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La Gracia de un Dios

  Cinco días atrás.

  La santa misa del domingo se rendía ante un cántico soberbio de treinta almas fervorosas. La elocuente palabra del dios de los cristianos, entonada en himno por voces angelicales, se difundía con tersura a través de la existencia sumisa de los clérigos y adoradores. Hatajos de nobles y millares de plebeyos se atiborraban por toda la grandiosa extensión cruciforme de la santa sede, saciando sus pechos de paz y bendiciones con el humo de los inciensos.

  Bajo la pintoresca cúpula de la catedral de Saint Agora, y sobre el grandilocuente púlpito de Su Excelencia, se hallaban, envueltas en mantos opulentos de tonos granates y dorados, las santificadas reliquias de la Capital. La divinidad materializada; la gracia de un Dios, según se creía.

  El ceremonioso y celestial coro de los siervos se fue ahogando de a poco en un silencio que apenas se mantuvo sepulcral por efímeros momentos.

  — Padre nuestro que estás en los cielos — entonaron al unísono los quinientos arrodillados a pie de las butacas y los otros miles de fieles que abarrotaban cada palmo de la catedral. —, santificado sea vuestro nombre…

  — ?Levantaos, devotos hijos! — ordenó con solemnidad el Arzobispo Headmund, al término de la oración. Y todos los corazones presentes se irguieron, y persignaron simultáneamente. — ?En tiempos de inclemencias, solo la voluntad del Se?or podrá otorgaros suficiente sabiduría y fuerza para prevalecer ante cualquier adversidad que se os presente en esta, la vida terrenal!

  En la primera hilera de butacas, refinados y galantes, tomaron asiento dos grandes se?ores de la corte: lord Almirante Dorian Stockwell y lord Canciller Ashton Lyall. Entre ellos se encontraba somnoliento el joven pupilo de Su Majestad. El cabello rojizo de Leann le caía en bucles por sobre la frente, y le cubría las cejas y parcialmente los ojos cenicientos.

  A raíz del poco interés que Leonor II acostumbraba por cualquier asunto levemente relacionado con el reino, Leann Sheldrake era más un discípulo para el séquito del Rey que para el mismísimo monarca. El muchacho cabeceaba de vez en vez, de manera indiscreta, sin prestar sobrada atención a lo que el Arzobispo entonaba en voz alta para sus adeptos. Toda aquella palabrería religiosa lo llevaba sin cuidado. Después de todo, eran los mismos sermones de siempre, proseguidos por las mismas prácticas de siempre.

  Poco después de que cada creyente de elevada cuna recibiese en el altar la sangre de su salvador, que reposaba dentro de un cáliz enjoyado, el pontífice emprendió la marcha hacia el pedestal de mármol, donde descansaban dos de las reliquias más veneradas en el mundo; incluso más allá de la cristiandad. La tenue bruma del incienso inundaba su estrado con un aura blancuzca, casi espectral.

  Los vitrales excelsos en forma de mitra que yacían al fondo del oratorio se proclamaban ante la voluntad de los presentes como una representación en cuatro etapas del Edén y sus jardines, que, sin embargo, elegía bien en omitir su pronta caída en desgracia. Creación, soledad, compa?ía y albedrío para Adán. Los ojos reverentes de los cristianos se ba?aban en el fulgor del crepúsculo que se te?ía en sus cristales de colores, mientras un sutil cántico bendito del coro consagrado al unigénito y a sus ángeles, otorgaba al pontífice un aliento deslumbrante, casi propicio de una deidad.

  — ?En algún momento de la historia, el anticristo pretendió apoderarse del reino terrenal! — siguió con voz grandilocuente que retumbaba en cada esquina. — ?El mismo que el Todopoderoso erigió para cada uno de nosotros, hijos míos! ?Y para ello, hizo uso de viles artima?as con las que tentar al deleznable hombre a cometer faltas a la irrebatible palabra del Se?or! ?El Creador es omnipotencia y perfección! ?Ahora bien, cada vez que la humanidad incurre en sus pecados, nutre al Diablo con más poder y sabiduría!

  Entre tanto, un simple diácono que respondía al nombre de Asser Wellington subía los pelda?os de la plataforma de lozas brillantes, vestido con cíngulo y una estola verde cruzada.

  — ?Miserablemente, llegó el día en el que toda la ira, la codicia, la maldad e inmoralidad humana se congregaron en esta tierra santa, y brindó de un poder desmedido a todos los demonios que nos acechan desde el más profundo abismo del Infierno! ?Fue así como las Bestias surgieron de las tinieblas para atormentar al hombre por toda su incredulidad e irreverencia hacia la palabra inequívoca de Dios!

  Asser Wellington hizo ademán de una profunda reverencia al posarse junto al Arzobispo. Y acto seguido, se dirigió hacia el pedestal de mármol, donde cogió aliento antes de retirar de a poco las sedas ribeteadas en oro. Y con miedo en las entra?as, empu?ó uno de los sacrosantos del arca. Y tal cual se lo habían ordenado, la levantó con celosa cautela para que todos pudiesen advertir su grandiosidad.

  — ?Sin embargo, Dios es justo, benévolo, y por sobre todas las cosas, todo lo puede! — proclamó Su Excelencia con tantas fuerzas como pudo reunir.

  La Daga Sagrada resplandeció en el aire con un brillo sobrenatural enardecido por la luz del ocaso. La hoja de metalapócrifo, que a ojos obtusos pasaba por platino, medía apenas un palmo, pero en manos débiles e inseguras como las de Asser se sentía más pesada de lo que habría supuesto. Giró la mano para examinarla, permitiéndose lucir embelesado por primera vez. Ostentaba un filo descomunal, por poco divino, capaz de seccionar con una facilidad insondable el acero de una espada común.

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  Y el joven Sheldrake fue despojado de su somnolencia cuando las palabras de Alexander Headmund alcanzaron la cúspide de su fervoroso ímpetu, asistido por el estrepitoso clamoreo de los feligreses. Por fin daba inicio aquello por lo que había venido. Lo primero que sus ojos exaltados percibieron fue una oleada de refulgencia arrebatadora que parecía surgir de una de las Dagas. De inmediato, quedó sin aliento y su piel y vello se erizaron como no recordara nunca que lo hicieran.

  Las doncellas más jóvenes y aquellos más devotos como lord Dorian Stockwell dejaron escapar una exhalación de asombro ante tan admirable despliegue de belleza.

  — ?Las Dagas Sagradas han sido desde el inicio del nuevo milenio, el poder que Dios forjó en los cielos y nos otorgó para ser capaces de destruir a las Bestias! ?Estas Dagas son la proeza auténtica de una divinidad insuperable! — La enérgica voz del Arzobispo comenzó a sonar más ronca que antes. — ?Y por la obra y gracia de nuestro Se?or, se nos entregó la voluntad de no vernos nunca sometidos ante el poder abismal de los demonios que ahora habitan inmerecidamente nuestra magnifica tierra!

  El diácono bajó la santa empu?adura, y la colocó con docilidad sobre las sedas del arca, como si temiera de su poderío. Dio un par de pasos presurosos hacia atrás, sofocado del aura que emana de ella. Y por más de un minuto en completa afonía, todas las personas en la catedral de Saint Agora, incluyendo al propio Alexander Headmund, doblaron una rodilla y rindieron devoción absoluta hacia las armas con una oración entre murmullos.

  Pero Asser no pudo evitar echarles un segundo vistazo, atraído por su luz, por las vibraciones que parecían irradiar el aire; como si una mano invisible le acariciara el mentón, y lo obligase a alzar la vista, y que dejase en él un cosquilleo amargo que se esparciera rápidamente por su cabeza.

  Tenía que resistir a la tentación. Fingir que las reliquias no lo llamaban. Estaba obligado a ello. Lo habían elegido a él entre tantos, porque era un siervo leal y, sobre todo, alguien que no daba se?ales de romperse en deseos ante la cercanía de las Dagas. Se encontraba seducido por un poder que desde luego no influía en el Arzobispo, al igual que en muy pocos había oído Asser que no lo hiciera.

  ?Cuántos de los feligreses habrían escuchado lo mismo que él?

  ?Cuántos actuaban como si ellas no le susurrasen al oído?

  Tenía que continuar actuando como si no pasara nada, se recordaba a menudo. Si alguien descubría que las Dagas lo llamaban, lo enviarían lejos, de vuelta a su pueblo natal. Y si cometiera conato alguno de robarlas, lo expulsarían del sacramento de por vida, y solo Dios sabía que vendría después.

  Fuera cual fuese el origen de aquellas voces sin palabras, no podían tratarse de los susurros del malvado. Tenía al menos la certeza. Las Dagas eran un regalo; y aquella una prueba impuesta por el Se?or, a través de la cual buscaba conocer si Asser era digno de su devoción.

  — Los infieles se preguntan — aludió al final el pontífice, rompiendo de improviso el silencio. —: ??Si Dios es Todopoderoso, ?por qué no extermina la maldad que acecha este mundo??! ?Os digo que Dios es vida! ?No muerte, hijos míos! ?La valentía no se podría ejercer en un mundo sin ningún peligro! ?Ni el perdón si nadie actuara nunca de forma errada! ?Así mismo, es sabio y solo él conoce nuestro destino! — Alzó ambas palmas. —. ?Nuestro limitado tiempo en esta tierra, nuestro libre albedrío, es una muestra de la gracia de nuestro Se?or! ?Y el cómo decidamos obrar frente las adversidades decidirá si somos dignos o no del reino de Dios! — Y hacia el final, se advirtió como su voz se quebrantaba, fruto de una prédica sobre la cual había volcado tantísima energía.

  A pesar de ello, todos los cristianos se mostraron conmovidos por el brío y firmeza de sus palabras, y expresaron avenencia con rumores de rezo.

  El Arzobispo, con el rostro congestionado por el esfuerzo, se llevó una mano al cuello, y tendió otra en dirección al diácono, indicándole que se acercara. Y tan pronto como Asser se posicionó humildemente junto a él, le dedicó unas breves y casi afónicas palabras en confidencia.

  — Su Excelencia — expresó Asser, desconcertado. —, ?debo dar crédito a lo que mis serviles oídos acaban de escuchar?

  Alexander Headmund asintió con una sonrisa indigesta, y le se?aló con calma el lugar hacia donde debía dirigirse para vocalizar el último tramo del sermón.

  Asser, hombre menudo y calvo de mediana edad, respiró profundamente, y se aproximó a paso suave hacia el púlpito del santo padre, rogando a su excelentísima deidad que lo proveyera de fuerzas suficientes para no desfallecer de la impresión. Las concienzudas miradas de los miles de devotos que habían conseguido entrar a la misa lo observaban sin darle oportunidad a sus ojos de parpadear.

  — ?Más temprano que tarde — declaró atropelladamente, elevado sobre el púlpito. —, la voluntad de Dios y las espadas de nuestros hermanos se cernirán contra los infieles que han osado profanar todo lo que nos es sagrado! ?La Horda de las Bestias! — Era la primera vez en toda una vida que un hombre de Dios se atrevía a vociferar aquel nombre siniestro en la catedral, pero Asser nada temía. El Arzobispo le había brindado su bendición. — ?Y todos sus demonios! ?Serán en definitiva expulsados de esta tierra para la eternidad! ?La herejía se verá erradicada por la gracia de él, porque han sido estos mismos infieles los que brindan de poder a Satanás! ?Qué Dios bendiga a Dranova! ?Qué Dios salve a Dranova!

  — ?Qué Dios bendiga a Dranova! — proclamó toda la santa sede en un eco clamoroso que se fue incrementando rápidamente y hacía vibrar el aire — ?Qué Dios salve a Dranova! ?Qué Dios bendiga a Dranova!

  Estas vistas se prolongaron por un momento que a Asser le pareció eterno.

  Los diáconos no eran más que el grado inferior del sacramento del orden sagrado, por lo que se había sentido profundamente dichoso de haber sido escogido como el siervo que expusiera al pueblo tan sagrado tesoro.

  Pero toda esta gratitud proclamada a su creador se incrementó a prisa, al tiempo que hasta sus oídos llegaba la sonora ovación de idolatría que él mismo había iniciado y que hacia él iba dirigida.

  Las Dagas Sagradas le susurraron algo que lo hicieron sentirse a gusto, poderoso. Y creyó entonces apreciar un insólito manto de predilección que se cernía sobre él. En un momento determinado, el orgullo no le cabía en el cuerpo. Pero al instante siguiente, tan solo durante un efímero suspiro, se consideró superior al pontífice.

  ? Perdonadme, mi Se?or, porque he pecado ?, recapacitó en medio de la exaltación.

  Se persignó en gesto de salvedad.

  — In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

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