Los días habían pasado, pero el vacío entre Maenut y Byd seguía igual de latente. Cada uno ocupado en sus propios frentes, entrenando, investigando o liderando, pero nunca en el mismo lugar. La última vez que hablaron fue durante la división del grupo… y aunque ambos sabían que cometieron errores, ninguno había dado el paso para remediarlo.
El rencor no era odio. Era decepción.
En uno de los entrenamientos rutinarios, Byd se quedó atrás mientras los demás salían. En el salón de reuniones del SOPP, repasaba en su mente todo lo ocurrido con su padre, con Maenut, con Ragknar. Sentía el peso de su impulsividad más fuerte que nunca. Justo entonces, Larssen apareció tras él, con un gesto tranquilo y una mirada más seria de lo habitual.
—?Estás bien? —preguntó, cruzándose de brazos.
—No lo sé. Supongo que no —respondió Byd, bajando la cabeza—. Sé que no fue su culpa… pero no puedo evitar pensar en lo que dije. Lo traté como si no hubiera hecho nada. Como si no hubiese perdido a alguien también.
Larssen lo observó por unos segundos en silencio.
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—?Sabes? Cuando me exiliaron, cuando todos me dieron la espalda, pensé que nadie más podía equivocarse como yo. Pero me di cuenta de algo: todos lo hacen. Lo importante no es si lo hiciste o no, sino si estás dispuesto a reparar lo que rompiste.
—No es tan fácil.
—Claro que no. Pero eso no te impide intentarlo.
Byd lo miró, confundido.
—?Y qué quieres que haga? ?Me acerque a él de la nada y diga “lo siento”? No es tan simple.
Larssen dio media vuelta y se acercó a la consola de la sala, sacando una peque?a libreta de su chaqueta. Se la entregó a Byd.
—Entonces escríbelo. No tienes que hablar si no puedes. Solo… déjaselo. Si de verdad quieres que todo cambie, empieza por decir lo que sientes. El cómo no importa tanto como el hecho de que lo digas.
Byd dudó, pero tomó la libreta. Luego de que Larssen se marchara, Byd permaneció allí, solo. Al principio no sabía qué escribir, pero las palabras comenzaron a fluir solas:
“Sé que lo que te dije fue cruel. Estaba cegado por mi dolor y la impotencia. No fui justo contigo. Yo también perdí, pero tú perdiste más, y aun así seguiste. Fuiste más fuerte de lo que yo logré ser ese día. Lo siento, Maenut. Quiero que podamos hablar como antes. Si aún queda espacio para eso.”
Doblando la hoja, la guardó en un sobre y la dejó sobre el escritorio del cuarto donde entrenaban juntos. Luego se marchó.
Horas más tarde, Maenut, quien había ido a entrenar, encontró el sobre. Reconoció la letra de inmediato. Al leerlo, no sonrió, no lloró, no reaccionó con explosiones. Solo bajó la cabeza y apretó el papel contra su pecho.
Por primera vez en días, algo dentro de él se sintió en calma.

