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Capítulo 14: Castigos (Inicio)

  Capítulo 14: Castigos

  Selene sabía que había dado un paso muy arriesgado en la clase de Silas. Lo sentía vibrar aún en la punta de sus dedos, como una descarga eléctrica que se negaba a abandonar su cuerpo. Era un riesgo que tenía que correr, y en el fondo, siempre supe que llegaría ese momento. El ECO no es algo que se pueda controlar; es una fuerza de la naturaleza que te arrastra cuando menos lo esperas.

  Caminaba hacia su habitación con el eco de las palabras del profesor aún rebotando en sus sienes. Era la última clase del día y necesitaba, con una urgencia casi desesperada, ponerse cómoda antes de bajar al Gran Salón comedor. Pero la mente de Selene era traicionera; no podía dejar de repasar cada segundo vivido bajo la mirada de Silas Grieve.

  De pronto, la vibración de su móvil la devolvió a la realidad. Tenía varios mensajes de WhatsApp acumulados de Iris.

  Iris: ?Dónde te has metido? Iris: ?Oye! Tengo planes para luego. ?Dónde estás? > Iris: Respondeeee.

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  Selene suspiró, sintiendo un leve alivio al leer la insistencia de su amiga. Rápidamente, tecleó una respuesta mientras doblaba la esquina del pasillo hacia su ala.

  Selene: Voy a mi habitación a cambiarme. Dame media hora y nos vemos en la Plaza de los Fundadores, necesito que me dé un poco el aire. Iris: Ok!

  Se acercó a la puerta y, con un leve pitido, la tecnología de reconocimiento se activó abriéndole el paso de inmediato. Al entrar, el aroma la envolvió como un abrazo: naranja con canela. Era el nuevo perfume que le había regalado su hermana antes de entrar en la academia. Selene siempre había sido muy maniática con los olores; para ella, el aroma de su cuarto era su único refugio real.

  Como no había tenido tiempo de recoger con las prisas de la ma?ana, decidió ponerle ritmo al caos. Buscó en su lista de reproducción y seleccionó a M83. Las notas envolventes de la música empezaron a llenar las esquinas de la estancia mientras ella avanzaba, deshaciéndose de la rigidez del día.

  Se quitó la chaqueta y la blusa . Debajo llevaba un sujetador deportivo que decidió dejar puesto. Se deshizo de los zapatos y la falda, quedándose en ropa interior en mitad de la habitación. Al comprobar que el uniforme aún estaba impecable, lo colgó con cuidado en el armario.

  Fue justo al meter la percha cuando un movimiento en el exterior captó su atención.

  La ventana estaba abierta; la había dejado así por la ma?ana para que la habitación se ventilara. Al acercarse para cerrarla —pues el aire de la tarde empezaba a enfriar su piel desnuda— se quedó petrificada.

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