—?Lárgate de una vez!
—??Cómo quieres que lo lleve así!? ?Le falta la mitad del pecho!
—?Solo vete! Estoy seguro de que me siguieron. Y si te atrapan a ti, se acabó el juego.
—Pero…
Antes de que terminara de hablar, algo nos sacó del cuarto. El impacto contra el suelo me despertó un poco. Luego sentí un corte frío, mucho más frío. El quebrado asfalto arrastrándose por mi cara. Algo atravesándome un brazo. Pero no dolor, solo podía sentir una inagotable tristeza que no se apagaba con nada.
—?Esto te lo ganaste por necio! ?Maldita sea! ??Por qué nunca me haces caso!?
—Per…dón.
—Perdón. ?Perdón, eh? Eres tan… Solo espero que puedas solucionar esto.
Ese último susurro apagado por la lluvia, esa expresión de resignación en su cara, las quemaduras en su pecho. Todo era mi culpa.
Si la hubiera escuchado desde el principio, quizá las cosas no estarían tan mal, tal vez no estaría moribundo o a lo mejor ya estaría muerto. De todas formas, estaba escrito en piedra que sufriría.
?Por qué salió tan mal? ?Cuándo me equivoqué tanto? ?Por qué no vi algo tan obvio?
?Cómo llegué aquí en primer lugar?
*
Apagué la alarma desde el piso, aunque de maciza madera, era más cómodo que la cama. La puerta y la ventana abiertas me asustaron al principio, luego al fijarme bien en el techo, esa ridícula frase escrita con labial me dejó claro quién era el criminal.
Me levanté despacio. No estaba a la vista. Revisé el escritorio, el ba?o y el armario, pero solo encontré más de sus tarjetas, ropa interior, bolas de pelo. Pruebas que metí en el cajón de arriba para olvidarme de ellas.
Bajé a la cocina, resignado a que sin importar lo que haga, ella encontrará la forma de meterse en casa. El desayuno estaba servido, la tele prendida, las cortinas abiertas, el aspersor del jardín funcionando.
Golpeé la pared del pasillo, lleno de asco y rabia, ni en momentos como este me deja en paz. Esa comida me parecía sospechosa, así que la tiré de inmediato y puse todo en su lugar antes de salir.
Desde que puse un pie fuera de casa pude sentir su mirada, estaba decidido a darle un buen golpe en el momento que se pusiera enfrente. Pero en cada esquina y cruce, pese a su intensa vigilancia, no se acercó, no llamó al celular, tampoco parecía tan apurada como los días anteriores.
Al sentarme en la banca del autobús, pude exhalar con calma. La tensión salió con mi aliento, hasta sentí una sonrisa en mis labios. Esas miradas incómodas de los pasajeros eran mejor que esa presión de ser cazado, pero igual me encogí de hombros, por suerte perdieron rápido el interés y dejaron de darme atención. El camino parecía más largo de lo habitual, tal vez no estaba de ánimo para ir al instituto, quizá me sentía peor de lo que pienso, a lo mejor solo quería que alguien me avisara de cómo va el abuelo.
Did you know this text is from a different site? Read the official version to support the creator.
Una fuerte sacudida me sacó de mis pensamientos, pensé que el autobús se hubiera chocado, pero el movimiento seguía. Me agarré del asiento y de la fuerza lo saqué de su base. Por reflejo empujé lo que chocó contra mi espalda, pero cuando algo aplastó mi rostro, luego mi brazo, seguido por mis piernas y el torso. En un instante pasé de la ira al miedo y del miedo al asco al sentir un líquido corriendo por mi cuello. De inmediato me levanté con fuerza y terminé de espaldas en la calle.
Me limpié con un pa?uelo que tiré en la alcantarilla. Y con el tráfico parado, decidí caminar el resto del recorrido al instituto. La gente aún pasaba llena de pánico, hasta había desmayados. Exagerados, a lo mucho tenían moretones o raspones, nada que no se cure en un día.
De seguro el abuelo se los hubiera gritado a la cara, con ese tono tan áspero de él, muchos ya se hubieran asustado. Yo mismo aún le temo, incluso en la cama de un hospital no perdía su porte, a diferencia de mí que no puedo conversar bien con desconocidos.
Pasé el gran portón esquivando a la multitud que se ensimismaba para ver cuál de las letras se caía primero. Dramáticos, los muros están bien, los edificios siguen en pie, hay luz y agua, solo un temblor como los de antes.
Dicho y hecho, se suspendió la primera hora, pero el resto del día eran clases normales, para todos, pero para mí la presión era clara y directa. En el receso intenté juntarme con el grupo habitual, aunque era claro que con lo de ayer se pudrió mi imagen, algo importante, por este cabello tan llamativo. No le eché más mugre al pantano y me fui derechito a la azotea.
—Pareces preocupado.
—Eso no es tu asunto.
—Vamos, Fares. No seas tan necio. Una simple disculpa es todo lo que te piden —dijo meneando un sobre.
—No voy a disculparme por algo que no hice.
—Pues tendrás que hacerlo. Porque no me voy a detener hasta verte con la cabeza agachada, de rodillas, rogando piedad.
—?Puedo preguntarte algo?
—?Qué sería? —volteó a verme con emoción.
—?Qué ganas con todo esto?
—?Cómo que, qué gano? Pues es obvio. Todos aquí van a ver cómo el gran heredero de las gens más importantes, me pide perdón. ?Acaso los tuyos no consideran eso la peor humillación?
—?Solo eso? —La miré de reojo.
—?Qué mierda pasa contigo? —me tiró el sobre en la cara—. Amargado
—Supongo que ya no las necesitás.
—Tengo copias. No te hagas ilusiones.
—Agradece que los mayores están ocupados. Disfruta mientras puedas.
—?Qué con esa amenaza? ?Qué no puedes hacer nada por ti mismo?
Si no fuera por el código de la gens ya te habría tirado por encima de esa baranda. Calmé mi impulso, y por el momento, le cedí la victoria. La situación ya era lo suficientemente mala, como para sumar una agresión real al caso.
Al sonar de la sirena, una extra?a necesidad de salir del instituto me invadió de la nada. Algo estaba por pasar, de alguna manera lo sabía, pero dudo que mis premoniciones sean una justificación para los profesores.
Fui el último en entrar, hasta el profesor ya estaba dentro. Esas miradas, esas caras enojadas, las muecas, nadie disimulaba ni un poco, pero no dejé que me vencieran. Les devolví el recibimiento con un chasquido de lengua, e ignorando los murmullos y sus intentos de hacerme tropezar, me senté a tomar clases, desafiando con la mirada incluso al profesor.
Con eso se fue la energía de todo el día, como siempre, hice lo que me dijo el abuelo, así que debería estar bien. “Ni con la muerte abrazándote, debes retroceder”. Vaya chiste de situación en la que uso esa parte del código. Perdón abuelo, no creo que esto valga la pena debatirlo con los mayores.
Ese chirriante sonido de metales chocando se apoderó de mis oídos, algo grande estaba por venir, pero no pude, ni prever ni reaccionar a la fuerte sacudida. Y en un instante el mundo se volvió negro y silencioso.

