Carlos se empezó a quedar totalmente dormido y Shion parecía casi invisible; su presencia estaba más apagada que de costumbre, como si se hubiera retirado a un segundo plano, pero Carlos no le dio importancia. El cansancio lo vencía, y lo único que importaba era dormirse.
Al instante, ya estaba en el otro mundo. Sentía sus orejas y cola de gato, suaves, cálidas y reconfortantes. La sensación peluda y familiar le ofrecía un extra?o consuelo que le permitía relajarse, aunque fuera un momento. Era un refugio que no tenía que analizar, solo sentir.
De repente, alguien llamó a la puerta. Kaelis. La voz cargada de un matiz de urgencia que no era común en su habitual rudeza. Carlos tardó un instante más de lo normal en reaccionar, demasiado absorto en su sensación de calma felina.
—?Abre! —gritó Kaelis antes de que Carlos pudiera responder, y la puerta se abrió de una patada, empujando a Carlos casi al suelo. Su cara mostraba una mezcla de impaciencia y frustración contenida—. ?Lento! ?Tenemos que entrenar!
Carlos suspiró, frotándose los ojos y sacudiéndose el sue?o restante.
—Sí, sí… vamos —respondió, conteniendo un bostezo mientras se ponía de pie.
Ambos salieron del refugio seguro y caminaron hacia el descampado de siempre. El viento movía las hierbas altas, y el sol brillaba, pero en el otro mundo cada detalle parecía amplificado, más nítido, más vivo.
Kaelis no perdió tiempo en explicaciones ni avisos; el entrenamiento comenzó de inmediato. Golpes, esquivas, maniobras rápidas, control de energía y mana. Cada movimiento estaba medido, preciso, aunque la fatiga de Carlos aún se notaba. Kaelis lo observaba con intensidad, aprovechando cualquier error, empujándolo un poco más allá de sus límites.
Carlos, a pesar del cansancio, se concentraba en cada sensación: el roce del aire, el peso de su cola, la tensión en sus músculos, la respuesta de su cuerpo felino. Cada golpe era un recordatorio de que no podía permitirse fallar, ni aquí ni en el mundo humano.
Shion permanecía en silencio, distante, como un espectador invisible, y por primera vez Carlos lo notó más tranquilo. Tal vez estaba disfrutando del espectáculo sin intervenir… o tal vez estaba esperando, paciente, algo que él todavía no entendía.
El sol bajaba lentamente en el horizonte mientras el entrenamiento continuaba. Carlos estaba exhausto, pero había algo intoxicante en esa sensación: cada movimiento, cada esfuerzo, cada orden de Kaelis, lo acercaba más a un control que sabía que no podría descuidar.
Y mientras su respiración se mezclaba con el viento y el murmullo de las hierbas, Carlos sintió algo dentro de sí: la certeza silenciosa de que este entrenamiento no era solo físico, sino mental. Preparación. Adaptación. Un escalón más hacia algo que aún no podía nombrar, pero que Shion, como siempre, parecía anticipar.
El mundo se estrechaba alrededor de él, y mientras golpeaba y esquivaba, Carlos comprendió, sin necesidad de palabras, que el juego apenas comenzaba.
El entrenamiento se detuvo sin que nadie diera la orden.
Carlos fue el primero en sentirlo. No como una amenaza, sino como una presión conocida, un peso familiar que se deslizaba por el aire del descampado. Sus orejas se irguieron de golpe, la cola se tensó detrás de él.
—…Ya está aquí —murmuró.
Kaelis también lo notó. Frenó el movimiento a mitad de un golpe y giró la cabeza hacia el límite del campo, los ojos entornados.
—Tarde —dijo, con una mueca—. Como siempre.
Carlos levantó la vista.
Y lo vio.
Rashak caminaba hacia ellos sin prisa, manos relajadas, expresión tranquila, como si aparecer después de desaparecer durante quién sabía cuánto tiempo fuera lo más natural del mundo. No llevaba armas visibles. No las necesitaba. Nunca las había necesitado.
El pecho de Carlos se apretó.
—Rashak…
Durante una fracción de segundo, su rostro se iluminó. Una sonrisa genuina, abierta, casi olvidada. Sin pensarlo, echó a correr hacia él.
Kaelis no se movió para detenerlo. Solo cruzó los brazos.
—No lo mates —advirtió, seca—. Todavía me debe explicaciones a mí también.
Rashak alzó una ceja al ver a Carlos acercarse con esa expresión.
—Eh —dijo, divertido—. Pensé que estarías más cabreado que—
No terminó.
El pu?etazo de Carlos se hundió sin piedad en su costado.
Fue un golpe brutal, cargado de rabia contenida, de noches sin respuestas, de decisiones forzadas. Rashak soltó el aire de golpe y salió despedido hacia un lado, cayendo de rodillas con un gru?ido sordo, una mano clavándose en el punto del impacto.
El silencio cayó pesado.
—?Carlos! —espetó Kaelis—. Joder…
Carlos se quedó de pie frente a él, respirando agitado. Su sonrisa había desaparecido por completo.
—Me dejaste aquí —dijo, la voz baja pero temblorosa—. Sin opciones. Sin explicaciones. Sin saber si iba a volver a verte… o si iba a sobrevivir.
Rashak tosió una vez.
Y luego se rió.
Una carcajada ronca, dolorida, pero sincera.
—Hostia… —dijo entre risas—. Vale. Eso iba con intereses, ?eh?
Carlos apretó los pu?os.
—?Te parece gracioso?
—No —respondió Rashak, levantando la vista hacia él—. Me parece justo.
Se quedó unos segundos más en el suelo, respirando hondo, antes de hablar de nuevo.
—La cagué —admitió, despreocupado pero sin burlarse—. No supe hacerlo mejor. Y sí… te dejé solo.
Kaelis chasqueó la lengua desde atrás.
—Vaya novedad.
Carlos lo miró fijamente. No había sarcasmo en su expresión ahora, solo cansancio.
—Podría haberte matado —dijo.
Rashak sonrió.
—Lo sé. Pero no lo hiciste.
Carlos sostuvo la mirada unos segundos más… y luego suspiró.
La tensión se aflojó de golpe.
—Eres un imbécil —dijo.
—También lo sé.
Carlos extendió la mano.
—Levántate.
Rashak parpadeó, sorprendido por un instante. Luego sonrió de verdad y aceptó el gesto, incorporándose con su ayuda.
—Has cambiado —comentó, dándole una palmada ligera en el hombro—. Antes no pegabas tan fuerte.
—Antes no me dejaban solo en mundos hostiles —respondió Carlos.
Kaelis se acercó entonces, mirándolos a ambos con expresión severa.
—Bien —dijo—. Ya os habéis reencontrado. Ahora, Rashak, te toca a ti.
Rashak suspiró.
—Sí… —admitió—. Supongo que ya no puedo seguir desapareciendo.
Shion, desde el fondo de la mente de Carlos, soltó una risa baja.
—Qué bonito —murmuró—. Reencuentros, pu?etazos y disculpas a medias. Esto promete.
Carlos no respondió.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera solo en ese mundo.
La tensión terminó de romperse con una risa.
Primero fue Rashak. Una carcajada grave, despreocupada, que resonó por el descampado. Luego Carlos, casi sin darse cuenta, se unió. Era una risa rara, cargada de cansancio y alivio, pero real.
—Joder… —dijo Rashak, secándose el costado—. Tenías eso guardado desde hace tiempo, ?eh?
—Desde que desapareciste —respondió Carlos, todavía sonriendo—. Iba a dártelo con intereses.
—Normal.
Rashak lo miró unos segundos más, evaluándolo con una atención distinta a la de antes. Luego chasqueó los dedos.
—Ah, por cierto —dijo—. Tengo algo para ti.
Carlos parpadeó.
—?Para mí?
—Para ti.
Rashak metió la mano en su espalda y sacó un objeto alargado, envuelto cuidadosamente en una tela negra. Lo sostuvo frente a Carlos con una sonrisa amplia y teatral.
—Tadaaaah.
Kaelis suspiró, claramente perdiendo la paciencia.
—?Puedes dárselo ya? —gru?ó—. No hemos terminado el entrenamiento.
Rashak giró la cabeza hacia ella.
—Sigues siendo igual de aguafiestas que siempre.
—Y tú sigues perdiendo el tiempo —replicó Kaelis, cruzándose de brazos.
Rashak se encogió de hombros y volvió a mirar a Carlos.
—Toma.
Carlos recibió el paquete con ambas manos. Pesaba lo justo. Sólido. Importante. Tragó saliva antes de empezar a desenvolver la tela, con cuidado, como si temiera que desapareciera si iba demasiado rápido.
La tela cayó.
Y sus ojos se abrieron un poco más.
Era una espada.
Una hoja larga, elegante, con una funda negra sobria y sin adornos innecesarios. No era una espada europea. La forma, la curvatura sutil, el equilibrio… era más parecida a una katana.
Y le encantó al instante.
—…Joder —murmuró, sin poder evitar sonreír—. Es preciosa.
La sostuvo con respeto, sacándola apenas de la funda. La hoja captó la luz con un brillo limpio, peligroso.
Carlos levantó la vista hacia Rashak.
—?Es… la que le pedisteis a Braund?
Rashak sonrió y asintió.
—La misma.
Carlos soltó una risa breve, incrédula.
—Es espectacular —dijo—. Mucho más de lo que imaginaba.
Kaelis se acercó un poco, observando la espada con ojo crítico. Asintió despacio.
—Buen equilibrio —admitió—. No está hecha solo para lucir.
Rashak ladeó la cabeza, satisfecho.
—Braund sabe lo que hace… cuando le da la gana.
Carlos volvió a deslizar la espada dentro de la funda, con cuidado, como si ya le perteneciera desde siempre. La sostuvo un momento más, sintiendo el peso, la promesa.
Por primera vez desde que llegó a ese mundo, tenía algo que no había sido improvisado.
Algo pensado para él.
Shion, desde el fondo de su mente, murmuró con una risa suave:
—Vaya… ahora sí pareces alguien peligroso de verdad.
Carlos no respondió.
Solo sonrió, apretando la empu?adura con decisión.
Carlos se colgó la katana a la espalda.
Era un lugar extra?o para una hoja de ese tipo, poco ortodoxo… pero, por algún motivo, le resultaba cómoda. El peso quedaba bien repartido, no le molestaba al moverse, y la empu?adura quedaba justo donde su mano la encontraba casi por instinto.
Rashak alzó una ceja al verlo.
—Curioso sitio para llevarla —comentó.
—Lo sé —admitió Carlos—. Pero se siente… bien.
Rashak sonrió de medio lado.
—Mientras no te claves a ti mismo, todo vale.
Se llevó una mano a la nuca y miró el cielo un segundo.
—Oye, Kaelis —dijo entonces—. ?Y si le das el día libre? O al menos lo que queda. El chaval se lo ha ganado.
Kaelis ni siquiera lo miró.
—No.
Rashak suspiró.
—Ni un poquito.
Kaelis chasqueó la lengua, visiblemente molesta… pero luego se quedó en silencio. Pensó unos segundos, los ojos fijos en Carlos, evaluándolo.
—Hmmm…
Carlos tragó saliva.
Finalmente, Kaelis habló:
—Está bien —dijo—. Te daré el día libre… si le ganas a Rashak en un combate cuerpo a cuerpo.
Carlos parpadeó.
—?Qué?
Rashak soltó una risa corta.
—?En serio?
Carlos llevó la mano hacia la empu?adura de la katana, dispuesto a quitársela, pero Kaelis dio un paso al frente.
—Ni se te ocurra —ordenó—. La usas.
Carlos frunció el ce?o.
—?Con… la katana?
—Con ella.
Carlos no entendió el motivo. No era un combate con armas, y aun así Kaelis insistía. Dudó un segundo… pero asintió.
—Vale.
Se apartó unos pasos y adoptó posición, el cuerpo bajo, los pies firmes, la mano cerca de la empu?adura sin desenvainar aún.
Rashak lo observó con atención renovada. Su expresión despreocupada desapareció poco a poco.
—Bueno… —murmuró—. Supongo que va en serio.
Se colocó frente a él, flexionando ligeramente las rodillas, los brazos sueltos pero listos. Una postura simple, efectiva. De alguien que había peleado demasiadas veces como para necesitar florituras.
Antes de que cualquiera se moviera, Kaelis habló de nuevo. Su voz fue fría.
—Rashak.
él giró la cabeza hacia ella.
—Como te contengas… —continuó Kaelis— no solo no le daré el día libre.
Sonrió sin humor.
—Además, te castigaré severamente.
El aire pareció tensarse.
Rashak levantó ambas manos en se?al de rendición.
—Eh, eh… mensaje recibido.
Miró de nuevo a Carlos, esta vez con seriedad absoluta.
—No me lo pongas fácil entonces —dijo—. Porque no pienso hacerlo yo.
Carlos sintió un cosquilleo recorrerle la espalda.
La katana, colgada detrás de él, parecía pesar un poco más.
Kaelis dio un paso atrás.
—Cuando queráis.
El combate estaba a punto de empezar.
Carlos dio el primer paso.
No atacó de inmediato. Midió la distancia, respiró hondo y dejó que su cuerpo felino encontrara el equilibrio con el peso nuevo en la espalda. La katana tiraba ligeramente hacia atrás, rompiendo su centro de gravedad.
Rashak lo notó al instante.
—Te carga el lado derecho —comentó—. Te abre el flanco.
Carlos apretó los dientes y avanzó.
Lanzó un golpe directo, rápido. Rashak lo esquivó con un giro mínimo, casi perezoso, y respondió con un rodillazo que Carlos apenas logró bloquear con el antebrazo. El impacto le recorrió el brazo como una descarga.
Retrocedió dos pasos.
The tale has been illicitly lifted; should you spot it on Amazon, report the violation.
—Antes eso te habría tirado al suelo —dijo Rashak.
Carlos no respondió. Ajustó la postura. Bajó un poco más el centro, abrió los pies.
Volvió a atacar, esta vez con una combinación más larga. Pu?o, giro, barrido bajo. Rashak tuvo que moverse de verdad, saltando para evitar que le engancharan la pierna.
Kaelis observaba en silencio, los ojos fijos.
Rashak sonrió.
—Vale… eso es nuevo.
Carlos sentía el peso de la katana balancearse con cada movimiento. Al principio le molestaba, le tironeaba el cuerpo, le hacía perder velocidad en los giros. Un mal paso y casi se va al suelo cuando Rashak le empujó el hombro con fuerza.
—No luches contra el peso —le dijo Rashak mientras lo presionaba—. Incorpóralo.
Carlos gru?ó, rodó por el suelo y se puso en pie de un salto. Esta vez, cuando atacó, dejó que el peso acompa?ara el giro. El movimiento fue más limpio. Más estable.
Rashak recibió un golpe en las costillas. No fuerte… pero limpio.
El aire se tensó.
—Joder —murmuró Rashak, sorprendido—. Has salido del F+, ?eh?
Carlos respiraba con dificultad, pero sonrió.
—Eso… espero.
El combate se intensificó.
Pu?os, codos, patadas bajas. Rashak ya no se limitaba a esquivar; contraatacaba con precisión quirúrgica. Cada golpe suyo no era brutal, pero sí colocadísimo. Carlos bloqueaba más de los que habría podido antes, y cuando fallaba, ya no caía sin control.
Aun así, la diferencia de nivel era clara.
Rashak lo desarmó de una guardia con un giro rápido, lo atrapó por el brazo y lo lanzó al suelo con una proyección impecable. Carlos rodó, se levantó de inmediato, pero un segundo después sintió el antebrazo de Rashak presionándole el cuello.
—C+ —dijo Rashak en voz baja—. Todavía te queda.
Carlos intentó zafarse. Aguantó. Forzó. Incluso logró meter un codazo corto que le dio en las costillas.
Rashak gru?ó… y sonrió.
Con un movimiento seco, lo tiró al suelo otra vez y esta vez no le dio margen. Le inmovilizó los brazos y apoyó el peso sobre su pecho.
Carlos dejó escapar el aire.
—Vale… —admitió—. Ganaste.
Rashak se apartó y le tendió la mano.
—Pero ya no eres un F+ —dijo—. Eso te lo has ganado.
Carlos aceptó la ayuda y se puso en pie, jadeando. El cuerpo le dolía, pero no estaba destrozado. Y eso decía mucho.
Kaelis se acercó.
—Has mejorado —admitió—. Mucho.
Luego miró a Rashak.
—Y tú no te contuviste.
—Me amenazaste —respondió él—. Tenía que asegurarme.
Kaelis chasqueó la lengua.
—No hay día libre —dijo, mirando a Carlos—. Pero…
Hizo una pausa.
—Descansas lo que queda de día.
Carlos sonrió, agotado.
Shion, desde el fondo de su mente, habló por primera vez en mucho rato:
—Interesante. Ya no eres un juguete frágil.
Carlos cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso familiar de la katana en la espalda.
No había ganado el combate.
Pero había ganado algo mucho más importante.
Carlos apenas tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos cuando Kaelis chasqueó los dedos.
—No te desconectes —dijo—. Aún no hemos terminado.
Carlos abrió los ojos.
—?Eh?
Kaelis dio un paso hacia él y, sin más explicación, sacó un par de mu?equeras metálicas gruesas. Carlos tardó solo un segundo en notar algo que le heló la sangre.
—…Esas pesan demasiado —murmuró.
—Ocho kilos cada una —respondió Kaelis con total naturalidad.
Carlos se quedó helado.
—?Cada… una?
No tuvo tiempo de protestar. Kaelis ya estaba colocándole las mu?equeras en las mu?ecas. El peso cayó de golpe, tirándole los brazos hacia abajo como si alguien se los hubiera arrancado.
—?Joder! —exclamó, doblando un poco las rodillas para no perder el equilibrio.
Kaelis no se detuvo ahí. Se agachó y sacó otras dos.
—Tobilleras —a?adió—. Ocho kilos cada una también.
—Kaelis… —empezó Carlos, con una mezcla de pánico y súplica.
—Castigo por perder —dijo ella, ajustándoselas sin piedad—. Y entrenamiento adicional.
Cuando terminó, Carlos estaba cargando treinta y dos kilos extra repartidos por el cuerpo. Cada movimiento era una lucha. El peso lo hundía contra el suelo.
Carlos levantó la vista lentamente y le dedicó la sonrisa más incómoda y forzada que pudo reunir.
—Jaja… —dijo—. Qué… idea tan creativa.
Kaelis lo miró de reojo.
—No me tientes.
La sonrisa de Carlos se congeló en su cara.
Kaelis se cruzó de brazos y habló con tono didáctico, casi clínico.
—Si intentas moverte así solo con fuerza física, te vas a lesionar. La única forma es imbuir mana y bombearlo constantemente por todo el cuerpo.
Carlos tragó saliva.
—?Constantemente…?
—Constantemente —repitió ella—. Pero con control. Si metes demasiado, te agotarás en minutos. Si metes poco, no te moverás.
Rashak silbó desde un lado.
—Eso es cruel incluso para ti.
Kaelis lo ignoró.
—Aprenderás a dosificar —continuó—. A sentir el flujo. A mantenerlo estable mientras te mueves, atacas, esquivas… o simplemente caminas.
Carlos intentó dar un paso.
Sus piernas temblaron. El suelo parecía multiplicar su gravedad.
Cerró los ojos un segundo y respiró hondo. Sintió el mana moverse dentro de él, lento al principio, como un río espeso. Lo empujó hacia los músculos, con cuidado.
El siguiente paso fue torpe… pero posible.
—Bien —dijo Kaelis—. Ahí lo tienes.
Carlos abrió los ojos, jadeando ligeramente.
—Esto… —murmuró—. Esto no es un castigo.
Kaelis sonrió apenas.
—Exacto.
Shion, desde el fondo de su mente, dejó escapar una risa baja.
—Si sobrevives a esto, tu cuerpo empezará a obedecerte incluso cuando esté al límite.
Carlos avanzó otro paso, esta vez con menos dificultad.
El peso seguía ahí. Aplastante. Implacable.
Pero por primera vez, Carlos entendió algo con claridad:
Kaelis no lo estaba castigando.
Lo estaba forjando.
La ciudad se extendía ante ellos mientras caminaban sin rumbo fijo.
Carlos avanzaba con paso pesado, las pesas marcando cada movimiento, pero aun así no se quejaba. Rashak iba a su lado, manos detrás de la cabeza, se?alando edificios, callejones, plazas y zonas que parecían tener vida propia. Mercados que cerraban, luces que se encendían poco a poco, el murmullo constante de gente que iba y venía.
—No está mal —comentó Rashak—. Te has pateado media ciudad sin desmayarte.
—No me queda mucho —admitió Carlos, respirando hondo—. El mana… lo tengo casi seco.
El cielo empezaba a te?irse de naranja oscuro cuando se detuvo y lo miró.
—Tengo que volver —dijo—. Si sigo así, no voy a poder ni mantenerme en pie.
Rashak chasqueó la lengua, genuinamente decepcionado.
—Qué pena…
Carlos alzó una ceja.
—?Por?
Rashak sonrió de lado.
—Porque pensaba llevarte al barrio rojo esta noche.
Carlos se quedó congelado.
—…?El barrio rojo?
—Ese mismo.
Rashak le pasó un brazo por los hombros con total naturalidad, bajando la voz con un tono claramente cómplice.
—Exactamente lo que estás pensando.
Carlos tragó saliva.
—Yo… eh… con estas pesas sería imposible —dijo rápido—. Además, tengo que volver de verdad.
Rashak suspiró exageradamente.
—Una auténtica tragedia.
Se apartó y levantó las manos.
—Nada, nada. Otro día será.
Regresaron a la casa de Kaelis cuando ya era de noche. El ambiente era tranquilo. Cenaron juntos, charlando de cosas sin demasiada importancia: la ciudad, el entrenamiento, viejas historias de Rashak que Kaelis corregía o negaba con evidente fastidio.
—Eso no pasó así —gru?ó ella por tercera vez.
—Pasó mejor —replicó Rashak, sonriendo.
Cuando terminó la cena, Rashak se levantó y se estiró.
—Bueno, me vuelvo al motel —dijo—. Ma?ana vuelvo.
Miró a Carlos.
—Intenta no romperte esta noche.
—No prometo nada —respondió él, sonriendo cansado.
Rashak se despidió de ambos con un gesto despreocupado y salió.
Carlos apenas tuvo fuerzas para moverse después. El cuerpo le pesaba como si fuera de plomo, cada músculo ardiendo por el esfuerzo constante de bombear mana durante todo el día.
—?Puedo quitármelas? —murmuró, mirando las pesas.
Kaelis negó con la cabeza.
—No.
Carlos la miró, agotado.
—?Ni para dormir?
—Hasta nueva orden —sentenció ella—. Acostúmbrate.
Carlos soltó una risa débil.
—Claro… cómo no.
Se dejó caer en la cama poco después, incluso con las mu?equeras y tobilleras puestas. Estaba exhausto, al límite… pero extra?amente alegre.
Había sido un día largo. Duro.
Pero bueno.
Mientras el sue?o lo vencía, con el peso constante recordándole cada avance y cada límite, Carlos sonrió para sí.
Ma?ana sería peor.
La alarma empezó a sonar con su insistencia habitual.
Carlos gru?ó, estiró el brazo y la apagó de un manotazo.
Se quedó unos segundos mirando el techo.
Su cuerpo humano, sorprendentemente, no estaba tan destrozado como el día anterior. Cansado, sí, pero nada comparado con la sensación de plomo absoluto que había tenido el otro día. Mentalmente, en cambio… eso era otra historia.
Angélica.
La sola idea de tener que lidiar con ella otra vez le tensó el estómago. No por miedo, sino por la fricción constante, por la hostilidad latente, por el hecho de saber que cualquier error podía convertirse en un problema serio.
Suspiró.
—Ya que estamos… —murmuró.
Miró a la nada, al aire frente a él, y habló con claridad.
—Angélica. Cuando termines todo en tu casa y estés lista, vienes a la mía.
No hubo respuesta inmediata. Ni una voz, ni una sensación clara. Pero Carlos sabía que la orden había sido recibida.
Se levantó, se preparó con normalidad y bajó a la cocina. Allí estaba su hermano Miguel, apoyado en la encimera con una taza de café, revisando algo en el móvil.
—Madrugas —comentó Miguel sin levantar la vista.
—Más o menos —respondió Carlos mientras se servía el desayuno.
Comieron tranquilos, hablando de cosas sin importancia: el trabajo de Miguel, una tontería de la tele, el clima. Nada raro. Nada fuera de lugar. Carlos casi logró relajarse.
Casi.
Cuando salió de casa, la vio.
Angélica estaba apoyada unos metros más allá, con los brazos cruzados, el ce?o fruncido y una expresión que mezclaba furia y un asco apenas disimulado. Vestía como siempre, impecable, pero su lenguaje corporal gritaba incomodidad.
Carlos parpadeó, sorprendido de verdad.
—Oh —dijo—. Así que no tienes que saber el lugar al que ir si te lo ordeno.
Angélica apretó la mandíbula.
—Deja de usarme como conejillo de indias —espetó—. No soy tu experimento.
Carlos pasó a su lado sin mirarla siquiera.
—Apunta la queja para más tarde —respondió con calma—. Vamos a llegar tarde.
Ella lo fulminó con la mirada, pero terminó siguiéndolo.
Caminaron en silencio hacia el instituto. Angélica con pasos tensos, claramente molesta; Carlos con la mente ya puesta en el día que se avecinaba, sabiendo que aquello —esa dinámica incómoda, ese control forzado— solo era el principio.
Y que, le gustara o no, iba a tener que aprender a manejarlo.
En el instituto, todo parecía seguir su curso habitual.
Carlos se cruzó con Sandra en el pasillo. Ella pasó a su lado sin siquiera mirarlo, la expresión neutra, casi fría, como si no existiera. Entró al aula sin detenerse.
Carlos se quedó quieto un segundo de más.
Luego siguió caminando.
No dijo nada. No había nada que decir.
Entró a su clase con Angélica unos pasos detrás. El aula estaba llena de ruido: conversaciones cruzadas, risas, sillas moviéndose. Carlos fue directo a su sitio y se sentó. Angélica, sin mirarlo, se reunió con su grupo de amigos, adoptando sin esfuerzo la fachada de chica normal.
Durante las clases, todo fue… normal.
Demasiado normal.
Carlos tomó apuntes, respondió cuando le preguntaron, escuchó a medias. Angélica no hizo nada extra?o. Ni miradas largas, ni gestos raros. Era casi inquietante.
Llegó el recreo.
Carlos subió a la azotea como siempre.
El viento le dio de lleno en la cara. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y empezó su entrenamiento silencioso: concentración, control del mana, flujo constante, sin excesos. Lo hacía de forma automática ya, como una segunda naturaleza.
Y entonces pasó.
Fue instantáneo.
Una sensación seca, abrupta. Como si algo invisible se hubiera tensado demasiado… y se rompiera.
Carlos se quedó completamente quieto.
El flujo de mana se cortó de golpe y abrió los ojos con el corazón acelerado.
—…no —murmuró.
Dentro de su cabeza, Shion soltó una carcajada suave.
—Vaya —dijo, divertido—. Parece que la perrita se ha soltado de la correa.
Carlos apretó los dientes.
—Cállate —gru?ó en voz baja.
Sabía perfectamente lo que eso significaba.
La orden.
El control.
La cadena que mantenía a Angélica limitada.
Algo había cedido.
Y eso era peligroso.
Su mente empezó a trabajar a toda velocidad.
?Vendría directa a por él?
?Intentaría ponerlo bajo su habilidad otra vez?
?Huiría? ?Avisaría a alguien? ?O fingiría que nada había pasado?
El peor escenario era claro: un ataque sorpresa, Sigilo, control mental… y él atrapado en mitad del instituto.
Carlos dio un paso atrás, tensando el cuerpo.
—Mierda… —susurró.
Miró la puerta de acceso a la azotea, escuchó con atención el ruido del instituto bajo él, intentando detectar cualquier cosa fuera de lugar. No había tiempo para entrar en pánico.
Tenía que decidir.
Y rápido.
Porque, si Angélica realmente había quedado libre… el recreo acababa de volverse un campo de batalla silencioso.
Carlos empezó a mirar a su alrededor con el pulso acelerado.
El viento seguía soplando igual. El cielo, indiferente. Demasiado normal.
Entonces la puerta de la azotea se abrió de golpe.
Carlos no lo pensó.
Se lanzó hacia el borde y se dejó caer al vacío, agarrándose con ambas manos justo a tiempo. Su cuerpo quedó colgando, oculto bajo el saliente de hormigón. Contuvo la respiración.
Pasos.
—…Aquí no está —dijo una voz que no reconoció.
No sonaba confundida. Sonaba funcional. Vacía.
Carlos apretó los dientes.
Los pasos se alejaron. La puerta volvió a cerrarse.
Esperó unos segundos más, contando mentalmente, y luego, con cuidado, volvió a subir. Se apoyó sobre la superficie de la azotea y quedó de rodillas, respirando despacio.
—Mierda… —susurró.
No había nadie.
Pero eso no lo tranquilizó en absoluto.
Shion soltó una risa baja, casi complacida.
—Oh, esto se ha puesto interesante —dijo—. ?Lo ves ya?
Carlos cerró los ojos un segundo.
Sí. Lo veía.
Angélica no necesitaba venir personalmente. No si podía usar a otros. Estudiantes. Profesores. Cualquiera que se cruzara con ella. Sigilo, control, órdenes implantadas como semillas.
Peones.
El instituto entero podía ser suyo sin que nadie lo notara.
Abrió los ojos lentamente.
De repente, cada ruido le parecía sospechoso. Cada puerta que se abría, cada grupo de alumnos riendo en los pasillos, cada profesor caminando con una carpeta bajo el brazo. Todos podían estar mirando… o buscando.
Ahora mismo, nadie era seguro.
Era como caminar por un campo minado en el que no había se?ales, ni marcas, ni rutas claras. Solo enemigos potenciales. Y él estaba solo.
Completamente solo.
—Genial… —murmuró, con una sonrisa tensa—. Solo contra el instituto entero.
Shion rió otra vez.
—Siempre quise ver cómo manejabas esto.
Carlos se levantó despacio, manteniendo el cuerpo relajado por fuera, alerta por dentro. No podía huir sin levantar sospechas. No podía atacar sin pruebas. No podía confiar en nadie.
Tenía que moverse como si nada pasara.
Pero sabiendo que, en cualquier momento, alguien podía abrir una puerta… y decir:
“Aquí está”.
Y esta vez, quizá no tendría un borde del que colgarse.
Carlos se obligó a respirar despacio.
Uno.
Dos.
Tres.
El corazón quería salírsele del pecho, pero no podía permitirse el lujo de entrar en pánico. El recreo seguía transcurriendo con normalidad abajo: risas, gritos, el sonido metálico de una pelota golpeando una valla. Vida cotidiana. Aparente.
Pero ahora sabía la verdad.
El instituto ya no era un lugar neutral.
Bajó de la azotea con cuidado, asegurándose de que no hubiera nadie esperando tras la puerta. Cada paso por las escaleras le resultó antinatural, como si el suelo pudiera ceder en cualquier momento. Mantenía la cabeza gacha, el gesto relajado, imitando al Carlos de siempre. El invisible. El que no llamaba la atención.
Eso era su única ventaja.
—No corras —susurró Shion, con un tono burlón—. Los animales heridos que corren son los primeros en caer.
Carlos no respondió.
Su mente trabajaba a toda velocidad.
Angélica libre significaba caos. Pero no caos inmediato. Ella no era estúpida. No iba a desatar algo evidente. Su estilo era más fino, más sucio. Sigilo. Control indirecto. órdenes simples que no levantaran sospechas.
Busca a Carlos.
Avísame si lo ves.
Llévame hasta él.
No hacía falta más.
Cruzó el pasillo principal. Un grupo de alumnos se apartó ligeramente para dejarlo pasar. Un gesto normal. Demasiado normal. Carlos notó cómo se le tensaban los hombros.
?Lo habían hecho por educación… o porque alguien se los había dicho?
Entró al ba?o masculino y se apoyó en el lavabo. El espejo le devolvió una imagen conocida: ojeras leves, expresión cansada, nada fuera de lugar. Por fuera, era el mismo de siempre.
Por dentro, estaba en guerra.
Se mojó la cara con agua fría.
—Piensa —se dijo en voz baja—. Piensa.
Tenía que asumir lo peor: Angélica ya había empezado a mover piezas. Eso significaba que quedarse quieto era una sentencia de muerte lenta. Pero actuar de forma agresiva también lo era.
Necesitaba información.
Y para eso… tenía que arriesgarse un poco.
Salió del ba?o y caminó hacia el patio. El recreo estaba casi a la mitad. Demasiada gente. Demasiadas miradas potenciales. Carlos mantuvo el ritmo tranquilo, pero sus sentidos estaban al máximo. Observaba gestos, posturas, microexpresiones.
Nada.
O eso parecía.
Entonces lo notó.
Un chico apoyado en una pared, mirando el móvil. Cuando Carlos pasó, levantó la vista durante una fracción de segundo. No lo miró a la cara. Miró su cuello. Luego volvió al móvil.
Carlos siguió caminando sin reaccionar.
Pero por dentro, todo se encendió.
—Ese —murmuró Shion—. No es natural.
Carlos giró en la esquina y se detuvo detrás de una columna. Esperó. Contó hasta cinco.
El chico apareció al final del pasillo. Caminaba despacio, fingiendo normalidad, pero su trayectoria era clara.
Lo estaba siguiendo.
Carlos apretó los dientes.
Confirmado.
No podía enfrentarlo. No sabía cuántos más había. Así que hizo lo único que podía hacer.
Cambió de rumbo.
Entró en un aula vacía, cruzó por una puerta lateral y salió por otro pasillo. Subió unas escaleras, bajó otras. Un recorrido errático, aparentemente sin sentido. Si el chico seguía detrás… entonces ya no habría dudas.
Y efectivamente, cuando Carlos se detuvo frente a una máquina expendedora, lo vio reflejado en el cristal.
El mismo chico. A unos metros. Fingiendo mirar otra cosa.
Carlos sintió un nudo en el estómago.
—Está usando exploradores —dijo Shion—. Inteligente para alguien tan impulsiva.
Carlos introdujo una moneda en la máquina con manos firmes. Sacó una bebida. Bebió un sorbo.
Pensar. Necesitaba pensar.
El recreo terminaría pronto. Cuando sonara el timbre, el flujo de gente se concentraría. Pasillos llenos. Clases cerradas. Profesores presentes.
Un escenario perfecto para una emboscada silenciosa.
No podía permitirlo.
Caminó hacia la zona de las aulas de ciencias. Allí, los pasillos eran más estrechos y menos transitados. Se metió en un aula vacía y cerró la puerta sin hacer ruido.
Apoyó la espalda en ella.
—Tengo que forzarla —susurró.
—?Forzarla cómo? —preguntó Shion, curioso.
Carlos cerró los ojos un instante.
—A cometer un error.
Sacó el móvil.
La pantalla se encendió con un brillo tenue que le pareció demasiado llamativo en la penumbra del aula vacía. Carlos escribió rápido, sin adornos, sin explicaciones innecesarias.
Ve a la azotea.
Pulsó enviar.
Sabía perfectamente lo que haría Angélica.
No iría ella.
Mandaría a otros.
Peones. Observadores. Gente con órdenes simples y eficaces. Y eso era exactamente lo que Carlos necesitaba.
Guardó el móvil y respiró hondo.
—Vas a usarla como cebo —comentó Shion, con una risa baja—. Me gusta cómo piensas.
Carlos no respondió. Ya estaba moviéndose.
Salió del aula con cuidado y se internó en los pasillos secundarios, aquellos que casi nadie usaba durante el recreo. Su plan era simple, pero arriesgado: si Angélica creía que él estaba en la azotea, movería piezas hacia allí. Eso despejaría otras zonas. Crearía huecos.
Espacio para moverse.
El timbre sonó.
El sonido metálico reverberó por todo el instituto, y con él llegó el caos ordenado de siempre: puertas abriéndose, estudiantes saliendo en tropel, voces superpuestas, pasos apresurados. Carlos se mezcló con la corriente durante unos segundos… y luego se apartó.
Observó.
Y lo vio.
Dos alumnos que no solían moverse juntos caminaban en dirección contraria al flujo, subiendo las escaleras que llevaban a la azotea. Sus expresiones eran neutras, casi vacías. No hablaban entre ellos.
—Ahí están —murmuró Shion—. Primeros enviados.
Carlos giró sobre sus talones y tomó un pasillo lateral. No corrió. No aceleró. Caminó como alguien que simplemente iba tarde a clase. Cada gesto estaba medido.
Mientras avanzaba, empezó a notar patrones.
Una chica apoyada junto a una taquilla que levantaba la vista cada vez que alguien pasaba.
Un profesor que se detenía más de lo normal en un cruce de pasillos.
Un alumno sentado en el suelo, fingiendo atarse los cordones… mirando demasiado.
No eran todos. No hacía falta.
Solo los suficientes.
—Está desplegando una red —dijo Shion—. Burda, pero efectiva en un entorno cerrado.
Carlos apretó los dientes.
No puedo quedarme aquí.
Cambió de dirección otra vez y entró en el ala antigua del instituto. Aulas viejas, laboratorios casi en desuso, pasillos estrechos donde el eco amplificaba cada paso. Aquí el flujo de estudiantes era mínimo.
Se detuvo frente a una ventana y fingió mirar al exterior.
Su reflejo en el cristal le devolvió una imagen tensa, concentrada. No parecía un chico normal. Parecía alguien esperando el golpe.
—Si te localizan aquí, no tendrás salida fácil —advirtió Shion.
—Lo sé —respondió Carlos en voz baja—. Por eso tengo que moverme antes de que conecten los puntos.
Sacó el móvil otra vez.
Escribió un segundo mensaje.
Voy para el gimnasio.
Enviar.
Otro anzuelo.
Carlos se dio la vuelta inmediatamente y fue en dirección contraria.
No habían pasado ni treinta segundos cuando oyó pasos apresurados a lo lejos. Voces bajas. Demasiado coordinadas para ser casualidad.
Funcionaba.
Angélica estaba reaccionando, no anticipándose.
Eso le daba ventaja.
Carlos bajó por una escalera de emergencia y salió al patio trasero. El aire frío le golpeó el rostro. Aquí no había casi nadie: solo un par de alumnos fumando a escondidas y un conserje hablando por el móvil.
Carlos cruzó el espacio abierto sin detenerse.
No confíes, se dijo. Ni siquiera aquí.
Al entrar de nuevo al edificio por una puerta lateral, el ambiente cambió. Silencio. Pasillos vacíos. Demasiado vacíos.
Carlos se detuvo en seco.
—Esto no me gusta —susurró.
—Porque ahora eres el que está fuera del tablero visible —respondió Shion—. Y eso siempre es peligroso.
Un ruido metálico sonó a su izquierda. Un carrito de limpieza chocando contra una pared.
Carlos se giró justo a tiempo para ver a una mujer levantarse lentamente. No llevaba uniforme de limpieza. Solo fingía hacerlo.
Sus ojos se clavaron en él.
—Carlos —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Te estaban buscando.
El estómago de Carlos se contrajo.
No respondió.
Dio un paso atrás.
La mujer avanzó uno.
—Tranquilo —continuó la mujer—. Solo quieren hablar contigo.
Carlos sintió cómo la presión volvía, más fuerte esta vez. No era una orden directa, aún no. Era una invitación. Un empujón mental suave, casi amable.
Demasiado amable.
—Carlos… —la voz de Shion perdió el tono burlón—. No está sola.
El aviso llegó justo cuando Carlos notó el reflejo en el cristal de un aula cercana. Una sombra moviéndose al fondo del pasillo. Luego otra.
Se le acababa el tiempo.
La mujer dio otro paso, levantando ligeramente la mano, como si fuera a tocarle el hombro.
—No —dijo Carlos, esta vez en voz alta.
Canalizó mana de golpe, no para bloquear, sino para reforzar su cuerpo. Sus músculos protestaron bajo la presión invisible que suponía el refuerzo de mana, pero respondió. Tenía que hacerlo ya.
—Ahora —susurró Shion—. O pierdes.
Carlos avanzó de repente.
La mujer abrió los ojos, sorprendida. No esperaba agresión directa. Nadie lo hacía.
Carlos giró la cadera y descargó un golpe seco con el antebrazo directo al cuello, justo bajo la mandíbula. No fue elegante. Fue brutal. Sintió el impacto recorrerle el brazo hasta el hombro.
La mujer emitió un sonido ahogado y cayó hacia atrás, inconsciente antes de tocar el suelo.
Carlos no se detuvo.
La atrapó antes de que golpeara fuerte y la arrastró dentro del aula más cercana. Cerró la puerta, bajó la persiana y la dejó en el suelo, apoyada contra una mesa.
Respiraba. Viva.
—Bien —dijo Shion—. Limpio. Rápido. Horriblemente humano.
Carlos apoyó la espalda en la pared, jadeando. El mana le ardía en las venas por el esfuerzo repentino.
—Esto lo confirma —murmuró—. Ya no es solo vigilancia.
—No —respondió Shion—. Ahora es caza activa.
Desde el pasillo llegaron pasos. Voces. Demasiadas.
Carlos miró la puerta.
Sonrió con nerviosismo.
—Entonces —dijo en voz baja— tendré que mover el tablero entero.
Carlos cerró los ojos un segundo, apoyando la frente contra la pared fría del aula.
Los pasos en el pasillo se multiplicaban. Voces superpuestas. Nombres sueltos. órdenes disfrazadas de preocupación.
—?Lo has visto?
—Por aquí no está.
—Revisa las aulas.
Demasiado cerca.
Carlos abrió los ojos y miró alrededor. Pupitres alineados, mochilas olvidadas, una pizarra con restos de una fórmula a medio borrar. Un aula cualquiera. Un escondite mediocre.
No serviría por mucho tiempo.
—Se están cercando —murmuró Shion—. No con prisa. Con método.
Carlos bajó la mirada hacia la mujer inconsciente. Su respiración era tranquila, regular. Un peón más, atrapado en algo que probablemente ni entendía.
—No puedo seguir noqueando gente —susurró—. Esto se va a descontrolar.
—Ya está descontrolado —respondió Shion—. La única pregunta es si tú vas por delante… o si reaccionas tarde.
Carlos se acercó a la ventana y la abrió lo justo para dejar entrar aire. Afuera, el patio lateral seguía casi vacío. Pero sabía que eso podía cambiar en cualquier momento.
Miró sus manos. Le temblaban ligeramente. No de miedo, sino de tensión contenida. De decisiones acumulándose demasiado rápido.
—Angélica quiere atraparme —dijo—. Pero yo no puedo enfrentarla aquí. No así.
—Entonces no juegues a su juego —replicó Shion—. Oblígala a cambiar las reglas.
Carlos esbozó una sonrisa tensa.
—Eso pensaba.
Del otro lado de la puerta, alguien probó el pomo.
Carlos dio un paso atrás, calculando distancias, rutas, tiempos. Cada segundo contaba. Cada movimiento podía ser el último error.
—Prepárate —susurró Shion, con un tono casi excitado—. Porque cuando salgas de aquí…
El pomo giró otra vez.
—…ya no habrá vuelta atrás.
Carlos inhaló despacio.
Y dio el primer paso hacia lo desconocido.

