Sabíamos ciertas cosas sobre la siguiente prueba. Una: Rygandal usó el sótano para ello. Dos: sabíamos que se llamaba la Prueba de la Valentía. y... ya era todo. No sabíamos nada más sobre lo que sucedería.
—Bueno, ?qué es lo que está sucediendo? Porque el tráfico no avanza —preguntó papá al ver que los vehículos estaban completamente detenidos.
—Tranquilo, papá. Me puedo bajar aquí y te puedes seguir derecho —le sugerí, aunque no dijo nada, me bajé por mi cuenta.
Me despedí y caminé hacia la escuela. Me di cuenta por qué el tráfico estaba tan lento: estaban las noticias frente al colegio. Camionetas blancas con antenas parabólicas, cámaras profesionales montadas en trípodes, gente con micrófonos y audífonos corriendo de un lado a otro.
Eso es lo que el director llama "mala publicidad".
Había un anciano al frente, dando unas palabras. Era algo largo, flaco como un espantapájaros. Su cara ya arrugada tenía más pliegues que una pasa, y los grises de su cabello eran de un ligero blanco amarillento.
—Conozco a estos adolescentes desde peque?os. Es más, a muchos de sus padres desde que tenían su edad. Los abuelos de estos ni?os y yo íbamos de pesca a la tan afamada ciudad de Concordia —comentó el anciano, hablaba demasiado para su edad, con una voz rasposa que se amplificaba por el micrófono—. Como les decía, es sumamente peligroso esto que está sucediendo. ?Cómo es posible que recibí una llamada de preocupación a las casi once de la noche? ?Qué fue lo que me contaron? Que sus hijos corrieron peligro porque una criatura que definieron como un Yeti casi se los devora. Sabrá Dios cuál fue el motivo que no se los comieran en ese momento.
El sujeto procedió a sacar un cartel con letras rojas gigantes: "NO MáS CRIATURAS EN NUESTRAS ESCUELAS".
—No más falsedades ni peligros. No aceptamos a estos supuestos seres de otra dimensión —gritó agitando el cartel.
Me quedé más tiempo de lo que debí porque el reportero se acercó. Tenía ese look típico de reportero de noticias locales: traje mal planchado, gel en el pelo, micrófono con el logo del canal.
—Aquí tenemos a un joven estudiante de esta escuela. ?Nos puedes tal vez decirnos más sobre los eventos de anoche? ?Cuál es tu nombre, joven? —me preguntó, metiendo el micrófono en mi cara.
Obviamente respondí y luego procedió a comentarme si sabía algo sobre Yeto y qué opinaba sobre la situación de que un elfo diera clases en mi escuela.
—Bueno, el maestro Rygandal es bueno. No ha hecho nada malo. Sus pruebas son interesantes y quiero aclarar que cualquier explosión que haya sucedido anoche en el laboratorio fue mi culpa.
Rayos. Tal vez nadie sabía lo del laboratorio.
Dejé al reportero con cara de haber ganado la lotería informativa y me metí a la escuela, donde al verme, Félix se dirigió directamente hacia mí.
—?Zev, la maestra ángela está muy molesta porque explotaste el laboratorio! Y el director está buscando culpables del incidente de ayer. De hecho, está presionando a Rygandal para que se salga —gritó emocionado, moviendo los brazos como aspas de helicóptero.
Bueno, aparentemente sí lo sabían.
Maya se dirigió a mí con una hoja. Era una firma para que dejaran en paz al maestro Rygandal. Toda la escuela estaba muy conmocionada y apenas eran las siete cincuenta y dos de la ma?ana. El patio principal parecía mercado: grupos de estudiantes discutiendo, algunos firmando hojas, otros gritándose entre ellos.
—Demasiadas emociones en un día y no hemos llegado a las ocho de la ma?ana. Voy por un café —me limité a decir y fui al salón.
Félix me siguió, gritando que yo no tomo café.
En el salón mi mente no podía descansar, ya que todos los alumnos estaban hablando sobre la situación. El ruido era insoportable: voces superpuestas, sillas arrastrándose, alguien golpeando su escritorio para enfatizar un punto.
Había dos equipos: los que consideraban que Rygandal era peligroso y los que creían que debía seguir.
—Ajiet, ?tienes un dulce? —pregunté, necesitaba algo de azúcar para procesar todo esto.
—No, hoy no traje —contestó algo apenada, jugando con las mangas de su suéter.
Qué extra?o. Ajiet siempre trae dulces. El día de hoy es caótico sin duda. Se pondría más extra?o ya que Rygandal había entrado y, como siempre, seguía inmutable. Ni una arruga en su traje, ni una expresión en su rostro élfico.
Maya se acercó a decirle que tenía todo nuestro apoyo. él solo agradeció y dijo que los planes seguirían tal y como los había pensado. La Prueba de la Valentía continuaría.
—Les explicaré en qué consiste. Cada uno entrará al sótano y se enfrentará a un miedo propio. Cuando entren ahí, tendrán que buscar el símbolo de su valentía. ?Dónde? Donde su miedo es posible que se presente —explicaba Rygandal con esa voz neutral que usaba para todo, desde anunciar exámenes hasta decir que alguien casi murió.
La verdad, dicha explicación no nos decía nada. Como siempre, estábamos a punto de hacer algo que no entendíamos del todo. "Enfrentarnos a nuestros miedos" es muy ambiguo.
—La ilusión que he creado está protegida. Si es demasiado, saldrán en automático de ella o al tomar el símbolo de valentía. No tienen de qué preocuparse, están totalmente seguros —precisó el maestro elfo.
Genial, nada de eso sonaba "totalmente seguro".
Estábamos ahí, frente a la puerta del sótano. Ese lugar donde todos los materiales que se usan una sola vez al a?o están presentes. Ah, sí, y cuando algunos estudiantes querían venir a besuquearse o algo más también venían aquí. La puerta de metal gris tenía ese cartel deste?ido de "SOLO PERSONAL AUTORIZADO" que nadie respetaba.
Uno pensaría que la prueba iniciaba al cruzar la puerta. Grave error, la prueba empieza desde antes, desde tener que abrir la puerta y cruzar. No nos podíamos tomar a la ligera el cruzar esa puerta. No con Rygandal, sabíamos que lo que decía no era exageración ni mentiras.
Maya fue la primera en acercarse a la puerta. La abrió. No parecía nada fuera de lo común. Las escaleras bajaban hacia la oscuridad como siempre. Olor a humedad, paredes de cemento descascarado, ese frío particular de los sótanos.
Muy disimuladamente, Shaki se acercó hacia ella. Bueno, tan disimulada como se puede con un sombrero blanco llamativo y una chaqueta que parece que le robaron a Elvis Presley. Brillaba más que árbol de Navidad.
Me acerqué disimuladamente también. No parecía tener nada del otro mundo, incluso cuando bajabas las escaleras no pasaba absolutamente nada. Las paredes seguían siendo cemento gris, las tuberías oxidadas seguían goteando, las cajas de cartón con material viejo seguían apiladas...Hasta que tocabas el suelo.
Ahí ya no estabas en el sótano.
Okay, entonces el sótano literalmente desapareció y no de forma gradual y dramática como en películas. No. Un segundo estábamos ahí, al siguiente... no.
Arriba no había techo, había oscuridad, pero no oscuridad normal de apaga la luz. Era oscuridad que se movía. Como nubes negras extra espesas que respiraban, que se retorcían sobre sí mismas como algo vivo.
El suelo era peor, no era suelo real. Era niebla gris que de alguna forma te sostenía, como caminar sobre gelatina solidificada pero espeluznante. Con cada paso brillaba en rojo pálido, tipo cuando presionas tu piel demasiado fuerte. Dejaba huellas luminosas que se desvanecían lentamente.
La luz era del tipo que ves en pesadillas: gris verdosa, púrpura enfermiza, sin fuente visible. Como si el aire mismo estuviera podrido y brillara.
El aire olía a hospital mezclado con sótano mohoso y ese olor metálico de sangre mojada. Me hizo querer vomitar inmediatamente.
?Ya les hablé de los espejos rotos que mostraban versiones horribles de ti mismo? Porque los había, flotando en el aire y te susurraban tus inseguridades con tu propia voz.
Había puertas con tu nombre grabado en ellas que no querías abrir jamás. Escaleras que iban en direcciones físicamente imposibles, subiendo hacia abajo, torciéndose en ángulos que no deberían existir y figuras sin rostro que te miraban y juzgaban en silencio desde la oscuridad, sus siluetas apenas visibles.
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Ah, y el tiempo no funcionaba. Mi teléfono se congeló en 8:47 AM. Aunque Rygandal decía que todo esto era "totalmente seguro".
—Entonces —dije, mi voz sonando demasiado alta en este lugar que absorbía sonido—. ?Alguien más quiere volver al sótano normal y aburrido?
Nadie respondió.
Porque todos estábamos demasiado ocupados tratando de no mirar las cosas que acechaban en la oscuridad. Bienvenidos a la tierra hecha de pesadillas. Poblacion: nosotros y nuestros traumas.
Genial. Ahora a buscar esos símbolos.
—?Dónde iniciamos a buscar? Necesitamos un plan para esto —comentó Maya, ya recuperando su modo presidenta estudiantil organizada.
—Tal vez deberíamos buscar en aquella casa con letrero gigante que dice "Mire a Shaki" —se?alé.
Era demasiado llamativo y estaba fuera del tono de las tierras malditas. Como un anuncio de neón en medio de un cementerio.
El letrero contenía la cara de Shaki a la perfección, incluso su sombrero. Su piel de color café estaba totalmente plasmada. Brillaba, demasiado ese letrero, como un sol que quería guiarnos. Una casa de dos pisos, pintada de colores vibrantes —rosa, amarillo, verde— que contrastaban violentamente con la oscuridad alrededor.
Sin embargo, Shaki tenía miedo.
Ella negaba con la cabeza, retrocediendo paso a paso. No quería dirigirse ahí y no la íbamos a obligar. O eso pensábamos hasta que Félix llegó empujándola.
—?Déjame, imbécil! ?No me muevas hacia allá! —Shaki temblaba, sus manos tratando de aferrarse a algo, lo que fuera.
—No puedes obligarla, zoquete. ?Qué te sucede? —intenté defenderla, interponiéndome.
—Es en contra de las reglas de convivencia, Félix, obligar a un compa?ero a hacer cualquier acto en contra de su voluntad —Maya fue puntual, cruzando los brazos.
Eso ya no importaba. No sé si la íbamos a obligar o no, porque no entendí cómo de repente estábamos frente a la casa con el letrero gigante. Como si el espacio se hubiera... saltado.
La puerta se abrió de manera automática con un chirrido largo. Desde afuera veíamos cómo no tenía muebles. Solo paredes blancas y vacías.
Ahí adentro, en una mesa solitaria en el centro, estaba una medalla. Brillaba con un símbolo rúnico, como una "Q" estilizada en algún lenguaje antiguo, grabada en metal dorado.
—Shaki, ándale. Es tu medalla —Félix insistió.
—Voy a entrar. Ven, Maya —le ordené, aunque no la vi tan segura de querer meterse.
Lo que vimos fue raro. Cambiamos de una casa a un teatro en un parpadeo. Estábamos en un escenario enorme, con cortinas rojas rasgadas y polvorientas. Shaki estaba en el centro, una luz de reflector dándole directamente a ella, cegadora y cruel. Miles de personas aparecieron en el teatro, llenando cada asiento, cada palco, cada rincón.
Riéndose. Diciéndole cosas.
—Vamos, ni?a, quítate ese sombrero. O todo. Mejor todo —se escuchaba una voz demasiado grave, perversa y asquerosa. Venía de todas partes a la vez.
—Mira esta mocosa fea. Quítate del escenario —anunciaba otra voz femenina, seguida de risas que sonaban como vidrio rompiéndose.
—El miedo de ser juzgado —Maya concluyó en voz baja.
—Quítate, fea. Necesitamos alguien mejor en ese escenario —otra vez una voz distorsionada gritó.
Shaki se hacía cada vez más peque?a, o al menos eso parecía. Se encogía sobre sí misma. Sus ojos se estaban apagando de alguna forma, se cerraban lentamente, como si estuviera rindiéndose.
Me subí a su lado, rápidamente al escenario, e hice la mímica de un micrófono.
—?Damas y caballeros, con ustedes la mejor cosplayer de tres condados! —ni siquiera sé qué abarca un condado—. ?Con ustedes, Shaki! —grité estirando la "i" lo más que pude.
—?Qué estás haciendo? ?Ya enloqueciste? —cuestionó Félix desde abajo del escenario.
Maya le dio un codazo y le dio un sermón sobre apoyarnos.
—Tan hermosa. Yo admiro su trabajo —dijo Maya de una manera tan falsa que hasta dolía, pero lo intentaba.
Ahora Félix rega?ó a Maya por sonar tan poco convincente.
—?Es talentosa! —gritó Félix, subiendo también al escenario.
—?Es innovadora! —seguí.
—?Es única! —agregó Félix.
—?Es hermosa! —dije al final.
—?Hermosa? —Maya levantó la ceja y cruzó los brazos.
Al parecer sí estaba teniendo efecto lo que decíamos, ya que Shaki se levantó. Y eso que las luces se volvieron más intensas, las burlas se volvieron más grandes, más crueles, más personales y los dedos apuntaban a ella desde todas direcciones. Miles de dedos acusadores.
Era una pesadilla. Aunque en ese momento Shaki ya no se rindió, sonrió.
—Yo... yo jamás me rendiré, no importa lo que digan los demás. Seré una cosplayer. No me detendrán —Shaki dio un peque?o salto y puso sus manos en sus caderas, en pose de superhéroe.
El escenario salió volando. Desapareció sin aviso previo, como si alguien hubiera apagado un interruptor y estábamos de nuevo en la casa vacía, la única diferencia es que ahora Shaki tenía una medalla de valentía colgando de su cuello.
—Gracias, chicos. Me ayudaron a enfrentar mi miedo —Shaki me abrazó.
Ok, ok, qué bueno que estás agradecida, pero Maya está viendo y se puede enojar, así que ya quítate.
Iniciamos a escuchar un crujido. Era como madera deshaciéndose, rompiéndose desde adentro. Venía de detrás de una puerta blanca y había una luz particular filtrándose por debajo: naranja, parpadeante.
Sin duda era fuego.
—?De quién es el miedo? —Félix preguntó.
—Mío no, pero si la casa se está quemando, lo mejor es irnos de aquí —se?alé hacia la... ?Dónde demonios está la puerta de salida?
Había desaparecido. Solo pared blanca donde antes estaba.
—?Suban, suban! Vamos por las escaleras —Shaki inició a subir por unas escaleras que aparecieron en la esquina.
No llegó muy lejos. A la mitad de las escaleras, éstas se volvieron lisas como hielo, haciendo que se resbalara hacia abajo de nuevo.
—?ándale, Félix, sal por la ventana! —le ordené.
—?Y que le salgan dientes o algo? Me quedaré sin brazo —lloró Félix, literalmente con lágrimas.
Alguien aquí estaba muy callado y me di cuenta de lo que sucedía. El miedo era de Maya.
?Miedo al fuego? No, debe ser algo más que no entiendo. Maya no le tiene miedo a nada físico. Ella enfrentaría un incendio con un extintor y un plan de evacuación.
—Te ayudamos. Vamos por esa puerta —la miré directamente a los ojos, intentando transmitirle valor.
—Dame un segundo —suspiró mientras no le quitaba la mirada a la puerta blanca. Sus manos temblaban ligeramente.
Sin avisar, y sin decir nada, Maya abrió la puerta.
Reconocí inmediatamente ese lugar. Era la casa de Maya. Tenía objetos de ella: trofeos de atletismo en repisas, pósters de bandas, su mochila tirada en el sofá. Incluso fotos en las paredes. Era una réplica exacta.
?Cómo puede hacer eso Rygandal?
Definitivamente Maya no tenía miedo al fuego. Se movió por la casa como si nada, la recorrió de un lado a otro sin dudar. El fuego se extendía por las paredes, consumiendo recuerdos, pero ella no se detenía. Llegó afuera de una puerta. Una puerta de madera oscura con una placa dorada que decía "Abuela".
Ahí se detuvo.
Lo que estaba del otro lado de esa puerta era el verdadero miedo de Maya. Algo que la acechaba. ?Qué había detrás de esa puerta?
Lo que fuera fue suficiente para paralizarla.
Me acerqué lentamente, tomé su mano. No le dije absolutamente nada. Solo fui moviendo de poco a poco mi otra mano hacia la perilla.
Con fuerza, ella puso su otra mano en mi antebrazo, deteniéndome. Su respiración se volvió pesada, entrecortada. Con más fuerza me tomó del antebrazo. Hasta que al fin asintió.
Ambos abrimos la puerta.
Ahí estaba el símbolo de valentía. En la cama donde había unas ropas de anciana dobladas cuidadosamente. Una cobija tejida a mano, una foto en la mesita de noche de una mujer mayor abrazando a una Maya peque?a.
La lágrima que cayó a la cama desde los ojos de Maya se transformó en una enorme ola que rodeó nuestro alrededor, apagando todo y llevándose la casa en un torrente imposible.
Ahora estábamos en una estructura negra con dos pasillos. Era obvio de quiénes eran los miedos. Digo, cuando una placa dorada dice "ZEV" y "FéLIX" con una flecha gigante que nos dice a dónde dirigirnos, es obvio que teníamos que avanzar.
—Yo voy con Zev —dijeron en coro Shaki y Maya.
—Mira, eres popular —se burló Félix.
—Vayan con Félix. Está más tontito —sugerí para negar la atención.
No soy estúpido. No sé cuál es exactamente el miedo que va a representar. Puede ser desde las monta?as rusas hasta perder a mi familia o que encuentren mi colección de material prohibido. Hablo de puros animes ilegales, no piensen otra cosa.
Se me quedaban viendo como esperando que tomara una decisión.
Ah, no. Yo iré solo.
Corrí hacia el final del pasillo y éste parecía alargarse y alargarse, las paredes negras extendiéndose infinitamente, hasta que de pronto estábamos en un parque y había un lago hermoso, pasto verde. ?Y una monta?a rusa?
Bien, eso no era lo más raro. Lo peor era un perro animatrónico moviéndose por ahí como si nada. Creo que lo conozco. Es de hace unos a?os atrás. Dog Mania o algo así, del parque Divermania.
Si no eran buenos con los nombres en ese tiempo. A mí estaban a punto de ponerme Anacleto o Rigoberto.
Bien, pero nada de eso me daba miedo. ?Tal vez es miedo a socializar?
—Zev, hola —me llamó la atención Maya.
—Maya, decidiste acompa?arme —no voy a mentir, estoy feliz. Sonreí como idiota.
—Sí, claro. Es que creo que necesitamos aclarar esto. Yo te agradezco, pero no podemos ser más que amigos.
Ouch.
Eso fue doloroso. No creo que sea momento para hacerlo y... el miedo al rechazo. Maldita sea.
Habiendo tantos miedos, ?por qué éste? Siempre tuve miedo a ser rico. ?Dónde está mi dinero?
—Espero no da?ar tus sentimientos, pero solo te veo como amigo.
La estocada final.
Odio los rechazos. Los odio. Estoy acostumbrado, pero siempre duelen. Es como que te digan que no eres suficiente aunque hagas todo por alguien.
Aunque sabía que solo era una ilusión, dolía de verdad. Como si alguien me hubiera metido un pu?o en el estómago.
No... ?por qué estoy llorando? Patético, Zev. No, no puedo dejar que esto me derrote. Maldita sea, debo hacerle frente.
—Respeto tu decisión, Maya, y la entiendo. Podemos ser amigos. Creo que no será incómodo.
Mentira. Me dolía y no sería cómodo. Para nada.
—Te tengo un regalo. Tal vez no sea lo mejor en esta situación, pero creo que lo mereces.
Maya falsa estiró su mano. Vi lo que era: un símbolo de valentía y al tomarlo, todo el escenario abruptamente se fue, como si alguien hubiera jalado una cortina.
Ahí estábamos de nuevo, juntos los cuatro.
—?Cuál fue tu miedo? —dijimos Félix y yo al mismo tiempo.
—Tú primero —una vez más en coro.
—Oigan, ?y cómo salimos de aquí? Díganme, díganme —Shaki comentó algo frustrada, caminando en círculos.
—Estoy analizando cómo escapar. Quiero encontrar una pista en las palabras de Rygandal —le contestó Maya mientras tenía esa mirada de análisis, mordiéndose el labio inferior.
Mientras Maya hacía eso, yo intenté ver a alguien o algo que nos pudiera ayudar, hasta que noté una figura humanoide a lo lejos. Se movía de forma extra?a, con movimientos bruscos y antinaturales.
Mi vista se ajustó para ver mejor.
Un simio con la piel carcomida. De hecho, parte de su pecho estaba abierto, dejaba ver sus huesos de una manera desagradable. Costillas expuestas, músculos colgando y sus ojos... sus ojos eran completamente blancos.
—?Quién de ustedes le tiene miedo a los monos zombies de la muerte? —pregunté intentando reducir mi miedo con humor.
Todos voltearon a ver y efectivamente, ahí estaba aquella criatura. Un simio de nuestro tama?o, con cara de tener hambre y una mirada eufórica que prometía violencia.
Ah, y nos acaba de rugir. Muy molesto.

