Durante los días posteriores al desastre, la habitación de Aerion se convirtió en el refugio silencioso de Yui.
La elfa permanecía recostada, mirando el techo sin expresión, como si su mente estuviera atrapada en un lugar al que nadie más podía entrar.
La lluvia golpeaba la ventana con suavidad, pero ni siquiera eso lograba sacarla de su letargo.
Aerion había intentado hablarle, sentándose a su lado con paciencia infinita.
—Yui… no estás sola. Estoy aquí. No hiciste nada malo —le decía con voz baja.
Pero sus palabras parecían atravesarla sin detenerse. No respondía. No lloraba. No dormía bien. No mostraba hambre ni energía.
Solo… existía, atrapada en su propio dolor.
El mago comenzó a preocuparse de verdad, pero sabía que forzarla sería peor.
Una tarde, mientras el cielo se te?ía de un gris melancólico, las dos ni?as se acurrucaron a cada lado de Yui.
Elara tomó su mano derecha.
Lyra, la izquierda.
Sus ojos estaban hinchados de llorar, pero no tenían miedo. Tenían determinación.
—Yui… —susurró Elara con un hilo de voz—. No queremos verte así.
La elfa parpadeó lentamente, como si regresar al mundo físico le costara un esfuerzo enorme.
—No pude… salvarlos —murmuró. La frase salió quebrada, cargada de un dolor que parecía infinito
Lyra negó con fuerza, apretando su mano con todo el valor que tenía.
—No fue tu culpa. él no solo vino por tí, si no a matar por placer... Mamá y papá hicieron lo que siempre hacían: protegernos. Ellos querían que viviéramos.
Elara agregó, con lágrimas que corrían sin vergüenza:
—Gracias a ti… nosotras estamos vivas. ?No lo entiendes? Si no hubieras llegado, ese tipo nos habría encontrado. Y… y nosotras… —la voz se le cortó antes de terminar—. Seremos hermanas para toda la vida, Yui. No queremos perderte también.
Esas palabras, suaves pero firmes, atravesaron la coraza emocional de Yui más profundamente que cualquier discurso de Aerion.
Sus ojos se humedecieron. Las lágrimas cayeron silenciosamente al escuchar “hermanas”.
La elfa tragó aire con dificultad, y luego se inclinó hacia las ni?as, abrazándolas con fuerza.
—Yo… las protegeré —Dijo con un temblor aún presente—. Se los prometí… a él. Y se los prometo a ustedes. No voy a dejar que nada vuelva a lastimarlas. Nunca.
Las tres se abrazaron, dejando que el llanto se mezclara con la esperanza recién nacida.
El vínculo que compartían ya no era solo afecto: era una familia reconstruida a través del dolor.
Los aldeanos visitaron continuamente la casa, preguntando por Yui y las hermanas Heart.
La elfa había temido lo peor: que la odiaran por la devastación, que la vieran como una amenaza.
Pero, para su sorpresa, la gente venía con frutas, mantas, palabras cálidas y preocupación genuina.
Un hombre mayor, dejó un cesto de hierbas sobre la mesa y dijo:
—Yo vi lo que hiciste… antes de perder el conocimiento. Vi cómo vengaste a mis buenos amigos, siento ser un cobarde y no haber ayudado. Nadie en esta aldea te culpa. Nadie.
Yui, que había escuchado desde la escalera, se quedó inmóvil.
Algo en su pecho dejó de doler.
Los aldeanos no la odiaban.
No la temían.
No la culpaban.
La agradecían.
Y eso, aunque no sanó su herida, la ayudó a ponerse en pie.
Aerion observó todo desde la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa leve.
Sabía que el dolor no desaparece de un día para otro.
Pero Yui estaba avanzando.
Y ese avance, aunque peque?o, era suficiente por ahora.
Los días posteriores al desastre estuvieron marcados por un único propósito: reconstruir la aldea.
El tifón había dejado techos arrancados, paredes abiertas y caminos completamente destruidos, pero nadie estaba dispuesto a abandonar su hogar.
Desde los primeros rayos de la ma?ana hasta bien entrada la tarde, los habitantes trabajaron hombro con hombro, levantando vigas, reparando pozos de agua y recogiendo restos esparcidos por los vientos de Yui.
Y la elfa, con el corazón aún sensible pero determinada, se unió a ellos.
Aerion reforzó casas usando magia de tierra básica.
Raik cargó vigas como si fueran plumas.
Elara y Lyra corrían de un lado a otro ayudando a distribuir herramientas, sonriendo cada vez que la gente les agradecía.
Yui, en silencio, calmada, reconstruía cercas, sintiendo que con cada clavo y cada piedra colocada, algo dentro de ella también se recomponía.
Los aldeanos la trataban con respeto y gratitud, sin siquiera insinuar rencor por el da?o del tifón.
Ese trato amable la hizo sentir parte de algo por primera vez en semanas.
Una tarde, mientras el sol se ocultaba detrás de las monta?as y el color naranja se deslizaba por los escombros ya casi reparados, Aerion se acercó a Yui, sacudiéndose el polvo de las manos.
—Hablé con mis amigos en Urano —comenzó, apoyando suavemente una mano en su hombro—. Me aseguraron que tú y las chicas pueden quedarse allí todo el tiempo que necesiten. Una casa segura, un entorno lleno de conocimiento y, sobre todo… lejos de cualquier peligro inmediato.
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Yui levantó la mirada, agradecida, pero con una intención firme en los ojos.
—Lo aprecio, maestro. De verdad. Pero… no quiero irme todavía. Necesito… —respiró hondo, mirando sus manos— necesito mejorar.
—Pasaré por Akron a conocer a la diosa de la llama sagrada
Elara, que había escuchado parte de la conversación, corrió hacia Yui con evidente ansiedad.
—?Te vas a ir sola? —preguntó, tomando su mano con fuerza.
Lyra se acercó también, con los ojos grandes y húmedos.
—No queremos separarnos. No otra vez. Queremos estar juntas.
Yui les tomó ambas manos y les regaló una sonrisa cálida, sincera.
—No las voy a dejar —dijo con voz suave—. Jamás. Ustedes son mi familia ahora. Y las alcanzaré en Urano, se los prometo. Solo… necesito este paso. Es algo que debo hacer para protegerlas mejor.
Las hermanas bajaron la mirada, aún preocupadas, pero poco a poco asintieron.
—Está bien… —susurró Elara—. Te vamos a esperar.
—Y practicaremos magia de apoyo para ayudarte cuando vuelvas —a?adió Lyra, tratando de sonreír.
Fue entonces cuando Raik apareció, columpiando su cola felina con un aire confiado.
—No se preocupen, peque?as —declaró con una sonrisa ligera—. Yo me encargaré de que lleguen sanas y salvas a Urano. Conozco esas rutas como la palma de la mano
—Creo conocer tus intenciones alumna mía, enviare una nota a la diosa Mora para que esté al tanto de que quieres conocerla, aunque también le hablaré de tu situación. Aunque estará muy feliz de acogerte por supuesto es una diosa muy amable
—Gracias, maestro. Por todo.
Aerion sonrió, aunque había una sombra de preocupación en sus ojos.
—No me agradezcas aún. El camino no será fácil. Pero si esto es lo que deseas… te apoyaré hasta el final.
Mientras el viento nocturno comenzaba a soplar y la aldea encendía sus primeras lámparas de aceite, los cuatro se quedaron allí, bajo el cielo morado, sabiendo que la separación estaba cerca, pero también que era el paso necesario para crecer.
Una nueva ruta se abría para Yui.
Una que la llevaría a Akron, a la diosa Mora…
y al inicio de un cambio que marcaría su destino.
La ma?ana de la despedida llegó más rápido de lo que nadie deseaba.
El carro de Raik, cargado únicamente con lo necesario para viajar ligero, esperaba en la entrada del pueblo. Las ruedas crujían suavemente sobre la tierra húmeda. Elara y Lyra, vestidas con ropa abrigada que los aldeanos les habían regalado, sostenían sus peque?as mochilas mientras miraban a Yui con ojos brillantes.
El silencio entre las tres era casi insoportable.
Finalmente, Elara dio un paso adelante, abrazando a Yui con toda la fuerza que su cuerpo podía reunir.
—Prometiste que vendrías… —dijo, con la voz quebrada.
Yui le acarició el cabello con suavidad.
—Y cumpliré esa promesa. Tardaré mucho, llegaré a Urano. Lo juro.
Lyra no esperó un segundo más y se unió al abrazo, temblorosa.
—No regreses herida… por favor.
Yui cerró los ojos, sosteniéndolas a ambas contra su pecho.
—Voy a estar bien. Lo juro por mis padres… y por ustedes. Esta vez soy yo quien las va a proteger.
Las ni?as sollozaron, aferrándose a su ropa por unos segundos más. Cuando por fin se separaron, Raik avanzó, apoyando sus manos sobre sus cabezas.
—Vamos, peque?as. Si seguimos llorando, no partimos más —dijo con una voz sorprendentemente suave.
Se inclinó ligeramente hacia Yui.
—No te preocupes. Llegarán sanas, salvas y desayunadas todos los días —a?adió con una media sonrisa.
Yui respondió con un asentimiento confiado.
—Te las encargo. De verdad.
—Lo sé —contestó Raik, esta vez con una seriedad muy poco habitual en él—. No te fallaré.
El carro comenzó a moverse. Las ni?as estiraron sus brazos, agitándolos con desesperación mientras Yui respondía igual, su corazón apretándose a cada metro que avanzaban.
No dejó de mirarlas hasta que el camino se curvó entre los árboles y sus figuras desaparecieron.
El silencio posterior se sintió demasiado grande.
La encontró sentada sobre un tronco, manteniendo sus manos abiertas, dejando que el viento pasara entre sus dedos en un intento inconsciente de sentirse acompa?ada.
Aerion se sentó a su lado sin decir nada al principio. Ambos miraron el horizonte hasta que él rompió el silencio.
—En estas semanas avanzaste más que muchos aprendices en meses —comenzó, con un tono cálido—. Pero… lo que viene ahora no depende de lo que yo pueda ense?arte.
Yui bajó la mirada.
— ?Es porque no soy lo suficientemente fuerte?
Aerion negó suavemente.
—Es porque la verdadera fuerza nace durante el viaje, no solo durante el entrenamiento. Yo solo pude darte las bases: controlar el viento, sentir la amenaza, moverte con precisión. Pero lo que te falta… esa evolución solo ocurre viviendo, enfrentando, creciendo.
Aerion entonces buscó algo en su túnica y sacó un peque?o objeto envuelto en tela. Lo colocó en las manos de Yui.
—Esto es para ti.
Yui abrió el pa?o con cuidado. Dentro había un colgante brillante, de oro pálido, con la forma de un sol estilizado. En su centro, una piedra pulida reflejaba un suave resplandor cálido, casi vivo.
—Es… hermoso —dijo
—Pertenece a mi maestra —explicó Aerion, con una nostalgia profunda—. Amaterasu. Lo creó con sus propias manos contiene parte de su magia solar, lo hizo para unir a sus seguido...familia en caso de cualquier emergencia pero es un objeto que funciona en auras grandes
Yui lo observó como si sostuviera el corazón de una estrella.
Aerion continuó, con tono serio:
—Si alguna vez te encuentras en un peligro extremo… uno del que no puedas salir por tus propios medios… —dio un leve toque a la piedra del colgante— concentra toda tu aura en él y lee el conjuro grabado en el reverso.
Yui volteó el colgante, encontrando un peque?o texto grabado con precisión divina.
— ?Este conjuro… qué hace? —preguntó.
Aerion suspiró.
—Me traerá directamente hacia ti. No importa dónde estés. No importa el reino, la distancia o el peligro. En segundos, estaré a tu lado.
Yui entreabrió los labios, impresionada.
—Eso es… magia muy avanzada, ?no?
—Avanzada no —respondió Aerion, con una media sonrisa—. Es magia de Dios.
Y luego, su expresión se volvió estricta:
—Pero no lo uses a la ligera. Ese hechizo exige un costo enorme. Y solo debe activarse si tu vida depende de ello. ?De acuerdo?
Yui apretó el colgante contra su pecho, sintiendo un calor reconfortante irradiar desde él.
—Lo entiendo. Y… gracias, maestro. Por todo lo que hizo por mí.
Aerion le dio una leve palmada en la cabeza, como si fuera su manera de ocultar una emoción más grande.
—Solo recuerda esto, Yui: no estás sola. No importa cuán lejos llegues, si necesitas avanzar más… si necesitas guía… puedes acudir a mí siempre.
Yui sonrió, con una fuerza renovada en sus ojos esmeralda.
—Lo haré. Lo prometo.
Y mientras el sol se ocultaba, el viento movió suavemente las hojas, como respondiendo a su determinación.
Una vez en su posada con Yui descansando antes del viaje Aerion toma un libro viejo guardado con todo el cuidado del mundo, en el habían dibujos a gran escala como si retratara el momento de ese tiempo a la perfección, en una de las hojas, una imagen de tres elfos y una mujer bella de buen vestuario en Eldoria, uno era el mismísimo Aerion, los otros dos una pareja con un bebe en mano.
—Lo siento mucho hermano, por no haber regresado a Eldoria, todo lo que puedo hacer por ustedes es proteger a su peque?a y hacer que encuentre su felicidad de esta manera.

