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Bajo órdenes ajenas

  Ha pasado un tiempo desde aquel incidente que casi le cuesta la vida a Carlos. Su costado ya estaba completamente sano, aunque él recordaba perfectamente el dolor y el miedo que sentía. Cada cicatriz en su mente era más difícil de borrar que cualquier marca física. En el otro mundo, su entrenamiento con Kaelis había sido implacable y constante. Ya no era el chico torpe y sin base que había llegado al descampado aquel primer día. Ahora podía mantenerse en combate mano a mano durante períodos mucho más largos, resistiendo ataques consecutivos, anticipando movimientos y usando su propio cuerpo de manera más eficiente. Cada caída, cada golpe recibido y cada técnica copiada lo habían hecho más fuerte, más rápido y más consciente de su cuerpo y su entorno. Había a aprendido a usar su fuerza y ??reflejos para compensar su falta de pura potencia; Kaelis no le daba tregua, pero Carlos estaba empezando a disfrutar del desafío, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

  En el mundo humano, su entrenamiento era más discreto pero igualmente riguroso. Aprovechaba los pocos momentos libres, como las azoteas del instituto durante el recreo o después de clase, para practicar movimientos que había visto en combates de Kaelis o en sus investigaciones de artes marciales y técnicas de anime. Ensayaba combinaciones de golpes, patadas, movimientos evasivos, desplazamientos rápidos y fluidos, así como gestos de control de su mana para la magia. Había rutinas dise?adas específicas para mantener su flexibilidad, ya que había aprendido que la rigidez podía ser letal en un enfrentamiento. También había incrementado sus ejercicios de fuerza, usando bandas, pesas improvisadas y su propio peso corporal para entrenar brazos, piernas, espalda y abdomen. Su resistencia mejoraba día a día, y podía sentir cómo su cuerpo comenzaba a responder a los esfuerzos con más facilidad, sin tanta fatiga ni rigidez.

  Shion, por su parte, aunque se había mostrado un poco más moderado, seguía molestando. Sus comentarios sarcásticos, advertencias ambiguas y risas inesperadas aparecen en los momentos más inoportunos. Carlos había aprendido a ignorarlo en la medida de lo posible, a no dejarse afectar emocionalmente por su presencia constante, aunque siempre sintió esa presión invisible, como si una sombra lo siguiera recordándole que no estaba completamente solo y que su enemigo invisible podía interferir en cualquier instante.

  El incidente del atacante de Sandra en su casa ya estaba bastante atrás, y aunque el recuerdo era doloroso, Carlos había logrado superar parte del trauma. Aun así, no podía dejar de pensar que Shion probablemente había tenido algo que ver, y la idea de que aquel ser pudiera manipular eventos de ambos mundos lo mantenía alerta. Entre los compa?eros del colegio, sin embargo, el incidente había generado cierta notoriedad. No como un héroe, ni mucho menos, sino como alguien que parecía diferente, alguien que había sobrevivido a algo peligroso y que ahora inspiraba una mezcla de respeto y curiosidad. Carlos no buscaba la fama, pero reconocía que su popularidad le daba cierto margen de maniobra; era un peque?o beneficio, aunque efímero, en la rutina diaria del instituto.

  Más allá de la escuela, Carlos se había centrado en mejorar cada aspecto de sí mismo. Su condición física se había convertido en una prioridad; entrenaba no solo para la fuerza y la resistencia, sino también para la agilidad, la coordinación y la velocidad. Había estudiado ejercicios de estiramiento, técnicas de respiración, meditación y control de energía para mantener la mente clara y el cuerpo preparado para cualquier situación. Su flexibilidad, en particular, había mejorado notablemente, permitiéndole esquivar ataques, realizar movimientos acrobáticos y mantener posturas que antes le resultaban imposibles. Todo esto no solo lo hacía más fuerte, sino que también aumentaba su confianza en sí mismo.

  En su tiempo libre, Carlos había intentado investigar la existencia de otros portadores de mundos. Revisaba noticias, foros, revistas especializadas e incluso rumores que circulaban por internet o por el boca a boca, pero todo parecía indicar que él era el único. Ninguna evidencia concreta de alguien que viajara entre mundos de manera coherente aparecía. Solo encontraba historias desorganizadas, delirios de personas que aseguraban haber cruzado dimensiones, pero que sus relatos carecían de lógica o pruebas. Era frustrante, pero también revelador: la soledad de ser un portador de mundos lo hacía único y, al mismo tiempo, le recordaba que cualquier error podía costarle caro. No había nadie que pudiera guiarlo o compararse con él; todo dependía de su propia fuerza, astucia y disciplina.

  A pesar de ello, Carlos mantenía la determinación intacta. Cada entrenamiento, cada sesión de combate con Kaelis, cada ejercicio en el mundo humano y cada investigación sobre portadores de mundos alimentaban un propósito más grande: prepararse para enfrentarse a lo desconocido, a Shion y a cualquier desafío que ambos mundos pudieran presentar. Su vida había cambiado radicalmente, pero había encontrado un ritmo, un equilibrio entre la disciplina, el aprendizaje y la constante vigilancia de su enemigo invisible. Incluso si Shion seguía burlándose, incluso si la mayoría de la gente lo veía como un chico normal con curiosidades raras, Carlos sabía que estaba construyendo una base sólida para lo que vendría, un futuro en el que no sería simplemente un espectador, sino alguien capaz de decidir, luchar y sobrevivir en ambos mundos.

  Cada día se repetía con esfuerzo y dedicación, pero también con una creciente sensación de control y poder sobre sí mismo. Carlos no solo entrenaba el cuerpo y la magia, sino también su mente, aprendiendo a anticipar, a analizar y a reaccionar, porque sabía que la verdadera diferencia entre un portador de mundos ordinario y uno completo no estaba solo en la fuerza, sino en la habilidad de dominar todos los elementos a su disposición sin perder la cabeza. Y así, con cada amanecer y cada práctica, Carlos se acercaba un poco más a descubrir los límites de sus habilidades y del mundo que lo rodeaba.

  Carlos se encontraba en clase, sentado en su pupitre de siempre, con la espalda apoyada de forma relajada contra la silla y la mirada aparentemente fija en la pizarra. Bajo el pupitre, oculto a la vista del profesor, apretaba rítmicamente un peque?o objeto de entrenamiento para el antebrazo y el agarre. Era sencillo, casi discreto, pero lo suficiente firme como para mantener los músculos en tensión constante. Abría y cerraba la mano con control, contando mentalmente las repeticiones mientras intentaba no hacer el más mínimo ruido.

  El profesor seguía hablando, su voz monótona flotando por el aula como un zumbido de fondo. Carlos asentía de vez en cuando, fingiendo atención, mientras su mente dividía el foco entre el entrenamiento y el discurso. Cuando el cansancio empezó a notarse en la mano derecha, cambió el objeto a la izquierda con un movimiento natural, como si solo se acomodara en la silla. El ardor en el antebrazo le resultaba casi reconfortante; era una prueba silenciosa de que no estaba perdiendo el tiempo, de que incluso allí, en medio de una clase aburrida, seguía avanzando.

  Fue entonces cuando algo en las palabras del profesor captó su atención de verdad.

  —…y antes de terminar, quiero avisaros de que en la siguiente hora se incorporará una alumna nueva a la clase —dijo el profesor, carraspeando ligeramente.

  Carlos frunció el ce?o sin darse cuenta. El movimiento de su mano se ralentizó un poco, aunque no llegó a detenerse. ?Una alumna nueva? A esas alturas del curso no era nada habitual. Normalmente ese tipo de anuncios se hacían en las primeras semanas, cuando todavía había cambios, traslados o ajustes. No a mitad del a?o escolar, cuando todo el mundo ya tenía su sitio, sus rutinas y sus grupos formados.

  Algunos compa?eros empezaron a murmurar entre ellos, lanzándose miradas curiosas o sonrisas cómplices, imaginando cómo sería la nueva chica. Carlos, en cambio, no sonrió. Cambió el ritmo del ejercicio, apretando con más fuerza el objeto de entrenamiento, sintiendo cómo los músculos respondían. Su mente empezó a dar vueltas.

  No era paranoia, se dijo. Pero después de todo lo que había pasado, había aprendido a desconfiar de las casualidades. Una alumna nueva podía ser simplemente eso… o podía no serlo. Shion no dijo nada, y ese silencio era casi más inquietante que sus burlas habituales. Carlos se preguntó si aquello también formaba parte de algún movimiento que aún no alcanzaba a ver.

  Mientras el profesor retomaba la explicación de la materia, Carlos volvió a fingir plena atención. Cambió de nuevo el objeto a la otra mano, manteniendo el entrenamiento constante, casi mecánico. En su cabeza, sin embargo, la idea de la alumna nueva seguía dando vueltas, como una pieza suelta que no encajaba del todo.

  “Habrá que verla primero”, pensó.

  Siguió apretando, una repetición tras otra, con la sensación de que, aunque todo pareciera normal en ese aula, algo estaba a punto de cambiar.

  El timbre que marcaba el cambio de hora sonó con su estridencia habitual, pero a Carlos le pareció más lento, más pesado de lo normal. El murmullo de la clase aumentó durante unos segundos mientras los alumnos se recolocaban en sus asientos y el profesor ordenaba silencio. Carlos dejó el objeto de entrenamiento bajo el pupitre y estiró discretamente los dedos, notando el cosquilleo residual en los músculos del antebrazo. Había algo en el ambiente que no le gustaba, una tensión sutil que no sabía explicar.

  Los minutos pasaron con una lentitud casi exasperante.

  Entonces, la puerta del aula se abrió.

  Antes siquiera de que Carlos pudiera girar la cabeza por puro reflejo, la voz de Shion estalló en su mente, mucho más alterada de lo que jamás la había escuchado.

  —No la mires.

  La orden fue seca, urgente, casi desesperada.

  —Agacha la cabeza ahora mismo.

  Carlos se quedó congelado un instante. El corazón le dio un salto. Shion no gritaba así nunca; se burlaba, provocaba, manipulaba… pero aquello era distinto. Sonaba genuinamente alarmado.

  —?Qué…? —pensó Carlos, confundido.

  Pero ya era tarde para preguntar. La puerta seguía abriéndose y, en el límite de su campo de visión, Carlos alcanzó a ver cómo un pie cruzaba el umbral del aula. Un zapato limpio, oscuro, perfectamente colocado. Nada extra?o… y aun así, Shion seguía gritando.

  —?No la mires! ?Carlos, baja la cabeza!

  La presión en su pecho aumentó. No sabía si era miedo, intuición o algo más profundo, pero algo dentro de él se tensó como una cuerda a punto de romperse. Por primera vez desde que conocía a Shion, Carlos no sintió desafío, sino una advertencia real.

  Y obedeció.

  Bajó la cabeza de golpe, clavando la mirada en la superficie gastada de su pupitre. La madera estaba llena de marcas, ara?azos antiguos, nombres tallados por alumnos de otros a?os. Carlos respiraba despacio, intentando controlar el pulso acelerado. No entendía nada, pero sabía que, por alguna razón, mirar en ese momento sería un error.

  Escuchó pasos.

  Tac. Tac. Tac.

  El sonido de unos zapatos avanzando por el aula, firmes, tranquilos, sin titubeos. Cada paso parecía resonar más de lo normal en sus oídos. Carlos se obligó a no levantar la vista, aunque la curiosidad le quemaba por dentro. Sentía la presencia de la chica como algo pesado, casi palpable, aunque no pudiera verla.

  La voz del profesor rompió el silencio.

  —Muy bien, preséntate, por favor.

  Una voz femenina respondió, clara y serena.

  —Mi nombre es Angélica. Encantada de conoceros.

  En cuanto terminó de hablar, la clase entera estalló en aplausos, como si se hubieran puesto de acuerdo sin mirarse. El sonido le envolvió, pero Carlos seguía inmóvil, con la cabeza gacha. Notó cómo algunos compa?eros se giraban, cómo el aire del aula parecía moverse alrededor de ella.

  —Puedes sentarte ahí delante —dijo el profesor—, en la primera fila.

  Más pasos. Esta vez más cercanos al frente.

  Shion, ahora en un tono más bajo pero cargado de tensión, volvió a hablarle.

  —Escúchame bien.

  Carlos tragó saliva.

  —Por nada del mundo mires en su dirección. Ni ahora, ni después. Haz como si no existiera.

  Carlos apretó los dientes. Algo no cuadraba. Shion jamás le había pedido que evitara a alguien así. Nunca había mostrado miedo, ni precaución real. Solo arrogancia. Aquello significaba que Angélica no era una alumna normal… o que, al menos, no lo era para él.

  —?Quién es? —pensó Carlos, sin mover un músculo.

  Shion no respondió.

  El profesor retomó la clase como si nada hubiera pasado. Los murmullos cesaron poco a poco, las hojas comenzaron a pasar, los bolígrafos a moverse. Todo volvía a una aparente normalidad. Pero Carlos sabía que algo había cambiado en el instante en que esa chica había cruzado la puerta.

  Con la mirada fija en su pupitre, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  Fuera quien fuera Angélica… Shion le tenía miedo.

  Y eso, más que cualquier otra cosa, le decía a Carlos que estaba metido en algo mucho más grande de lo que había imaginado.

  Shion volvió a hablar, pero su voz seguía siendo firme y medida. No había rastro de miedo en ella, solo precaución, la clase de advertencia que nace de comprender demasiado bien el peligro.

  —Ella te supera con creces, Carlos.

  Carlos tragó saliva sin levantar la cabeza del pupitre.

  —?Cómo… que me supera? —pensó, con el pulso acelerado.

  —Es lo que se conoce como un verdadero portador de mundos —continuó Shion—. No una anomalía incompleta. No alguien que fuerza las reglas y paga el precio después.

  Carlos sintió una punzada de sorpresa.

  —?Entonces es como yo…?

  —No —lo interrumpió Shion con calma, sin dureza, pero sin permitir confusión—. No te equivoques. Tú atraviesas la puerta. Ella camina a través de ella sin resistencia.

  Eso hizo que Carlos frunciera el ce?o.

  —?Qué significa eso?

  —Que puede usar habilidades sin coste —explicó Shion—. Sin agotamiento. Sin desgaste físico ni mental. No hay factura posterior porque, para ella, no hay transgresión.

  Carlos recordó el mareo, la debilidad extrema, la sensación de haber perdido algo dentro de sí cuando usó magia en este mundo. Comparó eso con la idea de alguien que podía hacer lo mismo… sin consecuencias.

  —Entonces… ?por qué no querías que la mirara? —preguntó al fin.

  Shion guardó un breve silencio. No dudaba; estaba midiendo cómo decirlo.

  —Porque esa chica posee una habilidad extremadamente peligrosa —dijo—. Una que mantiene activa por decisión propia.

  Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —?Qué tipo de habilidad?

  —Influencia absoluta sobre quien la mire directamente —respondió Shion—. Fascinación. Sumisión. Obediencia.

  Hizo una pausa breve antes de continuar:

  —No es automática. Ella decide cuándo mantenerla activa… y ahora mismo lo está.

  El corazón de Carlos dio un salto.

  —?Incluso si solo la miras…?

  —Si cruzas su mirada mientras la habilidad está activa, tu voluntad se ve comprometida —afirmó Shion—. No es emocional. Es conceptual. Tu mente acepta sus palabras como algo correcto.

  Carlos apretó los dientes.

  —?Incluso si te ordena…?

  —Incluso si te ordena hacer algo que jamás harías por voluntad propia —confirmó Shion—. Incluido matar.

  El aire pareció volverse más pesado.

  —?Cómo sabes todo eso? —preguntó Carlos—. ?La conoces?

  —No —respondió Shion—. Pero percibí su presencia en el instante en que entró al aula. Esa presión. Esa incomodidad repentina.

  Su tono seguía siendo analítico, contenido.

  —Cuando un portador de ese nivel decide activar una habilidad así en un espacio cerrado, no es por descuido. Es porque le conviene.

  Carlos recordó el impulso casi instintivo de bajar la cabeza. No había sido miedo. Había sido una reacción pura, primaria, como si algo dentro de él hubiera entendido el riesgo antes que su mente.

  —Entonces… ?hice bien en no mirarla?

  —Sí —respondió Shion sin dudar—. Fue una decisión inteligente.

  La clase continuaba con normalidad. El profesor escribía en la pizarra. Los alumnos tomaban apuntes. Angélica estaba sentada en la primera fila, tranquila, integrada, como si fuera una estudiante más.

  Pero Carlos sabía, sin haberla visto, que allí había alguien distinto.

  No un monstruo.

  No una amenaza inmediata.

  Sino algo mucho más inquietante:

  alguien que elegía conscientemente cuándo dominar a los demás… y cuándo no.

  Carlos mantuvo la mirada baja, respirando despacio.

  Por primera vez desde que todo había comenzado, entendió que no estaba solo entre mundos…

  y que algunos portadores no pagaban ningún precio por ejercer su poder.

  Carlos se levantó de golpe, arrastrando la silla con un chirrido seco que hizo que varias cabezas se giraran hacia él.

  —Profesor, tengo que ir al ba?o. Es urgente.

  No esperó respuesta. Salió del aula casi corriendo, con la mirada fija en el suelo, como si levantarla un segundo pudiera ser un error irreversible. El pasillo se le hizo eterno, los sonidos apagados, el corazón golpeándole el pecho con fuerza. Empujó la puerta del ba?o y se encerró dentro, apoyando ambas manos en el lavabo mientras respiraba hondo.

  El silencio era espeso.

  Un segundo después, el reflejo del espejo cambió.

  Shion apareció tras el cristal, apoyado con aparente calma, observándolo con esos ojos que nunca parpadeaban del todo. Carlos levantó la cabeza y se quedó mirándolo directamente, los dientes apretados, los nudillos blancos de tensión.

  —?Qué mierda se supone que hagamos contra eso? —espetó, sin rodeos—. No puedo vivir esquivando miradas toda mi vida. Tarde o temprano la voy a mirar por accidente.

  Shion ladeó ligeramente la cabeza, estudiándolo, como si aquella preocupación fuera una pieza interesante de un tablero mayor.

  —No estás equivocado —respondió—. El contacto visual accidental es solo cuestión de tiempo.

  Carlos soltó una risa corta, cargada de nervios.

  —?Lo dices así de tranquilo? ?Sabes lo que implica? Si la miro y me da una orden… se acabó. No habría pelea, no habría resistencia. Sería como apagarme.

  —Exacto —asintió Shion—. Por eso no se trata de evitarla para siempre.

  Carlos frunció el ce?o.

  —Entonces, ?qué?

  Shion apoyó una mano contra el “vidrio” del espejo, como si ese límite fuera puramente simbólico.

  —Hay tres cosas que debes entender —dijo—. Primero: su habilidad requiere intención. No funciona si ella no quiere dominarte en ese momento concreto. Eso significa que no va por ahí controlando a todo el mundo sin discriminación. Llamaría demasiado la atención.

  Carlos respiró un poco más despacio.

  —?Y la segunda?

  —Tu resistencia no es nula —continuó Shion—. No porque seas más fuerte que ella, sino porque no eres un humano normal. Tu vínculo conmigo interfiere. No te hace inmune, pero retrasa el efecto. Te da un margen. Un segundo, quizá dos.

  Carlos tragó saliva.

  —Un segundo no es nada.

  —Es todo —corrigió Shion— cuando sabes que existe.

  Carlos bajó la mirada al lavabo, viendo sus propias manos temblar levemente.

  —?Y la tercera?

  Shion sonrió, apenas.

  —La tercera es que mirar no siempre significa perder —dijo—. La clave está en cómo miras.

  Carlos alzó la cabeza de golpe.

  —Explícate.

  —La mayoría cae porque acepta la conexión —explicó Shion—. Porque interpreta la mirada como un intercambio. Atención. Reconocimiento. Si logras vaciar la intención… si miras sin conceder significado, el enganche es inestable.

  Carlos apretó los labios.

  —Eso suena jodidamente difícil.

  —Lo es —admitió Shion—. Por eso entrenas. Por eso copias. Por eso no eres un espectador pasivo.

  El ba?o volvió a quedar en silencio unos segundos. Carlos apoyó la frente contra el espejo.

  —Odio esto —murmuró—. Odio no saber si estoy en peligro solo por existir cerca de alguien.

  —Bienvenido al mismo tablero que ella —respondió Shion—. La diferencia es que tú aún estás aprendiendo las reglas.

  Carlos se enderezó lentamente, respirando hondo.

  —Entonces… ?qué hago ahora?

  Shion lo miró fijamente.

  —Vuelve a clase —dijo—. No la mires. No hoy.

  Luego a?adió, con un tono más bajo:

  —Pero empieza a prepararte para el día en que no puedas evitarlo.

  Carlos asintió despacio. Se giró hacia la puerta del ba?o, con el pulso todavía acelerado, pero con una idea clara clavada en la cabeza.

  No se trataba de huir para siempre.

  Se trataba de no ser indefenso cuando llegara el momento.

  Carlos salió del ba?o con pasos rápidos pero medidos, la mirada fija en el suelo como si levantarla un segundo fuera suficiente para arruinarlo todo. Por desgracia, al girar la esquina, vio de reojo a Angélica. La vio a ella, tan tranquila, como si nada, y su estómago se retorció de inmediato. Sin pensarlo, giró la cabeza hacia el lado opuesto, intentando que no notara su presencia, acelerando el paso sin perder el control.

  Pero antes de que pudiera escapar del contacto, sintió un agarre firme en su brazo. Angélica estaba justo detrás de él, sujetándolo con fuerza y determinación.

  —?Estás bien? —preguntó—. El profesor me pidió que viniera a asegurarme de que no te pasara nada.

  Carlos tragó saliva, manteniendo la mirada hacia el suelo y tratando de hablar con calma:

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  —Sí… estoy bien.

  Ella dio un paso adelante para colocarse frente a él, bloqueando su camino. Carlos sintió la presión de su agarre y la fuerza en sus brazos, más poderosa de lo que cualquier chica de su edad normalmente tendría. Un pensamiento cruzó su mente: “No voy a poder zafarme fácilmente”.

  Shion, que apareció en su mente con su habitual tono sarcástico, advirtió inmediatamente:

  —Carlos… esto es un problema. Gran problema. Vas a tener que pensar rápido.

  Carlos cerró los ojos por un instante, respirando hondo, y dijo con calma forzada:

  —Está bien, volvamos a clase.

  —No —replicó Angélica—. Mejor vamos a la enfermería. Solo un chequeo rápido.

  Carlos se quedó congelado. Su mente corría a mil por hora, intentando idear alguna excusa, algún truco, pero la fuerza del agarre y la intención clara de la chica hacían que cualquier intento de escape pareciera inútil.

  —Esto… esto no va a ser fácil —murmuró, casi para sí mismo.

  Shion se rió, burlón y seco:

  —Sí, no te creas que puedes huir de esto. Ni por un segundo. Su fuerza, su control… no subestimes. Solo aguanta hasta que lleguen a la enfermería.

  Carlos apretó los dientes, siguiendo a rega?adientes a Angélica, sin levantar la cabeza, mientras sentía cómo cada paso se volvía una mezcla de tensión y cálculo. Sabía que cualquier movimiento en falso podía ser peligroso. Pero también comprendió algo más: la situación no era solo física, sino mental. Cada segundo cerca de ella era una prueba de concentración, de control, de resistencia a lo que él todavía no entendía del todo.

  El pasillo parecía interminable, los murmullos de los demás estudiantes difusos, el mundo reduciéndose al agarre firme de Angélica y a la advertencia de Shion:

  —Carlos… no pierdas la cabeza. Mantén el enfoque. No importa lo que haga, tu prioridad es no caer en la trampa.

  Carlos apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la puerta de la enfermería se cerrara tras él con un clic seco. Angélica se detuvo frente a él, cruzando los brazos y mirándolo con esa mezcla de seguridad y desafío que le erizaba la piel.

  —?Por qué no me miras? —preguntó con calma al principio, pero había un filo peligroso en sus palabras—. ?Te hice algo?

  Shion apareció en su cabeza, inmediato y cortante:

  —Carlos… estás en una trampa. Fingir, mentir, esquivar… ya no servirá.

  Carlos tragó saliva, apretando los pu?os bajo su chaqueta, y respondió con firmeza:

  —?Crees que soy tonto?

  El cambio fue instantáneo. Angélica rió, un sonido claro pero cargado de arrogancia, y su voz adquirió un tono mucho más prepotente, incisivo.

  —Ah, así que ya sabes qué pasa —dijo, acercándose un poco más, el aire entre ellos cargado de tensión—. Entonces sabes que no es un juego simple.

  Carlos asintió con un hilo de aire, consciente de que no había forma de escapar de la situación con palabras: desde que había puesto un pie en clase, había sentido esa presión. Angélica estaba a punto de dejarle claro que su presencia era un riesgo constante.

  —Un desperdicio eliminar a un peón —continuó, inclinándose ligeramente hacia él—. Y aun así… podría ser entretenido.

  Shion gritó en su mente con urgencia:

  —?Esquiva! ?Ahora!

  Carlos apenas tuvo tiempo de reaccionar, tirándose de lado mientras un golpe atravesaba el aire y rompía el asiento donde acababa de estar. La fuerza de Angélica era abrumadora, la rapidez de sus movimientos impecable.

  —?Eres una loca! —gritó Carlos, el corazón latiéndole con fuerza mientras se reincorporaba a medias, aún temblando por la adrenalina.

  Angélica, con una sonrisa burlona y ojos brillando con intensidad, aplaudió suavemente.

  —Impresionante —dijo, con tono juguetón pero cargado de desafío—. No muchos logran esquivar eso.

  Carlos tragó saliva, consciente de que cada segundo cerca de ella era una lección de concentración, resistencia y control absoluto. Shion permanecía a su lado, burlón pero precavido:

  —Bien hecho… pero esto apenas comienza. No confíes en sentirte seguro. Cada segundo que respiras en su presencia es una prueba, Carlos. Aprende rápido, porque ella no es cualquiera.

  Carlos sintió cómo el pulso le golpeaba en las sienes, la adrenalina mezclándose con el miedo y la urgencia. Sin pensarlo demasiado, concentró su mana en cada fibra de su cuerpo, sintiendo cómo un calor intenso recorría sus músculos, potenciando su velocidad y reflejos. Con un movimiento brutal, empujó la puerta de la enfermería y salió disparado por el pasillo, apenas dejando tiempo para que Angélica reaccionara.

  Como Shion había anticipado, ella lo alcanzó en segundos. La chica era extraordinariamente rápida, moviéndose con una fluidez que parecía desafiar la física. Carlos no tenía opción: debía usar cada escalera, cada esquina y cada obstáculo del edificio a su favor. Giraba en los pasillos, saltaba sobre mesas y sillas, intentando mantener la distancia, pero la presión de Angélica era constante, implacable.

  Finalmente, llegó a la azotea, jadeando, el corazón retumbándole en el pecho. Angélica estaba justo detrás de él, acorralándolo contra la barandilla, los cabellos blancos ondeando con el viento. Carlos sabía que no tenía más opciones.

  —Shion… voy a intentar una locura —susurró, más para sí mismo que para el espíritu que lo acompa?aba.

  —No tienes de otra —respondió Shion, con una mezcla de resignación y diversión—. Haz lo que tengas que hacer.

  Con manos temblorosas, Carlos sacó de su bolsillo una tela negra que era parcialmente transparente. La levantó y se la colocó sobre los ojos, cerrando la visión parcialmente, como si estuviera creando un velo entre él y la realidad. Respiró hondo y se giró, enfrentando a Angélica de frente.

  Por primera vez la vio completamente: baja de estatura, cabello largo y blanco que le caía sobre los hombros, y unos ojos rojos que brillaban con intensidad, llenos de la autoridad y el control que emanaban de ella. Su voz, fría pero con un dejo juguetón, cortó el aire:

  —Qué tonto… ahora estás bajo mi mando —dijo, y su orden llegó clara y firme—. Ponte a cuatro patas.

  Carlos sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo. Por un instante, la intención de Angélica parecía demasiado fuerte para resistirla, como si su voluntad fuera un imán que tiraba de él. Sin pensarlo, obedeció, bajando lentamente hasta colocarse a cuatro patas.

  Shion soltó un bufido en su cabeza, mezclado con sarcasmo y molestia:

  —?Imbécil! ?De verdad crees que eso funcionaría?

  Carlos, aún consciente de lo ridículo de la situación, se mantuvo firme, midiendo cada respiración, intentando sentir el límite de lo que su cuerpo y mente podían resistir bajo aquella presión. Sabía que esto no era más que un juego de fuerzas y voluntades, y que cualquier paso en falso podría costarle caro.

  Angélica inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con curiosidad y una sonrisa que no prometía nada bueno. Cada segundo que pasaba, Carlos sentía el peso de su habilidad, el vínculo que la conectaba con él y la necesidad de encontrar la forma de resistir sin perder la claridad mental.

  Shion murmuró con un dejo de frustración:

  —Esto no es suficiente… aún no entiendes lo que significa enfrentarte a alguien así. Pero al menos, por ahora, puedes mantener el equilibrio… aunque sea fingiendo.

  Carlos apretó los dientes, consciente de que aquel momento era solo el inicio de algo mucho más grande, un desafío que iba a poner a prueba todo lo que había aprendido, tanto en el mundo humano como en su entrenamiento como Loranm.

  Carlos gritó con todas sus fuerzas, la voz rota pero firme:

  —?Shion, cuenta hasta diez! ?Ahora!

  No esperó confirmación. Se lanzó hacia Angélica en el mismo instante, rompiendo la distancia que ella creía segura. Por primera vez desde que se habían encontrado, el rostro de Angélica mostró algo distinto a la burla: auténtico desconcierto.

  —Quieto —ordenó, con autoridad absoluta—. Detente. Arrodíllate.

  Nada.

  Carlos siguió avanzando.

  Sus pasos eran torpes, descompensados, pero avanzaba. La presión en su cabeza era brutal, como si algo intentara arrancarle la voluntad desde dentro, pero no encontraba dónde engancharse. Sus ojos ardían. Literalmente. Era como si alguien hubiera vertido fuego líquido detrás de ellos.

  —Uno —dijo Shion, con voz tensa pero precisa.

  Angélica frunció el ce?o, retrocediendo un paso.

  —Mírame —ordenó—. MíRAME BIEN.

  Carlos no apartó la cara. Miró a través de la tela negra empapada de mana, no con atención, no con reconocimiento, sino como quien mira una pared. Vacío. Forzado. Artificial.

  —Dos.

  La sonrisa de Angélica desapareció.

  —?Qué… estás haciendo…?

  No hubo más palabras. Angélica lanzó un pu?etazo directo al rostro, rápido, limpio, cargado de fuerza real. Carlos reaccionó por puro instinto. Giró el cuerpo en el último segundo, el golpe rozándole la mejilla, y respondió con todo lo que tenía.

  Su rodilla subió como un martillo.

  El impacto fue seco, brutal.

  Angélica escupió aire y saliva, los ojos abiertos por la sorpresa, y salió despedida hacia atrás antes de caer al suelo de la azotea con un golpe sordo. Su cuerpo rebotó una vez… y quedó inmóvil.

  —Ocho —dijo Shion—. Nueve—

  Carlos cayó sentado de inmediato, como si le hubieran cortado los hilos que lo sostenían.

  —Diez.

  El mundo se apagó.

  No fue oscuridad progresiva. Fue un corte limpio. Un segundo estaba viendo el cielo gris de la azotea… y al siguiente, nada. Negro absoluto.

  Carlos soltó un gemido bajo y se llevó las manos a los ojos, que ardían como si estuvieran llenos de agujas.

  —?Joder…! —masculló entre dientes.

  Sintió cómo algo le era arrancado desde dentro. No mana, no exactamente. Era más profundo. Una sensación de vacío, de agotamiento extremo, como si hubiera forzado un músculo que no estaba dise?ado para existir.

  Shion apareció en su mente casi de inmediato.

  —Explícate —dijo, serio—. Ahora.

  Carlos respiró hondo, despacio, intentando no entrar en pánico por no ver absolutamente nada.

  —Imbuí mis ojos con mana —respondió—. No como refuerzo físico… sino como interferencia. Saturé el canal sensorial.

  Shion guardó silencio un segundo.

  —?Eso bloqueó su habilidad?

  —No la bloqueó —corrigió Carlos—. La desalineó. Su control necesita un punto de anclaje… intención, percepción. Si mis ojos no procesan como humanos normales, no puede engancharse bien.

  Tragó saliva.

  —Pero solo puedo mantenerlo diez segundos —a?adió—. Como máximo. Imbuir una parte del cuerpo de esa forma… quema todo. Y luego viene el rebote.

  —?El rebote siendo…?

  Carlos soltó una risa seca.

  —Ceguera temporal. Supongo que unos cinco minutos. Tal vez menos… si tengo suerte.

  Shion chasqueó la lengua.

  —Eres un suicida.

  —Funcionó —respondió Carlos, sin fuerza, dejándose caer completamente sobre la espalda.

  El viento le golpeaba la cara. No podía verlo, pero lo sentía. También sentía el cuerpo de Angélica inconsciente a pocos metros. Viva. Respirando. Eso era importante.

  —Funcionó… —repitió.

  Shion no se burló esta vez.

  —Sí —admitió—. Funcionó. Y ahora sabes algo crucial.

  Carlos frunció el ce?o, aún a oscuras.

  —?El qué?

  —Que puedes forzar reglas —dijo Shion—. Pero cada vez que lo hagas… el mundo te pasará la factura.

  Carlos cerró los ojos, aunque ya no había diferencia.

  —Que la pase —murmuró—. Prefiero pagar… que arrodillarme.

  El silencio volvió a caer sobre la azotea, roto solo por la respiración pesada de Carlos y el eco lejano del instituto debajo.

  Ciego. Exhausto. Pero por primera vez desde que Angélica había aparecido…

  No indefenso.

  Carlos se incorporó un poco, apoyando una mano en el suelo áspero de la azotea. El movimiento le arrancó una punzada en la sien, pero no dijo nada. Seguía sin ver absolutamente nada; el negro era total, denso, como si le hubieran cubierto los ojos con una tela infinita.

  —Shion —dijo al fin, con la voz más baja—. ?Y ahora qué hacemos con Angélica?

  No hubo duda ni pausa en la respuesta.

  —Lo normal —contestó Shion— sería matarla.

  Carlos dejó escapar el aire lentamente, como si ya esperara esa respuesta.

  —Eso no me conviene.

  —No se trata de conveniencia —replicó Shion, seco—. Se trata de eliminar una amenaza. Es una portadora de mundos completa. Viva, es un problema constante. Muerta, deja de serlo.

  Carlos apretó la mandíbula.

  —No pienso hacerlo.

  El silencio que siguió fue pesado. Shion no respondió de inmediato. Carlos podía sentir su presencia, esa presión familiar en el fondo de la mente, como una sombra apoyada justo detrás de los pensamientos.

  —Eres sentimental —dijo finalmente—. Eso te va a matar algún día.

  —Tal vez —admitió Carlos—. Pero no hoy.

  Se quedó quieto unos segundos, escuchando. El viento, algún ruido lejano del instituto, y la respiración de Angélica. Regular. Inconsciente, pero viva. Ese detalle lo tranquilizaba y lo tensaba al mismo tiempo.

  —Oye… —continuó Carlos—. Su habilidad. ?Tiene que mantenerla activa después de que alguien cae bajo su control?

  Shion chasqueó la lengua.

  —No lo sé. Nunca me he dejado dominar para comprobarlo —respondió—. Lo lógico sería que no. Muchas habilidades de ese tipo funcionan como una orden que se ejecuta sin necesidad de mantenimiento constante.

  Carlos asintió despacio, aunque nadie pudiera verlo.

  —Entonces habrá que preguntarle.

  —Qué idea tan brillante —ironizó Shion—. Preguntarle a la chica que hace que la gente se arrodille y mate con una mirada.

  —Por eso mismo —dijo Carlos—. Cuando recupere la vista… le tapamos los ojos.

  Shion suspiró, largo, claramente molesto.

  —Poco eficiente. Riesgo innecesario. Consumo de tiempo. La solución rápida sigue siendo la misma.

  —No —repitió Carlos, esta vez con más firmeza.

  Se acomodó de nuevo, sentándose con las piernas dobladas, los brazos descansando sobre las rodillas. Frente a él no había nada, solo oscuridad. Pero en su cabeza, las ideas giraban despacio, encajando unas con otras.

  —Si la matamos —continuó—, confirmamos que tenía razón al llamarme peón. Que solo somos piezas que se eliminan cuando estorban. No pienso jugar a ese juego.

  Shion guardó silencio.

  Carlos no sabía si era irritación, cálculo o simple observación. Con Shion nunca era fácil distinguirlo.

  —Además —a?adió—, todavía no sabemos todo. Cómo funciona su habilidad exactamente. Cuántos como ella hay. Quién la envió aquí. Matarla ahora es… desperdiciar información.

  —Hablas como si fueras un estratega —comentó Shion—. Pero sigues siendo un humano cansado, ciego y con el mana medio roto.

  Carlos sonrió de lado, aunque nadie pudiera verlo.

  —Y aun así te acabo de demostrar que no soy indefenso.

  Shion no respondió.

  Carlos se quedó sentado, quieto, dejando que el tiempo pasara. El negro seguía ahí, inmóvil, absoluto. No le gustaba la sensación, pero tampoco le asustaba tanto como habría pensado. Tal vez porque, por primera vez desde que todo esto había empezado, sentía que tenía una mínima iniciativa.

  No veía nada.

  Pero estaba pensando con más claridad que nunca.

  Shion rompió el silencio con un tono más inquisitivo que burlón.

  —Aún hay algo que no me has explicado —dijo—. ?Por qué te cubriste los ojos con esa tela? Podrías haberlos cerrado y ya está.

  Carlos soltó una risa corta, cansada.

  —Porque cerrar los ojos no significa no mirar —respondió—. Al menos no para ella.

  Shion guardó silencio un instante.

  —Explícate.

  Carlos ladeó un poco la cabeza, como si ese gesto ayudara a ordenar las ideas dentro de la oscuridad.

  —Cuando me tapé los ojos —continuó— pensé en ti. En cómo tú ves cosas que yo no veo. Más allá de mis ojos. Si yo simplemente los cerraba, seguía existiendo la intención de mirar, el acto. Pero con la tela… era distinto. No había información. No había enfoque. Nada que enganchar.

  Shion chasqueó la lengua, molesto.

  —Eso implica que su habilidad no se basa solo en la vista física —murmuró—, sino en la percepción consciente.

  —Exacto —asintió Carlos—. Y ahí fue cuando se me ocurrió lo del mana.

  Shion no dijo nada, así que Carlos continuó.

  —Cuando imbuyo mana en mi cuerpo, tú mismo lo has dicho: hay un aumento físico claro, pero también una sensación distinta. Como si algo se ajustara por dentro. No es solo fuerza. Es… cambio.

  —Sí —admitió Shion—. Hay una alteración perceptible, aunque mínima.

  —Entonces pensé —prosiguió Carlos—: si hago eso mismo en los ojos, aunque no se note externamente, puede que ella lo perciba. Un cambio raro. Algo que la ponga en alerta antes de que el efecto haga nada. Así que me los cubrí. Para ocultar cualquier se?al.

  Shion soltó una breve risa nasal.

  —Estás loco.

  —Puede —concedió Carlos—. Pero funcionó.

  El viento sopló con un poco más de fuerza en la azotea. Carlos notó cómo el aire frío le rozaba la piel, cómo el mundo seguía ahí aunque él no pudiera verlo. Angélica seguía inconsciente, y ese detalle pesaba como una presencia silenciosa a pocos metros.

  —No te confíes —dijo Shion—. Lo que hiciste fue forzar una solución temporal. Diez segundos. Eso es todo lo que aguantaste.

  —Lo sé —respondió Carlos—. Pero esos diez segundos me bastaron.

  Shion guardó silencio otra vez, pensativo.

  —Tu vista no tardará mucho en volver —a?adió al cabo de un momento—. El efecto secundario ya está remitiendo.

  Carlos soltó el aire con alivio.

  —Menos mal —murmuró—. Porque me arden como un demonio. Es como si me hubiera echado ácido en los ojos.

  —Consecuencia lógica —replicó Shion—. Imbuyes mana en un órgano extremadamente sensible sin ningún tipo de adaptación previa. Deberías considerarte afortunado de no haberlos da?ado de forma permanente.

  Carlos hizo una mueca.

  —Apunto mentalmente: no volver a hacerlo sin entrenar antes.

  —Apunta también —a?adió Shion— que acabas de demostrar algo importante.

  Carlos frunció el ce?o, aunque nadie pudiera verlo.

  —?El qué?

  —Que puedes interferir activamente con habilidades de alto nivel —dijo Shion—. No resistirlas. No anularlas. Interferirlas. Eso te pone en una categoría muy concreta.

  Carlos permaneció en silencio unos segundos.

  —?Una buena categoría… o una peligrosa?

  Shion sonrió, invisible pero palpable.

  —Las dos suelen ser la misma.

  Carlos cerró los pu?os lentamente, sintiendo cómo el cosquilleo en los ojos empezaba a disminuir.

  —Entonces más me vale aprender rápido —dijo—. Porque si esta es la clase de cosas que me esperan… no pienso volver a estar tan cerca de perder el control.

  Shion no respondió de inmediato.

  Pero esta vez, cuando habló, no sonaba burlón.

  —Entonces será mejor que empieces a pensar en serio qué tipo de monstruo estás dispuesto a convertirte en para sobrevivir.

  Carlos no contestó.

  Solo esperó, en silencio, a que el mundo volviera poco a poco a la vista.

  La vista regresaba a trompicones. No era un encender y apagar limpio, sino algo más sucio, más incómodo. Manchas negras flotaban en su campo visual como restos de ceniza, puntos muertos que tardaban en disiparse. Carlos parpadeó varias veces, apretando los párpados y volviéndolos a abrir, forzando a sus ojos a adaptarse.

  —Joder… —murmuró, con la voz áspera.

  Se incorporó con torpeza. Las piernas le temblaron al ponerse de pie, como si no terminaran de responderle. El uso prolongado de mana le había dejado el cuerpo pesado, lento, con una sensación de resaca que no tenía nada de mágica. Cada paso costaba.

  Angélica seguía en el suelo, inmóvil.

  Carlos avanzó hacia ella con cuidado, manteniendo la cabeza ligeramente ladeada, evitando fijar la mirada directamente en su rostro por puro reflejo. Cuando estuvo lo bastante cerca, se agachó, comprobó que seguía inconsciente y, tras dudar un segundo, la cargó sobre el hombro.

  —No me gusta esto… —susurró.

  —No te gusta nada de esto —respondió Shion—, y aun así sigues avanzando. Curioso.

  Carlos no contestó. Caminó despacio por los pasillos, de vuelta a la enfermería. A esa hora no había nadie; el silencio del edificio era inquietante, roto solo por sus propios pasos y su respiración irregular. Cada vez que su visión flaqueaba, se detenía un segundo hasta recuperar algo de nitidez.

  Al llegar, dejó a Angélica sentada en una de las sillas. Le temblaban las manos mientras sacaba unas bridas del bolsillo —ni siquiera recordaba cuándo las había cogido— y comenzó a atarla con firmeza. Mu?ecas. Tobillos. El respaldo de la silla. No demasiado apretado, pero lo suficiente como para que no pudiera moverse con facilidad.

  Luego tomó un trapo limpio y, con especial cuidado, se lo colocó cubriéndole los ojos, asegurándolo por detrás de la cabeza.

  —No pienso arriesgarme —dijo en voz baja.

  —Sigues siendo blando —comentó Shion—. Pero consistente.

  Carlos se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra la pared. Las piernas estiradas, los brazos flojos a los lados. El cansancio le cayó encima de golpe, como si su cuerpo hubiera estado aguantando solo por inercia y ahora se permitiera sentirlo todo.

  La cabeza le daba vueltas. El mana estaba casi vacío. No ese vacío limpio del otro mundo, sino uno sucio, agotador, que le dejaba los músculos pesados y la mente lenta.

  Cerró los ojos un instante… y los volvió a abrir de inmediato.

  —No —murmuró—. No ahora.

  Se obligó a mantenerse despierto, con la mirada clavada en el suelo, escuchando. Esperando.

  Pasaron unos minutos. Quizá más. El tiempo se volvió borroso.

  Entonces, Angélica se movió.

  Un peque?o gesto al principio. Un temblor en los dedos. Luego un movimiento más brusco de los hombros.

  Carlos tensó el cuerpo al instante.

  —Shion —susurró.

  —Lo sé —respondió él—. Ya despierta.

  Angélica emitió un gemido bajo, confuso. Tiró de las bridas, primero con torpeza, luego con más fuerza. Al darse cuenta de que no podía ver, su respiración cambió. Se volvió más lenta. Más contenida.

  —?Qué…? —murmuró—. ?Dónde estoy?

  Carlos no respondió enseguida. Se incorporó un poco, apoyando un brazo en el suelo, manteniendo la distancia.

  —No intentes usar nada —dijo al fin, con voz cansada pero firme—. No va a funcionar.

  Angélica se quedó quieta unos segundos.

  Luego rió.

  Una risa baja, suave… peligrosa.

  —Así que sobreviviste —dijo—. Interesante.

  Carlos apretó los dientes.

  —Se acabó el juego —respondió—. Vas a responder preguntas.

  Angélica inclinó ligeramente la cabeza, aunque no pudiera verlo.

  —?Y si no quiero?

  Shion habló entonces, su voz calmada, afilada.

  —Entonces las cosas se volverán incómodas. Para ambos.

  El silencio volvió a caer en la enfermería.

  Y por primera vez desde que todo había empezado, Carlos sintió que no estaba huyendo.

  Estaba de pie en el tablero.

  Carlos soltó un suspiro cansado y habló sin girar la cabeza.

  —Cierra el pico, Shion.

  Angélica ladeó ligeramente la cabeza al oírlo, una sonrisa ladeada dibujándose en sus labios aun con los ojos cubiertos.

  —Vaya… —dijo con tono burlón—. ?Hay algún peoncito inútil más en la sala o solo hablas solo?

  Carlos se rascó la nuca, desviando la mirada hacia el suelo, más para darse un segundo que por nervios.

  —Claro… —murmuró, casi para sí mismo—. No, ella no puede oírte.

  Luego alzó un poco la voz, ya dirigiéndose a Angélica.

  —Nada que te importe —dijo con firmeza—. Limítate a responder a lo que te pregunte.

  Angélica dejó escapar una risa breve, seca.

  —Qué decepción —respondió—. Esperaba algo más… grandilocuente. Al final sigues siendo un chico jugando a ser algo que no entiende.

  Carlos no mordió el anzuelo. Se acercó un poco más, lo justo para que su presencia se notara, pero sin entrar en su espacio directo.

  —Primera pregunta —dijo—. Tu habilidad. ?Tienes que mantenerla activa para que funcione, o el efecto persiste aunque quedes inconsciente?

  El silencio se estiró unos segundos.

  Angélica dejó de sonreír.

  —Eso ya es información valiosa —respondió finalmente—. Significa que sobreviviste porque pensaste, no por suerte.

  —No respondas con rodeos —replicó Carlos—. No estoy de humor.

  Angélica chasqueó la lengua.

  —Qué impaciente —dijo—. Depende del objetivo. En gente normal… basta con un instante. En anomalías como tú… hay que sostenerlo.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Sostenerlo cómo?

  —Con atención —contestó ella—. Con intención. Con voluntad.

  Shion dejó escapar una risa baja.

  —Interesante elección de palabras.

  Carlos ignoró el comentario.

  —Entonces, si estás inconsciente —continuó—, no puedes controlar a nadie.

  Angélica no respondió de inmediato.

  —Correcto —admitió al fin—. Pero no te emociones. No todos caen inconscientes tan fácilmente.

  Carlos asintió despacio, como si encajara una pieza más del rompecabezas.

  —Siguiente —dijo—. ?Eres la única como tú en este mundo?

  Angélica sonrió de nuevo, esta vez con algo de orgullo.

  —?Portadores de mundos? —preguntó—. No. Pero sí una de las pocas que lo entiende de verdad.

  Carlos apretó los pu?os.

  —Entonces existen más.

  —Existen —confirmó ella—. Algunos se esconden. Otros juegan a ser dioses. Y otros… —hizo una pausa— mueren antes de darse cuenta de lo que son.

  El aire se volvió más pesado.

  Carlos dio un paso atrás y se apoyó contra la pared, cruzando los brazos para que no se notara el temblor leve que aún recorría su cuerpo.

  —última por ahora —dijo—. ?Por qué atacarme?

  Angélica inclinó la cabeza.

  —Porque eras una variable —respondió sin dudar—. Y las variables se eliminan… o se controlan.

  Carlos cerró los ojos un segundo.

  —Pues te salió mal.

  Angélica sonrió, tranquila.

  —Todavía no —dijo—. Esto no ha terminado.

  Shion habló entonces, con un tono más serio de lo habitual.

  —Ten cuidado. Ella no está mintiendo… pero tampoco te está contando todo.

  Carlos abrió los ojos y miró al suelo frente a Angélica.

  —Lo sé —respondió—. Por eso sigo preguntando.

  La noche apenas había empezado.

  Carlos se rascó la nuca con gesto cansado. Todo le dolía: el cuerpo, la cabeza, incluso pensar. Angélica era un problema serio, uno que no podía ignorar ni posponer. Además, el tiempo jugaba en su contra. Si no volvía pronto a casa y dormía, Kaelis intentaría despertarlo en el otro mundo… y no podría responder. No ahora. No después de forzarse tanto.

  Angélica, aun atada, pareció notar ese instante de duda.

  —Vaya —dijo con un tono cargado de burla—. ?El peoncito tiene problemas? Te veo pensar mucho. Eso suele ser mala se?al en gente como tú.

  Carlos alzó la vista lentamente hacia ella. No había miedo en su expresión, pero sí una tensión contenida, como si cada palabra estuviera siendo cuidadosamente medida.

  —Dime algo —preguntó—. ?Sabes qué soy?

  Angélica guardó silencio unos segundos. No por confusión, sino porque estaba evaluándolo.

  —No exactamente —respondió al final—. Pero no soy idiota. Has hablado de portadores de mundos, así que supongo que tú eres uno. Aunque… —sonrió de lado— bastante mediocre.

  Carlos no reaccionó.

  —Por cómo combatiste —continuó ella—, parecías débil. Sin técnica refinada, sin control real. Y, sobre todo, sin mana visible. Pensé que quizá no tenías habilidades mágicas. Solo un cuerpo algo reforzado.

  Carlos vio la oportunidad y no la dejó pasar.

  —Es así —afirmó con calma—. Mi otro cuerpo es puramente físico. Lo único que gano aquí es un poco más de fuerza. Nada más.

  Angélica soltó una carcajada breve.

  —Mientes fatal.

  Carlos frunció apenas el ce?o.

  —Si fuera solo físico —prosiguió ella—, mi habilidad te habría atrapado sin resistencia. No la esquivas con músculos. No la bloqueas con reflejos. La evadiste porque interpusiste algo más.

  El silencio se volvió incómodo.

  —Es lista —murmuró Shion dentro de su cabeza—. Demasiado. Ya deberíamos haberla matado.

  Carlos apretó los dientes.

  —Cállate, Shion —susurró entre dientes, sin apartar la mirada de Angélica.

  Ella alzó una ceja, divertida.

  —Ah… ya veo —dijo lentamente—. Así que no era una metáfora.

  Carlos maldijo internamente.

  —Además de mentiroso —continuó Angélica—, pareces esquizofrénico. O eso… o en esa cabecita tuya hay alguien más acompa?ándote.

  Carlos no respondió de inmediato. El cansancio pesaba, pero su mente seguía funcionando a toda velocidad. Cada segundo que pasaba era una cuenta atrás: su cuerpo humano necesitaba dormir, y Angélica estaba demasiado cerca de entender cosas que no debía.

  —Digamos —dijo por fin— que no estoy solo.

  Angélica sonrió, satisfecha.

  —Entonces es peor de lo que pensaba —dijo—. Un portador incompleto… acompa?ado.

  Shion soltó una risa baja, peligrosa.

  —Está empezando a unir piezas que no debería.

  Carlos lo sabía. Y también sabía otra cosa: cuanto más entendiera Angélica, más difícil sería dejarla con vida… o dejarla libre.

  Y aun así, no podía matarla.

  Todavía no.

  —Mierda… —murmuró Carlos, casi para sí—. Tocará hacerlo.

  Se incorporó con esfuerzo y dio un par de pasos vacilantes hasta quedar frente a Angélica. El cansancio le pesaba como plomo en los huesos, pero no se detuvo. Alzó la mano y le tomó el rostro con firmeza, obligándola a quedarse quieta.

  —Vaya —dijo Shion, con un tono cargado de satisfacción—. Al final sí que tienes agallas. Bien hecho. Ibas a matarla, ?eh?

  —Cállate —respondió Carlos entre dientes.

  Angélica frunció el ce?o, molesta más que asustada.

  —?Y bien? —preguntó—. ?Qué crees que estás haciendo ahora?

  Carlos no respondió. Con un movimiento brusco, le arrancó el trapo que le cubría los ojos.

  —Eres un tonto —dijo Angélica al instante, alzando la mirada para clavarla en la suya—. Ya es tarde para—

  Se quedó en silencio.

  Sus pupilas se contrajeron.

  Los ojos de Carlos… no eran normales.

  Eran rojos. Del mismo rojo intenso y antinatural que los de ella.

  Angélica abrió la boca para decir algo, para ordenar, para imponer su voluntad… pero algo falló. La conexión no se estableció como siempre. En cambio, sintió una presión inversa, una sensación desagradable, como si su propia habilidad hubiera rebotado.

  —?Qué…? —alcanzó a decir.

  Carlos cayó hacia atrás de golpe, soltándole la cara, como si le hubieran cortado los hilos que lo sostenían. Su cuerpo impactó contra el suelo con un golpe seco. El mundo volvió a oscurecerse de inmediato.

  Ciego otra vez.

  Completamente exhausto.

  —?Qué has hecho? —preguntó Shion al instante, con un tono que por primera vez rozaba la incredulidad.

  Carlos soltó una carcajada débil, casi histérica.

  —Je… je… funcionó…

  Angélica se removió en la silla, forcejeando, pero entonces su cuerpo se tensó. Sus manos dejaron de moverse.

  —Ayúdame a sentarme —dijo Carlos con voz ronca.

  El silencio fue absoluto.

  Luego, contra toda lógica, Angélica se levantó de la silla y fue hacia él. Lo tomó por los hombros con brusquedad, claramente enfadada, y aun así obediente. Lo ayudó a incorporarse y a apoyarse contra la pared.

  —??Qué demonios es esto?! —espetó ella—. ??Cómo es posible?!

  Carlos respiraba con dificultad, pero sonreía.

  —Ah… eso —respondió—. Supongo que ahora sabes cómo se siente.

  Angélica apretó los dientes, temblando de rabia.

  —Mi habilidad… —murmuró—. Esto es mi habilidad. ?Cómo la estás usando tú?

  Shion apareció reflejado en el espejo cercano, con los ojos muy abiertos.

  —No me digas… —dijo lentamente—. ?La copiaste?

  Carlos ladeó la cabeza, todavía con los ojos cerrados, como si el simple gesto fuera agotador.

  —Copiar… imbuir… forzar el flujo —respondió—. Llámalo como quieras. Vi cómo funcionaba. Vi la estructura. Solo necesitaba un canal.

  Shion chasqueó la lengua, entre molesto y fascinado.

  —Estás loco.

  Carlos rió de nuevo.

  —Probablemente.

  Se giró ligeramente hacia Angélica, aun sin poder verla.

  —Escucha bien —dijo, ahora con un tono firme—. Ahora estás bajo mis órdenes.

  Angélica apretó los pu?os, el cuerpo rígido, luchando contra algo que no podía romper.

  —Esto no debería ser posible… —susurró—. Nadie puede usar esto contra mí.

  —Pues mírate —replicó Carlos—. ?Cómo se siente probar tu propia medicina?

  El silencio que siguió fue pesado, cargado de tensión. Carlos estaba al límite, su energía prácticamente agotada, la vista completamente anulada. Sabía que no podía mantener aquello mucho tiempo.

  Pero durante esos segundos…

  Por primera vez desde que Angélica había entrado en su vida, la balanza estaba de su lado.

  —Coge mi móvil —ordenó Carlos, con la voz cansada pero firme—. Desbloquéalo.

  Angélica se tensó de inmediato. Sus dedos temblaron levemente, como si su propio cuerpo se negara a obedecer, pero aun así se inclinó, recogió el teléfono del suelo y lo sostuvo con rigidez. Sus ojos rojos brillaron con rabia cuando pasó el dedo por la pantalla y lo desbloqueó sin decir una palabra.

  Carlos respiró hondo, intentando ignorar el ardor que le recorría todo el cuerpo. Era como si cada músculo estuviera siendo exprimido desde dentro.

  —Ahora dime —continuó—. ?Tienes alguna habilidad de transporte… o de ocultación?

  Angélica apretó los dientes.

  —No tengo por qué—

  Su voz se quebró a mitad de la frase. Frunció el ce?o, claramente luchando contra la orden, pero la presión era demasiado fuerte.

  —…sí —escupió al final—. Tengo una habilidad de ocultación. Se llama Sigilo.

  Carlos inclinó un poco la cabeza.

  —Explícala.

  Angélica tragó saliva, humillada.

  —Borra mi presencia —dijo—. Visual, mágica y… en parte conceptual. La gente simplemente no me percibe. No me recuerdan mientras está activa.

  Hizo una pausa, molesta consigo misma.

  —Pero se desactiva si toco a alguien. El contacto directo rompe el efecto.

  Carlos cerró los ojos con fuerza, aliviado.

  —Como pensaba…

  Shion, reflejado en el espejo, sonrió de lado.

  —Qué conveniente.

  Carlos ignoró el comentario.

  —Llama a mi padre —ordenó—. Pon el móvil en mi oído.

  Angélica se quedó quieta un segundo más de lo necesario, fulminándolo con la mirada, pero al final obedeció. Marcó el número con movimientos bruscos y, cuando la llamada fue respondida, acercó el teléfono al oído de Carlos.

  —?Carlos? —se escuchó la voz de su padre al otro lado—. ?Pasa algo?

  Carlos tragó saliva y forzó un tono lo más natural posible.

  —Eh… no, todo bien. Solo llamaba para avisar de que hoy no vuelvo a casa. Me voy a quedar en casa de un amigo.

  —?Tan de repente? —preguntó Kenichi—. ?Y la ropa? ?No necesitas nada?

  Carlos soltó una peque?a risa falsa.

  —No pasa nada. Me prestará un pijama o algo. Tenemos que terminar un trabajo y se nos ha hecho tarde. Ma?ana vuelvo.

  Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

  —Está bien… —dijo su padre al final—. Ten cuidado, ?sí? Y avisa si pasa algo raro.

  —Lo haré —respondió Carlos—. Buenas noches.

  —Buenas noches.

  La llamada terminó. Angélica retiró el móvil con brusquedad, como si quemara.

  Carlos dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde hacía rato y dejó caer la cabeza contra la pared.

  —Joder… —murmuró—. Me arde todo el cuerpo.

  Sentía pinchazos en las extremidades, un hormigueo desagradable detrás de los ojos y una presión constante en la sien. El uso prolongado de la habilidad copiada estaba pasando factura.

  —Era de esperar —comentó Shion—. Estás forzando algo que no es tuyo.

  Carlos dejó escapar una risa seca.

  —Al menos tenía razón —dijo—. No hay que mantenerla activa. Si hubiera tenido que sostenerla todo el tiempo… estaría muerto ahora mismo.

  Angélica apretó los pu?os.

  —Esto no ha terminado —dijo con voz baja, cargada de odio—. En cuanto se rompa tu control—

  Carlos giró un poco la cabeza hacia ella, aun sin poder verla.

  —Cálmate —respondió—. No me interesa matarte. Pero tampoco voy a dejar que andes suelta por ahí.

  Shion ladeó la cabeza.

  —Sigilo, control mental, y ahora derrotada por su propia habilidad… —murmuró—. Qué ironía.

  Carlos cerró los ojos con fuerza, respirando hondo para ignorar el dolor.

  Sabía que el tiempo corría en su contra.

  Sabía que aquello no podía durar.

  Pero también sabía una cosa con total certeza:

  Por primera vez, no estaba reaccionando.

  Estaba tomando decisiones.

  Angélica apretó la mandíbula cuando Carlos le hizo la pregunta.

  —?Puedes usar Sigilo en otros? —dijo él, con voz baja pero autoritaria.

  Hubo un segundo de silencio tenso.

  —…sí —respondió ella entre dientes—. Puedo.

  Carlos ladeó un poco la cabeza.

  —Explícalo.

  Angélica cerró los ojos con fuerza, luchando inútilmente contra la orden.

  —Tengo que tocar a la persona —empezó, claramente molesta—. Mientras mantenga contacto directo, puedo extender el efecto. Una vez aplicado, Sigilo se queda anclado durante un tiempo limitado, aunque ya no esté tocando al objetivo.

  Chasqueó la lengua.

  —Consume bastante maná. No es algo que use a la ligera.

  Carlos miraba despacio, aunque ella no podía verlo.

  Pensó durante unos segundos. El ardor en su cuerpo seguía ahí, pero su mente estaba sorprendentemente clara.

  —Bien —dijo al final—. Entonces me vas a llevar a tu casa.

  Angélica abrió los ojos de golpe.

  — ?Estás loco? —espetó—. Si crees que voy a—

  —Es una orden —la interrumpió Carlos, sin alzar la voz.

  El cuerpo de Angélica se tensó por completo. Sus dedos se crisparon, sus hombros temblaron de pura rabia… y aun así, dio un paso adelante.

  —La llevas clara… —murmuró— …pero obedeceré.

  Carlos sintió cómo una mano se posaba sobre su brazo. Un frío extra?o, casi como si el mundo se apagara un poco a su alrededor, lo recorrió de arriba abajo.

  —Ya está —dijo Angélica—. Sigilo aplicado.

  Carlos frunció ligeramente el ce?o. No sentía nada distinto en su cuerpo… pero algo le decía que el entorno había cambiado.

  —Perfecto —respondió—. Ahora guíame. Estoy ciego.

  Angélica soltó una risa seca, sin humor.

  —Esto es humillante…

  Aun así, comenzó a caminar, llevándolo con cuidado. Carlos avanzaba a ciegas, confiando únicamente en el tacto de su mano y en la dirección que ella le marcaba. Atravesaron calles, cruzaron portales, subieron escaleras. Carlos notaba el cambio de superficies, el eco de los espacios cerrados, pero nadie los detenía. Nadie se giraba. Nadie reaccionaba.

  Era como si no existiera.

  Finalmente, Angélica se detuvo.

  —Hemos llegado —dijo en voz baja.

  La puerta se abrió.

  -?Angélica? —sonó una voz femenina—. ?Por qué llegas tan tarde, cari?o?

  Carlos contuvo la respiración.

  —Se me alargó el primer día —respondió Angélica con sorprendente naturalidad—. Ya sabes, papeleos, profesores… esas cosas.

  —Entiendo —dijo la mujer—. ?Todo bien?

  —Sí, mamá. Estoy cansada. Voy a mi habitación.

  —No te quedes despierta hasta tarde.

  Los pasos se alejaron.

  Angélica empujó suavemente a Carlos otra vez, guiándolo por el pasillo. Abró una puerta, la cerró tras ellos y solo entonces soltó su brazo.

  —Estamos en mi habitación —dijo con voz tensa—. Nadie te ha visto.

  Carlos dejó escapar el aire lentamente y se dejó caer en el borde de la cama.

  —Bien —murmuró—. Primera fase completada.

  En el espejo del armario, Shion apareció con una sonrisa ladeada.

  —Te has metido directamente en la guarida del lobo —comentó—. Interesante elección.

  Carlos, todavía con la visión negra y el cuerpo ardiendo, apoyó los codos en las rodillas.

  —No tenía muchas opciones —respondió—. Pero aquí, al menos, no soy un objetivo público.

  Angélica lo miró con puro odio.

  —Esto no va a acabar bien para ti.

  Carlos suena levemente, cansado.

  —Probablemente —admitió—. Pero tampoco iba a acabar bien si no hacía nada.

  El silencio se sentó en la habitación.

  Por primera vez desde que Angélica había aparecido en su vida, Carlos tenía algo parecido al control de la situación.

  Aunque fuera temporal

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