Kaelas me observaba en silencio, con sus aguile?os brazos cruzados sobre el pecho, mientras la pluma rascaba el pergamino. Estaba escribiendo el último párrafo de la última carta.
?—?Estás seguro? —me preguntó el tengu. Su voz sonaba áspera, casi como un graznido contenido en el aire denso de la habitación.
?—Sí —confirmé con toda la firmeza del mundo.
?Por algún motivo que ni yo mismo lograba comprender, me sentía increíblemente tranquilo. Una paz absurda y fría se había instalado en mis huesos, como si no estuviera a punto de asaltar una fortaleza en solitario para darle un par de collejas —o algo mucho peor— a un noble corrupto que comerciaba con innumerables vidas. Soplé la tinta para que se secase, doblé el papel con cuidado y le tendí el peque?o fajo de cartas.
?—Las tienes que entregar todas. Será fácil.
?él las tomó con sus garras, sopesando el papel como si estuviera hecho de plomo.
?—No me refiero a eso, mago —dijo, con una expresión extra?a en su rostro aviar, a medio camino entre el respeto y la lástima.
?—Lo has prometido. ?Lo recuerdas? —le dije, dándole un ligero toque en el pecho con los nudillos.
?El tengu se guardó las cartas entre sus ropajes con un suspiro de exasperación que le erizó las plumas oscuras del cuello.
?—No sé quién co?os eres, pero estás loco.
?Alguien golpeó el marco de la puerta de madera podrida como si estuvieran llamando, y la voz de Sigrid resonó en la estancia, cortando la tensión que se había formado entre el rebelde y yo.
?—?Os falta mucho? —preguntó la herrera vítrea, asomando la cabeza.
?—?Donovan ha conseguido despegarse de la ni?a? —pregunté.
?Ella asintió, aunque pude ver en sus ojos el rastro del cansancio y la preocupación que todos compartíamos tras las últimas horas.
?—Entonces estamos listos.
?Kaelas se adelantó hacia las sombras de la habitación, dispuesto a tomar su propia ruta.
?—Recordad, cuando salgáis, dos calles a la izquierda, una a la derecha y todo recto. Os esperarán en el punto acordado. No os retraséis.
?Asentí, grabando las indicaciones en mi mente.
?—?Lariz estará listo?
?El tengu dejó brotar una sonrisa afilada.
?—Muy a su pesar.
?Sonreí también. Antes de marcharme junto a Sigrid, volví a girarme hacia el tengu rebelde una última vez.
?—Me lo has prometido —le repetí. Aunque intenté sonar firme, no estoy seguro de haber logrado ocultar mi tono de súplica. Era lo único que me importaba en este mundo ahora mismo.
?Kaelas asintió solemne. Y desapareció.
?Abrí la marcha por los callejones de Zalas, siguiendo cuidadosamente las indicaciones. La ciudad fronteriza era un laberinto de piedra sucia, sombras alargadas y humedad. A pesar de que las estrechas callejuelas estaban completamente desiertas —si no contabas a las ratas del tama?o de gatos que pululaban por allí y salían despavoridas al sentir nuestras botas—, se podía decir que era una noche normal en Zalas. Sin embargo, el ambiente pesaba. A lo lejos, traído por el viento frío, se podía escuchar el eco ahogado de las voces de la guardia y las decenas de pisadas de soldados recorriendo las calles principales en busca de intrusos.
?Caminábamos en silencio. Yo iba al frente, envuelto en mi capa. Giré tras un muro desconchado y, al ver unas sombras sospechosas recortadas al final del estrecho pasaje, me detuve en seco. Sentí al instante cómo Sigrid y Donovan se pegaban a mi espalda, tensos como cuerdas de arco, listos para la violencia.
?—?Qué pasa? —susurró la herrera, asomándose con cuidado por mi hombro.
?—Hay alguien ahí —le indiqué con un gesto de la barbilla.
?Sentía mi corazón martilleándome contra las costillas con una fuerza brutal. Entonces me di cuenta de que tenía una mano fuertemente apretada sobre el pecho. Al bajar la mirada, me percaté de que aún llevaba puesta la capucha de la capa.
?Sonreí para mis adentros.
??Ni siquiera soy el due?o de mi rostro ahora mismo?, pensé con ironía amarga. ?Si me la quito... ?Kaelas me reconocerá??
Miré a mis compa?eros. Podía ver la tensión marcando las líneas de sus rostros en la penumbra, la forma en que Donovan preparaba su postura y cómo la respiración de Sigrid se acompasaba, lista para la batalla.
???Qué pintan ellos aquí??, pensé de repente, sintiendo un nudo en el estómago. No eran soldados. No tenían por qué morir en una guerra que no les pertenecía.
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?Alcé la mirada, evaluando el entorno con los ojos de un estratega improvisado. Los edificios de piedra que nos flanqueaban en ese tramo del callejón eran altos, muros ciegos y desgastados sin una sola ventana por la que asomarse o escapar. Por encima de nosotros, solo una franja de cielo nocturno, frío e indiferente. Respiré hondo. A pesar de ser una callejuela estrecha, en el punto exacto donde nos habíamos detenido, el espacio se ensanchaba lo justo; si extendía los brazos en cruz, no llegaría a tocar ambas paredes.
?Era un buen sitio. El sitio perfecto.
?—Bueno, chicos. Es la hora —les dije en un susurro, obligando a mi voz a no temblar.
?Ambos me miraron y, como si hubiéramos hecho esto mismo miles de veces a lo largo de los a?os, asintieron con una firmeza inquebrantable. Esa lealtad ciega me partió el alma. Estaban dispuestos a arrojarse al fuego por mí.
?Me asomé de nuevo desde mi escondite. El número de siluetas encapuchadas que se habían congregado en la intersección era mayor de lo que esperaba.
?—Esto va a llamar la atención —dije. Dejé que una amplia sonrisa, cargada de una temeridad suicida que no sabía que poseía, aflorara en mi rostro.
?Salí de mi escondite, dando un paso decidido hacia la boca del callejón. Incluso antes de quedar expuesto bajo la escasa luz de la calle principal, las primeras figuras rebeldes se dirigieron hacia mí. En ese preciso instante, dejé que la energía fluyera desde mi centro. Con un movimiento seco, conjuré un escudo a mi espalda, un muro sólido de pura fuerza mágica.
?Apenas un segundo después, escuché el golpe sordo. Sigrid y Donovan, que se habían lanzado a seguirme ciegamente, se estrellaron de bruces contra la barrera invisible.
?—?Pero qué co?o...? —gru?ó la herrera, retrocediendo aturdida y llevándose una mano a la frente.
?Me giré sobre mis talones y, sin darles tiempo a reaccionar, conjuré un segundo escudo a sus espaldas, sellando el callejón por ambos lados. Habían quedado atrapados en una caja de magia perfecta entre las dos paredes de piedra.
?—Buen sitio —le dije a Kaelas cuando el tengu llegó a mi lado, envuelto en las sombras.
?—Te lo dije —afirmó él con un gesto de cansancio, recuperando el aliento. Había tenido que adelantarnos tomando un camino mucho más directo por los tejados; no nos habíamos arriesgado a trazar una ruta compleja por las calles para evitar que Sigrid o Donovan sospecharan que los estaba guiando a un callejón sin salida.
?—?Gustab! ??Qué pretendes?! —me gritó Sigrid.
?Me volví hacia ella. La rabia la había transformado por completo: su piel humana había desaparecido, dejando paso a una deslumbrante estatua de diamante vivo. Golpeó el escudo de energía con su pu?o indestructible, un impacto que habría derribado la puerta de una fortaleza, pero la barrera apenas emitió un zumbido sordo.
?Posé una mano sobre la superficie de aquel hechizo. Tras la traición de K’thaar en las cuevas, había pasado incontables noches perfeccionando mis barreras, endureciendo el flujo para que ni siquiera mis propios aliados pudieran atravesarlo si yo no les daba permiso. Había dise?ado esa magia para protegernos del mundo... y ahora la usaba para protegerlos de mí. Sabía que de ahí no se moverían en un buen rato.
?—Bueno, es el momento —dije, girándome hacia Kaelas.
?El tengu ya sostenía una de las cartas en su mano, observándome con una mezcla de curiosidad y respeto. Sin dudarlo, me eché hacia atrás la capucha y me quité la capa. Sentí el aire frío de Zalas golpeándome el rostro, limpiando por un segundo la bruma de mi mente. Kaelas ladeó la cabeza, observando mis rasgos con detenimiento.
?—Eres mucho más joven de lo que creía —comentó, con un rastro de sorpresa en su voz de ave.
?—Y más guapo —a?adí, permitiéndome una última broma de las mías.
?—?Gustab! —Esta vez fue la voz de Donovan la que resonó a mi espalda. Ya no era una pregunta, era una orden, cargada de una preocupación que me hizo apretar los dientes.
?Sin girarme, puse una mano sobre el estrecho hombro de Kaelas. Noté el tacto de sus plumas a través de la tela de su ropa.
?—?Lariz está en posición? —le pregunté. El rebelde asintió en silencio.
?Entonces, saqué del bolsillo la peque?a esfera de cristal, aquella que contenía la "mancha" oscura y comprimida que una vez fue el terror de los cielos. Con todas mis fuerzas, la lancé hacia el pedazo de firmamento que se veía sobre el callejón. El cristal brilló un instante antes de estallar en el aire.
?En cuanto el recipiente se rompió, deshice el hechizo de compresión. El efecto fue inmediato y aterrador. El cuerpo inerte del dragón se estremeció en el aire, expandiéndose con un sonido de huesos crujiendo y carne estirándose que me revolvió las entra?as. Su sombra, inmensa y deforme, se proyectó sobre nosotros como una manta de muerte. El grupo de rebeldes que esperaba fuera se estremeció; algunos dieron un paso atrás, con el terror pintado en los ojos, haciendo amago de salir corriendo.
?Fue entonces cuando una neblina oscura, procedente de uno de los tejados cercanos, envolvió a la bestia. Lariz, el elfo oscuro, estaba haciendo su parte. Justo cuando el cadáver empezaba a descender como una monta?a de carne muerta, cobró una vida antinatural. El dragón zombi soltó un rugido que hizo vibrar mis molares y se aferró con sus garras putrefactas a la fachada de un edificio para no caer.
?El estruendo fue colosal. Trozos de barro, piedra y vigas cayeron sobre nosotros mientras la bestia se impulsaba para alzar el vuelo. Media fachada se desprendió bajo su peso. Tuve que conjurar rápidamente un nuevo escudo sobre nosotros para protegernos de los escombros. Vimos cómo la pesadilla alzaba el vuelo con dificultad, con sus alas maltrechas batiendo contra el aire pesado de la ciudad.
?—Eso sí que es una distracción —murmuró Kaelas, hipnotizado por la visión.
?Asentí. Sin decir nada más, empecé a caminar hacia la salida del callejón, alejándome de mis amigos.
?—Me lo has prometido, rebelde —le recordé al tengu. Por el rabillo del ojo, vi que volvía a asentir. Tenía las cartas. Tenía la verdad.
?—?Gustab! ?Donovan! ??Qué pretendéis?! —gritaron Sigrid y Donovan al unísono, atrapados entre los muros y mis barreras.
?Me detuve un segundo y me giré para mirarlos por última vez. Sigrid seguía en su forma de diamante, pero me sorprendió ver que su rostro, duro como la piedra más preciosa del mundo, estaba surcado por lágrimas reales.
?—Aquí os quedáis —les dije con una sonrisa amarga.
?Claro que quería que me acompa?aran. Joder, lo deseaba con cada fibra de mi ser. Pero ellos no eran soldados de una guerra perdida. Habían sobrevivido al camino, a las cuevas y a los monstruos, pero ?merecía la pena meterlos en el centro de una revolución suicida? Yo no tenía nada que perder. Bueno, a Wenny... pero ella sabría perdonarme. O eso esperaba.
?—No te atrevas a irte —dijo Sigrid, golpeando el escudo con una desesperación que me partió el corazón.
?A lo lejos, el dragón había empezado a destrozar la zona noble de la ciudad. Podía sentir las vibraciones de sus ataques bajo mis botas.
?—Está todo en la carta —dije, se?alando el papel que Kaelas sostenía.
?Me di la vuelta definitivamente y empecé a perderme entre las sombras. Escuché un nuevo golpe sordo contra el escudo y la voz atronadora de Donovan me llegó como un torrente de dolor.
?—?Maldita sea, Gustab! ?No puedes dejarnos!
?Pero ya ves que sí lo hice. Al final, el mago inútil resultó ser el mejor de todos nosotros a la hora de decir adiós con estilo.

