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Capítulo 4: Lo que me queda

  **Punto de vista de Víctor**

  En un campo de batalla lleno de armas, sangre y cadáveres, veo a diez sombras rodeándome. Entre ellas, hay una figura mucho más oscura que se alza como un rey, un rey cuyo cuerpo está cubierto de tatuajes indescifrables. Las sombras le abren paso, y con cada paso que da, una sensación repulsiva se libera de él y se apodera de mí. Intento reunir valor para tomar una espada de las muchas que yacen en el suelo, pero mi esfuerzo provoca una sonrisa burlona en su rostro, como si considerara que lo que hago es ridículo. Al llegar frente a mí, intento balancear mi espada y, en ese instante, su mano atraviesa mi pecho. Cuando veo su garra cruzar mi cuerpo, un dolor creciente comienza a afectar mi conciencia y, en un segundo, mi visión se nubla.

  Aparezco en un cuarto humilde, iluminado por una vela sobre la mesita junto a la cama. Al intentar sentarme, el dolor vuelve a manifestarse. Al revisarlo, solo veo mi pecho intacto, sin ningún rasgu?o ni rastro de herida por las batallas que he vivido. Sin darle mucha importancia, trato de tranquilizarme para aliviarlo; comienzo a hacer ejercicios de respiración. Después de unos minutos, escucho a una mujer tratando de entrar en la habitación. Al instante, me coloco detrás de la puerta. Cuando veo entrar a una chica con capucha negra, intento atacarla, pero al ver su rostro, me detengo en seco. La chica me mira y dice:

  —Se?or, lo lamento, ?lo asusté?

  En ese instante, me doy cuenta de que mido mucho menos de lo que recuerdo haber sido cuando luchaba contra él. Interrumpiendo mis pensamientos, la chica me pregunta:

  —?Se?or, está bien?

  Con una expresión de sorpresa y confusión, la miro y le pregunto:

  —?Sabes qué a?o es?

  Con una cara desconcertada, me responde:

  —?Qué pregunta es esa? El a?o es 2010 DG.

  Al escuchar esas palabras, mi cabeza comienza a dar vueltas. Ruego por un espejo, y la chica saca uno de la cómoda. Al tomarlo entre mis manos, veo mi cabello negro y un rostro infantil; no reflejan la imagen manchada y llena de cicatrices que provocaron la guerra y los a?os de desgaste. Con una expresión preocupada, la chica me observa y dice:

  —?Está bien, mi se?or?

  Al escuchar "se?or", recuerdo que, en mi infancia, una sirvienta designada por la familia me siguió durante una peque?a parte de mi vida. Al verla, bien recuerdo su nombre: Sara. Al pronunciarlo, la chica repite:

  —?Sí!... ?se?or?

  Con la confirmación de su nombre, le pido que me recuerde todo lo que ha pasado en estos meses, sin omitir ningún detalle, por más extra?o que parezca. Con una mirada aún más confundida, Sara comienza a relatarme todo lo que ha acontecido, incluso hasta el momento en que regresé. Me tomo un instante para reflexionar y luego le pregunto:

  —?Dónde estoy? ?Y a dónde vamos?

  Con una mirada decidida, responde:

  —Estamos en una casa de seguridad de la familia y vamos en dirección a la segunda familia más importante. Solo estaba esperando a que se recuperara.

  Tomando conciencia del lugar, recuerdo que mi familia tiene casas de seguridad con un gran sistema de protección. Este yo actual no puede seguir en silencio. Trato de reunir mis pensamientos, dándole importancia a esas palabras. Le respondo:

  —Tú debes ir a esa casa, pero... yo... debo irme.

  Al escuchar esto, Sara comienza a refutarme, casi al borde de las lágrimas:

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  —Se?or, con el debido respeto... ?qué cree que está diciendo? ?Cómo que quiere ir por su cuenta? Si por alguna razón se marcha, estaría perdiendo la oportunidad de limpiar el nombre de su familia y regresarlo a su gloria. ?Usted es solo un ni?o!... ?Yo le hice una promesa a su hermana!

  Con esas palabras, muerdo mi boca para ocultar la ira y las demás emociones que me provoca su exclamación. La miro fijamente y, con ese gesto, ella da un paso atrás, más por miedo a mi mirada. Yo doy un paso adelante para expresar mi voluntad y le digo:

  —Sé lo que tratas de decir, sé lo que intentas hacer, pero al llegar allí no será como tú crees. Cuando lleguemos, tú... morirás y yo seré adoctrinado para pensar que mi familia ha hecho las cosas más horribles que te puedas imaginar. En ese momento, me usarán como un perro, acortando mi potencial y terminando con mi vida.

  Al concluir esas palabras, ella, intentando mantener su compostura, replica:

  —Usted no puede saber eso. Podemos hacerles entender. Ella me dio esto.

  Saca un reloj de su bolsillo con un peque?o dragón grabado.

  —Es la prueba de que un favor está siendo cobrado.

  —Sara... eso no les importará. Lo que mi hermana te dio fue una esperanza infundada, una idea desesperada de mantenerme vivo.

  Ella empieza a llorar y dice:

  —Ella hizo esto para mantenerlo vivo. Debemos tener fe. Si usted cree que no será posible, debo permanecer con usted. No hay razones para quedarme y que usted se vaya. Yo aún tengo una promesa que cumplir.

  Agachando la mirada, le digo:

  —Sara, mírame a los ojos... yo necesito que te quedes, que entres a esa casa como una sirvienta más y que puedas informarme sobre los movimientos de esa familia. Una sola persona puede pasar más desapercibida que alguien con un ni?o.

  Ella, desmoronándose, me dice:

  —?Qué le ha pasado? Usted está actuando de una manera diferente. Sus ojos son muy distintos a lo que eran antes de esto.

  Sacando una risa amarga, le respondo:

  —Yo no soy lo que recuerdas. Puede que me veas como un ni?o, pero dejé de serlo hace más tiempo del que crees.

  Ella se acerca temblorosa, con el peso de alguien que no entiende la carga que se le ha entregado. Me abraza y comienza a llorar, liberando todo el miedo y el dolor que ha estado conteniendo, y dice:

  —Mi ni?o... sé que no podré hacerte entender lo contrario, lo veo en tus ojos, pero necesito que me prometas algo: tú vas a cuidarte. Tú vas a vivir. Por favor, no rompas la promesa que le hiciste a tu hermana.

  Con leves recuerdos de las palabras que me dijo mi hermana, le respondo:

  —Está bien, te lo prometo.

  Alejándose un poco, saca algo más de su mano, me lo entrega junto con el reloj y dice:

  —Esto es una foto de tu hermana. Quiero que te quedes con ella y con el reloj, para que recuerdes lo que prometiste; es lo único que pude salvar de ese lugar...

  Tomando un respiro para tranquilizarse, me pregunta:

  —?A dónde irás?

  Dando un paso atrás, le digo:

  —Debo ir primero a GUARDIAN, pero no me quedaré mucho tiempo. Es solo el primer lugar, ya que continuaré moviéndome... No te preocupes, mantendré mi promesa.

  Con expresión de preocupación, dice:

  —Te daré algo de dinero y lo que sea que vayas a necesitar... Por favor, vive antes que nada.

  Esas palabras provocan en mí una sensación extra?a; a pesar de lo repentino del momento y la oportunidad inesperada de esta nueva vida, sé cómo terminará todo. Pero, aun así, asiento y le digo:

  —Yo te enviaré una forma de hacerme llegar las cartas. No te preocupes.

  Poniéndose de pie, ella dice:

  —Mi ni?o, esa mirada, esa aura que desprendes, no es solo de un ni?o. No sé qué te ha pasado, pero cuando llegue el momento, regresaré a tu lado y te protegeré.

  Sin pensarlo mucho, asiento con la cabeza. Le propongo quedarnos unos días para organizar todo y partir cada uno a su destino, y ella asiente.

  Unos días después…

  Después de organizarnos, ella me abrazó y dijo:

  —Ahora me iré, pero debes cuidarte. Si no me envías las cartas lo más pronto posible, me iré de esa casa y buscaré verte sin importar nada. Arrastraré a todos contigo.

  Con una leve risa, le digo:

  —Está bien, si todo sale bien, te enviaré la primera carta pronto.

  Ella se separa y se aleja, caminando lentamente en medio del bosque. Al irse, me dejo caer por el peso de mi cuerpo, tratando de asimilar el a?o, el lugar y la persona con la que me estaba comunicando, y todo lo que acaba de suceder. Me cuesta respirar y trato de tocar el suelo para calmarme. Tras unos minutos, logro tranquilizarme y miro al cielo... ese cielo azul que es diferente al que recuerdo. Un cielo azul oscuro, una sensación repulsiva, una sensación de muerte asechando con cada paso que doy. Al escuchar a los pájaros cantar, me pongo de pie y trato de organizar mis ideas, las oportunidades que se me presentan, la oportunidad de acabar con la guerra y lograr la victoria de la humanidad.

  Al entrar a la casa, pongo mis ideas en orden. Yo solo no puedo hacer nada. Las oportunidades para ganar la guerra que vendrá, la única que tendremos, están en cinco lugares diferentes, y en cada lugar hay un héroe que está esperando la oportunidad de brillar en esta ocasión. Ellos sí brillarán como la esperanza de las personas y no como la oportunidad de vengar al mundo... yo cambiaré eso sin importar nada.

  Al llegar la ma?ana del día siguiente, debo dirigirme a la ciudad GUARDIAN. Ese lugar es un puerto y residencia de mercenarios que se encargan de trasladar comida o personas a mi primer destino, al lugar de residencia del héroe con el que me quiero reencontrar, claro, siempre y cuando pueda pagar sus tarifas.

  Calculo que dos a?os son el tiempo que me tomará reunir todo eso, y con ese tiempo podré crear un núcleo de maná, aunque no será suficiente para formar los nervios de maná. A pesar de ello, lo importante será aprovechar el tiempo para reunir poder y cumplir mis planes. Obtener mi venganza es todo lo que me queda.

  Tomando las dos únicas cosas que tengo, salgo de la casa y me voy rumbo a GUARDIAN. Serán tres meses de viaje, sin ayuda, sin dinero o comida. Pensándolo, me provoca hambre. Colocando mi máscara mental, doy un paso adelante y entre susurros digo:

  —Te mataré aunque deba ir incluso hasta donde estás encerrado...

  Con un día de viaje, las secuelas de tener un cuerpo de ni?o comienzan a afectarme. Lo único que tengo a mi favor es el cuerpo entrenado gracias a mi primera maestra, que se enfocó en entrenar mi físico, ya que el estándar para comenzar a crear un núcleo de maná es a los doce a?os y ese estado dura tres a?os más, junto con unos dos a?os más para formar los nervios. Aun así, yo duré siete a?os en ese proceso y tuve que usar métodos poco convencionales para obtener resultados, ya que, sin talento, tardarías el doble en conseguirlos.

  Con esos amargos recuerdos, sacudo la cabeza para alejar esos pensamientos y trato de traer a la mente la idea de que ahora es diferente. Ahora tengo el tiempo necesario para obtener el poder que me permita luchar contra ese monstruo. Caminando medio día más, veo un carruaje tirado por dos caballos y trato de acercarme. Al hacerlo, veo una pareja de jóvenes y un bebé detrás. Al verlos, les pido:

  —Necesito ayuda, por favor.

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