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La hermandad inventada

  Eran poco después de las tres de la tarde. El centro de Santiago ya había agotado su energía matinal. El local de mi padre —una peque?a tienda de artículos de escritorio en un pasaje peatonal entre Ahumada y Bandera— respiraba el silencio espeso de la sobremesa.

  Por las ma?anas, el ritmo era frenético: secretarias compraban papel de calco, empleados buscaban talonarios, gerentes encargaban sobres, formularios y esos pesados libros contables que hacían funcionar las oficinas de Santiago. Las plumas finas eran otra historia: un lujo que pocos se atrevían a tocar. Pero después de la una, la ciudad parecía exhalar un suspiro y el mundo, simplemente, se apagaba.

  Al fondo, detrás de una puerta de madera siempre cerrada, mi padre dormía su siesta sagrada. De dos a cuatro nadie lo despertaba—nadie.

  Yo tenía dieciséis a?os. Después de salir del Instituto Nacional, todavía con el uniforme puesto, iba a ayudar a mi padre todas las tardes. Había aprendido a vender antes de saber atarme bien la corbata, y para entonces ya había cerrado suficientes ventas de bolígrafos de lujo como para entender que el precio era solo el comienzo de la negociación.

  El tintineo de la campanilla rompió el silencio. Entró José Donoso.

  No venía de terno. No se veía solemne. Llevaba una chaqueta de cotelé y una corbata setentera con el nudo un poco suelto. Tenía ese aire —mitad aristócrata, mitad bohemio— de quien conoce los salones elegantes pero ya no siente la obligación de impresionar a nadie.

  Me miró, sonrió y dijo:

  —Hola, viejo amigo… de institutano a institutano.

  No fue solo un saludo. Fue una contrase?a. Las palabras cayeron como un apretón de manos secreto. Me acomodé la corbata, tratando de estar a la altura de esa fraternidad invisible que acababa de invocar.

  Quería un bolígrafo enchapado en oro de 18 quilates. En realidad era Cross, aunque Parker sonara más mítico. Eran piezas para gerentes, due?os de fundos, hombres acostumbrados a negociar no por necesidad, sino por orgullo.

  El dólar estaba fijo en 39 pesos. Uno de esos bolígrafos podía costar 4.000 pesos. Una fortuna para la época.

  Cuando pidió verlo, supe que, aunque el dinero estaba en juego, la verdadera negociación ocurriría en el terreno de las formas. Yo ya sabía el precio mínimo que mi padre aceptaría, y despertarlo era impensable, pero el ritual exigía teatro.

  —A ese precio, mi padre me mata —le dije, con una angustia cuidadosamente estudiada.

  —Si quieres salvar la venta, muchacho, más vale que te atrevas a hablar con tu viejo —respondió él, entre incrédulo y divertido.

  Repetí tres veces el trayecto hacia la oficina. La pausa frente a la puerta. Sesenta segundos exactos sin abrir. El regreso con gesto afligido. El local estaba en silencio. Desde Bandera llegaba el eco distante de una micro. Nada más. Nadie más. Era un escenario privado. Donoso me observaba como quien reconoce la tramoya pero aprecia la puesta en escena.

  La negociación se tensó unos minutos más. El silencio parecía amplificar cada cifra. Entonces lancé mi carta final:

  If you stumble upon this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it.

  —Si se la lleva ahora, don José, le prometo repuestos gratis mientras usted respire aire sobre esta tierra. Promesa de Institutano a Institutano.

  Donoso soltó una carcajada franca. No era burla; era complicidad. Me sostuvo la mirada un segundo más.

  —Trato hecho —dijo. Y así cerramos en 3.500 pesos.

  Abrió su fina billetera de cuero, dejando que sus dedos rozaran cada billete antes de posarlos suavemente sobre el mostrador. Sus ojos tenían una tristeza fugaz, como si desprenderse del dinero fuera una peque?a ceremonia. Entonces su expresión se volvió grave.

  —La promesa de un institutano es sagrada —dijo—, pero el tiempo implacable todo lo borra y convierte el fuego en cenizas. Escríbeme esa promesa al reverso de la factura. Con tu mejor caligrafía.

  Tomé el papel y redacté, con una dedicación que hoy me parece una audacia:

  "Con esta compra se deja constancia de que don José Donoso recibirá repuestos gratuitos para su flamante lapicera mientras permanezca en esta tierra y siga iluminándonos con sus letras… o hasta que la tinta del país vuelva a fluir libremente, lo que todos esperamos que ocurra pronto."

  Era una frase peligrosa. Sobre todo con mi padre—pinochetista férreo—durmiendo a pocos metros. Yo, a los dieciséis, ya sabía que esa "tinta libre" era un código que no debía pronunciarse en voz alta. Donoso se puso los anteojos y leyó la boleta, teatral y solemne. Al llegar a la última frase, levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron. Bajó el tono hasta un susurro—solo para mí—y terminó de leerla.

  Luego vino el giro brusco:

  —Mi segunda profesión es la grafología —dijo—. Aunque no la ejerza, puedo decirte que eres un joven de valor: inteligente y honesto.

  El elogio me calentó el pecho, pero al mismo tiempo me tensó. Sentí que venía una prueba.

  —Dime… ?qué libros míos son lectura obligatoria en tus clases de literatura en el Instituto?

  El golpe fue seco. La verdad era incómoda. Solo Coronación—y ni siquiera ese a?o. Se lo mencioné, omitiendo que lo había leído casi cuatro a?os antes. Su rostro se ensombreció. No fue rabia, fue decepción.

  Me habló del viaje trasatlántico en que escribió esa novela, financiado por su abuelo. Me habló de cómo ese libro de juventud lo perseguía mientras sus obras de madurez quedaban relegadas. Me preguntó por El obsceno pájaro de la noche. Admití no haberlo leído.

  Suspiró. No contra mí. Contra el país.

  El currículo se había encogido después del golpe. Los rusos habían desaparecido. Los alemanes también. La literatura se había vuelto un territorio vigilado, reducido, amputado.

  El silencio del local ya no era solo siesta—era algo más denso.

  Guardó la boleta en el bolsillo. Me dio un asentimiento—mitad bendición, mitad despedida.

  Y entonces, sin pensarlo demasiado, me atreví:

  —Ahora es su turno, don José. Quiero ver cómo anda su caligrafía.

  Se detuvo. Sorprendido. Le extendí una hoja tama?o oficio.

  —Una dedicatoria… de institutano a institutano.

  Sonrió. Escribió:

  Para Roberto, de un cliente y amigo,

  José Donoso.

  Y se fue.

  En 1986 emigré a Estados Unidos para no volver. Solo llevé conmigo un álbum filatélico que coleccionaba desde los ocho a?os. La vida siguió. Décadas más tarde, en 2023, lo abrí por curiosidad. Entre estampillas de países que ya no existen apareció la hoja: la dedicatoria que Donoso me había escrito. Estaba intacta.

  Más de cuarenta a?os habían pasado—Donoso ya no respiraba el aire de esta tierra. Chile era otro país. Mi padre ya no estaba. Pero la tinta seguía allí. Su letra todavía cumplía la promesa que nos hicimos esa tarde de calor, mientras el resto del país dormía una siesta de la que tardaría a?os en despertar.

  En esa tienda silenciosa, sellamos un pacto breve contra el olvido.

  Décadas después comprendí que Donoso, como buen aristócrata chileno y bromista elegante, me había jugado una ingeniosa travesura: nunca estudió en el Instituto Nacional, sino en The Grange School y en el Liceo José Victorino Lastarria. Yo, con dieciséis a?os y todavía ingenuo, tomé su saludo como solemne y literal, sin sospechar la fina ironía que acababa de vivir.

  Ese día, en esa tienda silenciosa, eligió regalarme una hermandad inventada.

  Y yo, con el uniforme aún tibio del Instituto, la acepté como si fuera verdad.

  A veces, las fraternidades más profundas son aquellas que simplemente elegimos creer.

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