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Ixen y Domenico

  A fin de cuentas, el hecho de haber acampado justo en la mitad del camino resultó no ser un problema ya que Ixen despertó antes de que pusieran los árboles. Después de haber dormido toda la noche amaneció lleno de energía. Miró al joven, dormido, placido, y decidió despertarlo más tarde. Así que se desincrustó el libro de la cara y fue a lavarse con agua bien fría y purificadora, como hacía cada ma?ana; no sin antes dar un paseo de reconocimiento por los alrededores y cerciorarse de que no había nadie al menos a cinco millas a la redonda.

  Tras unas increíblemente enérgicas y da?inas friegas se terminó de vestir y se consagró a sus rezos. Ese molesto murmullo debió perturbar al joven Domenico, que despertó con cara de fastidio.

  —?Qué estás haciendo?

  —?Buenos días muchacho! Siento si te he molestado. Estaba realizando mis oraciones matutinas.

  —?Oraciones matutinas? —repitió el joven entrecerrando un ojo.

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  —?Claro! Como todo buen hombre de Iglesia. ?Es que acaso a tu Dios no se le reza por la ma?ana?

  —Yo sólo rezo cuando alguien mira.

  Dicho esto, Domenico se dio media vuelta y continuó durmiendo. Mientras Ixen peleaba intentando encajar aquellas palabras, lo que consideró la verdad absoluta se apoderó de sus pensamientos: ??aquel muchacho estaba sufriendo una crisis de fe! Claaaro. Por eso el Padre Thomas le había hecho aquel encargo. Ya le extra?aba a él que le hubieran encomendado una misión tan sencilla; era algo absurdo para un hombre de su valía. Pero ahora todo cobraba sentido. El astuto y siempre sabio Padre Thomas había delegado en él para encauzar a un joven al que nadie más podría ayudar. él era sin duda el mejor exponente de rectitud que había entre sus filas, pío, muy pío y devoto, sacrificado, responsable y muy dócil.? Bueno, esto último no lo pensó, él pensó ?valiente?. Sea como fuere, él descubriría el o los motivos de la debilidad del muchacho, hablaría con él, razonaría y lo curaría. De hecho, él mismo se consideraba el mejor ejemplo. Ya sabía lo que era la tentación, la sufrió una vez, y él sólo supo curarse de tal mal. Entregaría el paquete, escoltaría al joven y además lo devolvería al camino de la rectitud con su infalible e inspiradora influencia. Si su arzobispo y su Dios le habían confiado tan delicada misión, cumpliría sus designios con éxito.

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