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Entendiendo la materia

  Tal como Huxtle me indicó, al día siguiente comencé a usar cadencia interna.

  Al principio fue insoportable.

  Contar absorbía toda mi atención y no me dejaba pensar en nada más.

  Pero, cuando la habilidad terminó de asentarse, ocurrió algo distinto.

  Todo tenía ritmo.

  El latido del corazón.

  La respiración.

  La tensión de los músculos al caminar.

  Incluso el mundo parecía moverse siguiendo una cadencia invisible.

  En silencio me dirigí al taller de herrería.

  Había intentado usar reorganización química varias veces… sin éxito.

  —Necesito ayuda.

  El sonido metálico del taller me recibió junto con una voz grave.

  —?Elion! Qué sorpresa —dijo Yugorh, maestro herrero—. ?Necesitas usar uno de los talleres?

  Yugorh era un Sahrian activo. Fabricaba armas que solo la línea principal podía empu?ar.

  —Profesor, tengo problemas con una habilidad —respondí sin rodeos—. Reorganización química. He seguido el manual, pero no ocurre nada.

  Yugorh arqueó una ceja.

  —?Reorganización química? Esa es vieja. Se usaba mucho al inicio, pero nadie valora su utilidad hoy en día. Hay habilidades que hacen crecer más rápido.

  Me observó con curiosidad.

  —?Por qué la escogiste?

  —Porque crece con el conocimiento —respondí—. No con la fuerza bruta.

  Hubo un breve silencio.

  —Interesante… —murmuró—. El muchacho tiene visión.

  Se cruzó de brazos.

  —Dime, ?recuerdas la descripción exacta de la habilidad?

  This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience.

  Asentí.

  —Permite manipular y reorganizar estructuras químicas en el entorno inmediato o dentro del cuerpo.

  No crea materia ni energía nueva, pero facilita alterar enlaces, catalizar reacciones y ajustar condiciones químicas para provocar transformaciones precisas y controladas.

  —Bien —asintió Yugorh—. Entonces ahí está tu error.

  Me se?aló con un dedo.

  —“Facilita alterar”. La habilidad no cambia la materia por sí sola. Necesita las condiciones adecuadas… solo que reduce el requerimiento.

  Tomó una olla imaginaria.

  —El agua hierve a cien grados al nivel del mar. Con reorganización química, necesitas un veinte por ciento menos de energía. Ochenta grados bastan.

  Sentí un golpe de claridad.

  —No cumplí las condiciones…

  —Exacto.

  Lo miré con emoción.

  —?Puedo probar con agua?

  —Claro. Dame un momento.

  Regresó con una olla, agua y un termómetro.

  —Calienta sin usar la habilidad.

  Encendí la estufa y minutos después ocurrió.

  —98,5 grados… ya está hirviendo.

  —Ahora repite —dijo—, pero usando reorganización química.

  Activé la habilidad.

  La sensación fue distinta a cualquier otra.

  No era ver.

  Era comprender.

  Las moléculas vibraban. Los enlaces tensaban. Cada estructura tenía un punto débil.

  Activé cadencia interna y ajusté mi ritmo al de la materia.

  La temperatura subió de treinta a setenta grados en dos minutos.

  Al minuto siguiente alcanzó setenta y nueve… y el agua comenzó a evaporarse.

  —Funciona… —susurré—. Reducción energética del veinte por ciento y mejor aprovechamiento del calor.

  Yugorh me observaba en silencio.

  —?Puedo intentar algo más? —pregunté.

  —Hazlo.

  Tomé un vaso de vidrio, lo llené a la mitad y lo sostuve entre mis manos.

  Calenté la sangre.

  Luego los dedos.

  Después el vidrio.

  El sólido almacenó la energía.

  Finalmente dirigí el calor a un único punto del agua.

  Hervía solo ahí.

  —Esto es… preciso —murmuré—. Ideal para procesos peque?os.

  Moví el punto de calentamiento lentamente.

  —?Y si lo mezclo con propiocepción?

  Durante todo el proceso Yugorh no apartó la mirada.

  —Tiene conocimiento profundo… —pensó preocupado—. Quizá demasiado para su edad.

  Tras dos horas de pruebas, el sistema integral lanzó una alerta.

  

  

  Mi respiración se tensó.

  —?Un umbral singular…?

  Decidí continuar unos segundos más.

  

  Corté de inmediato.

  —No puedo seguir.

  Activé la contrahabilidad: estabilización química.

  El principio era simple: dificultar el cambio de estado.

  Coloqué nuevamente una olla con agua.

  Usando estabilización química, el agua no hirvió hasta alcanzar los ciento diez grados.

  —No es tan sencillo estabilizar la materia… —murmuré.

  Tres horas después, mi cuerpo estaba estable.

  La energía astral, no.

  —Queda una sola unidad… debo descansar.

  Me giré hacia Yugorh.

  —Gracias, profesor. Pronto intentaré trabajar con metales.

  Salí del taller sin notar las miradas ocultas.

  —?Lo seguimos, se?orita Ultear? —preguntó una figura encapuchada.

  —No —respondió ella con frialdad—. Hay que aplastarlo cuando menos lo espere.

  Sus ojos brillaron en la penumbra.

  —No sé quién cree que es… pero volverá a perder contra mí.

  La oscuridad la engulló.

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