El sol se estaba poniendo por el horizonte de una forma tan sumamente lenta, que me ponía de los nervios. Tenía ese color naranja que te hacía sentir somnoliento y pesado como si de una maldición se tratara, proyectaba sombras alargadas de los árboles que parecieran dedos esqueléticos que se extendían por el camino por el que el monitauro guiaba a los caballos mientras Sigrid tarareaba una... o más bien varias canciones al mismo tiempo, juntando las notas de forma exasperarte haciendo palpable su aburrimiento.
—Donovan —dije, apoyando la espalda contra la madera del carro mientras lanzaba una mirada al paisaje tan poco acogedor que nos rodeaba—, si no encontramos un sitio pronto, vamos a tener que acampar en mitad del barro. Y no es que me oponga, pero este sitio me pone los pelos de punta.
—Yo tengo hambre...— A?adió la herrera.
El minotauro ni siquiera se giró. Sus manos enormes sostenían las riendas con una delicadeza que siempre me resultaba insultante.
—La luz se retira. El bosque no es problema para pasar la noche, pero yo también me siento inquieto.
—?Inquieto?— Repetí sorprendido.
—Teme mi impaciencia y sobre todo, mi hambre —masculló Sigrid a su lado, mientras se sacaba algo parecido a una daga y la pasaba una piedra de afilar. Durante un rato, el siseo metálico de era lo único que competía con el crujido de las ruedas—. En Kangras dijeron que había una zona de descanso más adelante. La última vez que pasó por aquí, había un lago.
—Sí, y también dijeron que había bandidos últimamente por los caminos, mercaderes desaparecidos—repliqué con un suspiro.
Me ajusté la capa que me había comprado antes de salir de Kangras y me encogí acomodándome en su interior. Fue entonces cuando la vi.
Al principio pareció una mancha en la vista, de esas que se producen cuando miras al sol demasiado tiempo ?No os ha pasado?. Pero esta mancha no se iba. Empezó al fondo del camino, una neblina blanquecina, De forma repentina, se acercó a nosotros, o tal vez nosotros a ella, no lo recuerdo bien, solo puedo decir que era densa, tanto como el puré de calabaza que servían en el comedor de la Universidad, de forma repentina, nos rodeó y empezó a reptar desde los arbustos. En menos de un minuto, el camino y el resto del mundo, desaparecieron.
—Genial —dije, incorporándome—. Niebla. Lo único que nos faltaba para que el cuadro de "Muerte en el Camino" estuviera completo ?Veis algo?
— ?Qué pasa? — Contestó Sigrid levantando la vista de la piedra de afilar con gesto extra?ado.
El minotauro detuvo la carreta. El silencio que siguió fue absoluto. Ni un pájaro, ni un grillo, ni el viento. Era como si el mundo se hubiera quedado sordo de repente.
—Es extra?o —murmuró Donovan, arrugando el hocico—. El olor... ha desaparecido. No huele a hierba, ni a tierra. No huele a nada.
Sigrid nos miró con el ce?o fruncido.
Yo sentí un escalofrío que me recorrió la nuca. Esa niebla no era normal. Tenía un brillo sutil, casi plateado, y se movía de una forma... inteligente. Se arremolinaba alrededor de mis manos como si intentara leer mis líneas de la vida.
Sigrid dejó la piedra de afilar y la daga y miró a su alrededor, luego me miró a mí como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—?De qué narices habláis?
—De la niebla, Sigrid. De esta jodida pared de algodón que tenemos a tres palmos de las narices.
La herrera se levantó, oteando el camino.
—Aquí no hay ninguna niebla. Deja esta mierda y vamos a buscar donde acampar que tengo haber.
—?Cómo que...? —Grité, se?alando al vacío—. ?Si no veo ni mis propias manos! Donovan, di algo.
El minotauro bajó de la carreta con pesadez.
—Yo también la veo, Sigrid. Es densa. Es fría.
Sigrid soltó un bufido y saltó al camino. Se plantó frente a nosotros, con las manos en las caderas con los pu?os cerrados. Aparentemente, para ella, nosotros dos estábamos se?alando al aire limpio, haciendo aspavientos ante la nada.
—Estáis de broma. Si es una forma de hacerme montar guardia esta noche, os aviso que no tiene puta gracia.
—No es una broma —susurré.
La niebla empezó a cambiar. De las profundidades del blanco, empezaron a surgir formas. Figuras borrosas que me resultaban dolorosamente familiares. Vi una figura sombría y espigada. Vi otra similar con andares salvajes. Vi una figura de plumaje colorido con un bulto alargado cruzado a la espalda y al frente una figura robusta que las encabezaba.
—?Beonir? —La palabra se me escapó de la garganta antes de que pudiera frenarla. El corazón me dio un vuelco que me dolió en las costillas—. ?Eril? ?Sois vosotros?
—?Esperad! —rugió Sigrid al ver que sin darnos cuenta habíamos empezado a dirigirnos hacia las figuras, estaba seguro, ante mí tenia a mis compa?eros, desconozco lo que estaba viendo Donovan, pero tenía sus profundos ojos vidriosos.—Hay alguien —nos indico en un susurró poniéndose entre nosotros—. Algo se mueve. Y no son tus amigos muertos, mago.
Sigrid no esperó. Se giró a donde debía encontrarse una de las orillas del camino y se lanzó hacia adelante, corriendo hacia lo que para mí era un muro de neblina impenetrable. La vimos desaparecer en el blanco. Se escuchó un grito de sorpresa acompa?ado de un sonido seco de carne chocando contra algo duro a la par que gritaba una sarta de insultos tan confusos como su manera de silbar.
—?Te tengo, maldito saco de mierda! —se escuchó la voz de Sigrid desde la nada.
Hubo un destello de luz violeta seguido de un crack que me hizo pitar los oídos, y de repente, la niebla se disipó como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación llena de humo.
Allí estaba Sigrid, en medio del camino. Tenía agarrado por el cuello de una túnica andrajosa a un anciano que parecía nunca haber pasado por tiempos mejores. El tipo tenía un ojo morado que ya empezaba a hincharse allí donde presumiblemente le había dado el pu?etazo la herrera.
—?Mi nariz! ?Has roto la simetría de mi rostro! —chilló el viejo mientras empezaba a chorrear sangre.
—Agradece que no te haya roto el cuello —gru?ó Sigrid, sacudiéndolo como si fuera un saco de patatas caminando hacia nosotros como si aquel tipo no pesara nada entre sus manos—. ?Quién eres y por qué nos estás lanzando trucos de feria al cerebro?
Me di cuenta de que todavía temblando por haber visto la silueta de Beonir y los demás. Pero pronto, la rabia empezó a sustituir al miedo.
—?Que pretendías? —dije, acercándome con la chispa del rayo empezando a bailar entre mis dedos, no lograba atinar nunca a nada, pero parecía muy amenazador.
El viejo nos miró con su ojo sano, una mezcla de locura y fascinación mientras se fijaba en mi amenaza mágica.
—Trucos... dice ella. ?Inmunda! ?Asquerosa! —Clavó el ojo en mí y sonrió, ense?ando unos dientes llenos de sangre que eran dignos de alguien que se había alimentado con una dieta rica en piedras—. Y tú... tú eres como yo.
Sigrid apretó más el agarre y le zarandeó tan fuerte que no me hubiera extra?ado que le hubiera cambiado de sitio los huesos, o puesto en su sitio el cerebro, pues no parecía muy cuerdo.
—Danos una razón para no aplastarte la puta cabeza.
—Tengo una torre —gimió el viejo—. Soy alquimista. Y... y una explicación —me se?aló a mí— necesito yo, para saber como esté ha estado tan cerca de explotar como una vejiga llena.
Sigrid me miró. Luego miró a Donovan.
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—Está anocheciendo. Y este viejo tiene una torre, de ser así podemos dormir bajo techo.
El viejo asíntió con desesperación mientras se trataba de cortar la hemorragia nasal.
—Y si no tiene torre le matamos.— A?adió la herrera, a lo que el alquimista negó con insistencia.
—Tengo una torre.— Dijo mientras Sigrid le posaba en el suelo.
—Si haces algo raro...— Le dije mientras me colgaba mi espada a la cadera.
—Y yo te mato.— A?adió a destiempo la herrera a destiempo generando más confusión que amenaza.
Por el camino, el viejo nos indicó que se llamaba Haiggs, y trató de excusarse por el ataque diciendo que nos confundió con bandidos, cuando traté de replicarle, su escusa de ver a un minotauro acompa?ado de una mujer mas musculada que un hombre en un carro en el que parecía que llevaban a un pobre desdichado, me pareció demasiado difícil de rebatir, pero Sigrid levantó el pu?o y le hizo callar.
La torre de Haiggs no era una torre como tal, era un insulto a cualquier estructura que se sostuviera en pié. Parecía que alguien había amontonado piedras con prisa, pegándolas con una mezcla de barro y, probablemente, saliva de algún bicho con problemas digestivos, que un dragón se la hubiera comido, la hubiera cagado y ese era el resultado. Estaba medio oculta entre unos sauces llorones que parecían estar deprimidos de verdad por tener que darle sombra.
—Bienvenidos a mi humilde morada —dijo el viejo al que había curado Donovan en un alarde de compasión, y para que no muriera desangrado antes de guiarnos a su hogar, mientras Sigrid lo empujaba hacia la puerta de madera podrida—. Cuidado con el escalón, tiene tendencia a desplazarse.
—Como me caiga, te desplazo yo los dientes —gru?ó Sigrid, soltándolo.
La amenaza casi se hizo real cuando el escalón se movió un palmo a la derecha como si tuviera vida.
Cuando entramos. Descubrimos para sorpresa de nadie, que el interior era un caos de frascos con cosas que flotaban de aquí para allá y creerme cuando digo que no os gustaría poder identificar, pero los testículos eran casi iguales en todas las especies. Los pergaminos amarillentos y un olor a podrido te pegaba un pu?etazo nada más cruzar el umbral. Donovan tuvo que agacharse tanto para no dar con los cuernos en las vigas que terminó rozando con los nudillos en el suelo, en su caso, el escalón se esfumó de su lugar, en ese momento trate de convencerme a mí mismo de que era imposible que un escalón tuviera vida propia.
—Acomodaos, acomodaos —dijo Haiggs, correteando hacia una mesa llena de chatarra.
—Hemos venido por la comida y el techo, viejo —dije, sentándome en un taburete que crujió de forma amenazadora bajo mi peso— Y... ?A que te referías con lo de a reventar como una vejiga?
Haiggs se detuvo. Se giró hacia mí acercándose tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar, me cogió del brazo y me arremangó mostrando las marcas de mis brazos.
—?Hasta que punto te has forzado?— Preguntó clavando sus ojos de loco en los míos.— Puedo verlo chico, él jugó con la muerte.— Dijo se?alando a Donovan que miraba con gesto horrorizado una estantería de tarros llenos de hadas muertas.— Pero todas estas marcas, todo esto.— su dedo acaricio mis cicatrices como si marcara el camino en un mapa.— Nadie sobrevive a esto.
Retiré mi brazo de un tirón incomodo y volví a cubrirlo, me sentía irritado y en cierto modo asqueado.
—?Quieres verlo?— Le propuse llevándome la mano al bolsillo, Donovan me lanzó un advertencia y trate de tranquilizarlo con un gesto.— Necesito que salgamos.
—Os espero aquí.— Suspiró el minotauro.
—Yo voy.— Anunció Sigrid para sorpresa de nadie.
Una vez fuera busque una zona lo suficientemente amplia y deje la esfera de sebo en el suelo, tras tanto tiempo comprimido, no estaba seguro de que volviera a su forma, pero puestos a abandonar el cadáver putrefacto de un dragón, no había lugar mejor.
Al descomprimirlo sentí un ramalazo de dolor, pero mucho menos intenso de lo que esperaba, la criatura creció ante nuestros ojos. Tanto la herrera como el alquimista emitieron un grito de sorpresa, al mirar sobre mi hombro me di cuenta que incluso Donovan tenía la sorpresa escrita en el rostro.
El mundo se llenó de un olor a podredumbre inmenso, pero la criatura estaba prácticamente igual a cuando lo comprimí, Haiggs se acercó y acaricio las escamas con manos temblorosas, Sigrid se acercó a mi con los ojos como platos,
—Entonces era verdad.— A modo respuesta, me encogí de hombros y devolví el cadáver a su forma de esfera.
—Eso es...— Empezó a decir el viejo con la mano extendida justo donde había estado acariciando al dragón.
—Magia de compresión.— Explique recogiendo la esfera.— Pero por alguna razón, es como si no se comprimiera.
El viejo me miro con una expresión de fascinación que exageraba aun mas su mirada cargada de locura.
—Eso no es magia de compresión muchacho.
—Cuando me lo ense?aron...— trate de explicar, pero el viejo levantó un dedo huesudo y cortó mis palabras.
—?Sabes lo algo de realidades paralelas?— Yo negué con la cabeza y, con un gesto que me dio escalofríos, se quitó el calcetín derecho devolviendo el pie descalzo al fango. Estaba rígido de mugre y tenía más agujeros que mis planes de futuro. Sigrid puso cara de asco y se alejó hacia la teórica torre, pero yo no pude apartar la vista por algún motivo. Había algo en la forma en que el viejo sostenía esa prenda asquerosa que gritaba algo parecido a "conocimiento".
—El que te ense?ó que la magia de compresión, te explicó que es como apretar una naranja para sacar zumo, ?verdad? —dijo Haiggs, extendiendo el calcetín frente a mis narices.
—Algo así. Para hacer de un carbón, un diamante... ya sabes... Pero cuando comprimo algo, es como si se redujera a una esfera y pesa menos—respondí.
—?Error! ?Basura! —Haiggs metió la mano dentro del calcetín—. Mira bien, chico. Este calcetín tiene un “dentro” y un "fuera". Tu conjuro no aprieta nada. Lo que hace es esto...
Con un movimiento rápido, Haiggs tiró del interior del calcetín hacia fuera. Ahora, lo que antes estaba en contacto con su pie mugriento era lo que veíamos.
—Has invertido la topología, muchacho. Lo que antes estaba "aquí", ahora está "allí". No has comprimido el objeto, has movido su masa real a una dimensión yerma, a una bifurcación de la realidad que no interactúa con nosotros. Lo que dejas en este mundo es solo una cáscara geométrica, una esfera perfecta que no pesa porque su “verdad” se ha quedado atrapada en el pliegue.
Me quedé helado. Mi brazo, imagine bajo la manga esas marcas oscuras que me recordaban mi fracaso en la cueva, empezó a latir.
Le conté lo sucedido en la cueva y el viejo aplaudió emocionado.
—Estabas abriendo un agujero en el tejido del ahora. Moviste la realidad de un sitio a otro. El estallido no fue fuego mágico, fue la naturaleza intentando reparar el roto que habías hecho. Chico,— Dijo acercando su rostro al mío.— Estás jugando con la frontera de la existencia.
—Eso explicaría por qué me destroza cuando lo uso desde entonces —susurré, mirando mis manos.
—Exacto.— Dijo dando un chasquido.— ?Qué usas como catalizador?
Por un momento dudé, pero tome mi espada y me encogí de hombros.
—Llevo espada,— Dije con naturalidad.— No uso catalizadores.
—Muchacho.— Dijo negando con la cabeza.—Eres un puente, muchacho. Y los puentes suelen acabar agrietados bajo el peso del tráfico sin un refuerzo, un catalizador para filtrar tu magia—Haiggs sonrió sacando una fina varita de cristal, y por un momento pareció casi lúcido, me di cuenta que no solo era alquimista, era un maldito mago—. Pero un puente también puede decidir quién pasa y quién no.
Se acercó a mí mientras volvíamos al interior de su hogar, no pude evitar fijarme que seguía caminando con el pie descalzo, ignorando a Donovan que observaba con curiosidad botánica un frasco de ojos en vinagre. El viejo me agarró del hombro con una fuerza sorprendente.
—Si quieres sobrevivir sin forzar tu cuerpo hasta deshacerte en pedazos, necesitas una Segunda Piel.
—?Una qué?
—Magia de rayo, te he visto usarla, y no tienes ni idea.— He de reconocer que me sentí avergonzado.— Una barrera de contacto indeseado. Usa un hechizo de barrera básico.
Al decirlo, lo hizo él, yo le imité, ante la atenta mirada de mis compa?eros de viaje,
—Ahora usa el mismo hechizo con el que trataste de intimidarme.— Al hacerlo, la barrera, cambio de color y nuestros cabellos se empezaron a poner de punta.
El viejo empezó a dar saltitos y se fue corriendo a una estantería y rebusco entre un montón de libros podridos y llenos de polvo, al cabo de un rato, volvió con uno.
—Toma, aquí tienes un grimorio básico de defensa, pero tiene un hechizo que vuestras academias decidieron olvidar.— Me abstuve de hablarle de la universidad, pues por su comentario, deduje que el viejo era uno de los pocos supervivientes de la generación que intentó separar la magia de la nobleza.
Pasamos horas leyendo el grimorio mientras Sigrid había encontrado la despensa y daba buena cuenta de ella. Haiggs me obligó a canalizar la energía de una forma que nunca había intentado. No era lanzar el rayo hacia fuera, era mantenerlo vibrando a milímetros de mis poros centrándome en el hechizo de barrera. Me dolía. Sentía como si miles de agujas calientes me tatuaran el aire alrededor del cuerpo.
—?Concéntrate! —gritaba el viejo—. ?Si no marcas tu frontera, el Vacío te comerá tus partes si mientras lo intentas estornudas!
A mitad de la noche, lo logré. Una fina película de estática azulada me envolvía la piel. Sigrid se acercó a curiosear y, cuando intentó tocarme el hombro, un chasquido violento la hizo retroceder de un salto.
—?Joder, Gustab! —exclamó, frotándose la mano—. ?Eso pica!
—Funciona... —dije, agotado pero con una extra?a sensación de victoria.
Haiggs nos miró desde su rincón donde se había acomodado. Se veía más peque?o, más cansado. Se sentó en su monta?a de trapos y nos hizo un gesto para que descansáramos.
—Canalizando así tu magia no solo tienes un peque?o escudo, tú serás un catalizador humano.
En ese momento me di cuenta de por que habíamos comenzado todo aquello.
—Es mejor que descanséis—dijo con voz débil—. Imagino que ma?ana tendréis que seguir vuestro viaje.
Me envolví en mi túnica, sintiendo el leve zumbido de la "Segunda Piel" desapareciendo poco a poco.
Cuando desperté, la luz grisácea de la ma?ana entraba por las grietas de la torre. Sigrid ya estaba en pie, ajustándose las correas del hacha, y Donovan esperaba junto a la puerta con ese aire de paciencia infinita que tienen los herbívoros grandes.
—Despierta, mago. Tenemos que movernos —dijo Sigrid.
Me acerqué al rincón de Haiggs para darle las gracias. O para pedirle que se pusiera de nuevo el calcetín, aunque prefería quemarlo. El viejo estaba sentado exactamente igual que anoche, apoyado contra la pared de piedra.
—Eh, Haiggs. Nos vamos —dije, tocándole el hombro.
Estaba frío. El viejo no respiraba. Pero lo que más me inquietó no fue su muerte, sino su cara. Tenía una sonrisa de oreja a oreja. Una expresión de triunfo absoluto, como si acabaría de contar el mejor chiste de la historia y estaría esperando a que el universo pillara la gracia.
—Está muerto —dijo Donovan, acercándose y comprobando su pulso con dos dedos enormes.
—Maldito viejo loco —susurró Sigrid, aunque por primera vez su tono no tenía veneno—. Al menos ha muerto en su hogar y parece feliz.
No pudimos dejarlo allí para las ratas. Cavamos una fosa bajo el sauce más triste, el que estaba justo al lado de la torre.
Mientras echábamos la última palada de tierra sobre el cuerpo de Haiggs, me di cuenta de que no sabía nada de él. Ni de dónde venía, ni por qué sabía tanto de mi magia. Solo sabía que era un monstruo que experimentaba con viajeros y que me había salvado la vida ense?ándome a cerrar mi propia puerta.
—?Crees que alguien lo echará de menos? —preguntó Sigrid mientras nos alejábamos hacia la carreta.
—No lo sé —respondí, mirando por última vez la torre.
Me subí a la carreta y, por puro instinto, toqué el mango de mi espada. El metal se sentía frío, real. Cerré los ojos y, por un segundo, sentí de nueva esa vibración en mi piel. La segunda piel.
Sigrid se giró y me miró directamente.
—Quien te ense?o a hacer...?—Se busco las palabras mientras que dibujaba con las manos la forma de una esfera, cerré los ojos mientras suspiraba encogiéndome de hombros.
—Te sorprendería la cantidad de viejos locos con grimorios extra?os que hay...

