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Connor III

  Era uno de esos hombres a los que el insomnio lo privaba a menudo del dulce beso del letargo. Pero al menos, no le eran necesarias muchas horas de sue?o para sobrellevar el día a día.

  La lívida luz de luna de medianoche ennegreció de nuevo por una nube pasajera, dificultando a Connor el tiro hacia la diana que estaba a más de treinta pasos de distancia. Su vista se adaptó rápidamente a las sombras. Aguantó la respiración por un instante, y disparó. El proyectil surcó la humedad con un fugaz y débil silbido, y se incrustó justo en el centro del blanco.

  El peque?o descampado de hierba era su campo de tiro en medio de una desolada, fría y umbría noche; el mismo impertérrito paraje donde solía adiestrarse en el arte de la arquería cada vez que la tozuda somnolencia se rehusaba a hacerlo prisionero.

  Al cabo de un rato, se puso a prueba con un desafío un tanto más soberbio, aburrido de la simplicidad de los tiros a aquella distancia. De tal manera que, se encaminó hacia la diana a un paso que no dejaba lugar al murmuro de sus pisadas, y extrajo cada uno de los proyectiles para depositarlos en su carcaj. Tan pronto como acabó, se posicionó a los límites del campo, mucho más lejos que antes. Cogió una flecha, la acopló al arco compuesto poco antes de tensarlo una vez más, y desató el proyectil con un ligero movimiento de dedos. Se apresuró a elegir otra flecha e hizo lo propio de una forma idéntica, apurando un disparo tras otro, lo más veloz que le fue posible, sin apenas dirigir su puntería al objetivo.

  No tardó en concluir.

  Solo dos flechas reposaban dentro del cilindro de piel a su espalda y catorce de ellas ensartadas en la diana en disposición de una compacta hilera horizontal. Salvo por la breve desviación de dos de ellas hacia abajo, la formación era milimétricamente perfecta.

  — Desfalleceré antes de dejar de repetirlo: Estaba despejado el condenado cielo — musitó con amargura. —. Por supuesto que habría ganado ese torneo. Hasta con los ojos cerrados… Como si unas cuantas gotas de agua fuesen capaces de hundir un puto barco preparado para la guerra.

  El rencor fruto de la ingrata remembranza de un sinnúmero de horas malogradas y un deseo abatido, no conseguía más que hervirle la sangre y empeorar con ello su insomnio. Para aquellas alturas, habría partido ya hacia los bosques con el título y premio de vencedor todavía caliente en sus manos. En circunstancias ideales, donde las cosas salieran siempre a pedir de boca. Sin importar cuanto lo quisiese, la ambición viviría solo en su cabeza un a?o más.

  Al aproximarse la apatía del invierno por el follaje de los árboles, las hojas de algunos de estos se embarcaban ya al inminente descenso hacia su gélida agonía. Y de una forma casi pronosticada, el murmullo de una brisa se manifestó de pronto, arrastrando con ella, decenas de hojas te?idas por las sombras de un serbal pernoctado detrás de la diana.

  En aquel instante, sus ojos no divisaron otra cosa que una ristra de diminutos blancos que caían hacia el suelo con suma ligereza. Reaccionó de manera inconsciente al cargar el arco, apuntó por medio segundo, y disparó sin siquiera llegar a pensarlo. Acto seguido, el proyectil salió desprendido, expedito, y fragmentó una hoja en dos peque?as mitades, que cayeron juntas hacia el suelo poco después de que la flecha se hubiera alojado en el punto más céntrico de la diana. Connor no se permitió hacer el más mínimo ademán de asombro o satisfacción. Había sido un tiro extraordinario, sí, pero aquello no enderezaba su situación.

  Sin darle más vueltas al asunto, se hizo cargo de la última flecha que le restaba en el carcaj. Divisó el objetivo con atención, y cerró sus ojos pretendiendo acertar con tan solo la imagen que había detallado en su cabeza. Volcó toda su atención en el oído y tacto, para inferir en qué dirección se aproximaba el soplido del viento. Durante un tiempo, no percibió nada que no fuese un susurro suave en su piel. Pero cuando estaba a punto de disparar, un cántico animal consiguió estremecerlo, por lo que la flecha salió despedida en un desliz hasta estrellarse contra la hierba. Connor dirigió, agitado, su mirada hacia el cielo nocturno, donde una bandada de unos veinte pájaros emergía con revuelo por encima del serbal. Bajó su arco, y los siguió con la mirada para ver cómo surcaban el aire hasta perderse en la espesa oscuridad.

  ? ?De qué estarán huyendo? ? Para cuando consiguió sacudirse la conmoción, los animales se encontraban ya lejos del alcance de su don de Dádiva. Aquellas aves no acostumbraban a volar de madrugada, y menos con semejante alboroto. Y por la razón que fuese, un leve escalofrío lo atravesó de pies a cabeza. ?Un mal augurio? Desechó la idea tan pronto como llegó. Se consideraba precavido, de una forma un tanto obsesiva, pero la superstición era probablemente lo último que se encontrara en su naturaleza. Y aún con esas, después de tan inusual vivencia, una incomprensible angustia lo acompa?ó de camino a casa.

  Dejó las especulaciones en el campo de tiro, intentado ocupar su mente en otra actividad. En aquella ocasión, la noche se encontraba hasta cierto punto cerrada, de manera que no eran muchas las estrellas que podía contemplar. Caminaba entre las sombras de una calle secundaria jugueteando con sus cuchillos. Con igual destreza en ambas manos, ejecutaba trucos de dedos rápidos y lanzamientos cada vez más altos. Y tan pronto como se aburrió de esto, buscó cualquier otra tarea con la que pasar el rato, pero no había mucho que pudiera hacer en mitad de la noche en una ciudad adormecida. Y muy a su pesar, la esperanza de sue?o aún seguía negándose a sus suplicas.

  Cerró sus ojos, se llevó las manos detrás de la cabeza, y comenzó a sopesar la magnitud de sus desgracias recientes con viciosa pesadez.

  ? Si lord Tiquis Miquis no fuera un pusilánime, habría llegado a tiempo. Si ser Alfred y otros no se hubieran indispuesto en Barmania con la comida, habría llegado a tiempo. Si solo una entre miles de cosas hubiera resultado ligeramente diferente, tendría ahora mismo el torneo en mi bolsillo. ?

  No tenía idea de quién había ganado el torneo, ni tampoco le interesaba conocer a ese desgraciado infeliz.

  El rumor de sus pasos afirmándose en la tierra era la única perturbación que se enfrentaba a la quietud de la noche. O al menos sucedió así, hasta que un vaporoso murmullo lo sustrajo de sus lamentos. Parecía como si viniese del norte, traspasando los límites que alcanzaba su vista. El sonido incesante lo atrapó de sobremanera, y Connor se detuvo en medio de un cruce de calles en donde no se observaba más que un largo tramo de camino sin pavimentar, con casas y establecimientos iluminados débilmente.

  ? Sea lo que sea, está mucho más allá de las colinas ?.

  Puso todo su empe?o en descifrar aquel indescriptible sonido, con los ojos cerrados e incluso aguantando la respiración. Tenía que tratarse de un enorme bullicio si hasta sus oídos llegaba, pese a la distancia. Empezó a darle vueltas al asunto, y se fue desconcertando aún más, a medida que no concebía asociarlo a algo con exactitud.

  — ?De qué se trata esto? — inquirió. — ?Ta?idos del acero? ?Gritos? ?Ambos?

  Resolvió partir en aquella dirección, agitado y suspendido en la cúspide de su insaciable curiosidad. Y poco tiempo después, se presentó un segundo ruido, uno mucho más ostensible que arruinó la paz de su velada. Este provenía de su retaguardia.

  — Caballos al trote. — comentó al girarse de súbito. Era el mismo rumor de los cascos al vigorizarse sobre la tierra que había escuchado durante la mayor parte de su vida. El sobresalto fue tal que consiguió ponerle la piel de gallina.

  A unos cien metros de distancia, dos altas siluetas se acercaban a paso apresurado. Tan pronto como los vislumbró, supo que eran jinetes. Lo sucedido aconteció con extremada rapidez. El trayecto que los separaba de ellos se fue acortando, mientras el fragor de los caballos al galope se intensificaba. El leve resplandor de una antorcha aleda?a al camino resultó reflejado en la cota de malla de los jinetes, por lo que se percató que iban bien pertrechados. Connor no pensaba en otra cosa que hacerse a un lado para no estorbarles el paso. Pero, para su enorme desdicha, el asombro se convirtió en espanto, cuando sus oídos atendieron el gemido agudo del acero al desenvainar bruscamente.

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  — No — musitó casi como una exhalación. Y de forma instintiva, asió el arco compuesto junto a una flecha del carcaj, en lugar de alzar las manos. — ?Deténganse ahora! — gritó al tensar el arma.

  Los jinetes blandieron sus espadas en el aire, implacables. Con treinta pasos de por medio, no dieron se?ales de renunciar a sus intenciones de decapitarlo con un limpio movimiento. Connor tensó al máximo su arco, y apuntó a la cabeza de uno de ellos, para después titubear, dirigiéndose al segundo hombre. Apretó los dientes, y se forzó a disparar, pero no fue capaz de siquiera lastimarlos. De modo que, desistió de su amenaza, y bajó el arma. Y a tan solo un par de zancadas, ambos corceles se desviaron hacia un costado, por la acción del Dádiva. Pasaron de largo, zumbando cual saetas, mientras el filo del acero cortaba el aire a escasos centímetros del rostro de Connor. En sus oídos quedó retumbando el silbido de las espadas.

  Sabia pero arriesgada decisión, exponer de aquella forma su habilidad; y a la vez, tan necesaria como cruel para los caballos.

  Ambos hombres tiraron de las riendas al unísono, tras un fallo en la embestida que no podían explicarse, y la pareja de animales se detuvo de manera tan violenta que casi pierden el equilibrio de sus monturas. Pero lograron mantenerse firmes y dignos al final.

  — ?Solo camino de vuelta a casa! — exclamó Connor al descubrir que se ataviaban con los distintivos ropajes de la Guardia de la Ciudad. — ?Llevo arco y flecha, porque estaba en el campo de tiro! Eso es todo.

  Sus expresiones de irritación eran casi imperceptibles por culpa de la penumbra que los ce?ía con su velo. También envolvían sus cabezas con cota de malla. Uno de los jinetes prorrumpió en maldiciones hacia su montura, al tiempo que lo espoleaba con frenesí para que avanzara. Y, sin embargo, el animal se resistió a cada una de sus objeciones. Sometido ante la desesperación, el segundo hombre cogió la fusta de cuero de su silla, y comenzó a flagelar a diestra y siniestra a su corcel, que relinchó y coceó, pero que se mantuvo al margen en cada momento.

  El alma de Connor se resintió con cada latigazo que el caballo recibía, como si suya fuese la piel, suyos sus músculos y huesos, suya la mente del animal durante aquellos instantes. Con apenas el primer chillido espantoso de dolor, había sentido como si su corazón intentara escapar por su garganta en medio de una arcada.

  — ?Desgraciado, le estás haciendo da?o! ?Déjalo!

  Y sin importar que tanto los escarmentaran, estos hacían caso omiso a sus órdenes, leales a partir de entonces a Connor Bressler. No pasó mucho hasta que el soldado, encolerizado como energúmeno, empu?ara la fusta en lo alto una vez más. Y en el instante en el que comprometió su sujeción a las riendas, el animal se encabritó, provocando que el hombre perdiera el equilibrio, y se desplomara al suelo sin remedio.

  Por mero resentimiento, volvió a tensar el arco contra los jinetes.

  El soldado que hasta entonces seguía a lomos de su caballo, desmontó, airado. Se hizo con el escudo que había estado portando a su espalda, y se resguardó tras él, mientras cargaba hacia Connor.

  — ?Ya les he dicho que solo caminaba de vuelta a casa! — vociferó como último recurso.

  A medida que se acercaba, Connor se debatía entre soltar el arma, reafirmando así su inocencia, o simplemente disparar para librarse del guardia. Durante unos segundos, se limitó a retroceder. Y, sin más remedio, siendo testigo de que su amenaza no desistiría, disparó la flecha al muslo de aquel hombre.

  ? Espero que te duela más a ti ?. La flecha de punzón afilada con esmero atravesó la piel y el músculo hasta incrustársele en el hueso sin tregua ni compasión. El guardia se rindió ante el dolor, hincando una rodilla entre lamentos. Connor apuntó con una nueva flecha en su arco, y reculó un par de pasos. Desconcertado aún, frunció el ce?o, y estudió al hombre en busca de respuestas. Sobre sus ropajes se mostraba una cruz invertida dibujada en sangre a la altura del pecho.

  — ?Por qué persistir incluso después de aclarar mis intenciones? Solo volvía a casa.

  El soldado cogió aire, y acompa?ando todo su rigor de maldiciones y alaridos, un par de tirones le bastó para retirar el proyectil de su pierna.

  — Vivat Bestias. — expresó entre dientes al lamentarse casi sin aliento.

  — ?No te levantes!

  Pese al claro mandato, el hombre luchó para alzarse hasta conseguirlo. Y sin importarle que su herida despidiera sangre a borbotones, sobrellevó el dolor, y sostuvo sus deseos de atacar como un animal salvaje.

  — Vivat Rex Azus.

  ? Vivat Bestias. Vivat Rex Azus ?, repasó, despavorido, mientras el soldado avanzaba agitando su espada en el aire y resguardando medio cuerpo tras el escudo de hierro. Su mente se hallaba congestionada, en cualquier otro lado menos allí sobre la calle, y a pesar de esto, maquinalmente tensó el arco, y proyectó la flecha directo al brazo de su enemigo. La punta de acero rompió el aire a gran velocidad, y perforó los anillos de la cota de malla y el antebrazo del soldado como si fuese queso tierno, hasta surgir por el otro lado y estancarse a mitad de asta.

  El soldado trató de vocear otra alabanza fanática, pero en aquel instante una sombra se abalanzó sobre él como un rayo deslucido en plena oscuridad. Connor cubrió su boca con una mano, y ahogó su voz. Un arranque de furia eclipsó toda muestra de clemencia, y retiró la mano de su faz pesarosa un segundo después, solo para asestarle un pu?etazo en la nariz. Y acto seguido, aprensó su brazo herido con una fuerza que no daba lugar a la huida, y con un grito de violencia, removió a enérgicos tirones el proyectil. Al tercer intento, la carne y el hueso cedieron ante el metal cruel, y la sangre salió desperdigada hacia su rostro. Su enemigo no tuvo más elección que someterse al sufrimiento y liberar por fin el guante de la empu?adura.

  En un abrir y cerrar de ojos, Connor dirigió un rodillazo hacia su estómago, y lo forzó a desengancharse del escudo con una patada. Abatido, perforado y batallando consigo mismo para respirar, cayó con ambas rodillas al suelo en busca de socorro.

  — ??Por qué estás aquí!? — le espetó Connor con rabia, cogiéndolo por el pescuezo. No restaba en él vestigio alguno del hombre sereno que antes había sido.

  — Estarás muerto para el amanecer — rio el celta con sumo esfuerzo —. Tú, tu insignificante dios y todos los vuestros.

  ? Vivat Bestias. Vivat Rex Azus ?, le azotó de nuevo el recuerdo.

  El otro soldado, aquel cuya dignidad se desplomase a causa del ímpetu resentido de su montura, había tratado de salvar un poco de su orgullo con la tonta ilusión de ponerse en pie. De poco valieron sus quejas balbuceantes y su voluntad, cuando el caballo al que había flagelado coceó y le estampó sus herraduras en el congestionado rostro, exiliándolo sin remedio a la oscuridad de sus adentros.

  — Maldito seas, cristiano — siguió. —. Pagarás lo que tu pueblo ha hecho cuando las llamas del Fuego Fatuo consuman tu alma.

  El vecindario estaba siendo despojado de su sue?o. A lo largo de la calle, las luces interiores de algunos hogares comenzaban a encenderse una a una.

  El brazo sano del soldado buscó alcanzar el estilete escondido en su bota. Sin embargo, Connor fue rápido, y liquidó sus ambiciones al retorcerle la mano con la que había logrado hacerse con el arma. Se apoderó del estilete con habilidad, y con expresión siniestra lo situó en la garganta del celta. Estaba harto de su mera presencia.

  — ?Por qué estás aquí?

  — ?Muerto por un cristiano?

  Deslizó el arma de una mano a otra con un fugaz movimiento. No le tuvo paciencia, y se apresuró a encajarle un pu?etazo más con su mano diestra.

  — No me llames de esa forma. — le espetó al colocar de nuevo la cuchilla bajo su mentón. —. No soy un cristiano.

  — Hazlo — ordenó con el rostro amoratado. — ?Hazlo! En el Inframundo, mi alma se fundirá en el Caldero de la Muerte, y reencarnaré en una nueva criatura. Algún día te recordaré, y vendré a por ti.

  Connor lo observaba desde arriba con gesto desbordante, ahogado en un mar inmenso de desprecio. Empu?aba con tal fuerza el estilete, que su mano tiritaba, y en un descuido, el trabajado filo comenzó a cortarle la piel.

  — Hazlo — repitió a duras penas. Se esforzaba por respirar, dando bocanas de aire. —. Moriría al servicio de mi causa.

  — Debería degollarte por lo que haces — se?aló con voz sombría. —. Pero no. No soy un fanático. Y no pienso ser como vosotros. — ? Cualquier otro dolor antes que otro adepto de un dictamen homicida. ?

  — ?Muchacho cobarde! ?No eres capaz de…! — Sus palabras se sofocaron, desterradas a un abismo de inconciencia por el golpe que recibió en la sien.

  ?Pudiera ser que la hueste de ser Logan hubiese estado corriendo hacia un falso se?uelo todo el tiempo? Se rehusaba a creerlo.

  Connor arrojó con repugnancia el estilete sobre el cuerpo desvanecido de su enemigo. Y al enterarse del naciente número de destellos en los hogares, se precipitó a marcharse de allí. Se adue?ó de la espada y el cinturón del guardia impostor, y corrió veloz hacia los caballos, con su arco compuesto a la espalda. El corcel herido por los latigazos decidió seguirlo, cuando el Dádiva ascendió de un salto a lomos del segundo caballo. Y sin necesidad de picar espuelas, coger las riendas o ademán de cualquier orden, ambos equinos emprendieron el galope hacia las sombras antes de que se hiciera la luz sobre la calle.

  Las palabras retumbaban en su mente con incesante voz. De pronto, una terrible presión en el pecho se propagó dentro de él, una como la que jamás había conocido. Pero no temía por sí mismo, sino por ellas. Por Lady Elizabeth y Grace. Quería pensar que también por toda la ciudad.

  ? Larga vida a las Bestias. Larga vida al Rey Azus. ?

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