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La lucha de un hombre promedio

  Según Alpha, los resultados tardarían tres horas en compilarse y relacionarse con las características generales de todos los aspirantes.

  Durante la espera, una pantalla gigante emergió desde el techo y comenzó a proyectar una película sobre la grandeza humana y el arduo camino de la evolución. Imágenes de ciudades imposibles, cuerpos transformados y proezas que desafiaban toda lógica se sucedían una tras otra. Los Xarvans eran presentados como guías de ese progreso, y las habilidades más avanzadas aparecían envueltas en un aura casi mística.

  Al terminar, el tono cambió.

  Un documental sobre la asimilación ocupó la pantalla. Se explicó como el efecto secundario inevitable del uso de habilidades basadas en la energía astral: la voluntad de la mente alterando el universo… y, en consecuencia, da?ando el propio cuerpo.

  —Es imposible obtener poder sin pagar un precio —resonó la narración—. Recuerden la gran ciudad de Velarn y su caída, provocada por su regente, Althus Aenloris.

  La imagen se apagó.

  Nadie aplaudió.

  Poco después, Alpha anunció el inicio de la entrega de resultados. Desde el estudiante número 5342 hasta el primero inscrito, los aspirantes avanzaban uno a uno hacia un cubículo negro que se abría y cerraba con un sonido seco.

  A medida que la fila se acortaba, sentí cómo mis emociones se arremolinaban sin orden. El poco apetito que me quedaba desapareció por completo.

  Intenté concentrarme en otra cosa.

  Fantaseé con una calificación excepcional. Con pagar pocos eclips. Con que los ahorros de mis padres y los cien eclips que había reunido durante a?os —haciendo trabajos escolares a ni?os cuyos padres sí podían pagarles un futuro asegurado— fueran suficientes.

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  Había ahorrado cada moneda con un propósito claro: adquirir la habilidad que deseaba.

  —Aspirante 427, adelante —interrumpió Alpha.

  El sonido de mi número me devolvió al presente.

  Caminé hacia el cubículo con una determinación que no sentía del todo. La oscuridad me envolvió en cuanto crucé el umbral. Avancé varios pasos, o quizá fueron muchos más; el tiempo parecía dilatarse allí dentro.

  Finalmente, una pantalla de fondo verde apareció frente a mí, palpitando al ritmo de mis latidos.

  —Registro exitoso. Ciudadano Elion Vexar —anunció Alpha—. Calificación final: 51.66 sobre 100.00.

  Tragué saliva.

  —A continuación, el detalle de su desempe?o en el examen de cadete básico.

  Los datos comenzaron a desplegarse.

  —Respuesta mental: 40 puntos. Destaca en física, sistemas matriciales y ciencias de los materiales.

  —Respuesta física: 45 puntos. Reacción intermedia. Existen riesgos de efectos secundarios imprevistos durante el uso de habilidades.

  —Respuesta emocional: 70. Posee fuerza de voluntad y entereza. Capaz de resistir impulsos y considerar salidas lógicas en situaciones de estrés.

  Las palabras flotaban frente a mí, ordenadas, limpias. Implacables.

  —Usted cumple con los requisitos para ingresar al Centro de Formación Aldoria —continuó Alpha—, siempre que proceda al pago de la matrícula correspondiente.

  Un nuevo valor apareció.

  —Monto base: 483,4 eclips. Impuesto único a la educación: veinte por ciento. Monto total: 580,08 eclips.

  Promedio.

  No mediocre. No destacado.

  Promedio.

  —No me sorprende —pensé, aunque la sensación era distinta a la que esperaba. No era resignación. Era algo más áspero.

  —Actualmente cuenta con 1600,2 eclips —a?adió Alpha—. Tenga en cuenta que, sin beca o entidad colaboradora, los aspirantes con talento promedio suelen estancarse durante su formación.

  La observación no tenía tono acusatorio. Tampoco compasión.

  Era un hecho.

  Durante un instante dudé. No del pago, sino de todo lo que implicaba. De cada hora trabajada. De cada expectativa depositada sobre mí.

  —Sí —respondí finalmente—. Deduce el monto.

  Sentí el vacío breve de la transacción completarse.

  —Matrícula confirmada. Bienvenido al Centro de Formación Aldoria.

  El cubículo se abrió.

  Di un paso al frente.

  No era la grandeza que había imaginado.

  Pero era el inicio.

  Y esta vez, no pensaba desperdiciarlo.

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