***Punto de vista de Kanea***
Entre el humo de la madera y los cuerpos quemados, el cuerpo de Víctor yace boca abajo y de la comisura de sus labios corre sangre. Un recuerdo me asalta: una mano tendida en medio de la sala, y las lágrimas comienzan a brotar. Pero antes de poder acercarme más, una voz femenina ordena:
—Los que aún puedan moverse, tomen a los heridos y llévenlos al salón de reuniones; allí podrán ser atendidos.
Al voltear, reconozco esa voz. Es Daina, con un brazo herido y su lanza rota en la punta, sostenida torpemente con su otra mano. En sus ojos veo que observan mi cuerpo al notar cómo tiemblo sin control, y la sensación de un miedo profundo se desborda, hasta que mi mente no puede soportar más y mis sentidos se desvanecen.
En la oscuridad, los recuerdos de mi hermana, mi madre y los inexistentes recuerdos de mi padre pasan frente a mí como una obra de teatro, y mi propia culpa comienza a atormentarme. Con cada recuerdo, las ganas de romper ese vidrio que me retiene me sobrepasan; cada golpe no sirve de nada, esa fuerza se mantiene inmóvil hasta que la sangre es lo único que cambia en ese cristal y mis gritos ahogan las risas de mi familia.
—?Mamá! Por favor…
Esa frase se repite una y otra vez, hasta transformarse en un susurro. A medida que ese susurro se desvanece, la oscuridad comienza a absorber mis extremidades, llevándose consigo la sensación de quietud. Pero antes de poder consumirme por completo, una luz cálida surge desde mi pecho. Una voz, diferente a ese susurro que intentaba consolarme, me habla claramente:
—Mi hermana.
Al abrir los ojos, mi pecho sube y baja demasiado rápido, mientras mis lágrimas desbordadas ahogan mis sentidos, al punto de que solo puedo sentir mis propios latidos. Una necesidad urgente de correr crece dentro de mí, intentando ponerme de pie, pero unas manos cálidas me detienen.
—?Q-qué pasó? ?D-dónde estoy? —pregunto sin poder enfocarme en la due?a de la voz.
Sin respuesta, mis movimientos se vuelven más agresivos. La calma que trataba de establecer lucha contra la desesperación y el miedo que siguen firmes en mi corazón, pero esas manos, con más firmeza, me aprietan en un abrazo cálido por un largo tiempo, hasta que logro ver el rostro de Sey, con sudor en la frente.
—Respira, solo debes calmarte.
—Y-yo estoy... asustada.
—?Cuánto pasó? —logro articular.
—Solo unas cuantas horas.
Parpadeando varias veces, las voces de personas susurrando comienzan a filtrarse en mi oído. Al mirar a mi alrededor, los cuerpos yacen en el suelo, quejándose levemente, como si tuvieran pesadillas de las que no pudieran despertar. Esa luz tenue que iluminaba el salón daba una sensación de escalofrío. Al mirar hacia otro lado, veo a algunas personas atendiendo a más heridos que aún se retorcían sin conciencia.
—?Qué está pasando? —cuestiono, acomodándome levemente en el suelo.
—Tienes que descansar.
—Por favor, se?orita Sey —ruego, antes de que se niegue.
—Mmm... son heridos. Aún no hemos reunido a todos y no tenemos suficientes personas.
—?Pero por qué...?
—?Por qué no se despiertan? No lo sé, pero si no fuera por lo que Víctor me ense?ó, no podría haberte despertado —responde mientras se acomoda a mi lado.
—?Y Víctor...? —trato de preguntar.
Los labios de Sey permanecen cerrados. El ruido de los pocos médicos y personas sollozando sofoca el silencio.
—Está inconsciente, Kanea. Le prestó su habitación, pero aún no despierta. Las heridas tal vez tarden un poco más.
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Al observar los alrededores y los cuerpos con heridas torpemente curadas, el olor de hierbas medicinales rodea toda la sala. Las personas lloran con los ojos cerrados, y la misma voz que habló antes de despertarme llega a mí, trayendo una sensación de calma que aclara mis ideas.
—Entonces... ?en qué puedo ayudar? —pido mientras me pongo de pie con dificultad.
—K-Kanea, no deberías —pide Sey, sorprendida.
—Por favor, no creo que estés en posición para negarte —le digo, extendiendo mi mano.
—?Por qué?
La palabra de la sacerdotisa flota en el aire, junto con mis recuerdos, y la desesperación que sentí al recordarlos es rápidamente sofocada por esas palabras que jamás pensé volver a escuchar: "hermana", y la calidez inherente a ellas.
—Yo solo... quiero hacerlo —las palabras simplemente salen.
—?Aaahhh! Jóvenes, tan impulsivos como siempre —se burla la sacerdotisa.
Poniéndose de pie, el ruido de la madera cruje bajo sus pies. Sus órdenes son claras:
—Toma vendas que están en un recipiente cercano a la puerta y comienza a atender a los pacientes. La prioridad son los más graves y aquellos que no pueden despertar. ?Sabes algo de medicina?
—Sí, una sacerdotisa me ense?ó —el recuerdo de Emma ense?ándome en el hospital llega a mi mente.
—Vamos.
Fue lo último que dijo antes de mandarme a revisar a los heridos que aún entraban por la puerta. Recordaba que aún no salía el sol. Cada uno de ellos tenía heridas de la batalla, y el olor fue lo primero que me golpeó: sangre, carne quemada y sudor queman mi garganta con cada inhalación. Los minutos pasaron en el olvido y la imagen de Víctor postrado en la habitación de Nehari, indefenso, provocó un peso en mi cuerpo.
Algunas heridas eran graves, otras desaparecerían sin dejar rastro en cuestión de semanas, pero lo único que tenían en común era que, al menos la mayoría, no despertaban, a pesar del dolor y el movimiento. Al revisar con detalle el costado de su espalda, encontré una marca semejante a la mía, pero con patrones mucho más complejos que se extendían por todo su cuerpo de manera lenta, apestando más que las propias heridas.
—No lo mires por mucho tiempo, o te dará un dolor de cabeza fastidioso... créeme.
Volteando con asombro, veo a Daina sosteniendo a un herido leve con su brazo bueno y el otro envuelto en vendas ya sucias.
—D-Daina, déjame ayudarte —tartamudeo, nerviosa.
Al ayudar al herido, lo dejamos en un espacio desocupado en el suelo. Reviso en busca de heridas escondidas y, después de unos minutos, los mismos signos se presentan en él.
—?Puedo cambiar tu venda? —pregunto.
—Necesitas descansar —ordena Daina.
—Estoy bien, por favor, déjame cambiar tus vendas. Yo tengo las mías —extiendo mis manos para deshacer las vendas.
—Kanea... tienes que descansar —toma mi mano antes de que pueda tocar su brazo.
—Yo...
—Te dejaré cambiar mis vendas, pero debes descansar. No servirás de nada si te desmayas en medio de este lugar —opina mientras examina el lugar apenas ocupado por personas que sabían algo de medicina básica.
—Yo estoy bien, hablaré con la se?orita Sey y saldré en un momento.
—?También...? ?Lo visitaste?
—Sí, Víctor solo está... cansado.
Asintiendo, Daina se sentó para dejarme cambiar sus vendas. Al quitar la parte sucia, el olor a piel quemada se hizo presente rápidamente. Al dar un suspiro casi inconsciente, el impulso de usar magia sanadora ganó sobre mi razón. Una sensación de cansancio nubló mis sentidos por un instante.
—Kanea, no deberías hacer eso. Aún no estás bien.
—No te preocupes, estaré bien solo unos segundos más.
Al pasar esos segundos, el olor a carne quemada se atenuó levemente y su brazo logró sanar un poco más. Un agradecimiento y la orden de descansar fueron lo último que me dijo antes de salir de la sala. Cerrando los ojos, pude escuchar el cansancio que mi cuerpo estaba gritando. Hablando con la se?orita Sey, un poco de agua y un agradecimiento fueron lo que me dio antes de regresar a curar a la persona que tenía delante, concentrándome casi de manera hipnótica.
Al salir de la sala, la luz de la ma?ana me deslumbró por un instante, hasta que logré ver un lugar que, hace un día, estaba lleno de vida, ahora reducido a escombros y lágrimas de personas que eran felices con lo que tenían. Caminando por los alrededores, el aroma a madera quemada aún se podía sentir en el aire. Al cruzar una calle, vi a una ni?a de no más de cinco a?os sentada junto a su mamá, con una mirada perdida.
Viéndose el deseo de animar a la ni?a surgir en mi interior, busqué entre mis bolsillos. Un pergamino de un espíritu de fuego se hizo presente. Tomándolo entre mis manos, con un poco de maná y mi intención, logré activarlo, haciendo que revoloteara entre la figura de la madre y la ni?a. Esta última se dio cuenta y comenzó a perseguir al espíritu, como solo una ni?a de su edad puede hacer.
La mujer, tal vez perdida en su tristeza, no lo notó. Acercándome a ella, le extiendo mi recipiente de agua, que aún seguía perdida en sí misma. Entre el silencio, ella dijo:
—Mi familia... mi esposo —habló, conteniendo las lágrimas.
Sé lo que ella quería decir, a pesar de que su fuerza para terminar la oración se perdió al ver los escombros. Mil palabras de consuelo pasaron por mi cabeza, pero a pesar de ello, todo se sentía vacío y lo que salió fue:
—Qué suerte tendrá esa ni?a... Una persona le dirá cuánto le ama su familia... eso puede cambiarlo todo.
No sé si esas palabras la ayudarían, pero sus ojos, que antes parecían perdidos, lograron tomar claridad y las lágrimas comenzaron a brotar justo en el instante en que la ni?a regresó a sus brazos y pudo llorar con unas palabras.
—Tu papá te ama, mi ni?a.
Repitiendo esas palabras, la ni?a, tal vez entendiéndola, la abrazó en consecuencia y continué mi camino hasta que el centro del pueblo se hizo presente. En medio de él, la gran fogata que hacía un día llenaba de calor, ahora yace sin vida, apagada.
Viendo sin propósito las cenizas, los ruidos de personas recogiendo madera llegaron a mis oídos. Tal vez movida por curiosidad, los seguí por unas cuantas calles hasta llegar a un lugar donde las ruinas de la batalla se distinguían. La pesadez en mi pecho se sentía cada vez mayor. Entre ellas, la figura de Falu recogiendo escombros se hacía presente... tan sola, tan perdida. Al llegar junto a él, tal vez ignorándome, siguió con su acción.
—?Sabes? Las personas no se quejarán de que te tomes un descanso —bromeo.
—...
El silencio por parte de Falu fue su única respuesta.
—?Sabes? Víctor acostado en esa cama es lo más quieto que lo he visto desde que lo conozco. Ese ni?o, si no está entrenando, está tratando de sentir su maná. A veces me hace sentir perezosa.
—...
—Y eso que le ha funcionado creo que...
Antes de poder continuar, la madera acumulada en una esquina llamó mi atención y, sobre ella, rastros de sangre fresca se hicieron presentes. Volteando a ver a Falu, sus manos están manchadas de sangre, y casi sin pensarlo, las tomé entre las mías en ese instante. El deseo de haber descansado más surgió en mí.
Como si fuera un reflejo, Falu se suelta sin esfuerzo para seguir limpiando, pero yo me pongo enfrente de él, y solo entonces logra notarme.
—?Kanea?
—Creo que ambos deberíamos descansar —propongo, tomando sus manos.
Como si recién notara el dolor, Falu observa sus manos y las lágrimas comienzan a brotar de él.
—Yo... yo no hice nada. Y en el momento en que pude ayudar... me congelé.
Acercando mi cabeza a la suya, dejo que sus emociones se desborden junto a las mías, y las palabras que alguna vez quise escuchar las pronuncio:
—Todo estará bien, estoy aquí.

