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4. UNA MIRADA AL PASADO

  —?Chicos, no se queden ahí parados, muévanse! —ordenó Maya con esa voz de general que sacaba en emergencias—. Zev, tú vete a la salida trasera de la escuela. Félix, salta la pared izquierda e intenta asustar a la criatura. Yo iré por la derecha.

  Tenía un plan. Maya tenía un plan y yo era parte de ese plan.

  El problema era que no estaba seguro de qué se suponía que debía hacer al llegar a la salida trasera. ?Gritar? ?Agitar los brazos? ?Rogarle a la criatura sin ojos que no me matara?

  Antes de moverme, saqué mi teléfono y le tomé una foto a Rygandal porque ahí estaba nuestro querido docente elfo. Parado a unos veinte metros de distancia, observando cómo un venado mutante de su mundo se llevaba a Alma colgando de las astas.

  Sin hacer nada. Solo... observando.

  Con esa expresión neutral que podría significar esto es fascinante o espero que no mueran o ya sabía que esto iba a pasar.

  Guardé el teléfono y corrí. Vi cómo Maya corría a gran velocidad hacia la derecha. Claro, Maya también era atleta. Presidenta estudiantil, competidora nata, Y corredora. La chica era una sobresaliente profesional.

  Félix saltó la pared izquierda con una agilidad que no sabía que tenía, probablemente lo habían perseguido más veces de las que admitiría.

  No sabía cuál era el plan exacto de Maya, pero lo que Sí era claro es que yo era la carnada.

  Genial. Debo pensar. ?Era una criatura dócil que corrió por miedo? ?O era agresiva y territorial?

  Definitivamente Maya la consideraba dócil porque quería asustarla, no atacarla.

  Troté a paso veloz hacia la salida trasera del edificio, y escuché el movimiento de aquel animal corriendo hacia mí. El sonido de cascos contra pavimento. Cada vez más cerca.

  Más cerca. ?Se va a detener? ?verdad?

  Tomé rápidamente una silla de plástico que estaba junto a la puerta. Me subí a ella, dándome más altura. Levanté mi chaqueta de mezclilla con los brazos extendidos, como si fuera un pájaro gigante o algo intimidante. Realmente no sabía qué pretendía, probablemente verme como idiota.

  La criatura llegó y se detuvo en seco.

  Nos miramos. Bueno, me miró. Creo. Seguía sin tener ojos, pero sentía su mirada.

  No hizo ruidos. Solo se quedó ahí, con Alma todavía colgando de sus astas, jadeando.}

  Maya y Félix llegaron corriendo, agitados.

  La bestia movió su cornamenta de manera agresiva. Un movimiento brusco que lanzó a Alma al suelo. Ella rodó un par de metros antes de detenerse.

  Silvana y Akenev aparecieron de la nada y corrieron a auxiliarla.

  —Tranquilo... —susurré, bajándome lentamente de la silla.

  La criatura se quedó quieta. Observándome, su cola partida giraba en espirales lentas.

  Intenté calmarla. Acerqué mi brazo tembloroso hacia su cabeza. Respiré hondo.

  No podía acercarme con miedo. Los animales sienten el miedo. Aunque esto técnicamente no era un animal de este mundo, así que quién sabe.

  Con valentía (o estupidez, la línea es muy delgada), moví el brazo de nuevo y lo coloqué sobre su cabeza. Le di una peque?a caricia que yo traduciría como calma, amigo, nadie te va a hacer da?o.

  Su pelaje era suave. Más suave de lo esperado.

  La criatura empezó a desprender de su cuerpo una onda de luz rosa. Visible. Brillante. Como esas ondas de choque en las películas cuando explota algo, pero en cámara lenta. La onda nos rodeó.

  —?Qué...? —Maya dio un paso atrás.

  La escuela empezó a cambiar. Sin ningún aviso previo, como si en un archivo digital alguien hubiera hecho seleccionar, cortar, y pegar con la realidad.

  Y de repente...aparecí en otra habitación.

  No era mi habitación, no era ningún lugar de la escuela, era una sala. Sofá gastado, televisor viejo, cortinas baratas, el tipo de casa que se siente... cansada.

  Intenté buscar una salida. Abrí una puerta y ahí estaba: la sala, pero ahora con gente.

  Una se?ora joven —veinticinco, tal vez treinta a?os— claramente desesperada, gritaba hacia el piso.

  —?No, es que ya me tiene harta! —Su voz estaba al borde de quebrarse—. No se porta bien y mi hermana solo se escuda en su trabajo. No se hace responsable para nada. Miró hacia abajo, donde estaba... un ni?o.

  Un ni?o de unos ocho a?os. Peque?o. Con las mejillas rojas de rabia, llorando. Lo reconocí inmediatamente, era Félix.

  Félix de ocho a?os lanzó un plato de plástico a lo que era aparentemente su tía. El plato rebotó contra la pared.

  —?Ay, no! ?Ya ves? —La tía levantó las manos, derrotada—. Encárgate tú mamá si quieres.

  Se fue, así nada más, dejando al ni?o llorando en medio de la sala.

  El peque?o Félix salió corriendo hacia su habitación, una habitación peque?a, cama individual, pósters de equipos de fútbol y en la cama, un peluche de perrito café, desgastado por el uso.

  Lo abrazó con fuerza.

  —No es justo, Fido —Su voz era peque?a, rota—. Nunca está en casa y nadie me hace caso.

  Se acostó en la cama, mirando al techo. Vi claramente las mismas facciones de Félix —esa mandíbula cuadrada, esas cejas gruesas— pero más tiernas, más vulnerables.

  Las lágrimas rodaron por las mejillas de aquel chiquillo, me acerqué, quería consolarlo. Decirle que todo iba a estar bien, que Félix de quince a?os sería ruidoso y molesto pero también leal y protector de sus amigos.

  Extendí la mano hacia su hombro y caí.

  Literalmente caí. Mis brazos amortiguaron la caída en automático, y de repente estaba de vuelta en el patio de la escuela, con el pavimento real bajo mis manos y un dolor agudo en las mu?ecas y unas patas enormes a punto de aplastarme el cráneo.

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  Rodé por instinto puro, la adrenalina bloqueó el dolor. Estoy seguro de que me vi genial en ese movimiento. Como en las películas de acción.

  Probablemente me vi como idiota rodando en el piso, pero déjenme tener esto.

  La criatura se quedó quieta. Moviéndose de una forma que parecía... ?analítica? Como si nos estuviera estudiando tanto como nosotros a él.

  —Voy a llevar a Alma a la enfermería. —Silvana empezó a moverse, cargando a Alma del brazo.

  El venado saltó hacia ellas, bloqueándoles el paso con su cuerpo, bien, entonces no nos dejaba ir.

  —Maya, haz un plan —dije rápido—. Tengo una idea. Akenev, ?qué tan buena eres para correr?

  Akenev me hizo una se?a con la mano, algo así como decente pero no atleta.

  Suficientemente bueno. Le di un zape a la bestia en el lomo.

  La criatura hizo un sonido extra?o, algo entre resoplido y chillido. levantó las patas delanteras.

  Yo corrí, Akenev corrió detrás de mí.

  —?Akenev, intentemos que se golpee contra el árbol! —le grité, se?alándole el más grande de la escuela. Un fresno enorme que llevaba ahí desde que se construyó la secundaria.

  Corrí. Corrí con todo lo que tenía. El venado galopaba detrás de nosotros. Sentía el suelo vibrar con cada pisada.

  Unos segundos antes de estrellarnos contra el árbol, Akenev y yo saltamos hacia adelante, rodando sobre el pasto.

  La criatura no pudo frenar a tiempo, su cornamenta se enterró en el tronco del árbol de manera profund.

  Creí que iba a parar ahí, pero aunque su cornamenta se detuvo, miles de astillas peque?as y unas de tama?o más grandes salieron volando en todas direcciones como metralla.

  Me cubrí la cara con los brazos y entonces la criatura empezó a emitir esas ondas rosadas de nuevo.

  La luz nos envolvió y la realidad cambió otra vez.

  Ahora era una casa más grande. Mucho más grande.

  Habitaciones blancas con decoraciones minimalistas, muebles finos que gritaban tenemos dinero, pisos de mármol, escaleras amplias.

  Una ni?a corría escaleras arriba, con coletas negras rebotando.

  —?Papi, papi! —gritó con felicidad pura—. ?Mira, mira el baile que aprendí!

  La peque?a era fácilmente reconocible. Era Akenev.

  Akenev de siete u ocho a?os. Con el mismo cabello negro, pero sin los mechones azules. Con la misma sonrisa grande pero genuina. Sin filtros ni actuaciones.

  Dio un bailecito. Que debo admitir, para su edad, tenía talento sin duda. Movimientos coordinados y ritmo natural.

  El hombre en el escritorio —su padre, supongo— ni siquiera levantó la vista de su laptop.

  —Ah, sí, muy bonito. Listo, hija, vete a jugar a otro lado. —Le hizo una se?al de despedida con la mano. Como espantando una mosca.

  La sonrisa de la peque?a Akenev se congeló.

  Corrió a otra habitación. Donde su madre estaba profundamente dormida en un sofá elegante, con una copa de vino vacía en la mesa.

  Los pasos alegres que habían recorrido toda la casa se volvieron un son lúgubre. La peque?a que antes parecía que podía volar ahora era víctima de cadenas invisibles que la dejaban con pasos pesados.

  Se dirigió a su enorme habitación. Llena de juguetes caros, una televisión gigante y todo lo que un ni?o podría pedir y nada de lo que realmente necesitaba.

  Ni los cientos de juguetes ni la enorme tele le devolvieron la sonrisa.

  Miró por la ventana de su habitación unos minutos. Solo mirando. Como esperando algo.

  Luego se dirigió hacia un peque?o sillón que tenía junto a la ventana, se subió, y saludó hacia afuera.

  Me acerqué para ver qué estaba saludando… mi visión cambió de nuevo.

  Volví para observar cómo Rygandal estaba ayudando a la criatura a liberarse del árbol.

  Levantó su mano. De ella empezó a formarse una burbuja grande —translúcida, brillante— que envolvió la cornamenta y cara del venado. La burbuja se expandió lentamente, y las astillas que tenía encima parecieron disolverse. Simplemente... desaparecieron.

  —Coloqué unos arbustos de mi mundo para el examen. —Lo dijo con la misma tranquilidad con la que alguien dice olvidé cerrar la llave del agua—. No creí que atrajera un Ramboro.

  Akenev y yo nos levantamos del pasto. Ella me vio. Yo la vi a ella.

  Ambos habíamos visto algo. Los pasados del otros, las grietas bajo las máscaras.

  Entonces Akenev rio muy alto. Una risa genuina que me tomó completamente desprevenido, porque me di cuenta de que fui un tarado con ella.

  Su risa fue contagiosa. Me reí también.

  Así fue que volvimos al salón con una normalidad extra?a. Con un elfo llevando a un venado con poderes psíquicos fuera de la escuela, y los otros compa?eros fascinados y confundidos sobre qué realmente había sucedido.

  —Me pregunto cómo funciona esa criatura. —Maya parecía hablarle más al aire que a mí—. ?Crees que Rygandal me deje estudiarla?

  —No es necesario. Seguramente hay un Rujimon que lo explica.

  Maya levantó una ceja, así como la Roca.

  Regresamos al salón después de unos minutos. Rygandal estaba listo para revisar las evidencias de cada equipo.

  Rápido contexto sobre Alma: está bien. No tengo la situación completa, pero Alma estaba lastimada —pierna torcida, tal vez algo peor— y necesitaba ayuda médica más complicada que la que ofrece la enfermería de la secundaria.

  Rygandal la curó con alguna extra?a magia élfica.

  Según Alma, solo se acercó a su pierna lastimada, su mano dio un resplandor verde —clásico de videojuegos y anime— y quedó completamente como nueva.

  Aun así debería revisarse con una radiografía. Por si acaso.

  Bueno. Ahora quiero ver qué hicieron los demás equipos.

  —Joven Santiago. —Rygandal observó las fotos en la pantalla del proyector—. Insisto en que, si bien es inusual ver en una pared simbología no acorde a la institución...

  La foto mostraba un corazón con iniciales talladas.

  —Me parece que en Transgea tenemos este símbolo también. Un corazón hecho seguramente por una joven enamorada. —Pausa—. No es parte de la prueba.

  El equipo de Santiago no mostró más que basura. Alguien que tiró un cigarro. Cosas que si bien no eran comunes, tenían explicación lógica y cuestionaban mucho el trabajo que estaban haciendo los prefectos.

  Luego fue el turno del equipo de Akenev.

  Las chicas se sentían orgullosas. Sabían que habían juntado todas las pistas que Rygandal había dejado, ya que los otros equipos habían presentado solo una o dos.

  Ahí estaba todo: el arbusto morado, las huellas del Ramboro, unas extra?as rayas en el techo que parecían garabatos pero en observación cercana formaban un patrón.

  —Esto es una runa élfica —explicó Rygandal—. Para espantar el mal. Quiero que tengan en cuenta que, según mi criterio, nunca estuvieron en peligro real.

  Silvana dio una explicación de cómo estos factores podrían afectar el bioma escolar y los animales de nuestra comunidad. Dejó impresionado a Rygandal. Se notaba en cómo inclinó ligeramente la cabeza con interés.

  —Se?orita Castillo, joven Zev, y Félix, adelante.

  Odiaba que hiciera eso. Como si Maya mereciera más respeto que nosotros. Aunque, siendo honesto, probablemente sí lo merecía.

  Desgraciadamente no teníamos más fotos que ellas. Incluso nosotros no vimos las rayas en el techo.

  Maya presentó nuestras fotos: el hueso, las huellas, las hojas mordidas.

  —Considerando también lo que observé por parte de la se?orita Maya —dijo Rygandal—, una observación eficaz al actuar y dirigir a sus compa?eros durante el incidente con el Ramboro, declaro prueba superada a los equipos de Akenev y Maya.

  Ninguno de los seis celebramos porque eso era otra forma de decir: empate y no nos íbamos a conformar con un empate. Ni yo iba a dejar que eso sucediera.

  —Maestro, tengo una foto más, si me permite. —Lo dije algo nervioso.

  él asintió.

  Coloqué en el proyector la foto que le había tomado al inicio. Nuestro primer encuentro con el Ramboro. Cuando Rygandal solo observaba.

  La imagen apareció en la pantalla. Rygandal parado a distancia, con esa expresión neutral, mientras Alma colgaba de las astas.

  —Zev, halagar al maestro con una foto no te va a servir. —Alma lo dijo seria, pero sé que se estaba burlando.

  Rygandal se quedó viendo la foto unos segundos. Como si ponderara algo profundo.

  —Entiendo.

  ?Qué? ?Qué entiendes, Rygandal?

  —No creí que alguien tomara una fotografía de mí durante la prueba.

  Maya y Félix me estaban odiando con la mirada. Ya escuchaba el sermón de Maya, diciéndome que qué pretendía haciendo enojar a Rygandal.

  Félix me amenazaba con los ojos. El típico silencio de te veo en la salida.

  —No tengo otra opción más que considerarlo en el puntaje de la prueba. —Lo dijo muy seriamente.

  Maya estaba roja de rabia.

  —Si bien había mencionado que ambos equipos aprobaron, con esta última foto del joven Zev, debo decir que... —hizo una pausa dramática— ...ustedes tienen una calificación más alta. Los felicito. Creí que todos iban a dar por alto que yo era un factor diferente en el ambiente. Excelente observación.

  Las sonrisas de Akenev, Alma y Silvana se borraron.

  Maya estaba confundida. Se le bajó lo furioso, me sonrió. Luego miró a Félix, y me miró de nuevo a mí con una sonrisa más amplia.

  —?EN SU CAROTA! —dijo Félix efusivo mientras las se?alaba, moviéndose de un lado a otro como boxeador celebrando.

  —Ma?ana las esperamos. Apréndanse la letra. —Maya les dijo esto mientras pasaba y al pasar junto a mí, me sonrió una vez más.

  Consideré esto un final feliz. Hasta que Rygandal habló sobre la siguiente prueba.

  —La prueba número dos será ma?ana. —Hizo una pausa—. Prueba de velocidad.

  Hombre, dame un segundo para respirar. Bueno, a todos.

  ?Y qué demonios quiere decir con "Prueba de Velocidad"?

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