Necesito que entiendan algo antes de que continúe. He visto cosas raras en mi vida. Mi maestro es un elfo de dos metros. Una zeca humanoide patrulla mi escuela. Un buitre gigante intentó secuestrar a mi hermano.
Pensé que ya nada me sorprendería.
Estaba equivocado.
Porque lo que pasó después de que Santiago y Ezequiel le aventaran esa olla de aceite hirviendo al falso Rygandal...Ni en mis peores pesadillas lo imagine.
El aceite cayó sobre su cara como una cascada ardiente y la piel—porque todavía era piel en ese momento—empezó a... no sé cómo describirlo.
?Derretirse? No. ?Desprenderse? Tampoco.
Era como ver una máscara arrancándose. Pero la máscara era de carne y debajo había otra cosa. Algo negro. Algo cubierto de plumas.
—?Retroceda, váyase! —le grité al director.
No se de donde salió esa valentía, pero ni yo me estaba moviendo, porque no podía apartar la vista.
Es como cuando ves un accidente de auto. Sabes que no deberías mirar. Sabes que va a ser horrible pero tus ojos están pegados ahí, absorbiendo cada detalle enfermo.
Los gritos de Rygandal—del falso Rygandal—llenaron toda la escuela. Y esos gritos... Dios, esos gritos se iban transformando. Empezaron siendo humanos, bueno elficos, eran dolorosos y agonizantes, pero terminaron siendo otra cosa.
Un graznido. El graznido de un ave, no. El graznido de Ayaho.
Quiero decirles que cerré los ojos. Que no vi lo que vino después. Estaría mintiendo, vi todo. Cada maldito detalle.
El cuerpo empezó a crecer. No de manera gradual. No como cuando creces durante la pubertad. Era violento. Los huesos le crujían—crack crack crack—como palomitas en el microondas, pero cien veces más fuerte.
Sus brazos se alargaron, los vi estirarse. Literalmente estirarse como si alguien los estuviera jalando desde dentro. Los dedos se curvaron, las u?as se volvieron negras, largas y amarillentas.
Garras, esas malditas garras.
La ropa de Rygandal—esa camisa blanca perfectamente planchada que siempre usaba—empezó a rasgarse. Botones salieron disparados como balas. Uno me pasó rozando la oreja. Otro golpeó a óscar en el hombro.
La tela se desgarró por la espalda y las alas... Explotaron desde su espalda.
No "brotaron suavemente". No "emergieron con gracia". Explotaron.
Como si algo las hubiera empujado desde dentro con tanta fuerza que rasgaron la piel. Escuché el sonido. Ese horrible sonido húmedo de carne desgarrándose. De huesos atravesando músculo.
Sangre salpicó. Negra, espesa, como petróleo.
Las plumas empezaron a crecer. Negras y azules, algunas rotas. Algunas cubiertas de esa sangre negra. Se erizaban como las de un gato enojado.
Pero lo peor—lo absolutamente peor—fue la cara.
El rostro de Rygandal. Esos ojos grises y serenos que me habían mirado cuando me felicitó por pasar la cuarta prueba.
Empezaron a... a licuarse. Sí. Licuarse.
Como si fueran de cera y alguien hubiera prendido una vela debajo. Se derritieron. Gotearon por las mejillas. Dejaron rastros brillantes y viscosos.
Y debajo... Debajo estaban esos otros ojos amarillos. Con pupilas verticales como las de un reptil.
Los ojos de Ayaho.
El cuello se alargó. La mandíbula se desencajó con un pop. Un sonido que nunca voy a olvidar. Como cuando te truenas el cuello, pero amplificado y horrible.
La piel del rostro se deslizó hacia abajo, reveló el pico. Negro, curvo, con forma de rayo o guada?a.
Las piernas crujieron y se reformaron. Se doblaron hacia atrás. Digitígradas como las de un ave. Con garras enormes donde deberían estar los pies y entonces se alzó.
Completamente.
Dos metros y medio de pesadilla viviente, donde había estado nuestro maestro, donde había estado Rygandal.
Solo quedaba Ayaho.
Ese maldito pico que se abrió.
—Malditos... ni?os... —graznó.
Su voz hizo temblar nuestros oidos. Hizo vibrar el suelo bajo mis pies. Hizo que varios estudiantes se cubrieran los oídos gritando.
El director miró a Ayaho. Miró a la criatura que había sido Rygandal, miró esos ojos amarillos llenos de hambre y locura y se desmayó.
Cayó al suelo como un saco de papas. Honestamente, no lo culpo.
Yo también quería desmayarme, pero no pudo porque Ayaho me estaba mirando directamente a mí.
—Tú —graznó, se?alándome con una garra que era del tama?o de mi antebrazo—. Tú arruinaste todo.
Aquí es donde probablemente debería haber dicho algo heroico, algo valiente, algo digno de Percy Jackson o de cualquier protagonista de los libros que ahora sí estaba leyendo gracias a Rygandal y Maya.
Pero lo que salió de mi boca fue:
—?Yo? —mi voz salió más aguda de lo que hubiera querido—. Técnicamente tú te arruinaste solo al venir aquí.
Sí, le hablé con sarcasmo. A la criatura gigante que podía matarme con una garra porque aparentemente el sarcasmo es mi mecanismo de defensa incluso cuando estoy a punto de morir.
Ayaho inclinó su cabeza. El movimiento era todo raro. Mecánico. Como un búho estudiando a un ratón. Un ratón que está a punto de comerse.
—Arruinaste mi plan —repitió—. Arruinaste todo. Y ahora...
Extendió sus alas completamente.
Cubrieron todo el maldito patio. Bloquearon el cielo. Las plumas temblaban. Podía ver peque?os arcos de electricidad saltando entre ellas. Azules, brillantes
—...ahora todos morirán.
Oh. Genial. Perfecto.
—?Ahora, óscar! —grité.
No sé de dónde saqué la voz. Honestamente pensé que me saldría un chillido. Pero salió firme. Fuerte.
Falsa. Totalmente falsa porque por dentro estaba miandome de miedo.
óscar corrió hacia Ayaho. Llevaba un bate—uno de béisbol que habíamos encontrado en el almacén de deportes—y le había agregado unas púas de metal. Clavos. Tornillos. Lo que encontramos.
Se veía amenazante, se veía como algo que podría hacer da?o.
Ayaho lo despedazó con un solo movimiento. Un solo movimiento.
Sus garras cortaron el aire. El bate explotó. Fragmentos de madera volaron en todas direcciones como metralleta. Una esquirla me pasó rozando la mejilla. Sentí el ardor y la angre caliente corriendo.
Otra esquirla le dio a Ezequiel en la cara. Vi la línea roja aparecer. Vi su expresión de shock.
—?No está funcionando! —gritó Aijet.
Tenía razón, Nada estaba funcionando. Ayaho se lanzó hacia delante de manera rápido.
Demasiado rápido para algo de su tama?o.
He visto documentales de aves rapaces. águilas y halcones. Se lanzan en picada a velocidades insanas pero eso no te prepara para ver a un buitre humanoide de dos metros y medio moviéndose como un misil.
Sus garras se clavaron en el suelo de piedra como si fuera mantequilla.
Arrancaron surcos profundos, pedazos de concreto volaron. Rodé hacia un lado.
No lo pensé. Mi cuerpo se movió solo, puro instinto llevado por e terror.
Las garras se estrellaron donde había estado mi cabeza un segundo antes. Vi el agujero que dejaron, estaba profundo. Hubiera sido mi cráneo.
—?Dispérsense, chicos! ?Escóndanse! —grité antes de ponerme de pie.
Porque eso es lo que haces cuando no tienes idea de qué hacer. Gritas órdenes, te haces el líder, finges que tienes un plan.
Spoiler: no tenía un plan.
—?Qué hermoso! ?Qué lindo! —la voz de Ayaho era como vidrio raspando metal—. Los mandaste al peligro y ahora les pides que se escondan como si eso fuese a salvarlos, ni?o ridículo.
Colocó sus dos garras juntas. Como si estuviera aplastando algo invisible. Como si estuviera practicando aplastarme a mí.
BOOM
Algo explotó contra el pecho de Ayaho.
Daphne había lanzado uno de los frascos que Maya había preparado.
La criatura chilló. Un sonido que me hizo doler los oídos. Me hizo querer cubrirme la cabeza y esconderme.
Pero también vi el resultado. Plumas chamuscadas. Rojas, negras.con carne expuesta debajo humeando.
—Aguantó la explosión —dijo Daphne, retrocediendo.
Su voz sonaba sorprendida. Asustada.
Si Daphne—quien había pateado a Ayaho en la cara mientras estaba en llamas—estaba asustada...
Estábamos jodidos.
Ezequiel cargó desde el flanco izquierdo. Valiente idiota.
Traía una lanza de madera con la punta afilada. La habíamos hecho con un palo de escoba y un cuchillo.
La clavó en el costado de Ayaho. Se hundió profundo, vi la sangre negra brotar.
Por un segundo pensé: "Funcionó. Lo lastimamos."
Entonces Ayaho giró. Rápido y furioso. Si ya se, no digan nada, mal juego de palabras.
Su ala—esa ala enorme cubierta de plumas como navajas—golpeó a Ezequiel
El sonido fue horrible, carne contra plumas contra hueso. Salió volando, se estrelló contra una banca de piedra.
CRACK
Ese fue el sonido de algo rompiéndose. No sé si fue la banca o los huesos de Ezequiel y no quiero saberlo.
—?Ezequiel! —óscar corrió hacia él.
No. No no no.
—?óSCAR, NO!
Pero ya era tarde, Ayaho saltó.
Garras extendidas, directo hacia óscar.
Félix se interpuso, con una tapa de bote de basura. Una tapa de basura.
Contra un monstruo interdimensional. El impacto lo mandó volando. Tres metros o cuatro. Cayó y rodó.
Pero se levantó.
—Maldita sea —gru?ó, y sus brazos temblaban—. No se supone que es un anciano.
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Yo estaba parado ahí viendo todo. Mi cerebro trabajaba a mil por hora. Buscando, analizando. Intentando encontrar una solución.
Las armas no funcionan.
Los explosivos apenas lo lastiman.
Es demasiado rápido y demasiado fuerte.
?Fuego? Funcionó con el Yeto.
—?Aijet! ?La siguiente trampa está en el segundo piso!
Aijet asintió y corrió.
Ayaho voló hacia ella, iba a interceptarla, iba a matarla.
Y entonces—
Ocho explosiones.
Los cascos que habíamos colocado en el techo cayeron, directo sobre Ayaho.
Fuego y humo. El olor a químicos quemándose.
Daphne aprovechó. Lanzó otro frasco, aceite inflamable. El líquido empapó el ala izquierda.
Yo agarré una roca de los jardines. Grande y pesada, del tama?o de mi cabeza y se la aventé.
Le di en la cabeza. Su cabeza se movió. Como una cachetada y por un momento—un breve y hermoso momento—vi algo en sus ojos.
Sorpresa y dolor, pero también... Venganza.
Ayaho chilló.
No fue un grito de dolor. Fue un grito de furia.
Un sonido que parecía venir de mil gargantas. De mil pesadillas. De todo lo oscuro y horrible del mundo concentrado en un solo graznido.
Se sacudió de manera violenta y aleteó yna vez. Eso fue todo. Un solo aleteo.
El viento me golpeó como un pu?o gigante, mis pies se despegaron del suelo. Vi el cielo girar, vi el patio dar vueltas.
Volé. y me estrellé contra algo duro. El mundo se volvió blanco, uego negro, uego blanco otra vez.
Cuando pude enfocar, óscar estaba a mi lado. También en el suelo. También sangrando.
—?Estás bien? —le pregunté.
—Define "bien" —tosió.
—?Esto no se va a quedar así! —gritó Daphne.
Y entonces hizo algo que jamás voy a olvidar.
Corrió hacia Ayaho. Hacia la criatura en llamas, saltó con gracia. Con agilidad y como una maldita gimnasta olímpica. Le dio una patada en la cara a un monstruo interdimensional. Ah, si, mientras estaba en llamas.
Cayó en pose de superhéroe.
Un pie adelante. Un pu?o en el suelo. La otra mano extendida.
Perfecta.
—Sé que no es momento —le dije porque su pantalón se estaba quemando—, pero estás ardiente, amiga.
Ella apagó el fuego rápidamente. Se llevó una mano a la cintura. Me gui?ó el ojo.
—Gracias. Tú tampoco te ves mal cazando un buitre de dos metros y medio.
Sonreímos. Los dos, en medio del caos. En medio de la batalla.
Porque a veces el humor es lo único que te queda cuando todo se está yendo al carajo.
Y entonces Ayaho hizo algo que no esperaba.
Se arrancó su propia ala. La que estaba en llamas con sus propias garras.
La arrancó. El sonido fue... No tengo palabras.
Carne rasgándose. Hueso quebrándos, plumas siendo arrancadas de raíz y sangre.
Nos la aventó, aquella ala en llamas, como un proyectil incendiario.
Todos nos dispersamos, corriendo, rodando, esquivando.
El ala se estrelló contra el suelo, explotó en llamas.
Ayaho—ahora asimétrico, sangrante, con un ala menos—nos miró. Esos ojos amarillos se clavaron en mí.
—Tú... —rasposo. Horrible—. Y ese maldito elfo se entrometieron en mi trabajo. A?os de paciencia para averiguar cómo abrir dimensiones. Tu hermano, la patética criatura era el último peón que necesitaba.
Mi sangre se heló.
Grith. Estaba hablando de Grith.
—Terminó, Ayaho —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Los demás se reunieron conmigo. Con armas improvisadas. Palos. Piedras. Un extintor que alguien había agarrado.
Parecíamos un grupo de ni?os jugando a la guerra contra un demonio real.
El buitre inclinó la cabeza y sonrió.
—?Terminar? Esto apenas comienza.
Y se abalanzó más rápido que nunca. Ignorando el dolor, el ala arrancada. Ignorando todo excepto su sed de venganza.
No hubo forma de protegerme, solo sentí el impacto. Mis pies levantándose del suelo, volando hacia atrás.
Otra vez.
Me estrellé contra una pared de piedra. El dolor explotó en mi espalda. En mi cabeza. En cada parte de mi cuerpo.
El mundo se volvió borroso. Intenté levantarme. Mis piernas no respondían.
Sentí algo cálido debajo de mi cabeza, sangre. Mi sangre.
Vi a Ayaho acercándose. Cojeando, sangrando y Lisiado. Pero vivo y definitvaamente furioso.
—?Zev! —escuché gritos lejanos.
Félix cargó contra Ayaho.
Lo vi como en cámara lenta. El buitre lo apartó de un manotaz como si fuera una mosca.
óscar intentó ayudar, la cola de Ayaho lo derribó.
Aijet y Daphne lanzaban cosas. No tenían efecto, nada tenía efecto.
Y entonces Ayaho estaba sobre mí, su garra se posó en mi pecho. Presionando y aplastando. Escuché mis costillas crujir.
Tosí sangre.
—Los héroes siempre caen —susurró Ayaho, acercando ese pico horrible a mi cara—. Y yo siempre sobrevivo. No importa cómo intenten detenerme.
La presión aumentó. Sentí cómo mis costillas cedían.Cómo el aire abandonaba mis pulmones. Cómo no podía respirar.
No podía respirar. No podía.
Vi negro. Escuché zumbidos.
Mis dedos buscaron algo. Cualquier cosa, pero no había nada.
Por favor.
Solo detengan a esta cosa.
Si hoy la muerte viene por mí, lo único que pido es que protejan a mis hermanos.
Por favor, no dejen que nadie se lleve a Grith.
Especialmente esos ojos brillantes de maldad.
Por favor...
Maya
El sonido de la música llegaba desde el parque y con cada paso que dábamos este se amortiguaba en la distancia de manera casi irreal.
Akenev, Alma y Silvana habían hecho su trabajo. El concierto estaba en pleno apogeo. Casi toda la escuela estaba allí. Lejos y a salvo
o eso esperaba.
Porque si las cosas salían mal—y tenía el presentimiento de que iban a salir mal—al menos la mayoría estaría fuera de peligro.
—Maya, por aquí —susurró Marsigs, se?alando una calle lateral.
Asentí. Shaki venía a mi lado. Podía sentir su tensión, podía escuchar su respiración acelerada, me ponía nerviosa, pese que la mía también estaba acelerada.
Pero no iba a demostrarlo.
Mi cerebro estaba trabajando, analizando, encajando piezas como un rompecabezas.
Rygandal desapareció en la plaza comercial. Eso es un hecho. Zev teorizo todo y a estas alturas es difícil no creer que estemos en lo cierto,
pero ?dónde escondió Ayaho al verdadero?
Tiene que estar cerca. La magia élfica no funciona a largas distancias. Marsigs lo explicó. Para mantener el disfraz, necesita proximidad, necesita al original cerca para copiar su esencia constantemente.
Como un espejo, ?me pregunto si tienen una ciencia detrás de ello?
Un espejo que necesita el objeto frente a él para reflejar.
—No... demonios —murmuré.
—?Qué? —Shaki me miró.
—No tiene sentido. ?Cómo pudo Gregorio—Ayaho—esconder a Rygandal sin que nadie se diera cuenta? Es un elfo de dos metros. No es exactamente discreto.
Marsigs se detuvo. Se giró hacia mí.
Sus ojos brillaban con esa expresión que significa "acabo de entender algo importante".
—Por supuesto —dijo, golpeándose la frente—. Los elfos tienen marcadores sutiles en su magia. Patrones únicos como huellas dactilares. Debí haberlo notado antes.
—Si alguien lo suplantara... —empecé.
—Necesitaría mantener al verdadero Rygandal con vida. Cerca. —Marsigs terminó mi pensamiento—. Para copiar su esencia mágica continuamente. Como un...
—Un reflejo constante —dije.
—Exacto. Lo que significa que está cerca de la escuela —a?adió Marsigs, caminando más rápido—. Los elfos no pueden proyectar su esencia a grandes distancias. Esa cosa necesita proximidad.
Atravesamos callejones estrechos.
Marsigs movía los dedos en el aire. Trazando patrones invisibles y murmurando.
Se veía ridículo, pero también se veía como si supiera lo que hacía.
—?Puedes rastrearlo? —pregunté.
—La magia élfica deja resonancias. Como ecos. Si activaron la magia de Rygandal para la prueba de combate, debe haber una se?al sutil. Un cambio en el área.
Y entonces lo supe. Supe exactamente dónde estaba.
—Síganme —ordené.
No esperé respuesta, simplemente empecé a caminar hacia el lugar donde nadie se acercaría saliendo de la escuela. Al cabo de unos minutos y cruzar una avenida, el edificio viejo apareció frente a nosotros.
Ventanas rotas, puertas colgando, paredes cubiertas de grafiti descolorido. El antiguo mercado navide?o.
—?Dónde estamos? —preguntó Shaki.
Su voz estaba tensa, asustada. No la culpo. Este lugar da miedo incluso de día.
—Aquí era el antiguo mercado de ventas navide?o —expliqué—. Normalmente se rentaba. Todo diciembre estaba lleno de luces y puestos y familias comprando regalos.
Hice una pausa. Recordando.
—Llevan a?os abandonado. Hubo una explosión de fuegos artificiales ilegales. Tres personas murieron. Quince resultaron heridas.
—Y nadie viene aquí —concluyó Marsigs.
—Nadie —confirmé—. El lugar perfecto para esconder a alguien.
Marsigs se detuvo frente al edificio. Ajustó su mirada como si estuviera viendo algo que nosotros no podíamos.
—Aquí —dijo finalmente—. Está aquí. Esta sensación... leve pero diferente. La he estudiado antes. Es como... como un grito silencioso.
Un grito silencioso.
Qué forma tan poética de describir la magia de un elfo secuestrado.
Empujamos la puerta y las bisagras chirriaron. Un sonido que me puso los nervios de punta, porque en las películas de terror, cuando la puerta chirría, algo malo siempre pasa después.
Y mi vida se había vuelto una película de terror.
El interior olía a humedad., a abandono, aunque eso es una observación mas sentimental que verdadera.
Polvo flotaba en los rayos de luz. Cajas apiladas con diversos materiales que podrían ser útiles no como las lonas rasgadas y muebles rotos.
Y en el centro del espacio... Una trampilla, en el suelo.
—Una bodega tipo sótano —dije.
Obvio, pero necesitaba decirlo en voz alta para procesarlo. Para confirmar que estaba viendo lo que pensaba que estaba viendo.
Marsigs se arrodilló junto a la trampilla. La examinó.
—Parece normal. No creo que haya trampas.
—ábrela —ordené—. Muévete.
Porque el tiempo era importante, porque Zev y los demás estaban peleando contra Ayaho, porque cada segundo contaba.
Y entonces un rugido sono.
Grave y profundo. Haciendo temblar el piso de madera podrida sobre nosotros.
Los tres nos congelamos.
—No —susurró Shaki.
Su cara estaba pálida. Blanca como papel.
—No puede ser...
—El Yeto —dije apretando los dientes.
Sintiendo la frustración y el miedo mezclándose en mi estómago.
Maldita sea. Pensé que no vendría detrás de nosotros después de chamuscarlo en Halloween.
Aparentemente guardó rencor. Hizo otro rugido más cercano.
Los pasos hacían temblar el piso. Polvo caía del techo. Vigas crujían. Venía del segundo piso y bajando.
—Está entre nosotros y la salida —dijo Marsigs.
Su voz estaba tensa. Controlada, aunque podía escuchar el miedo debajo.
Tomé una decisión. Rápida, bien calculada y probablemente estúpida. Debo de dejar de juntar con Zev y Félix.
—Tú sigue abriendo eso —ordené, posicionándome entre Marsigs y la escalera—. Shaki, conmigo.
—Maya, esa cosa casi te mata la última vez —protestó Shaki.
Pero ya estaba a mi lado, porque eso es lo que hacen los amigos.
Se quedan. Incluso cuando tienen miedo.
—Y construiste explosivosivitos. Ahorita no tenemos nada, nadita.
—Lo sé —admití.
Mi corazón latía acelerado, podía sentirlo en mi garganta. En mis oídos.
—Pero si lo dejamos llegar a Marsigs, no podremos liberar a Rygandal.
El Yeto apareció en la escalera y Dios.
Su pelaje blanco estaba manchado con sangre antigua oscura.
Sus ojos rojos brillaban.
—Escúchenme —dije rápidamente.
Mi cerebro trabajaba. Analizando el espacio y las opciones. Las probabilidades. No debí calcular esas.
—No podemos vencerlo en combate directo. Necesitamos ser inteligentes.
—?Inteligentes cómo? —preguntó Shaki.
Miré alrededor.
Las vigas del techo. Podridas y débiles. Las cajas apiladas y pesadas. La estructura del edificio con a?os de abandono, a?os de deterioro.
—Vamos a derribar el techo sobre él.
—?Estás loca? ?Nos puede caer encima también!
—Por eso tenemos que hacerlo retroceder primero —repliqué—. Nos colocaremos en esa columna y cuando cuente hasta tres, nos quitaremos en el último momento.
Técnicamente era un plan terrible.
Probabilidad de éxito: aproximadamente 40%.
Probabilidad de morir aplastadas: aproximadamente 60%.
Pero era el único plan que teníamos.
No esperé respuesta, simplemente jalé a Shaki.
El Yeto ya estaba bajando las escaleras. Cada paso hacía crujir la madera y las astillas volaban.
Me lancé hacia adelante, gritando.
—?Oye, monta?a de pelos! ?Por aquí!
Porque aparentemente gritar insultos a monstruos interdimensionales es mi nueva cosa. Dios, definitivamente debo juntarme menos con esos dos.
La criatura rugió. Se olvidó de las escaleras, saltó directamente hacia nosotras.
El suelo tembló con su pisada.
La mente humana es traicionera bajo presión. Quiere entrar en pánico, quiere correr, quiere sobrevivir sin pensar.
Pero yo ya había pasado por mucho. Ya había enfrentado a Ayaho, había sido lanzada contra una pared y había visto a Zev casi morir. No iba a fallar ahora.
—?Ahora, Shaki!
Nos lanzamos rodando, en direcciones opuestas.
El Yeto se estrelló contra la columna. El impacto resonó como dos metales chocando.
Las vigas empezaron a crujir.
—Shaki, toma un tubo y golpea los metales —ordené.
Mi voz sonaba más calmada de lo que me sentía.
Shaki lo hizo, temblando, saltando con cada golpe pero lo hizo.
Las ondas se extendieron. Las vigas cedieron más. Más.
—?Chicas, es momento de bajar! —gritó Marsigs desde atrás—. ?Va a caer!
El Yeto intentó moverse, pero era tarde.
Con un estruendo ensordecedor—como si el mundo se estuviera desmoronando—el techo cayó.
Vigas., escombros, polvo. Una avalancha de destrucción.
Jalé a Shaki que se había quedado mirando.
Nos quedábamos impresionadas, congeladas porque nuestro cerebro hace eso. Quiere ver y entender. Incluso cuando deberíamos estar corriendo.
El Yeto desapareció bajo los escombros.
—?Lo matamos? —preguntó Shaki, tosiendo por el polvo.
—No lo sé —honestamente esperaba que no.
A pesar de todo, no quería matar nada.
—Pero nos dio tiempo y eso importa.
—Ya está —dijo Marsigs, golpeando el piso—. Pero tenemos que bajar rápido. No sé cuánto tiempo nos queda antes de que esa cosa se libere. No sé cómo me dejé convencer.
—Ay, sí, no sabes cómo te dejaste convencer —Shaki le hizo una se?a—. Ajá. Avánzale.
Noté el tono. La implicación.
Shaki había usado "sus encantos" para convencer a Marsigs.
No quiero saber más.
—Bajemos —ordené—. Ahora.
Descendimos por escaleras de metal.
El aire se volvió más frío. Más húmedo. Como bajar a una tumba. Marsigs iluminó el camino con su celular.
La luz temblaba. Proyectaba sombras danzantes en las paredes y entonces llegamos.
Un sótano peque?o.
Paredes de metal cubiertas de símbolos que brillaban con luz tenue verde pálida y en el centro... En el centro, encadenado a una silla con grilletes de hierro frío... Estaba el maestro Rygandal.
El verdadero. Se veía...Mal.
Demacrado, pálido. Con ojeras tan profundas que parecían huecos. Ropa rasgada. Sucia. Manchada de sangre seca.
Pero sus ojos...Sus ojos seguían siendo agudos. Alertas. Conscientes.
Cuando nos vio, algo cruzó su rostro. No estoy segura s fue esperanza o alivio.
—Se?orita Castillo... —su voz era ronca. Como si no hubiera hablado en días—. Gracias a los espíritus. Siempre supe que lo lograrían.
Algo en mi pecho se apretó.
Porque Rygandal—el maestro formal, el elfo que nunca mostraba emoción—acababa de admitir que había tenido fe en nosotros.
—Estamos aquí, maestro —dije..
—Pero tenemos que darnos prisa. Necesitamos acabar con Ayaho.
Porque Zev estaba allá afuera, peleando, probablemente muriendo, no solo el, todos.
—Lo sé —respondió Rygandal con amargura—. Sé exactamente lo que haremos. él...
Tosió.
Débil. Doloroso.
—...estaba usando humanos para intentar abrir un portal a Transgea.
Por supuesto.
La gente en las notas en su casa que intentó secuestrar como Grith.
Quería regresar a su dimensión natal.
—Debemos movernos con prisa —Rygandal nos urgió.
Incluso en su estado de debilidad, todavía estaba preocupado por nosotros.
GRRRRRR
El rugido hizo temblar el techo, polvo cayó.
—?El Yeto se liberó! —gritó Shaki.
Por supuesto que sí, gracias por la obviedad Shaki y al menos no matamos a nadie.
—?Marsigs, haz algo sobre esos grilletes! —ordené.
Sintiendo el pánico trepar por mi garganta.
—Sí, ahorita saco mis herramientas —Marsigs ya estaba rebuscando en su mochila—. Pero él es un elfo. Debería poder liberarse fácilmente.
Cierto. Los elfos tienen magia. Entonces eso quiere decir...
—Esos símbolos —dije, se?alando las paredes—. Están bloqueando su magia.
Marsigs asintió.
—Runas de supresión. Antiguas pero fectivas.
Miré entre Rygandal, Marsigs, y la escalera. Arriba, los pasos del Yeto resonaban pesados, furiosos y buscándonos.
Tomé otra decisión. Rápida, calculada y definitivamente estúpida, otra vez.
—Marsigs, tú te quedas con el maestro —dije.
Mi voz era firme. Autoritaria. Como si supiera lo que estaba haciendo.
—Libéralo y llévenlo a un lugar seguro. Shaki irá por un tubo para romper esas runas.
Hice una pausa.
—Yo seré la carnada.
—Se?orita Castillo, no puedes enfrentarlo tú sola —protestó Rygandal.
—No voy a enfrentarme a él —repliqué mientras corría hacia las escaleras
—Solo haré que me siga y me voy a esconder.
Mentira, probablemente no iba a poder esconderme, probablemente iba a morir.
Pero al menos Rygandal estaría libre.
Al menos tendríamos una oportunidad.
En el fondo—muy en el fondo donde guardaba la parte de mí que no era competitiva ni calculadora—sentía miedo.
Miedo real, miedo por Zev. Por todos ellos.
Pero también... estaba furiosa.
Porque no iba a dejar que Zev quedara como el único héroe de esta historia.
No se?or. Nadie iba a ser mejor que yo, ni siquiera en heroísmo suicida.
—Shaki, detrás de mí —ordené.
Subimos las escaleras.
El Yeto estaba en el piso principal bloqueando la puerta de salida, pero había una ventana lateral.
Rota. Accesible.
—Me voy a ir por ahí —dije—. Suerte, Shaki. Nos vemos en la escuela.
Y me lancé hacia la ventana. Sintiendo cómo la criatura respiró desde lejos.
Un sonido gutural profundo penetró como si estuviera justo detrás de mí.
Corrí hacia la escuela, hacia Zev. Hacia la batalla.
Solo tenía que encontrar un lugar seguro primero. otal vez simplemente iba a correr directo al peligro.
Como siempre, porque aparentemente eso es lo que hago ahora.

