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Ixen y Domenico

  —?He vuelto a ganar!

  —Sí, muchacho, estás en racha —contestó el aldeano de mediana edad bastante bebido —yo me retiro, he de volver al trabajo. Pero cuando caiga el sol ?espero que me concedas la revancha!

  —Eso está hecho Floyd. ?Pero con quién jugaré hasta que vuelvas?

  —Tranquilo chico, a cualquier hora del día y en cualquiera de nuestras posadas encontrarás siempre con quién apostar.

  —Eso si no están borrachos o dormidos

  —?O ambas cosas! —y el alegre Floyd salió riendo por la puerta.

  Domenico miró alrededor: un borracho dormido, un par de se?oritas poco discretas soltando improperios, dos ancianos frente a una mesa jugando a dados, una posadera de mediana edad y enormes pechos recogiendo una mesa, tres hombres, lo que parecían ser padre, abuelo y nieto, mirándola; otros tres hombres ebrios y una mujer obesa apostando a las cartas, y junto a su mesa, dos hombres pegándose. Después, un gran fuego que caldeaba toda la planta y una última mesa, en la que Ixen se sujetaba la cabeza con la mano frente a unas sobras de asado de corzo.

  Ante aquella escena Domenico se decidió por pedir otro licor e ir a charlar con uno de los hombres que estaba en la barra.

  —Hola. Me llamo Domenico.

  —Muy bien.

  —?Y usted es...?

  —Labriego.

  Y éste y el borracho más cercano a él rompieron a reír como dos locos.

  —Perdona chaval, me lo has puesto a huevo. Soy Loui.

  —Y yo Fred, —dijo el tercero —un placer.

  —Me preguntaba si les apetecería echar una partida a los dados —acertó a preguntar Domenico en cuanto se recompuso de aquella presentación de mal gusto.

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  —No hijo, te lo agradezco, pero estoy esperando a que Rossie acabe —dijo el primero se?alando con la cabeza a la mesonera —?Rossie! ?Rossieeee!

  —?Qué! —contestó de mala gana la mujer mientras recogía la mesa donde Ixen y él habían comido.

  —Que cuánto te falta —gritó el tal Loui.

  —Aún un buen rato —gru?ó la mujer desde el otro lado del salón —?queréis que llame a mis hijas?

  —De acuerdo.

  —Bien.

  La tal Rossie fue a dejar los platos en la cocina y al de pocos segundos salió de allí con dos jóvenes. éstas se quitaron el mandil y se dirigieron a la escalera para subir al piso de arriba.

  —Fred, Loui —dijo la mujer —Brita y Lili, ?os parece...?

  —Rossie —intervino Loui —?Lili no es hija mía?

  —Y Brita mía, creo... —a?adió Fred —o de mi hermano

  —Oh, sí; cierto. Bien, pues os las cambiáis —dijo de modo resuelto —las demás están embarazadas —y volvió a entrar en la cocina.

  Ante la atónita mirada —y sonrisa de medio lado— del joven Domenico, las singulares parejitas subieron agarrados la escalera. O era la aldea con más depravación del mundo, o era la que menos habitantes tenía.

  Decidió volver a la mesa con su compa?ero, o guía, o lo que fuera.

  —?Qué plan tenemos para hoy? —le preguntó a Ixen sentándose frente a él

  —Abandonar este lugar. Ya.

  —Vaya —le contestó Domenico. A pesar de la moral difusa, y muy difusa, de aquella gente, la experiencia le estaba resultando muy entretenida. Estaba siendo uno de los días más divertidos de su vida; ya que en el fondo de su ser la mentalidad de los habitantes de la aldea le hacía muchísima gracia. Claro estaba que jamás le diría nada de eso a su compa?ero —?y ya has conseguido hablar con el sacerdote? ?has dado con él?

  —No. Pero ya no hace falta. —Y era cierto. En el momento en que preguntó por el maestro espiritual del pueblo en el mercado y alguien le respondió ?no lo sé, pero si le sirve ahí está una de sus hijas? —se?alando a una vendedora de opio —comprendió que su charla ya no era necesaria. La extensa y profunda conversación que anhelaba era producto de una idealización, la invención de un momento mágico muy infantil. Bueno, de eso último no se dio cuenta, pero es lo que era.

  Sin duda alguna hubiera preferido encontrarse la aldea abandonada. O en llamas. Menudo primer paso para reconducir a su nuevo joven pupilo por el buen camino. Quizá, dentro de lo malo, estas gentes le hubieran provocado rechazo. Como una personalización del infierno. Eso podría escarmentarlo. Asco. Mucho asco.

  —?Entonces ya no queda nada por hacer aquí? —preguntó Domenico devolviendo a Ixen a la realidad.

  —No. No, no. Es todo. Veníamos a comer, ?no? Pues ya lo hemos hecho.

  Recogieron sus cosas, salieron de allí y después que Ixen tumbara de un golpe seco en el cráneo a un borracho que trataba de llegar a penetrar subido en unas cajas a su yegua atada a la entrada de la posada, montaron y partieron rumbo al este en silencio.

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