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Capitulo 20: "La primera huella hacia el hogar" final del tomo 4

  Un zumbido agudo, como el pitido de un televisor muerto, pero dentro de su cráneo. El primer sentido en regresar fue el oído, ahogado por ese tono y por gritos lejanos, desgarradores, que no parecían humanos. Luego, el olfato: un olor metálico y salado, mezclado con algo dulzón y nauseabundo que le hizo contraer el estómago.

  El mundo giraba. Abrió los ojos y la luz, una luz brillante y difusa que venía de un cielo de un azul pálido y extra?o, le atravesó el cerebro como una lanza. Gritó, o intentó gritar, pero solo salió un gemido. Un dolor sordo y generalizado la recorría, como si la hubieran sacudido en una lavadora gigante. Las náuseas subieron como una marea ácida. Se incorporó a medias, solo para vomitar sobre una arena gruesa y grisácea.

  —Sofi… Sofi…

  La voz, ronca y llena del mismo pánico y desorientación, vino de su izquierda. Volvió la cabeza, un movimiento que provocó una nueva oleada de mareo. Era Julián, su padre. Estaba de rodillas, con una chaqueta de lona de color azul marino, debajo una camisa de botones de franela a cuadros, y unos pantalones de gabardina de color café, esa misma ropa que se había puesto a toda prisa cuando decidieron huir de la guerra hacia la casa de sus suegros. Aunque era un hombre de una estatura respetable, se veía peque?o frente a la inmensidad de aquel cielo extra?o. Su cabello negro, el mismo que habían heredado sus hijos, estaba alborotado y algo sucio por la arena. Julián, el profesor sereno que Sofía conocía, se estaba desmoronando; sus ojos café claro, idénticos a los de su hermano Erik, estaban dilatados por un terror que su mente académica no lograba procesar."

  —?Papá? —logró articular, su voz un hilillo de sonido. —?Dónde estamos?.

  La pregunta se formó en su mente pero no llegó a sus labios. Porque su vista, ajustándose lentamente al horror, comenzó a abarcar la escena.

  No estaban en el sendero boscoso donde caminaban. Estaban en una playa, pero no como ninguna playa de la Tierra. La arena era de un gris ceniza, interrumpida por pedazos de roca negra y vidriosa. El mar, o lo que parecía un mar, era de un color verde esmeralda profundo y inquietantemente quieto. Y la gente… Dios, la gente.

  Docenas, quizás cientos, esparcidos por la orilla. Algunos, como ella y su padre, se movían con agonía, vomitando, gateando, gimiendo. Otros yacían completamente inmóviles, en posturas imposibles, algunos medio sumergidos en el agua verde. Los gritos no eran solo de dolor; eran de un terror absoluto, desquiciado.

  Y entonces, los vio avanzar desde el sur.

  Del borde de la playa, donde la arena se encontraba con la fronda oscura y excesivamente exuberante de un bosque profundo, surgieron las figuras. Eran largas, bajas, y se movían con una velocidad serpentina y mortífera. Lagartos. Pero no los lagartos peque?os que conocía. Eran del tama?o de un coche peque?o, con escamas que relucían bajo la luz solar con tonos de verde musgo y marrón barro. Sus cabezas eran alargadas, armadas con hileras de dientes como dagas curvadas que destellaban cada vez que abrían sus fauces para emitir un silbido desde lo profundo de sus gargantas tan penetrantes que helaban la sangre.

  Uno de ellos se abalanzó sobre un hombre que intentaba arrastrarse. Las fauces se cerraron alrededor de su torso con un crujido húmedo y espantoso. El grito se cortó de golpe.

  —?NO! —gritó su padre, y en ese grito había más instinto que fuerza.

  Su mirada, desesperada, barrió la playa. No había refugio. Solo la llanura gris, el mar verde y el bosque oscuro de donde salían los monstruos. Entonces, la vio. A unos cincuenta metros, semienterrada en la arena en un ángulo extra?o, como si hubiera caído del cielo, había una camioneta volcada. Era una camioneta pickup vieja, de un azul desgastado. La caja trasera, abollada, ofrecía un espacio, un refugio de metal.

  —?Allá! —rugió su padre, recuperando una chispa de su antigua autoridad. Agarró a Sofia del brazo con una fuerza que le hizo gritar de dolor, pero la sacó de su estupor—. ?Corre, Sofi, CORRE!

  No hubo tiempo para pensar, solo para obedecer. Sus piernas, débiles como gelatina, respondieron a duras penas. Corrieron, tropezando sobre cuerpos y piedras, esquivando charcos de un líquido que no quería identificar. El silbido de los lagartos se acercaba. Oía los pasos rápidos y pesados de las bestias en la arena detrás de ellos, el llanto de alguien a quien alcanzaban.

  No miró atrás. Solo vio la panza de la camioneta, el hueco oscuro bajo la caja volcada. Su padre la empujó primero, y ella se arrastró sobre la arena caliente y el vidrio roto, metiéndose en la estrecha cavidad. él se coló detrás, justo cuando un golpe sordo y un gru?ido furioso hicieron vibrar el chasis de la camioneta. Un lagarto había embestido el vehículo, intentando alcanzarlos.

  Jadeaban en la penumbra, acurrucados uno contra el otro, el metal retorcido oliendo óxido y miedo. A través de los huecos, Sofia podía ver las patas escamosas de la criatura rondando, su cola arrastrándose como un látigo. Los gritos en la playa continuaban, pero cada vez menos.

  Y entonces, después del pavor helado de la persecución, vino la ola de calor.

  No fue como el calor de un verano en la Tierra, húmedo y pesado. Este era seco, intenso, y parecía emanar de la propia arena y del aire. Era como si una puerta de un horno gigante se hubiera abierto sobre ellos. El sudor brotó instantáneamente por cada poro de su piel, mezclándose con la arena y el vómito seco en su rostro. El aire dentro de su refugio de metal se volvió sofocante, difícil de respirar.

  Su padre, jadeando, la miró. En sus ojos, más allá del terror, Sofia vio la misma pregunta aterradora que ella tenía, pero también una determinación feroz y nueva.

  —No estamos en casa, Sofi —susurró, su voz áspera por la deshidratación y el esfuerzo—. Esto… esto es otro lugar. Y tenemos que sobrevivir.

  El tiempo, dentro del hueco oscuro y sofocante bajo la camioneta, perdió todo sentido. Solo existían los jadeos entrecortados, el sabor a miedo en la boca, y el calor seco que hacía que cada respiración quemara.

  —Mamá… —susurró Sofia, por primera vez permitiéndose pensar en los demás. El pánico inicial había sido por ella y por su padre, tan cercano. Pero ahora, la ausencia de los otros se hacía un vacío doloroso en su pecho—. Y Erik, Valeria.

  Su padre, con los ojos cerrados en concentración forzada, asintió débilmente.

  —Tranquila, Sofi. Tranquila. Debemos… debemos mirar. Con cuidado.

  A tientas, pegado al suelo arenoso, él se arrastró hacia una de las aberturas donde el metal estaba retorcido. Sofia hizo lo propio por otro lado. La visión era limitada, un fragmento de pesadilla: arena gris, algún cuerpo inmóvil a la distancia, y el movimiento rápido y oscuro de las colas de los lagartos entre los cuerpos. El aire vibraba con sus silbidos y los crujidos espantosos.

  Ella escaneó cada rostro que podía ver, cada figura. Ni el vestido color lavanda de su madre, ni la chaqueta verde brillante de Erik, ni la mochila de unicornio de Valeria. Solo extra?os, vivos y muertos.

  —No los veo —dijo, y su voz sonó a punto de quebrarse.

  —Yo tampoco —respondió su padre, pero su tono no era de derrota, sino de cautela—. No significa… no significa lo peor. Puede que estén escondidos, como nosotros. O más allá, en otra parte de esta playa.

  Pero las palabras sonaban huecas incluso para sus propios oídos. El silencio que cayó después de lo que parecieron horas interminables fue aún más aterrador que los gritos. Los lagartos, después de su gran festín, parecían saciados. Sus silbidos se alejaron, mezclándose con los susurros del extra?o bosque. El último que vieron arrastraba el cuerpo de una mujer hacia la fronda oscura, desapareciendo entre la vegetación con una eficiencia macabra.

  La playa quedó en un silencio roto solo por el leve murmullo del mar verde y algún gemido ocasional, cada vez más débil.

  El malestar físico en Sofia, esa náusea profunda y el dolor de cabeza punzante, comenzó a ceder lentamente, como una marea que se retirara. Todavía se sentía débil, como si la hubieran golpeado, pero la sensación de que su cuerpo iba a desintegrarse había pasado. Se atrevió a sentarse, apoyando la espalda en el metal caliente.

  Su padre, sin embargo, no se recuperaba al mismo ritmo. Estaba pálido, con sudor frío en la frente, y respiraba con dificultad.

  —Me duele… el pecho. Como una presión —confesó entre dientes—. Pero ya no… ya no voy a vomitar. Es algo distinto.

  La preocupación por él se sumó a la angustia por los demás. Cuando la luz del sol comenzó a inclinarse, pintando el cielo de tonos naranja y morado que tampoco se veían naturales, decidieron que era el momento.

  Sofía se puso de pie, limpiándose la arena de sus jeans azules y ajustándose la blusa celeste, una vestimenta que ahora parecía ridículamente fuera de lugar en aquella playa gris. Con una estatura promedio de un metro sesenta y cinco de estatura, era el estándar de una chica de la Tierra, y su físico delataba que pasaba más tiempo entre libros que realizar cualquier deporte o entrenando. Sin embargo, al recogerse su largo y liso cabello negro oscuro, sus ojos café claros brillaron con la misma chispa de determinación que definía a su familia. Podía ser una estudiante, alguien de ciudad y aunque sus músculos no fueran tan fuertes como los de un hombre, su voluntad era de acero.

  Salir del refugio fue como nacer de nuevo en un mundo hostil. El aire, aunque aún caliente, era menos opresivo. La escena que se desarrolló ante ellos era desoladora. Quizás una treintena de personas, de las cientos o miles que debieron estar, se movían entre los cuerpos, algunos ayudando a otros, la mayoría simplemente de pie, perdidos, con la misma expresión de shock absoluto.

  Sin hablar, padre e hija comenzaron su búsqueda. Revisaron cada rostro, voltearon a cada superviviente con cuidado, llamaron a gritos sus nombres hasta que les dolieron las gargantas. Recorrieron la playa hacia el norte y hacia el sur, hasta donde el bosque oscuro y el mar intransitable se lo permitieron. No había rastro de su madre, ni de Erik, ni de Valeria. Solo los restos de un viaje imposible: carteras, zapatos, un teléfono móvil destrozado y completamente inútil, pedazos de ropa que no eran los suyos.

  La desesperación se instaló, fría y pesada, en el estómago de Sofia. Cada vez que veía una chaqueta verde a la distancia, su corazón daba un vuelco, solo para hundirse después.

  Y entonces, el sol se escondió tras el horizonte.

  La oscuridad no llegó de golpe. Primero fue un crepúsculo prolongado y hermoso, de colores que no tenían nombre. Luego, el cielo se ti?ó de un terciopelo profundo… y ellas aparecieron.

  No una. Ni dos. Tres.

  Tres esferas majestuosas, llenas, irguiéndose en el firmamento. Una era grande y de un blanco plateado, ba?ando la playa en una luz fría y clara. Las otras más peque?as, parecían que se habían estrellado entre ellas, tenían un tinte ligeramente azulado y misteriosa.

  Sofia se detuvo en seco, la boca abierta. La búsqueda, la angustia, todo se suspendió ante esa visión imposible. Oyó el jadeo colectivo de los otros supervivientes, algunos empezaron a llorar, otros a rezar en voz baja.

  Su padre se acercó a su lado y puso una mano temblorosa en su hombro. La miró, y en sus ojos, iluminados por la triple luz lunar, Sofia ya no vio solo el miedo o el dolor. Vio el destello de una comprensión terrible y absoluta.

  —No, Sofi —dijo, su voz era un susurro ronco, cargado de una resignación que partía el alma—. Esto no es la Tierra. Esto… esto ya no es nuestro hogar.

  Las palabras, dichas en voz alta, sellaron una verdad que hasta entonces solo había sido un presentimiento. No estaban perdidos en algún lugar remoto. No había rescate que esperar. No había vuelta atrás.

  La triple luz lunar ba?aba la playa con una claridad fantasmal, transformando la arena gris en plata y proyectando sombras alargadas y distorsionadas de los cuerpos y los restos. El silencio, tras el caos inicial, era frágil, como el cristal de una ventana a punto de quebrarse.

  Sofia no podía apartar la vista del cielo. Las tres lunas, majestuosas, eran la prueba final, irrefutable. Un nudo de terror y una absurda maravilla se enredaban en su garganta. Su padre, sin embargo, había bajado la mirada. Su instinto de profesor de historia, esa necesidad de analizar el contexto, surgió incluso aquí, en el fin del mundo.

  —Mira, Sofi —susurró, su voz aún débil pero clara. Se?aló con un leve movimiento de la cabeza a los otros supervivientes que, como fantasmas, empezaban a congregarse en peque?os grupos o a vagar en solitario.

  Sofia siguió su mirada. Al principio, solo vio a personas asustadas, sucias, heridas. Pero luego, los detalles saltaron a la vista, incongruentes, imposibles.

  Un hombre, no muy lejos, se arrodillaba junto a una mujer, su atuendo no era de tela moderna, sino de lana basta, con un cinturón de cuero ancho y botones de hueso. Parecía salido de una feria medieval. Más allá, una joven sollozaba, agarrada a un chal largo y deste?ido, su vestido largo y sencillo, de un corte que Sofia solo había visto en libros muy antiguos sobre el siglo XVIII o XIX. Vio a un hombre con un chambergo polvoriento y una casaca desgarrada, hablando con vehemencia a otro que vestía una túnica simple, casi monástica.

  Y los sonidos… no solo era el llanto o los gemidos. Brotaban palabras, frases, en una cacofonía de idiomas. Oía lo que sonaba como un francés áspero y antiguo, algo que podría ser alemán pero con giros extra?os, un espa?ol con acento que no podía ubicar, y otros sonidos guturales o melodiosos que no reconoció en absoluto. Su padre, que reconocía algunos idiomas, fruncía el ce?o, tratando de descifrarlo.

  —Ese… ese hombre habla una forma de occitano, creo. Y aquella mujer… su dialecto suena a francés del norte, pero arcaico. Esto no es… no es solo que hayamos sido traídos aquí, Sofi. Es como si el tiempo mismo se hubiera roto y vertido aquí.

  La idea era tan vasta y aterradora como las lunas. Gente de diferentes épocas, arrancadas de sus momentos en la historia, todas mezcladas en esta playa maldita. ?Cuánto tiempo llevaba ocurriendo esto? ?Había más "llegadas" antes que ellos?

  Un destello de color familiar atrajo la atención de Sofia. Allí, cerca de un montón de rocas donde yacían tres cuerpos destrozados por los lagartos, estaba su mochila. La mochila de tela azul con parches que ella misma había cosido. Una mancha de normalidad en medio del absurdo. Corrió hacia ella, ignorando el olor a sangre y muerte, y la desenterró con manos temblorosas. Dentro, su botella de agua medio llena (?agua!), su diario (el mismo que ahora Erik sostenía), un bolígrafo, una chaqueta ligera, y su joyero musical, la foto de la familia tomada el verano pasado. Los miró a todos sonriendo, ingenuos, bajo un sol opacado por nubes grises por la contaminación. Sintió un dolor tan agudo que le faltó el aire.

  Volvió con su padre, abrazando su mochila como un talismán. Las horas pasaron, lentas, cargadas de un miedo latente. Algunos supervivientes intentaron encender fogatas con maderos secos arrastrados por la marea. Otros seguían buscando desesperadamente entre los muertos. Formaron grupos por idioma o por la familiaridad de la vestimenta, islas de confusión en la costa.

  Creyeron, por un momento frágil, que lo peor había pasado. Que los lagartos se habían retirado, que la noche, aunque alienígena, los cubriría.

  Fue entonces cuando del bosque oscuro, esa fronda impenetrable al sur, rugió.

  No fue un silbido reptiliano. Fue un estruendo de truenos consecutivos, un tableteo brutal y discordante. Disparos. Muchos. De una variedad que solo podía significar caos: el estampido sordo y potente de lo que sonaba como mosquetes, el crack seco de rifles, la explosión arrasadora de escopetas, y el repiqueteo más rápido y moderno de lo que podían ser armas automáticas o semiautomáticas primitivas. Era una batalla, una carnicería, que estallaba en las entra?as del bosque.

  Los gritos que llegaron hasta la playa no eran solo de dolor, sino de terror puro y órdenes a gritos en decenas de idiomas.

  —?Monstruos! ?Salen de entre los arboles y la espesura! —alcanzó a oír en un espa?ol antiguo y desesperado.

  —Retirada! à la plage! Retirada! —gritó alguien en francés.

  —Sie kommen aus den B?umen! —aulló una voz en alemán, rasgada por el pánico.

  Luego, entre los árboles en el límite de la playa, surgieron figuras. Hombres y mujeres, algunos con uniformes destrozados de épocas pasadas, otros con ropas civiles, corriendo, disparando hacia atrás mientras huían. Y tras ellos, moviéndose con una agilidad espeluznante en la penumbra multicolor de las lunas, surgieron cosas. Formas que no eran lagartos. Eran más altas, bípedas, con torsos delgados y extremidades largas y espinosas, cuyos ojos reflejaban la luz lunar con un brillo amarillo y hambriento.

  El caos, que se había aquietado en la playa, volvió a estallar con furia redoblada. Los supervivientes de la "llegada" se dispersaron como pájaros asustados. El padre de Sofia la agarró del brazo, su rostro ahora marcado por una urgencia nueva.

  —?El auto! ?O la roca más grande! ?Cualquier cosa! —gritó, arrastrándola lejos del borde del bosque.

  Corrieron de nuevo, el corazón de Sofia martillándole los oídos, ahogando parcialmente los disparos y los gritos de la nueva masacre que se desarrollaba. Esta noche no ofrecería tregua. Este mundo no daba respiros. Solo era una sucesión de horrores, una lección sangrienta: aquí, la muerte tenía muchas formas, y venía de todas las épocas.

  El estampido de la batalla en el bosque era un muro de sonido que empujaba a Sofia y a su padre hacia atrás, hacia la ilusión de seguridad que representaba la camioneta volcada. Corrían con las piernas pesadas por el agotamiento y el miedo, la arena tragándose sus pasos. La luz triple de las lunas creaba una confusión de sombras, haciendo que cada roca pareciera agazaparse, cada cuerpo inmóvil pareciera a punto de levantarse.

  Estaban a diez metros de su refugio cuando la sombra se desprendió de una aglomeración de cuerpos.

  Era más alta que un hombre, pero encorvada. Sus extremidades, largas y delgadas como palos de madera seca, terminaban en garras negras y afiladas que ara?aban la arena con un sonido chirriante. Su torso era una jaula de costillas pronunciadas bajo una piel correosa y grisácea. Pero lo peor era la cabeza: alargada, sin pelo, con una boca llena de colmillos irregulares y unos ojos grandes, completamente negros, que parecían absorber la luz lunar en lugar de reflejarla. Olía a tierra podrida y a algo metálico, como sangre vieja.

  La criatura no corrió hacia ellos. Simplemente se interpuso en su camino hacia la camioneta, girando lentamente su cabeza de un lado a otro, como si estudiara sus opciones. Un silbido bajo, casi inquisitivo, escapó de su garganta. Sofia sintió que sus pulmones se helaban. Sabía. El monstruo sabía que ellos intentaban refugiarse, y estaba cortándoles la ruta.

  Su padre empujó a Sofia detrás de él, buscando a tientas una piedra, cualquier arma. La criatura dio un paso adelante, sus garras levantadas, lista para abalanzarse. El tiempo se dilató. Sofia vio cada detalle de la bestia, la saliva oscura que goteaba de sus fauces, la tensión en sus músculos espinosos. Vio la desesperación en los ojos de su padre. Vio, al fondo, la panza plateada de la camioneta bajo la triple luz, un santuario inalcanzable.

  Entonces, el mundo explotó justo detrás de su oreja derecha.

  ?BANG! ?BANG! ?BANG!

  Tres detonaciones secas, estridentes, que no sonaron como los disparos lejanos del bosque. Eran más cercanas, más personales. El aire se llenó del olor acre de la pólvora quemada. La criatura dio una sacudida violenta, un agujero negro y humeante abriéndose en su costado. Un grito agudo, más de sorpresa y furia que de dolor, rasgó la noche antes de que otros dos impactos le golpearan en el cuello y la cabeza. Cayó de lado, pataleando convulsivamente en la arena, un charco oscuro expandiéndose bajo ella.

  Sofia se volvió, aturdida por los disparos. Detrás de ellos, agachado en una posición de tirador, con el brazo extendido y todavía humeando, estaba un soldado. Joven, quizás no mucho mayor que ella. No vestía ningún uniforme moderno que ella reconociera, sino una chaqueta azul descolorida con botones de latón, pantalones de lana gruesa y botas altas de cuero gastado. Al mirarlo, Sofía sintió un escalofrío de algo extra?amente familiar.

  Tenía el cabello de un rubio ceniza, casi platino bajo la luz del extra?o cielo, y unos ojos de un celeste tan claro y penetrante. En sus manos sostenía un revolver de aspecto pesado y antiguo, de cilindro largo. Su rostro estaba sucio de polvo y sudor, pero sus ojos, bajo la visera de una gorra de campa?a arrugada, eran de una intensidad feroz y clara.

  —?Al abrigo! ?Ahora! —gritó, con un acento que Sofia no pudo identificar de inmediato, pero las palabras eran claramente una orden.

  No hubo tiempo para agradecer, para preguntar. El joven soldado les hizo se?as urgentes hacia la camioneta y, cubriéndolos con su arma mientras escaneaba el perímetro, corrió con ellos los últimos metros. Los tres se deslizaron bajo el chasis volcado, apretujándose en el espacio que antes había ocupado solo padre e hija. El metal aún guardaba el calor del día, mezclado ahora con el frío del miedo nocturno.

  Dentro de la oscuridad familiar, jadeando, el soldado recargó su revólver con manos rápidas y seguras, sacando cartuchos gastados de latón e insertando otros nuevos de un cinturón en su cintura. El padre de Sofia tosió, el sonido seco y doloroso en el espacio cerrado.

  —Gracias —logró decir, entre tos y jadeo—. Usted… nos salvó la vida.

  El joven asintió brevemente, sin dejar de mirar hacia afuera a través de una rendija.

  —D'anciennes bêtes… plus rusées que les lézards —murmuró, casi para sí mismo. Luego, en un espa?ol con fuerte acento francés y arcaísmos, a?adió dirigiéndose a ellos—: Estas bestias viejas… más astutas que los lagartos. Saben dónde nos escondemos. Hay que esperar. Se hartan, luego vuelven al bosque. Siempre igual.

  "Siempre igual". La frase cayó como una losa. ?Cuánto tiempo llevaba este joven aquí? ?Días? ?Semanas? ?De qué "llegada" era él? Sofia lo miró a hurtadillas. Bajo la suciedad y la dureza, no podía tener más de veinte a?os. ?De qué guerra venía? ?De qué siglo?

  Afuera, la carnicería continuó. Los disparos, los gritos en una docena de lenguas muertas y vivas, los gru?idos de las criaturas. Pero bajo la camioneta, rodeados por el olor a pólvora, sudor y miedo, los tres permanecieron en un silencio tenso. Solo podían esperar, como había dicho el soldado, a que los monstruos se saciaran y regresaran a las profundidades del bosque, sus vientres llenos, dejando a los supervivientes temblando entre los muertos de épocas mezcladas.

  Sofia cerró los ojos, apretando su mochila contra el pecho. La foto de su familia le quemaba a través de la tela. Ahora no solo tenía que sobrevivir para encontrar a los suyos. Tenía que hacerlo en un mundo donde la historia era un rompecabezas roto y sangriento, y donde un soldado de un tiempo perdido podía ser, de pronto, el ángel guardián más cercano a algo divino.

  La luz no fue un amanecer como lo recordaba. Un sol ascendiendo con majestuosidad, opacando poco a poco el brillo de las tres lunas, que palidecían pero no desaparecían del todo, fantasmas pálidos en el cielo diurno.

  Bajo la camioneta, el aire estaba viciado y cargado. El joven soldado fue el primero en moverse, deslizándose fuera con la cautela de un felino, su revólver listo en su mano. Escaneó el horizonte, el bosque ahora silencioso y amenazante, la playa sembrada de cuerpos bajo la nueva y extra?a luz del día. Su expresión no era de alivio, sino de evaluación práctica.

  —Le jour. C'est le moment —murmuró, y salió completamente.

  Sofia y su padre salieron tras él, estirando miembros entumecidos y doloridos. La escena de la ma?ana era aún más desoladora a la luz clara. Los restos de la noche eran evidentes: nuevos cuerpos, algunos destrozados por las criaturas bípedas, otros abatidos por la confusión y los disparos. El aire, aún caliente pero menos opresivo, olía a sal, a sangre seca y a pólvora quemada.

  El soldado no perdió tiempo en conmemoraciones. Con una eficiencia que hablaba de una triste experiencia, comenzó a recorrer los cuerpos. No era saqueo por codicia; era una cosecha sombría de supervivencia. Revisaba bolsillos, arrancaba cantimploras o botellas medio llenas, se media los zapatos o botas que podrían ser de su talla, escudri?aba en busca de munición. Sofia lo vio probar el mecanismo de un mosquete roto y descartarlo con desdén, para luego despojar a un hombre con ropas del siglo XX de un cinturón con cartuchos que parecían compatibles con su pesado revólver. Encontró una pistola semiautomática más moderna, la examinó con curiosidad, pero al no tener balas para ella, la dejó. Su pragmatismo era glacial.

  Sofia, por el contrario, solo tenía un objetivo. La angustia, contenida durante la noche por el miedo inmediato, estalló de nuevo con una fuerza renovada.

  —?Mamá! —gritó, su voz rasgándose en el aire quieto—. ?Erik! ?Valeria!

  Comenzó a correr, no con la eficiencia del soldado, sino con la desesperación ciega de quien busca un milagro. Revisó cada rostro, volteó a cada superviviente que se movía (eran menos que anoche), preguntó a gritos, mostró la foto de su familia a personas que la miraban con ojos vacíos o le respondían en idiomas incomprensibles. Su padre la seguía, tosiendo a ratos, su búsqueda cada vez más lenta, más cargada de una resignación que Sofia se negaba a aceptar.

  El soldado, terminada su recolección metódica, los observó desde la distancia un momento. Finalmente, se acercó. Su mirada no era cruel, pero sí implacablemente realista.

  —Vous cherchez votre famille —afirmó, no preguntó. Habló en un espa?ol más trabajado esta vez, como si hiciera un esfuerzo por hacerse entender—. La ni?a… el ni?o… la mujer de la imagen.

  Sofia asintió, incapaz de hablar, las lágrimas cortándole caminos blancos en el polvo de su rostro.

  El soldado miró hacia el vasto horizonte de la playa, luego hacia el mar verde e inquietante, y finalmente hacia el cielo, donde el sol, brillaba dando un calor infernal aunque fuera las primeras horas del día.

  —Si ils ne sont pas ici, près de vous dans le chaos… —dijo lentamente, eligiendo las palabras—. Hay dos… ?cómo decir?… verdades. La primera: pueden haber llegado en otro lugar. Esta costa es larga. El rayo… la luz que los trajo… no fue ordenado.

  Era un destello de esperanza, tan débil como la luz de la luna más lejana. Sofia se aferró a ella.

  —?Crees que… que pueden estar más allá? ?En otra parte de la playa?

  El soldado la miró directamente. En sus ojos jóvenes pero antiguos, Sofia vio el peso de una experiencia que ella apenas empezaba a rozar.

  —Oui. Peut-être —asintió. Luego hizo una pausa, y su voz bajó, volviéndose aún más grave—. Mais il y a une autre vérité. Plus dure. Peut-être… qu’ils ne sont pas venus. Peut-être qu’ils sont restés… là-bas. —Hizo un gesto vago con la mano, como abarcando todo lo que habían perdido.

  "Sí. Quizás. Pero existe la otra verdad. La más dura. Quizás... no vinieron. Quizás se quedaron... allí."

  No dijo "murieron". Pero la implicación era clara, y más terrible que cualquier monstruo del bosque. Sugería que su madre y sus hermanitos no estaban simplemente perdidos en este mundo salvaje, sino que quizás habían sido dejado en un mundo en guerra y quisas borrados junto con todo lo que conocían.

  La esperanza que había florecido un segundo antes se marchitó, dejando un vacío gélido. Su padre se acercó y puso una mano en su hombro, su propio rostro un mapa de dolor.

  El soldado vio el efecto de sus palabras y, por primera vez, su expresión se suavizó un poco, mostrando al joven que había debajo del cascarón de supervivencia.

  —Je ne dis pas ?a pour faire mal —dijo, casi apologético—. Je dis ?a pour… pour que vous cherchiez avec les yeux ouverts. Cherchez. Toujours. Mais ne laissez pas le chagrin vous tuer ici. Ici, il faut vivre d'abord. Vivre pour… pour honorer leur souvenir, si c'est le cas.

  "No lo digo para hacer da?o. Lo digo para… para que busquen con los ojos abiertos. Busquen. Siempre. Pero no dejen que el dolor los mate aquí. Aquí, hay que vivir primero. Vivir para… para honrar su memoria, si ese es el caso."

  Era una filosofía dura, forjada por su tiempo de supervivencia en este mundo, probablemente tras haber perdido a sus propios camaradas. Vivir para honrar a los que quizás se habían quedado atrás.

  Las palabras del joven soldado, duras como las rocas negras de la playa, se clavaron en el corazón de Sofia con la frialdad de un escalpelo. "Vivir para honrar su memoria." Miró a su padre, y en sus ojos, velados por el dolor y la tos persistente, vio el mismo terrible cálculo: ?Era mejor pensar que su madre y sus hermanitos estaban perdidos en este infierno, a merced de lagartos, criaturas nocturnas y una naturaleza desconocida y hostil? ?O era un acto de amor, por retorcido que pareciera, esperar que se hubieran quedado en la Tierra, incluso si ese mundo había dejado de existir por la guerra mundial, ahorrándoles este horror?

  La idea era un veneno que, paradójicamente, trajo un alivio agonizante. Dejar de buscar activamente era una traición a su propio corazón, pero continuar, con esa desesperación nublándole la razón en un lugar donde un segundo de distracción era muerte, era un suicidio. Y ella tenía que proteger a su padre, que parecía estar mas débil de lo costumbre.

  —Tienes razón —musitó su padre, dirigiéndose al soldado, su voz un hilo de aceptación amarga—. Ahora… ahora debemos ver por nosotros. Y por los que quedan.

  Ya pasando algunos minutos, la playa se convirtió en una torre de Babel fracturada. Grupos de supervivientes, unidos por el hilo tenue de un idioma común o por la familiaridad de sus vestimentas anacrónicas, se congregaban aquí y allá. Se hacían se?as, se mostraban objetos, se se?alaban el bosque y el mar con miedo. Un hombre con ropas de los a?os 40 intentaba comunicarse con una mujer vestida como una campesina medieval mediante gestos exagerados, se?alando el sol y luego su boca abierta. Agua. Todos necesitaban agua.

  El soldado observó la escena con una mezcla de impaciencia y desdén práctico.

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  —Ils vont se regrouper par langue. C'est naturel. Mais la faim et la soif parleront plus fort bient?t —dijo, casi para sí mismo. Luego, dirigiéndose a Sofia y a su padre con mayor claridad—: Los que se entiendan… que se junten. Debéis buscar agua que no sea del mar verde. Y comida. Los frutos del bosque… algunos son seguros, otros matan. Hay que aprender.

  Pero lo que hizo a continuación los dejó perplejos. En lugar de unirse a alguno de los grupos que se formaban en la playa, el soldado comenzó a asegurar su nuevo equipo: ajustó su cantimplora nueva (saqueada), amarro un par de botas de su talla y revisó los cartuchos de su revólver, y se colocó firmemente su gorra. Luego, miró hacia la fronda oscura del bosque, de donde habían salido los horrores de la noche, con una determinación que no parecía temeraria, sino calculada.

  —Moi, je retourne là-bas —anunció, se?alando al bosque con su mano libre.

  —?Al bosque? —preguntó Sofia, incapaz de disimular su incredulidad—. Pero… anoche… las criaturas…

  —La nuit, oui. Les Rajadores —asintió el soldado, dando un nombre a los monstruos bípedos—. Mais le jour, avec le chaud… —Hizo un gesto hacia el sol y caliente— …c'est différent. Les lézards, les grands, ils aiment la chaleur du sable, mais ils ne grimpent pas. Les arbres… en haut des arbres, c'est plus s?r le jour. Frais. On voit venir. Et il y a des choses à manger là-haut.

  "De noche, sí. Los Rajadores . Pero durante el día, con el calor… es diferente. A las lagartijas, las grandes, les gusta el calor de la arena, pero no trepan. Los árboles… arriba, en los árboles, es más seguro durante el día. Se ve lo que viene. Y hay comida ahí arriba."

  Sus palabras, entrecortadas pero claras en su significado, pintaban una estrategia de supervivencia contra intuitiva. De día, con el calor, era mejor estar en lo alto de los árboles. Los lagartos gigantes no escalaban. Desde las copas, uno podía ver venir el peligro, encontrar frutos, quizás incluso agua atrapada en las hojas. Era refugiarse en el mismo lugar que de noche era una trampa mortal, pero en el ciclo opuesto.

  Era una lógica brutal y adaptativa, la de alguien que había aprendido las reglas de este mundo a fuerza de sangre y observación.

  —?Y los… "Rajadores "? —preguntó el padre de Sofia, usando el término que el soldado había dicho.

  El joven hizo una mueca. —Ils dorment le jour, profond, dans les caves de terre ou les racines. Il ne faut pas les réveiller.

  "Duermen profundamente, en cuevas o entre raíces. No hay que despertarlos."

  Ofrecía un conocimiento invaluable, una hoja de ruta para no morir en las primeras 24 horas. Miró a Sofia y a su padre, evaluándolos. Quizás vio la determinación que empezaba a reemplazar el shock en los ojos de la joven, o la inteligencia desesperada en los del hombre enfermo.

  —Vous venez? —preguntó, simplemente.

  Era una invitación a abandonar la relativa (y enga?osa) apertura de la playa, para adentrarse en las fauces del bosque con un guía que conocía sus ritmos mortales. Un salto al vacío, confiando en un extra?o de otra época.

  Sofia intercambió una mirada con su padre. En la playa, el caos de lenguas y la ausencia de liderazgo solo prometían más muerte lenta por deshidratación, disputas o el próximo ataque. Con el soldado, al menos, había un plan. Una estrategia. Y, aunque aterradora, una oportunidad.

  Su padre asintió, una decisión tomada.

  —Vamos —dijo Sofia, cargando su mochila con más firmeza. El joyero de su futuro, inconsciente para ella, pesaba simbólicamente en su contenido.

  El soldado, un leve asentimiento de aprobación en su rostro, les indicó que lo siguieran. No se dirigieron directamente a la parte más densa del bosque, sino a un borde donde varios árboles altos, de troncos retorcidos y corteza como escamas, se encontraban con la arena. Allí, escogió un árbol con varias ramas robustas, perfectas para pasar un tiempo allí y descansar.

  —Regardez. Comme ?a —les mostró, agarrándose y trepando con una agilidad sorprendente para alguien cargado de equipo.

  Sofia, con el corazón en la garganta, lo siguió. Su padre, más débil, lo hizo con mayor dificultad, tosiendo, pero con una determinación férrea. Cuando llegaron a una bifurcación amplia, a unos siete o quizás nueve metros del suelo, la perspectiva cambió. El aire era notablemente más fresco. Desde allí, podían ver gran parte de la playa, los grupos dispersos de supervivientes, y una extensión del bosque.

  Por primera vez desde que despertó en la pesadilla, Sofia no se sintió completamente expuesta. Tenía un punto de observación. Tenía un guía. Y tenía una nueva y terrible misión: aprender las reglas de este mundo, sobrevivir el día para honrar a los que había perdido, y tal vez, con el tiempo, convertir esta vista elevada en el primer pelda?o de algo que pudiera llamarse, un día muy lejano, un hogar.

  El soldado, recostado contra el tronco, vigilante, era la encarnación de esa nueva realidad. No era un salvador permanente, sino un maestro accidental en el arte más primordial: vivir un día más en un lugar que no quería a ninguno de ellos.

  La escena desde la rama era de un caos que poco a poco encontraba un patrón primitivo. El soldado, al subir con Sofia y su padre, no había pasado desapercibido. Otros supervivientes, aquellos con los sentidos aún alerta a pesar del trauma, vieron el movimiento. Algunos, que habían estado lo suficientemente cerca para escuchar sus palabras entrecortadas o para captar la lógica en sus gestos, miraron hacia el bosque con nuevos ojos. No como una boca monstruosa, sino como un refugio potencial.

  Primero fue un hombre con ropas de cuero y lana, que parecía un cazador o un le?ador de una época antigua. Miró al soldado en el árbol, luego al sol abrasador, y asintió para sí mismo. Con agilidad, buscó un árbol cercano y comenzó a trepar. Luego, una mujer joven, su vestido del siglo XIV rasgado, siguió su ejemplo, ayudada por un hombre mayor con un uniforme militar descolorido que podría ser de la Primera Guerra Mundial. Uno a uno, como un lento contagio de sentido común, peque?os grupos o individuos que captaron la idea abandonaron la exposición de la playa y buscaron la relativa seguridad de las ramas.

  El soldado, desde su atalaya, observó el desarrollo. No hubo enfado en su rostro, ni la posesividad de quien guarda un secreto vital. En cambio, una ligera línea que podría haber sido una sonrisa apareció en los bordes de su boca, seca y agrietada. Miró a Sofia, que estaba observando la misma escena, y dijo, esta vez en un espa?ol notablemente más claro y fluido, como si hubiera estado practicando mentalmente:

  —Bueno. Al menos en este grupo hay gente lista. No como los anteriores.

  La frase cayó en los oídos de Sofia con el peso de un epitafio. "Los anteriores". ?Cuántas "llegadas" había visto este joven? ?Cuántos grupos de confundidos, aferrados a la playa por el miedo, había visto perecer en la primera noche o sucumbir a la deshidratación al día siguiente? Su pragmatismo, su casi alegría al ver que algunos aprendían, hablaba de una soledad inmensa y de una carnicería repetida.

  Sofia no dijo nada. Solo guardó la información en el creciente archivo de horrores y maravillas que era su nueva realidad. Su padre, sentado más atrás en la rama, parecía estar recuperando algo de fuerza. La tos era menos frecuente, y en sus ojos había un destello de su antigua capacidad de resolución. Con las manos, torpes al principio pero ganando determinación, comenzó a desgajar una rama seca más delgada. Buscó una piedra con filo entre la corteza del árbol y, con paciencia, empezó a afilar un extremo, fabricando una lanza tosca pero potencialmente útil. Era el ingenio aplicándose a la tarea más básica: la creación de una herramienta para la supervivencia.

  Sofia, por su parte, se sentía… extra?a. El malestar físico inicial, la náusea paralizante y la debilidad, no solo habían desaparecido por completo, sino que sentía una ligereza, una claridad que no recordaba tener antes. No era algo dramático, no era como en las películas. Era sutil, pero innegable.

  Sus sentidos parecían agudizados. Desde su posición, podía distinguir los colores de las bayas en un arbusto lejano con una nitidez que le parecía nueva. Podía escuchar el susurro de las hojas de árboles más distantes, el leve crujido de la arena cuando alguien caminaba abajo, incluso el jadeo apagado de su padre mientras trabajaba. Olía la vegetación del bosque con una riqueza de matices: humedad, dulzura podrida, resina picante.

  Y cuando se ajustó en la rama, agarrando una parte más alta para tener mejor vista, notó que su brazo respondía con una fluidez y una fuerza que la sorprendieron. No era sobrehumana, pero era como si el esfuerzo que antes le habría costado un suspiro ahora le resultara fácil. Como si su cuerpo, liberado del shock inicial, no solo se hubiera adaptado a la gravedad de este mundo, sino que hubiera encontrado en su aire, en su misma extra?eza, un catalizador para ser… más.

  Miró sus manos. No eran diferentes. Pero por dentro, algo se había afinado. Era como si este mundo, en su dureza implacable, ofreciera a cambio una peque?a compensación: una mayor capacidad para percibirlo y, quizás, para enfrentarlo. Una evolución acelerada por la pura necesidad.

  —?Sofi? —la voz de su padre la sacó de sus pensamientos—. ?Estás bien? Pareces… distraída hija.

  Ella asintió, eligiendo sus palabras con cuidado. No quería alarmarlo, pero tampoco ignorar lo que sentía.

  —Sí, papá. Me siento… más despierta. Mis sentidos. Y más fuerte, creo. Es raro.

  Su padre la miró, evaluándola. Luego miró sus propias manos, que trabajaban la lanza, y pareció reflexionar.

  —El cuerpo humano es adaptable, más de lo que creemos. Y este lugar… —hizo un gesto amplio— todo es distinto. Quizás hay algo en el aire, en la… biosfera, que nos afecta. O quizás es solo el instinto de supervivencia, llevando todo al máximo.

  El soldado, que había estado escuchando en silencio, asintió una vez, como si confirmara algo que ya sabía.

  —Oui. ?a arrive à certains. Le pasa a algunos. —Dijo, volviendo a su idioma por un momento, antes de cambiar al espa?ol—. A los que no se rompen al llegar. El mundo… empuja. Y algunos empujan hacia adelante. Se vuelven un poco más… aquí.

  El asentimiento del soldado había sido rápido, su explicación vaga: "?a arrive à certains. Le pasa a algunos." Pero Sofia, con sus sentidos recién afinados, captó algo más. No fue algo que él dijera, sino algo que no dijo, y cómo lo dijo.

  Vio un destello en sus ojos, una sombra fugaz que cruzó su mirada antes de que su expresión se recompusiera en la habitual máscara de pragmatismo desapasionado. No era miedo, ni sorpresa. Era… reticencia. Como si hubiera un capítulo entero del "manual de supervivencia" que había decidido saltarse, un detalle importante sobre esos cambios que él no estaba dispuesto a compartir. Quizás porque era peligroso saberlo. Quizás porque, en su experiencia, a algunos los había visto cambiar de maneras no tan útiles o incluso aterradoras.

  Sofia lo mantuvo en la mirada un segundo más, desafiante en su silencio. El soldado sostuvo la mirada, pero fue él quien finalmente desvió los ojos, escudri?ando el horizonte del bosque con una intensidad repentina. La confirmación era clara: había más en la historia.

  Pero en ese momento, en la rama de ese árbol alienígena, con el sonido de llantos débiles y confusiones llegando desde la playa, a Sofia no le importó.

  Su prioridad no era un tratado sobre la fisiología Inter dimensional. Su prioridad era el frío en el estómago al ver a su padre, que aunque mejor, todavía palidecía con cada acceso de tos. Su prioridad era la mujer del vestido del siglo XIX unas ramas más abajo, que temblaba incontrolablemente de shock y deshidratación. Su prioridad era el grupo de personas que aún deambulaban como sonámbulos en la arena, completamente expuestos, demasiado aturdidos o enfermos para haber entendido la lección de los árboles.

  Ella se sentía bien. Más que bien. Sentía la savia de la vida corriendo con una claridad y una fuerza que nunca había conocido. Este mundo, al arrebatarle parte de su familia, le había dado a cambio esto: un cuerpo que respondía, sentidos que podían advertirle del peligro, una resistencia que podía marcar la diferencia entre vivir y morir.

  Y si ese cambio, fuera cual fuera su causa o su precio final, podía usarse ahora para ayudar, entonces lo usaría. No para dominar, no para sobresalir, sino para proteger. Era el antídoto que su corazón encontraba contra la desesperación: convertir la extra?a dádiva de este infierno en una herramienta de compasión.

  —Está bien —dijo finalmente, rompiendo el silencio cargado, pero su voz no sonaba para el soldado. Sonaba para ella misma, y para su padre, que la observaba con preocupación y un nuevo respeto—. No importa qué sea o por qué. Si esto me hace más fuerte, si me hace ver u oír mejor… lo usaré. Para ayudarnos a nosotros. —Hizo una pausa, mirando hacia la playa, donde un grupo de ni?os y ni?as yacían inmóviles bajo el sol—. Y para ayudar a los que puedan.

  Su padre asintió lentamente, una profunda tristeza y un orgullo inmenso luchando en su rostro. El soldado no dijo nada, pero tampoco la contradijo. Solo dio otro de sus asentimientos cortantes, esta vez dirigido al aire, como si registrara una nueva variable en su cálculo de supervivencia del grupo: "Mujer joven, determinada, en proceso de cambio. Posible activo. Posible riesgo."

  Sofia no esperó permiso. Con la agilidad renovada que sentía, comenzó a descender del árbol con cuidado, pero con una confianza que había estado ausente antes.

  —?A dónde vas? —preguntó su padre, alarmado.

  —A buscar agua. Y a decirles a los que todavía están abajo que suban a los arboles. Con este calor, no durarán —respondió, su voz firme. Agarró su cantimplora casi vacía y la botella que había en su mochila—. Y necesitas beber agua, papá.

  Antes de que pudieran protestar, ya estaba en el suelo, moviéndose con una cautela que sus nuevos sentidos le dictaban, pero sin el pánico paralizante de antes. Podía sentir la vibración de los pasos pesados a lo lejos (lagartos, pero no cerca), podía oler la humedad concentrada en una zona específica del bosque, más fresca que el resto. Era como si el mundo hubiera pasado de ser una mancha aterradora a un mapa con se?ales claras, aunque mortales.

  Se acercó a un grupo de tres supervivientes que parecían desorientados junto a un arbusto. Uno de ellos, un hombre con ropas de los a?os 50, tenía claros signos de insolación. Sofia se acercó, habló con calma, haciendo gestos amplios hacia los árboles y luego imitando el acto de trepar. Sus palabras, en espa?ol moderno, probablemente no las entendieron, pero la claridad de sus gestos y la firmeza tranquila en sus ojos parecieron calmarles. Se?aló hacia el árbol donde estaba su padre y el soldado, y uno a uno, los condujo hasta la base y les mostró cómo comenzar a trepar.

  Fue un inicio. Peque?o. Pero para Sofia, en ese momento, fue una victoria monumental. No estaba huyendo. No estaba escondiéndose pasivamente. Estaba actuando. Usando la extra?a fuerza que este mundo le había dado para tender una mano, literalmente, a otros condenados.

  Al regresar a la base de su propio árbol con un poco de agua turbia pero fresca que había encontrado atrapada en una hoja gigante en forma de embudo, miró hacia arriba. Vio a su padre beber con avidez, vio al soldado observándola desde lo alto con esa expresión impenetrable, y vio a las otras personas que empezaban a ocupar las ramas cercanas, formando un precario archipiélago de supervivencia en el aire.

  Este mundo los había arrancado de todo lo que amaban. Pero a cambio, sin pedir permiso, les estaba dando las herramientas brutas para no morir de inmediato. Y Sofia, con sus sentidos alerta y su corazón endureciéndose, decidió que las usaría. Para vivir. Para honrar.

  El calor del mediodía se volvió un martillo sobre la playa. Desde la seguridad relativa de las ramas, el panorama era una pintura de dos mundos. Arriba, un archipiélago de supervivientes temblorosos, api?ados en las bifurcaciones de docenas de árboles cercanos al borde del bosque. Abajo, la extensión gris de la playa, salpicada de cuerpos inmóviles y de algunos pocos que aún se arrastraban o permanecían sentados, aturdidos por el shock, la deshidratación o lesiones.

  Sofia, con su vista agudizada, podía ver el brillo vidrioso en los ojos de un hombre que mecía a una mujer muerta en sus brazos, sus labios moviéndose en una canción o un rezo que no llegaba hasta ella. Otro, con ropas de soldado de la Guerra Civil estadounidense, caminaba en círculos lentos, desorientado, su mosquete arrastrándose en la arena.

  Fue entonces cuando la arena a lo lejos, cerca de la línea donde el bosque se hacía más denso, comenzó a ondularse. Luego, emergieron. Los lagartos gigantes. No eran los pocos que habían atacado el día anterior al atardecer. Era una manada más grande, moviéndose con esa velocidad silenciosa y terrible sobre la arena caliente. Parecían saber exactamente dónde estaban las presas más fáciles. El festín del día anterior les había creado un nuevo gusto.

  El horror se desarrolló en un silencio casi absoluto desde arriba. Los lagartos no rugían. Solo silbaban suavemente, un sonido de aire que se escapaba de sus fauces mientras trabajaban. Se abalanzaban con explosiones repentinas de velocidad, sus mandíbulas triturando huesos con crujidos secos que sí llegaban a los oídos de los que estaban en los árboles. Sofia vio al hombre que mecía a la mujer muerta ser arrancado de su lado en un abrir y cerrar de ojos. Vio al soldado confederado intentar levantar su mosquete, solo para que una cola poderosa como un tronco lo derribara y una boca se cerrara sobre él.

  No hubo grandes gritos. Solo gemidos cortados, suspiros finales, y el horrible sonido de la alimentación. Fue una carnicería eficiente, metódica. Los lagartos no cazaban por deporte; cosechaban. En menos de veinte minutos, no quedaba un solo ser humano vivo o moviéndose en la arena abierta. Los monstruos, con sus vientres notablemente hinchados, se arrastraron de vuelta hacia la sombra del bosque, desapareciendo en la fronda de donde habían salido, satisfechos.

  Un silencio pesado, cargado de náuseas y un terror nuevo, cayó sobre los refugiados en los árboles. El mensaje era claro como el cristal y brutal como las garras de los lagartos: la playa era una trampa mortal. La exposición era sinónimo de muerte. Los que habían subido, por instinto, mimetismo o porque alguien (el soldado, Sofia) les había mostrado el camino, habían ganado un día más de vida. Los demás… eran parte del ecosistema ahora.

  El soldado, no pareció conmoverse. Había visto esta escena, o una muy similar, antes o muchas veces. Su mirada escrutó el bosque, evaluando la luz, el ángulo del sol.

  —C'est fait —murmuró, lacónico. Está hecho—. Maintenant, ils sont repus pour deux, trois jours. C'est le moment de bouger. Ahora están llenos por dos, tres días. Es el momento de moverse.

  Se volvió hacia Sofia y su padre, y hacia los otros más cercanos en árboles vecinos que lo miraban como a un oráculo salvaje.

  —La plage est morte. Le vrai danger ici, c'est la soif et les Rajadores la nuit. Moi, je retourne à mon camp. Il est plus profond, plus s?r. Mais le chemin est… compliqué. —Hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Je peux vous montrer. Mais il faut suivre, faire exactement comme je dis. Un faux pas, et on ne vous retrouvera pas.

  "La playa está muerta. El verdadero peligro aquí es la sed y los Rajadores de noche. Regreso a mi campamento. Es más profundo, más seguro. Pero el camino es… complicado. Puedo mostrarte. Pero tienes que seguirme, hacer exactamente lo que te digo. Un paso en falso y no te encontraremos."

  Ofrecía guía hacia un refugio más permanente, pero el precio era una obediencia absoluta y un viaje a través del infierno verde. El "camino complicado" eran seguramente los peligros que conocía. Pero quedarse en los árboles de la orilla, sin agua segura y a merced de cualquier depredador que aprendiera a trepar (o de los Rajadores en su próxima cacería nocturna), era una sentencia a más largo plazo.

  Sofia miró a su padre. él estaba pálido, pero su mirada era clara. Asintió casi imperceptiblemente. Luego, ella miró a los demás en los árboles: la mujer del siglo XIV, el cazador medieval, el hombre con ropas de los 40. Vio el miedo, pero también un destello de voluntad feroz de vivir en algunos de ellos.

  —Vamos contigo —dijo Sofia, hablando por su padre y por ella, pero su voz era lo suficientemente firme para que otros la oyeran—. Y les diremos a los demás. Quien quiera venir… que se prepare.

  El soldado asintió, una chispa de algo que podría ser aprobación en sus ojos. Comenzó a bajar del árbol con la agilidad de una ara?a, dando instrucciones rápidas y claras: beber un último sorbo, asegurar lo que tuvieran, moverse en silencio absoluto, nunca tocar las enredaderas con espinas rojas, y seguir sus huellas al pie de la letra.

  El silencio que siguió a la partida de los lagartos era más pesado que el calor. No era paz; era el vacío dejado por la muerte rápida y total. En las ramas, el susurro colectivo de la respiración contenida y los sollozos ahogados llenaba el aire. La lección había sido impartida con una brutalidad que no admitía réplica.

  El soldado, comenzó a revisar las correas de su mochila saqueada y el cinturón de munición.

  —Il faut bouger avant que la peur les gèle encore. Debemos actuar antes de que el miedo los congele nuevamente. —murmuró para sí, pero lo suficientemente alto para que Sofia, la joven con los ojos ahora demasiado vivos y alertas, lo oyera.

  Ella asintió, sintiendo la verdad de sus palabras. El miedo podía paralizar, y la parálisis aquí era sinónimo de la playa. Ayudó a su padre a bajar con cuidado; el hombre, pálido y con la respiración aún un poco sibilante, logró apoyarse en el tronco con determinación.

  Fue en ese momento, en el espacio tenso pero calmado de la preparación, cuando las formalidades más básicas de la civilización, enterradas bajo capas de terror, encontraron una grieta por la que asomarse.

  El padre de Sofia extendió una mano temblorosa, no para saludar, sino como un gesto de reconocimiento hacia el joven que les había salvado la vida y ofrecía un camino.

  —Julián —dijo, su voz ronca pero clara—. Mi nombre es Julián Vázquez . Y esta es mi hija, Sofia.

  El soldado detuvo por un segundo su revisión del revólver. Miró la mano, luego los rostros de Julián y Sofia. En sus ojos, habituados a ver categorías como "superviviente", "útil" o "carga", pareció procesar por primera vez la individualidad de estas dos personas. Un destello de algo que no era pragmatismo puro, quizás el eco lejano de los modales de otro mundo y otro tiempo, cruzó su rostro.

  Tomó la mano de Julián con un apretón firme y breve.

  —Leo —respondió, simplificando quizás un nombre más largo o un rango—. Leo Valois.

  "Valois". Un apellido que sonaba a historia antigua incluso para Julián, el profesor. Para Sofia, era solo un nombre, pero era su nombre. Un ancla de identidad en el mar de anonimato mortífero.

  —Gracias, Leo —dijo Sofia, mirándolo directamente. No solo por los disparos de la noche anterior, sino por la lección de los árboles, por la oportunidad que ahora ofrecía.

  Leo asintió, una vez más breve, pero su gesto fue menos distante. —Il faut survivre. Ensemble, peut-être on a une chance. "Hay que sobrevivir. Juntos, tal vez tengamos una oportunidad."

  La presentación, simple como era, actuó como un catalizador. Al ver el intercambio, otros supervivientes en los árboles vecinos comenzaron a murmurar, a se?alar. Una mujer joven, la del vestido del siglo XIV ahora irremediablemente rasgado, que había subido con ayuda del hombre mayor, se acercó timidamente por las ramas. Llevaba a una ni?a de no más de cinco a?os aferrada a sus faldas. La ni?a tenía los ojos enormes y secos, un shock demasiado profundo para las lágrimas.

  —Elsie —dijo la mujer, con un fuerte acento que sonaba centroeuropeo—. Y mi hija, Anya.

  Un hombre fornido con el rostro curtido y ropas de cuero, el cazador medieval, gru?ó un nombre: "Gawain". El hombre mayor con el uniforme descolorido, que parecía haber entendido algo de la estrategia militar de Leo, se presentó como "Alistair", su inglés salpicado de escocés.

  Y así, uno a uno, mientras se alistaban con los pocos objetos que habían logrado salvar o saquear (una cantimplora aquí, un cuchillo roto allá, un trozo de tela para cargar a un ni?o), los supervivientes se dieron nombres. Algunos ni?os, como Anya, estaban con un progenitor. Otros, dos hermanos peque?os que se aferraban el uno al otro, miraban con ojos vacíos, claramente huérfanos. Una adolescente, quizás de la época de Sofia pero con ropas sencillas de campesina, cuidaba en silencio de un bebé que lloriqueaba débilmente, sin saber si era su hermano o un extra?o al que había tomado bajo su protección.

  Era un mosaico fracturado de humanidad, arrancado de la corriente del tiempo y arrojado a esta orilla para ser cribado por los dientes y las garras. Pero ahora, por lo menos, tenían nombres. Eran Elsie, Anya, Gawain, Alistair, los hermanos Huérfanos (que más tarde recibirían nombres de los demás), la Joven del Bebé y otros mas que caminaban con calma por detrás del grupo.

  Y al frente, los guías improbables: Julián, el profesor; Sofia, la joven "cambiada" con sentidos de halcón y una determinación en ciernes; y Leo, el soldado de otra centuria, el veterano de este infierno verde, su revólver y su experiencia siendo las únicas brújulas hacia un ma?ana incierto.

  Leo observó al grupo que se formaba, evaluando fuerzas y debilidades. Los ni?os eran una carga lenta, pero también una razón para no rendirse. Los adultos, aunque asustados, habían demostrado la chispa necesaria para aprender y subir.

  —On y va —dijo, su voz no era un grito, sino una orden baja y clara que cortó el murmullo—. Silence absolu. Vous me suivez. Vous faites ce que je fais. On s'arrête quand je m'arrête. "Silencio absoluto. Me siguen. Hacen lo que yo hago. Nos paramos cuando yo me paro."

  Sin más ceremonia, se dio la vuelta y se adentró en el muro verde de la fronda, alejándose de la playa de los muertos. Sofia ayudó a su padre a seguir. Detrás de ellos, el frágil y recién nombrado grupo de almas perdidas tomó una respiración colectiva y, cargando a sus ni?os, sus heridas y su esperanza diminuta, comenzó a caminar hacia las entra?as del bosque, dejando atrás el mar esmeralda y la arena gris, para enfrentar los peligros ocultos que Leo conocía, y los muchos más que ni siquiera él podía prever. El viaje hacia el refugio, y hacia el destino de todos ellos, acababa de comenzar en serio.

  El avance a través del bosque era lento, una procesión silenciosa a través de una catedral verde y hostil. Leo iba a la cabeza, moviéndose con la cautela de un felino, su mirada escudri?ando cada sombra, cada enredadera, cada claro de luz filtrada. Detrás, Julián, apoyándose a veces en Sofia, cuya nueva agilidad era un contrapunto constante a la debilidad de su padre. Y tras ellos, el frágil tejido de su grupo: Elsie cargando a Anya, Gawain con su cuchillo de caza listo, Alistair con su porte militar aún reconocible, los ni?os huérfanos aferrados a la adolescente del bebé, y otros adultos cuyos nombres Sofia aún estaba aprendiendo.

  El hambre, un monstruo más inmediato que los lagartos o los Rajadores, comenzó a gru?ir en los estómagos vacíos. La playa no ofrecía comida, solo agua salada y muerte. El bosque, en cambio, estaba lleno de tentaciones. Frutos de colores vibrantes colgaban de las ramas, bayas redondas y jugosas cubrían algunos arbustos.

  Leo se había detenido antes de entrar y lo había dicho con la claridad brutal que lo caracterizaba, se?alando un racimo de bayas que brillaban con un rojo metálico antinatural: "Rien de ce qui brille comme un bijou. Rien. C'est du poison qui fait fondre les os de l'intérieur." ("Nada de lo que brille como una joya. Nada. Es veneno que derrite los huesos desde dentro.")

  Pero las palabras, en la niebla del hambre y el agotamiento, se desvanecen. Entre los que seguían más atrás, una mujer con un ni?o llorando de hambre en brazos no pudo resistir. Vio unas frutas peque?as, de un azul profundo y mate (no brillaban), que parecían seguras. Con un movimiento rápido, arrancó una y se la dio a su hijo, tomando otra para ella. Otro hombre, su juicio nublado por la debilidad, hizo lo mismo con un hongo grande y carnoso que crecía en la base de un árbol.

  El efecto no fue instantáneo, pero cuando Leo se volvió para ver por qué habían rezagados, ya era tarde para la mujer. El ni?o empezó a vomitar un líquido negro, su peque?o cuerpo sacudiéndose con convulsiones antes de desplomarse, sin vida. La madre gritó, un sonido desgarrador que Leo ahogó con una mirada feroz y un gesto de silencio, pero el veneno ya trabajaba en ella también, retorciéndole el estómago. Murieron allí, en el suelo del bosque, mientras el grupo miraba horrorizado, la lección escrita con la tinta más oscura.

  Fue el primer cisma. El miedo a lo desconocido del bosque, reforzado por estas muertes rápidas y aterradoras, chocó contra la desesperación. Un grupo considerable, liderado por un hombre corpulento con acento castellano antiguo y ropas de campesino del siglo XVI, se plantó.

  —?Esta es brujería del demonio! ?O trampas de salvajes! —gritó el hombre, su mirada desconfiada en Leo—. El bosque nos quiere muertos. ?La playa es de Dios, abierta! ?Debemos seguir la costa! ?Habrá pueblos, una misión, algo de hombres cristianos!

  Era el razonamiento de quien se aferraba a un marco de referencia que ya no existía. Para ellos, esto tenía que ser una tierra ignota, quizás las Indias o una costa africana maldita, pero de este mundo. La idea de tres lunas y bestias nunca vistas era una herejía o una locura. Aceptar el bosque era aceptar la naturaleza alienígena de su situación, algo que sus cosmovisiones medievales o renacentistas no podían abarcar sin romperse.

  Leo los miró con una mezcla de desdén y una pena antigua. No perdió tiempo en debatir.

  —Ceux qui veulent suivre la plage, suivez-la —dijo, su voz fría—. Moi, je vais où il y a une chance de survivre plus d'une nuit.

  "Los que quieran seguir la playa, síganla. Yo voy donde hay una oportunidad de sobrevivir más de una noche."

  Julián, tosiendo, intervino con su voz débil pero lógica: —Amigo, hemos visto las lunas. No hay mapa para esto. El soldado… Leo… conoce este lugar. Es nuestra mejor opción.

  Pero la fe en lo conocido era más fuerte que la evidencia de lo imposible. El grupo disidente, unas veinte personas, incluyendo familias con ni?os que temían más al bosque inmediato que a la abstracción de los lagartos, decidió dar media vuelta. Regresarían a la playa, seguirían la costa hacia el norte, con la esperanza insensata de toparse con un puerto espa?ol, una colonia portuguesa, cualquier cosa que se ajustara a su mundo.

  Sofia los vio irse, un nudo en la garganta. Entre ellos iba un ni?o que le recordaba a su hermanito Erik. Parte de ella quería correr, obligarlos a ver, a entender. Pero otra parte, la que sentía el latido subterráneo de los Rajadores y veía la muerte en las bayas brillantes, sabía que era inútil. Algunas lecciones solo se aprenden con la propia sangre, y esta era un mundo de lecciones sangrientas.

  Así, el grupo se fracturó. Los que se quedaron con Leo, Sofia y Julián eran ahora un número más peque?o, más manejable, pero también más unido por una elección consciente, por terrible que fuera. Eran los que habían aceptado, al menos a medias, la verdad descarnada: estaban en otro lugar, y las reglas de su hogar ya no aplicaban.

  Leo no esperó a que el eco de los pasos de los que se iban se desvaneciera. Con un gesto, reanudó la marcha, adentrándose más en el verde oscuro.

  —Ils sont morts —murmuró, solo para los oídos de Sofia y Julián, mientras se abría paso entre una cortina de lianas—. Les lézards, la soif, ou quelque chose d'autre les attrapera sur le sable. "Están muertos. Los lagartos, la sed, o algo más los atrapará en la arena."

  Sofia no respondió. Solo apretó la mano de su padre y siguió adelante, cargando no solo con su mochila y su dolor, sino con el peso de ser parte del grupo que eligió el camino más difícil, el único camino hacia una posibilidad remota de futuro. La playa, con su ilusión de espacio abierto y su horizonte mentiroso, quedó atrás. Delante, solo había el bosque, sus secretos, y la frágil guía de un soldado que conocía el precio de sobrevivir un día más en un mundo que no quería a nadie.

  Los días se fundieron en un ritmo agotador y monótono, dictado por el ciclo mortal del bosque y la voluntad férrea de Leo. Se convirtieron en criaturas del dosel verde. Las ma?anas comenzaban antes del amanecer, descendiendo con cuidado de sus refugios en los árboles —siempre árboles distintos, nunca dos noches seguidas en el mismo—, con los músculos agarrotados y el rocío alienígena empapando sus harapos.

  Leo lideraba, su conocimiento del terreno era la única brújula. No seguía un camino, sino una red de "senderos" que solo él parecía percibir: un árbol caído usado como puente sobre un barranco lleno de espinas urticantes, una roca plana que marcaba un lugar seguro para cruzar un arroyo de aguas turbias pero no venenosas, una zona de helechos gigantes donde los Rajadores, según él, no cavaban sus madrigueras. Cada paso era medido, cada sonido analizado. Julián, aunque débil, observaba y aprendía, se?alando patrones en el comportamiento de Leo, tratando de aplicar lógica a la supervivencia.

  Sofia, con sus sentidos amplificados, se convirtió en una centinela invaluable. Era ella quien, a menudo, detectaba el "silbido" casi imperceptible de una Liana-Silbante antes de que estuvieran a su alcance, o el olor a moho dulzón que precedía a una zona de hongos liberadores de esporas. Su fuerza no era sobrehumana, pero le permitía ayudar a cargar a los ni?os más fatigados o a su padre en los tramos más difíciles.

  Las noches eran de una tensión silenciosa. En las ramas altas, atados con lianas seguras (revisadas minuciosamente) para no caer, escuchaban el bosque despertar. Los gru?idos lejanos, los crujidos, el ocasional grito agonizante de alguna bestia nocturna (o de algo que había sido humano). Sofia, a veces, podía distinguir los pasos sigilosos de los Rajadores muy por debajo, su respiración colectiva como un susurro siniestro que subía desde las raíces.

  El hambre era una constante, una sombra que caminaba con ellos. Leo les ense?ó a reconocer unos tubérculos feos y terrosos que crecían bajo unos árboles de corteza plateada ("Pommes de terre de fer", los llamaba, "patatas de hierro"), duros pero comestibles si se asaban. Y unas aves peque?as, parecidos a grillos, que se podían atrapar, asados, sabían a… nada, pero eran proteína.

  Hasta que un día, durante una de las pausas para escuchar, el cuerpo de Sofia se tensó de una manera nueva. No era alerta por peligro. Era… atención. Levantó la mano, silenciando al grupo con el gesto que Leo ya empezaba a reconocer y respetar.

  —Esperen —susurró—. Escuchen.

  Los demás aguzaron el oído. Solo oían el susurro del viento en las hojas altas. Pero para Sofia, ese susurro llevaba una firma distinta, un rumor constante y lejano, más profundo que el viento.

  —Agua. Mucha agua corriendo —dijo, se?alando en una dirección que se desviaba ligeramente de la ruta de Leo—. Un río. Grande.

  Leo frunció el ce?o, escudri?ando la espesura. él no conocía ningún río cercano en esta ruta. Pero la certeza en los ojos de Sofia, y la habilidad que ya le había demostrado, pesaron más que sus mapas mentales.

  —Montre-moi —dijo simplemente. "Muéstrame."

  Sofia guio, su oído como un cable tenso que los llevaba a través de un sotobosque más denso. Y entonces, el sonido se hizo audible para todos: un rugido suave, prometedor. Rompieron la última cortina de vegetación y allí estaba: un río de aguas claras y rápidas, cortando un canal a través de la roca negra. No era el "Espejo de los Muertos"; este fluía, burbujeaba, y en sus orillas no había hongos extra?os, solo piedras lisas y un poco de musgo.

  Fue un milagro. El primer recurso abundante y claramente seguro que encontraban. Se abalanzaron sobre él con una gratitud casi religiosa. Llenaron cada cantimplora, cada botella saqueada, cada recipiente improvisado con corteza. Se lavaron la cara, las heridas, bebiendo hasta saciar una sed que parecía llevar días incrustada en sus huesos. Por unas horas, el bosque no fue una prisión hostil, sino un lugar que les ofrecía un regalo.

  Fue durante ese descanso, sentados en las piedras cálidas junto al río, con el estómago algo lleno de tubérculos asados y el sonido del agua lavando parte de su ansiedad, cuando Sofia hizo otra cosa.

  Vio a Elsie intentando explicarle algo a Gawain con gestos complicados. Vio a Alistair diciendo "water" y se?alando el río, mientras los ni?os huérfanos lo miraban sin comprender. Vio la barrera que, incluso en su peque?o grupo, los mantenía separados.

  Se acercó a su padre.

  —Papá, tenemos que poder comunicarnos mejor. Todos. Leo da órdenes, pero si algo le pasa, o si nos separamos… —no terminó la idea, pero su padre asintió, comprendiendo.

  Así comenzaron las "lecciones del río". Sofia, usando el espa?ol que era la lengua más común entre ellos (el de ella y su papa, el de algunos otros que no lo hablaban fluido pero lo entendían, y la que Leo estaba aprendiendo a marchas forzadas), empezó a se?alar objetos y decir sus nombres.

  —Agua —decía, se?alando el río—. Piedra. árbol. Fuego. Caminar. Peligro.

  Era básico, vital. Los demás, incluso los de épocas más antiguas cuyo espa?ol era arcaico o inexistente, se acercaron con curiosidad. La adolescente del bebé, que resultó llamarse Celia, era una aprendiz rápida. Gawain gru?ía los sonidos como si fueran golpes de hacha, pero los repetía. Alistair aportaba palabras en inglés que otros empezaban a adoptar para cosas que no tenían equivalente claro.

  Y lo más notable: Leo se sentó con ellos. El soldado curtido, cuyo francés era su lengua de mando y de memoria, escuchaba con atención. Repetía las palabras con su acento áspero, preguntaba por otras: "?Cómo se dice 'escuchar'? ?Y 'esconderse'? ?'Depredador'?".

  Para él, no era solo comunicación. Era estratégico. Un grupo que podía entenderse órdenes complejas, advertir de peligros específicos, era un grupo más fuerte, más vivo. Y quizás, en un rincón de su ser que había enterrado bajo capas de supervivencia, había un anhelo de poder expresar algo más que instrucciones. De poder contar, tal vez algún día, de qué regimiento era, o en qué a?o había nacido.

  Junto al río, mientras el sol filtrado por el dosel jugaba en el agua, no solo se reabastecieron de líquido. Sembraron las semillas de una lengua franca, un dialecto de supervivencia que mezclaba espa?ol moderno, términos arcaicos, préstamos del inglés y del francés, y los nombres que ellos daban a los horrores y maravillas de su nuevo mundo. Fue el primer acto deliberado de construcción, de comunidad, en medio del caos.

  Los días en el río fueron un respiro, no un cambio de destino. El bosque, infinito y hambriento, reclamó su tributo apenas se adentraron de nuevo en sus fauces. El progreso era una lucha diaria, y cada victoria (un día sin ataques, un hallazgo de comida segura) se pagaba con pérdidas peque?as, constantes, que iban erosionando el grupo.

  La pérdida no llegaba siempre con el estruendo de los Rajadores o los lagartos gigantes. Llegaba sigilosa:

  Una mujer algo mayor, que podría ser como su abuela se torció un tobillo al pisar una raíz oculta bajo la hojarasca. La torcedura se infectó con una rapidez espeluznante. En dos días, la fiebre la consumía. Murió en un claro silencioso mientras el grupo no podía permitirse quedarse y enterrarla. Sofia cerró sus ojos, recordando la foto de su madre en su mochila.

  Alistair, el viejo soldado escocés, empezó a desorientarse. Una ma?ana, simplemente se alejó durante una pausa, murmurando órdenes a fantasmas de su guerra. Lo buscaron, pero el bosque lo tragó. Solo encontraron su gorra, enredada en un arbusto de espinas que brillaban débilmente.

  Un hombre y una mujer, esposos talvez, sus ropas eran del siglo XVIII, comieron unos frutos anaranjados que no brillaban, que Leo no había catalogado como peligrosas. Pasaron horas antes de que la parálisis los alcanzara, dejándolos conscientes pero inmóviles, respirando sobre la hojarasca mientras el grupo, con lágrimas de rabia e impotencia, tenía que seguir adelante. El mensaje de Leo fue cruel y claro: "No conozco todo. Lo que no conozco, es muerte."

  Era un desgaste cruel. No morían como héroes, sino como errores estadísticos en una ecuación letal. Los ni?os huérfanos, ahora bajo la protección difusa de Elsie y Gawain, se volvieron más silenciosos, sus ojos grandes reflejando un entendimiento prematuro del precio del camino.

  Leo no mostraba emoción. Cada pérdida la registraba con un fruncimiento de ce?o, un ajuste mental de su recuento de provisiones y de la velocidad que podían mantener. Su espa?ol, sin embargo, mejoraba. Practicaba con Julián, preguntando por palabras como "resistencia", "recursos", "geografía". Hablaba para dar órdenes más precisas, para explicar por qué un área era peligrosa ("aquí la tierra está hueca, madriguera"), no por conversar.

  El grupo, que una vez fue un revoltijo de varias decenas en la playa, se había reducido a un núcleo duro y algo peque?o de un par de docenas de adultos y unos cuantos ni?os y ni?as y un par de bebes: Leo, Julián, Sofia, Elsie con Anya, Gawain, una mujer mayor y callada llamada Marlene (que parecía tener conocimientos de hierbas medicinales que a veces coincidían con los de Leo), y los dos hermanos huérfanos, ahora llamados Ben y Sam por los demás que aun los seguían.

  Una tarde, después de una subida particularmente empinada por una ladera rocosa, Leo hizo una se?al para detenerse. Se?aló un claro en el dosel, un lugar donde los árboles gigantes se abrían. Se llevó la mano a los ojos, escudri?ando el horizonte sur, guiándose por la posición del sol.

  —Allí —dijo, su voz era ronca pero clara en el aire quieto—. Miren. Al sur.

  Sofia siguió su mirada, sus ojos afinados barriendo la distancia. Y entonces lo vio. No era una ilusión. Más allá del océano infinito de copas verdes y negras, recortándose contra un cielo de un azul pálido y extra?o, había una gran cadena de monta?as. Eran grises y azuladas, con picos que parecían ara?ar el cielo. Parecían inmensas, antiguas, y formaban una barrera formidable.

  Un murmullo, mezcla de esperanza y agotamiento, recorrió el peque?o grupo. Era la primera vez que veían algo que no fuera el interminable bosque o la playa.

  —?Es… es allá? —preguntó Julián, su voz cargada de una expectativa temerosa.

  Leo asintió lentamente.

  —Sí. Monta?as, barrera natural, Rajadores y a muchos animales peligrosos no les gusta las alturas, no nos seguirán ni subirán. —Hizo una pausa, calculando. Su rostro se ensombreció—. A nuestro paso… con este grupo… semanas. Quizás un mes o más. Si no encontramos más problemas.

  Mirar esas monta?as fue como ver una meta puesta en otro planeta. La distancia era desmoralizadora. Pero también era un norte. Literal y figurado. Ya no vagaban a ciegas. Tenían un destino. Un lugar que, en la mente de Leo, representaba seguridad relativa, agua permanente, quizás la posibilidad de no tener que trepar a un árbol cada noche.

  Sofia miró las monta?as, luego a los rostros exhaustos y demacrados a su alrededor. Vio a su padre, que parecía encogerse un poco más cada día, y a la peque?a Anya, dormida en brazos de Elsie. El viaje apenas comenzaba. Las semanas por delante serían una prueba de pura tenacidad, donde cada día sería una victoria minúscula contra el hambre, el agotamiento y la desesperación.

  Pero ahora tenían un punto en el horizonte. Un lugar al que llamar, con una esperanza temblorosa, hogar. Agarró su mochila con más fuerza.

  —Entonces seguimos —dijo, y su voz no sonó a resignación, sino a una determinación renovada, fría como la piedra de las monta?as distantes—. Hacia el sur. Hasta ese lugar seguro.

  Leo la miró, y por primera vez, Sofia creyó ver algo parecido al respeto, no solo a su utilidad, sino a su voluntad. Asintió.

  —Hacia el sur —repitió, y dio media vuelta, volviendo a sumergirse en el bosque, guiándolos hacia el próximo peligro por esquivar, la próxima noche para sobrevivir y el próximo paso en el largo camino a un lugar seguro.

  Valois

  Bueno gente capitulo final del tomo 4, gracias a los lectores y espero que les este gustando mi historia.

  para el siguiente tomo tardare un poco en publicarlo estoy con trabajo retrasado :P

  No olviden dejar sus rese?as y puntuaciones XD

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