayeran al suelo y otros pocos se dejasen la vida en la contienda.
Para su deshonra y el lamento de incontables, la situación se torció y la pila de cadáveres que habían erigido a base de infinitos esfuerzos y templanza se fue directo al ca?o nada más caer el baluarte de Leonor II. Sí, finalmente se rindieron, pero no porque así lo hubiesen querido. No habrían huido de la muerte y el deber. Acabaron por tirar sus espadas a los pies del enemigo, no sin antes creer por un mísero segundo en palabras vacuas que atendían promesas que ni el más deleznable hombre incumpliría. En cualquier caso, habían tratado con salvajes y no con verdaderos hombres.
En principio, ser Vyler habría apostado a luchar hasta el último aliento, aunque todo estuviese en su contra, y confiaba en que cada uno de sus camaradas curtidos en la entereza de la caballería así lo desearan, pero no había manera digna de salir de aquellas circunstancias sin que algún inocente pagase por ello.
El recuerdo le acudía a la mente dando vueltas.
Aquellos bárbaros que habían combatido con furor diabólico asentaron las bases de una traición con vil astucia y sangre fría. Para cuando la defensa férrea de los caballeros comenzó a flaquear, los celtas los rodeaban casi sin atreverse a romper su formación. Cierto era que todo el que lo hacía era hombre muerto. Por lo que intentaron doblegarlos por otros medios.
Un sujeto aborrecible, que más temprano que tarde se enteró que respondía al nombre de ?Conway?, alcanzó a una pareja de ni?os desafortunados y amenazó con demostrar que tan bajos eran los escrúpulos del incivilizado y del hereje.
— ?Depongan las armas o...! — Se echó a reír. — Bueno, degollarlos será solo el principio.
A semejante ultimátum le siguió que los contrarios se hicieran con la libertad de una doncella, una terna de ancianos que arrastraron desde sus hogares, y con lady Jessabelle; una mujer noble que todo caballero reconocía y elogiaba por su alegre e inocua naturaleza.
— ?Dejadlos fuera de estos, si os hacéis llamar hombres! — ser Ronnie estalló en cólera en aquel momento. — ?Tened al menos el valor!
— ?La hombría entre las piernas, cobardes! — lo apoyó ser Vyler y otros tantos sumaron sus voces en una barahúnda sin control en la que se estrellaron ambos bandos.
— Algunos dirían que esto es cobardía — gritó Conway acompa?ado de una risotada. —, yo lo llamo la audacia de tomar ventaja. No hay nada que nos lo impida. En cambio, un idiota caballero tiene que mirar y decidir entre lo que es correcto y lo que no… O eso es lo que cuentan. Así que decidan.
Todo el peso de los inocentes y de los caballeros honrados cayó sobre los hombros de ser Vyler con fuerza arrolladora, o así lo sintió en carne propia por un instante. Más allá de tener la última palabra, no le tocó lidiar con la responsabilidad.
— El baluarte y la ciudad han caído — le se?aló ser Wendell, honesto, con una mano el corazón. —. El Rey debe estar muerto. Debemos ser lo último, ?qué sentido tiene hacerles esto?
— Respondemos ante el reino, y el reino es su gente… — pensó ser Vyler en voz alta. — ? Que no se siga derramando más sangre. ? — consiguió paladear las palabras primero en su mente.
— Ya tomen una decisión, qué se me resbala la mano. — exigió otro salvaje de la Horda que había puesto un cuchillo delante del cuello de lady Jessabelle.
Llegar a una decisión no fue sencillo, y habría sido incluso más escabroso, si ser Ronnie no hubiera arrojado su espada al suelo sin mirar atrás y otros dos lo hubiesen seguido en su apuesta.
— Está bien, escoria, haced lo que queráis con nosotros. — Caminó hacia ellos, rechistando entre dientes. — ?Soltadla a ella! ?Y a todos los demás!
Cuando cada caballero hubo puesto primero la vida del pueblo antes que la suya, el novísimo eslabón de la cultura celta liberó a sus rehenes. Pero al final, Conway rio nuevamente y rodeó con un brazo a la mujer.
— Esperen un momento. No dije nada sobre que nadie moriría.
De esta forma, la cabeza cercenada de lady Jessabelle descansaba entonces sobre el regazo de ser Ronnie. Era lo único que de ella restaba. Y su marido, hundido en la más absoluta agonía silente, encaraba al mismísimo Infierno, puesto que el hombre que los hubo separado seguía allá afuera, caminado de ida y vuelta por los pasillos, cantando de forma rasposa y riendo.
— ?Alimento para el Rey Bestia! — gritaba de vez en vez aquel condenado sujeto. — ?Vivat Bestias! — agregó solo un par de veces en un mal entonado latín.
Y en aquellas ocasiones, otras voces tomaron la palabra.
— ?Vivat Rex Azus!
Enterrados bajo decenas de metros de roca, en las entra?as de los calabozos del Baluarte del Rey, el aire era denso, tanto que resultaba opresivo. Ser Vyler juraba sentir que todo el castillo se le vendría encima en cualquier segundo. Lo mareaba el simple hecho de imaginar que sucedería. ?O solo era el pesar producto de su error el que lo atormentaba?
? De cualquier manera, la habrían asesinado — Se decía, para aliviar un tanto su dolor y sin llegar a conseguirlo. —. Y de habernos alzado en armas, habría resultado fatídico para los demás ?. Los ni?os, los ancianos y aquella otra mujercita habían salido airosos de la negociación; los habían echado a un lado y dejado vagar en libertad por las calles. Antes de que lo condujesen a su encierro, ser Vyler los había visto partir en soledad hasta perderse en la lejanía. Pero esto no era indicativo de que estarían seguros en los días posteriores. En lo absoluto. Conservaba una idea lo bastante clara acerca de que nada terminaría bien.
This tale has been unlawfully lifted from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere.
— ?Alimento? — ser Alfred se encontró a medio camino del horror. — Estos salvajes nos servirán para la cena.
Ser Vyler no albergaba demasiadas ansias de emitir palabra ni levantar su voz en vehemencia como el resto de los hombres de orgullo herido en la sala. Por suerte, el caballero se encontraba a su lado, con lo que los susurros fueron una alternativa de poca ingratitud.
— Practican el canibalismo, pero no creo que nos sirvan en vajilla.
— ??Cómo que no!? Lo que las historias nos han contado ellos lo acaban de confirmar, ser.
— Nos han contado que no lo piensan dos veces para devorar al más débil. Cuando os hayáis en medio del bosque y la poca comida que conseguís cazar o robar no alcanza para todas las bocas, no hay mucho de donde elegir. Hoy darán inicio a un gran festín, pero no tomaremos parte en él. Ni tampoco los de allá fuera. Con tanta comida, no tienen por qué.
— ?Entonces qué?
— El Rey Bestia, ?no escucháis? Raymond Hailstone aún tiene cuentas pendientes con nosotros. Si no hubiese sido por algunos de estos hombres, probablemente no habría tenido que escapar al exilio en primer lugar.
Ser Wendell les mantenía una mirada fija y expectante a ambos desde la otra punta de la habitación, que eran cuatro metros a lo mucho.
— ?Y qué sucederá con aquellos que no pintan nada en esa historia? — les preguntó cuándo los demás tuvieron la decencia, o la amarga sumisión, de cerrar la boca. — Yo no estuve aquella vez en el lago Halfmoon, ser. Para entonces aún era un paje en el castillo de un barón.
— No tengo todas las respuestas… — Se hallaba tan pesaroso que no quería tener que acrecentar el tono de voz. Sin embargo, se vio obligado. — Pero conociendo a la clase de sujeto con el que tratamos, puede que no haga ninguna distinción entre los que echaron por tierras sus planes hace dos décadas y los que no.
— Servimos a vuestra compa?ía con honor, y os hemos seguido por devoción. No por unas cuantas monedas de oro — A ser Ronnie no le fue necesario olvidar sus penurias para hacerse oír de manera honrosa —. Si tenemos que morir a vuestro servicio que así sea, pero os juro que me llevaré unas cuantas cabezas a la tumba antes de caer.
Ojalá ser Vyler hubiese sentido aquella ligera y pasajera brisa de entusiasmo que envolvió a todos los demás. Un nubarrón inclemente de melancolía se posó sobre él al pensar de nuevo en el pasado, aunque pareciera imposible, yaciendo tan adentrado bajo tierra.
A ser Vyken Maine no le bastaron los a?os para presenciar el nacimiento de su nieta Grace, pero sí para combatir al lado de su hijo en la modesta batalla del lago Halfmoon hacía veintidós oto?os atrás. Batalla que creyeron haber ganado aquella vez, pero cuyo triunfo fue en realidad inconcluso. La fuga del líder enemigo solo había servido para retrasar una catástrofe.
Una fracción de la Guardia del Rey, despojada de sus obligaciones por beneplácito de Darren IV, irrumpió en una peque?a fortaleza abandonada para dar caza a un caballero que había osado violar cada uno de sus votos; hombre despreciable que renunció a un cargo tan sagrado como el resguardo de la Familia Real sobre toda ambición, sobre toda necesidad, sobre su vida misma.
Ser Raymond Hailstone, por aquel entonces, hubo asesinado sin una pizca de vacilación a la esposa y al ni?o de pecho del cortesano lord Thomas. Y habría pasado por la espada al pobre hombre de haberlo encontrado, y liquidado a todo el que se interpusiese, por una acusación que más de un noble había intuido que podía volverse realidad. Su pecado había sido el de amar a una mujer, a una desprevenida doncella que quiso llevarse a la cama aun cuando sus juramentos se lo impedían. Y antes de que lo condenasen a enfrentar el mandoble de un verdugo y el posterior juicio del Se?or, Raymond escapó, poseyendo con violencia a su perdición; a la plebeya por la que todo hubo dado inicio.
Ser Covan Thompson, quinto espadachín platinado y buen amigo, le contó algún que otro detalle, luego de que la comitiva a su mando y la compa?ía de escoltas de los Maine se topasen ante aquella fortaleza.
— La sigue a todos lados mientras tiene tiempo, Majestad — le había confesado lord Thomas al rey Darren IV. —. Al principio fue una mera casualidad haberlo encontrado en la calle, encubierto con prendas de plebe, pero desde entonces lo he estado siguiendo con cuidado. Ser Raymond vigila sin quitar ojo a esta mujer, la persigue a donde quiera que vaya. Y según lo que me ha contado un informante, después de tanto intentar y de tantas negativas recibir por parte de esta joven llamada Aloy, el caballero ha comenzado a utilizar la fuerza para conseguir su cometido.
— Mi lord, ?me estáis diciendo que debería ajusticiar a uno de mis caballeros por un crimen que no ha cometido? De él cometer estos, sería un desacato absoluto a mis órdenes, pero… ?Mi cabeza ha sufrido los da?os de la vejez o insinuáis que debo destituir, como mínimo, a un hombre por estar enamorado? Por intentar llevar a cabo una de las razones por las que Dios lo ha mandado aquí en primer lugar.
— La belleza de Aloy terminará por semejar una marca de maldición, creedme. La obsesión de ser Raymond no puede ser natural.
Al cabo de unos días, Su Majestad mandó a dos caballeros platinados a que siguieran los pasos de ser Raymond de cerca una madrugada en la que lo vieron salir del castillo. Ambos hombres se presentaron en la casa en la que lo habían descubierto colándose cual rufián, al atender los gritos desesperados y el llanto de una mujer. El mismo ser Covan fue herido de gravedad, cuando intentó escudar a la doncella cuya desnudez se encontraba a la vista por sus ropas destrozadas, con se?ales de forcejeo en el cuerpo magullado y la virginidad en entredicho. Por desgracia, el caballero que lo acompa?aba no vivió para contar su propia anécdota.
Raptó a Aloy, la doncella por la que lo había arriesgado todo y parecía dispuesto a perderlo innumerables veces. Y posterior a escapar indemne, aunque por poco, del que sería el menos vergonzoso de sus actos, Raymond fue destituido de su puesto en la Guardia del Rey, despojado de su título de caballero y declarado traidor a la Corona y perjuro. En aras de conservar su cabeza, desapareció de la faz de la tierra como si fuese alguna clase de fantasma. Y algún tiempo después, surgió del nido de ratas en el que se encontraba, para hacer pagar a lord Thomas el precio de su atrevimiento.
— Se supone que no deberían encontrarse aquí estos desgraciados. — comentó ser Alfred, de manera que disipó los dolientes aires de recuerdo de Vyler. — Ser Logan se dirigía a aniquilarlos a todos…. Esos hombres cayeron en una trampa.
— Creo que todos hemos caído en la misma, ser.
— Esos mensajes que dicen haber llegado de otras ciudades — lanzó con sumo coraje. —. De seguro son reportes falsos, ya os lo digo. Es inconcebible que nos enga?aran a todos a la vez.
Le parecía que secuestrar unas cuantas aves mensajeras y falsificar firmas y un relato en común era una bagatela sin pies ni cabeza. No, debía de tratarse de algo más grande; algo que estuviera por encima de todo el que pudiera llegar a una conclusión sensata y que no alcanzaría a dilucidar ni con mil noches de conjeturas.
— No será algo tan simple como eso. Debemos estar ante la estratagema más elaborada de la historia.
Su camarada y amigo, de un rostro maltratado por un torrente interminable de conmociones, suspiró profundamente.
— Mi única consolación es que mi hijo Rodrick está allá afuera. Con la hueste.
Ser Vyler sonrió de gusto y dio gracias a Dios por ello.
— Valysar también. — Intentó en gesto instintivo llevarse ambas manos a la cruz que colgaba en su pecho, bajo el jubón. Sin embargo, no la alcanzó aun estirando los dedos. Los grilletes que le besaban con crueldad las mu?ecas se ce?ían a una argolla de acero en el suelo mediante una cadena.
Recostó la cabeza a la pared y respiró aliviado por unos segundos. Incluso así, pronto se percató de que no podría dormir, aunque estuviese desfalleciendo del cansancio, pues todas las personas que amaba estaban allá afuera, en alguna parte, y no podía mover siquiera un dedo para salvarlas. Si bien Valysar se encontraba a días de distancia, rodeado de buenos soldados, el resto de su familia no corría con la misma suerte. Su amada esposa e hija se hallaban en casa, solas y sin ninguna protección más allá de aquellas paredes que ni por asomo habían sido construidas para resistir asedios. Sin importar lo mucho que con ahínco intentase mantener la mente cuerda y el rumbo de su imaginación en curso seguro, terminaba naufragando en mares de desesperanza.
No tenía que hacer nada más que mirar a un lado, donde se encontraba la desdicha de ser Ronnie en tiempos de dolor máximo, para irritarse de preocupación por Elizabeth y para morir llorando de la ira y del sufrimiento por su peque?a Grace, quien vería como visiones espantosas, peores que ninguna de sus pesadillas, se volvían realidad.
— Connor es mi hermano tanto como Valysar — Podía concebir a Grace, adorable, inocente, tan claramente vívida, si se aislaba de todo vestigio del exterior. —. El me protegerá, lo prometió. Me dijo que me amaba, pero yo se lo dije primero. Y a ti también, madre. Te ama y te protegerá.
Tanta dulzura lo conmovió de sobremanera, pero no se atrevió a derramar ni una lágrima de alegría, porque desde luego, todo resquicio de esperanza estaba dentro de su mente y de su corazón. Y justo por aquel motivo, como si llevase una venda de ilusiones puestas, no abrió los ojos a las verdaderas circunstancias por un buen rato. Solo deseaba que sobreviviesen sanas y salvas al caos de los próximos días y que el mayor de sus hijos no se dejase la vida tratando de hacerse el héroe para su hermana y su madre. En un mal día, Connor podía llegar a devenir más orgulloso que un caballero y tan valiente como un idiota.
Transcurrió una hora en la que los mantuvo a ellos cuatro entre sus pensamientos, dedicándoles minutos de recuerdos a cada uno. Sucedió así hasta que el aura de sosiego que había comenzado a dominarlo se desvaneció a causa de una algarabía naciente entre los carceleros, quienes sacudían las paredes a punta de voces desaforadas y un tamborileo de sus armas al entrechocar contra las puertas o escudos de madera.
— ?Mira nada más! — gritó uno. — ?El platillo principal!
Aparecieron risas, abucheos y silbidos por debajo de la salvaje barahúnda.
— ?Venga ya! — exclamó una segunda voz. — ??Y por qué no nos lo sirven en bandeja de platino!?
— Se hará, se hará. Tú tranquilo.
— Arrójalo aquí. — Ser Vyler no borraría jamás de entre sus memorias la voz y risa de Conway. Por cómo se dejaba oír, tan de cerca, intuía que se encontraba justo delante de la celda que compartían. — ?Allí no, imbécil, que está lleno! ?Aquí!
En breves, la portezuela de acero se abrió de sopetón como un ruido ahogado entre tanto bullicio, y dos sombras que sujetaban por los brazos a un hombre alto y maniatado se precipitaron hacia dentro. Algunos caballeros se levantaron como les fue posible dispuestos a dar pelea, entre ellos el envenenado en rencor de ser Ronnie en busca del rostro de Conway. Pero esta oportunidad había zarpado ya; todos se hallaban encadenados de idéntica forma que ser Vyler. Uno, dos pasos, y los carceleros arrojaron al prisionero a su celda con un par de empujones y una patada mal propinada. Y con la misma se retiraron, entre carcajadas ásperas.
— Válgame Dios — invocó ser Wendell, tan estupefacto como el resto. —. Ser Konash Maine.
Entretanto, su hermano mayor, el caballero de la arraigada melancolía y habituado al profundo pesar, habría querido sentirse endulzado por un temor menos. Sin embargo, lo poco que encontró fue vergüenza. Había un último ser querido del que, sin que fuera del todo consciente, había preferido no hacer memoria. Había escogido renegarlo al olvido cien a?os.

