Día 93
Un leve aroma a lavanda inundaba la estancia, una habitación tan reducida que apenas permitía el movimiento libre. Los armarios, desbordados de pertenencias, compartían espacio con una máquina de té sobre una mesilla de noche y una cama de reina atestada de almohadas, arropada con sábanas de un verde menta vibrante. Namys abrió los ojos con pesadez, los restos de sue?os ligeros aún rondando su mente. Con movimientos lentos, examinó el espacio: varias flores de tama?o desproporcionado crecían alrededor, y un girasol justo sobre su cabeza disminuía paulatinamente su brillo dorado.
—Gracias por despertarme —murmuró con una sonrisa tenue mientras se incorporaba. Tomó unas tijeras de la mesilla y comenzó a podar con cuidado los pétalos del girasol y de otras plantas que trepaban por las paredes, cuyos verdes intensos contrastaban con la madera oscura del mobiliario.
Depositó los pétalos en el agua ya caliente de la máquina. Mientras el té se infusionaba, se estudió en el espejo. El reflejo le devolvió la imagen de una elfa de cabellera negra tan profunda que parecía absorber la luz, cayendo en ondas hasta su espalda baja. Sus rasgos, suaves y andróginos, estaban surcados por las líneas delicadas que el tiempo había grabado en su piel, como vetas en madera noble.
—A los humanos y su envidia —susurró para sí, con una sonrisa que contenía siglos de experiencia. Sabía que muchos matarían por mostrar solo esas sutiles marcas como prueba del paso de los a?os. Su cuerpo se mantenía esbelto y tonificado, comparable al de una mujer humana en la treintena, y su cabello conservaba una fuerza capaz de sofocar a cualquiera con la técnica adecuada.
La elfa sonrió con ironía y sacó un frasco de debajo de la cama, sirviéndose una taza de té de girasol Mk4. Al primer sorbo, un sabor agridulce invadió su paladar, alejando de inmediato las últimas nieblas del sue?o. Aplicó luego maquillaje en su rostro con precisión milimétrica.
Hoy era un día crucial: el viejo pescador vendría. Mientras delineaba sus labios, la imagen de aquel ni?o de veinte a?os que había sido décadas atrás acudió a su memoria. Namys había depositado expectativas modestas en él, pero ese "mocoso" había superado toda previsión, convirtiéndose en un empresario de renombre.
Se dirigió a su regadera privada para ba?arse. El agua caliente cayendo sobre su piel le produjo una sensación revitalizante, como lluvia sobre tierra árida, especialmente tras dormir bajo el girasol deshidratante. El contraste entre la sequedad previa y la humedad actual era un placer casi sensual. Tras lavarse, enjuagarse y perfumarse con esencias de bosque, cerró el grifo con la certezade su atuendo para el día.
Salió al dormitorio y seleccionó del armario unos pantalones vaqueros azules con bordados blanquecinos que representaban lianas y hongos, característicos de Texazu. La prenda le sentaba con exactitud: ni ajustada ni holgada. Recordó haberla adquirido hacía una década y constató con satisfacción su perfecto estado. Completó el conjunto con una camisa lila de dise?o sencillo y sobre ella, el haori verde de su clan.
Una vez vestida, sus pensamientos derivaron hacia Gazazo. Sus últimos informes habían sido alentadores; incluso había permitido que la sirvienta accediera a la habitación de Togaz. "Buen síntoma de confianza," reflexionó, "o quizá oculta algo más."
—Jajaja —una risa leve se le escapó. "Gazazo escondiendo algo". La idea, aunque posible, le pareció más producto de su paranoia. Con postura erguida, salió de su habitación y se encontró de inmediato con Marisol, una joven humana de veintisiete a?os cuya madre había sido una sirvienta competente en su día.
Con cada paso que Namys daba por los pasillos de cemento sin pulir, recordaba que aún no habían reconstruido por completo el puesto de avanzada. Faltaban ventanas de buen gusto, faltaba el recubrimiento de madera que suavizara la frialdad del material, faltaban tantos detalles que convertían un espacio en un hogar. Mientras caminaba, notó a su sirvienta Marisol avanzando unos pasos por delante. Aunque entrenada, sus modales no eran los adecuados: caminaba sin mantener la distancia protocolaria y no pronunciaba palabra. "?Quién se creía que era?", pensó Namys con fastidio.
Namys negó con la cabeza casi imperceptiblemente y suspiró mentalmente, decepcionada. Su madre falló en su educación o es una rata, reflexionó, pero mantuvo una expresión serena y compuesta. Lo último que deseaba era transmitir inquietud o sembrar pánico entre su gente.
Su caminar, aún incómodo por la crudeza del entorno, la llevó hasta una sala amueblada con notable elegancia. Pisos de madera pulida, una gran mesa baja rodeada de cojines de seda bordada... Sabía que aún faltaba mucho para alcanzar el esplendor de anta?o, pero esto representaba un paso en la dirección correcta. Allí, como esperaba, estaban su hijo mayor.
Su mayor alegría, Nasal, estaba sentado en el lado derecho del asiento principal. Llevaba el torso al descubierto, vistiendo solo unos pantalones cortos de lino, y conversaba animadamente con su esposa, una elfa llamada Nilya —antes conocida como Dilya—, quien vestía de manera similar pero con un sostén práctico. Ella permanecía sentada a la derecha de Nasal, serena pero atenta.
—Madre, siéntate. Te esperábamos —dijo Nasal con una sonrisa amplia, invitándola al asiento principal.
Con aplomo, Namys ocupó su lugar y dirigió una mirada suspicaz hacia Nilya. La joven era bastante agraciada y poseía un título de educación superior, con apenas 169 a?os —tan joven aún, llena de potencial—, pero seguían sin darle nietos. Eso le preocupaba.
—Cu?ada mía, es un placer y un honor verte sana —al terminar el saludo, la nuera le entregó un pergamino donde el nombre de Namys estaba escrito con una caligrafía decente, que transmitía fuerza pero carecía de la elegancia emocional que hubiera esperado.
—?No es encantadora, madre? La diosa está con nosotros —Nasal, con su actitud característicamente efusiva, abrazó a su mujer. Namys contuvo otro suspiro. "Al menos uno de mis hijos tiene pareja", pensó, "eso es algo que los otros dos deberían considerar".
—Madre, disculpa la tardanza —interrumpió su hijo Narel, llegando con paso firme. Vestía pantalones Gurkha impecables y una chaqueta deportiva de tweed, tan pulcro como si fuera a posar para un retrato. Con cada día que pasaba, su hijo menor se asemejaba más a un hombre responsable, como lo fuera su padre en su momento.
Narel se sentó a su izquierda y comenzó a conversar con su hermano mayor sobre el precio de las velas y cómo la producción de cerámica podría apoyar a la ciudad, evaluando cómo Nilya podría contribuir. Ver a sus hijos interactuar así, dejando atrás sus ri?as infantiles, le produjo un alivio profundo.
—Madre, me presento —anunció su hija Neia de manera seca, vistiendo una chaqueta tipo blazer sencilla y una falda plisada. Se sentó junto a Narel sin dirigir la palabra a nadie, absorta en la lectura de un peque?o libro. Namys suspiró una vez más, y entonces la comida comenzó a servirse: arroz blanco al vapor, múltiples platos de miso caliente, salmones asados, una variedad de rábanos, zanahorias, tofu y, como postre, yogur de chocolate.
Fue un desayuno delicioso, pero Neia no intercambió más que los saludos imprescindibles. "Apenas tiene cien a?os", reflexionó Namys, "no debería estar tan ensimismada". Parecía que tendría que tomar cartas en el asunto para animarla.
—Neia —dijo Namys, y al instante todas las miradas se volvieron hacia ella. Masticando un bocado de zanahoria, continuó—: ?Cómo van los cultivos?
Una pregunta sencilla y clara, pero suficiente para iluminar el rostro de su hija, que de inmediato se mostró emocionada por compartir sus logros. Nasal parecía divertido pero disimulaba su expresión con la destreza que ella misma le había ense?ado. Narel, en cambio, no ocultaba su aburrimiento; en esa mesa, era un libro abierto para quien supiera leerlo.
Por lo visto, la fuente de elixir era profunda, tal vez unos cuarenta metros hasta la superficie. Lo más probable era que la Gran Tormenta la hubiera revelado. Namys recordaba con amarga claridad aquel cataclismo: huracanes devastadores y rayos que hendían el cielo como cuchillos. En su interior, sentía un alivio agridulce que sus hijos permanecieran ignorantes de la verdad. Ellos creían que habían sido los dioses, pero ella sabía muy bien que un Arconte había sido el causante real.
El único que le venía a la mente era Locura Determinada. La Reina estaba en su territorio y la Princesa habitaba el mundo de los sue?os, pero ?qué había hecho cualquiera de ellas para desatar tal caos? Namys era consciente de que los reinos e imperios llevaban apenas cien a?os en estas nuevas tierras. Aún quedaban secretos por desentra?ar, pero ?qué había provocado un movimiento climático de tal magnitud?
Estos pensamientos, para su disgusto, apartaron su mente del momento presente. Sin embargo, sus hijos seguían conversando animados entre sí, felices de que los cultivos aseguraran la supervivencia durante el invierno del Abismo Profundo, cuya gélida gracia divina parecía adelantarse esta temporada.
El desayuno concluyó y cada uno de sus hijos partió a sus obligaciones para mantener el territorio. Su hijo mayor y su esposa se encaminaron, en particular, a prepararse para sus labores en el templo mayor. "La vida profesional es una cosa y la personal es otra", reflexionó Namys. "Mis otros hijos deberían aprender algo de eso".
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Cada despedida estuvo cargada de una emoción que confirmó que el desayuno había cumplido su propósito: llenarlos de energía para un día arduo. Ella misma se levantó y se dirigió a un ala con balcón, seguida en silencio por la sirvienta, quien, parecía haber hecho un voto de silencio . Sus pasos fueron suaves pero firmes al cruzar la estancia, y con esa misma actitud serena se presentó en el balcón y tomó asiento en una silla de mimbre.
Frente a ella estaba José, un joven —un ni?o a sus ojos, con apenas treinta y cinco a?os— vestido con una cazadora gastada y pantalones con roturas. Llevaba una fedora de ala ancha que proyectaba una sombra sobre su rostro, todo su atuendo en una gama de colores oscuros.
—Namys, hace a?os que no te veo. Y como un roble, tus arrugas solo a?aden belleza —la voz de José era dulce y untuosa, acompa?ada de esa sonrisa pícara que siempre lucía, como si estuviera evaluando a una presa a la que estafar.
—José Milo, ?sabes por qué te permito estar en mi presencia, verdad? —con esas palabras, Namys tomó un panecillo ba?ado en chocolate y dirigió su mirada hacia el pueblo en crecimiento. Unas mil almas vivían allí. Se preguntó qué habría pasado si no hubiera traído a sus hijos a esas tierras para cumplir su sue?o infantil de ser parte de un templo. Claro que ahora servía como una peque?a prueba de capacidad para Narel y Neia; después de todo, ambos ansiaban el puesto de patriarca o matriarca. Y ver a Nasal trabajando como sacerdote mayor... un sue?o que le alegraba ver cumplido, incluso si él ya no podía competir por el liderazgo.
—Namys, sabes que eres como una madre para mí, pero construir una autopista hasta el mar costará, como mínimo, unos ocho millones de solárium —su voz se tornó baja, casi apologética. Era aún muy joven si creía que esa táctica le funcionaría—. Tal vez dos o tres veces más si hay contratiempos.
Un precio barato, considerándolo todo. Una suma que una persona normal no vería en varias vidas. Quizás en cinco u ocho a?os esa carretera estaría lista. Namys solo tomó otro bocado, saboreando la mezcla de amargor y dulzura.
—José, si vienes a mí, significa que nadie, o muy pocos, te apoyan, ?verdad? —Este ni?o siempre había sido rebelde, empe?ado en hacerlo todo por su cuenta, pero esta vez le faltaban recursos—. Y olvidaste lo más importante: si tú ves una necesidad, otros también.
—He reunido con algunos allegados unos cuatro millones. Espero que nos ayudes. Después de todo, a ti también te convendría un camino al mar —me miró fijamente, desafiándola a llevar la contraria, mientras desplegaba un mapa que indicaba una ruta que, efectivamente, se ajustaba a sus planes.
—Has crecido mucho —aunque no lo demostrara, notó cómo se inflaba de orgullo al escuchar su elogio. Era increíble cómo crecían y, a la vez, seguían siendo los mismos—. Pero tan importante como saber dónde inicia es definir dónde termina.
Con una u?a perfectamente cuidada, trazó el inicio de la carretera desde el fuerte hasta el océano. El muchacho frunció el ce?o al instante: aquel trazo despreciaba todas las demás ciudades. La propuesta, sin duda, no le agradaba en absoluto. Esto se pondría interesante.
Así pasaron las horas. El muchacho intentó convencerla de que el inicio de la carretera debía ser en la ciudad de Lord Xaca, argumentando la proximidad a los ríos. Namys lo consideró con genuino interés, pero finalmente negó la propuesta con contundencia. José entonces intentó otra artima?a, inflando los precios cuando notó que Namys estaba de acuerdo con el proyecto en principio. Lo que el joven ignoraba era que sus hijos ya habían realizado los cálculos exhaustivos hacía semanas.
—Namys, madre de las ratas —hacía décadas que no escuchaba ese título. El ni?o había hecho su tarea, incluso se quitó el sombrero revelando una prematura calva—. Debe entender que mis... allegados están dispuestos a apoyar, pero necesitan garantías.
Namys estudió el mapa sin prisa, y no pasó desapercibido para su aguda mirada que todas las rutas alternativas que el muchacho proponía convergían en la Ciudad Rocavelo como punto de acceso, a veces de manera evidente, otras más sutil. "Qué curioso", pensó. "?Qué juegos está tramando este ni?o?"
—En unos días, una hija mía nacerá. Se llama Togaz. Celebraré una fiesta para festejar su llegada —anunció con calma calculada—. Después de la celebración, puedes traer a tus allegados— Hay que arrojar un hueso de vez en cuando, además, cuanta más gente venga, mejor. Allí los enemigos y aliados se mostrarán con claridad.
—?Gracias, gracias! Eres una dama de sanación, como cuentan las leyendas —en este punto, Namys estaba genuinamente impresionada. Ese título se lo habían conferido al graduarse, cuando apenas tenía setenta a?os, hacía más de dos siglos. El joven había realizado una investigación notable. Con esas palabras, José se levantó y se retiró.
"Una conversación productiva", seguramente pensó aquel muchacho. Namys casi podía leerle la mente al ver su sonrisa satisfecha. "Actuación barata", juzgó internamente. "Su mano no está apretada, sus ojos son demasiado obvios". No era tonta: el ni?o ansiaba su apoyo, pero había logrado hacerlo sonar como si ella necesitara el suyo. Incluso que Namys los invitara daba la imagen de que ellos detentaban el poder.
Namys disfrutaría viendo cómo Togaz, como buena hija al emerger de su capullo, demostraba su poder. Y, por supuesto, como su madre, ella debería manejar la situación. "Un fuego atrae mosquitos", reflexionó con una sonrisa interior, "y yo, Namys, los aplastaré".
Con todo resuelto, Namys se levantó y se dirigió al área de combate, seguida por su sirvienta. Notó, sin embargo, que la distancia entre ellas aumentaba ligeramente. "?A qué estará jugando?", se preguntó con fastidio. "Sería una lástima que la paranoia ganara otra vez". Con paso rápido, llegó hasta donde Gazazo, su ronin, luchaba contra Magui, la maga de fuego. El combate había atraído a un público considerable que, en su mayoría, apoyaba a la hechicera.
Namys observó cómo las grandes gradas estaban abarrotadas. La gente se api?aba en los regazos de otros para conseguir asiento, formando y deshaciendo peque?as torres humanas. Las gradas se elevaban alrededor del campo de entrenamiento, y los espectadores gritaban por su favorito. Incluso distinguió peque?os negocios ambulantes vendiendo comida y baratijas. Los comentaristas, con voces cargadas de emoción, a?adían su propio dramatismo.
—?Allí va! Magui se eleva al cielo con su estilo de nube de humo. Gazazo mantiene la distancia y ya ha probado las llamas de la 'gata ardiente' en carne propia, moviéndose por el campo de batalla. Este combate será largo, el gato y el ratón verde, campesinos y campesinas, pero... ?ooooo, esperen! Magui lo ha logrado —vociferó uno de los comentaristas.
En el campo de entrenamiento, Magui había logrado rodear de humo a Gazazo, y una explosión resonó en la arena. Gazazo consiguió escapar a tiempo con un salto, pero Magui lo "recompensó" con una andanada de bolas de fuego que lo golpearon de lleno.
Los vítores de la multitud al ver a Magui posando victoriosa le confirmaron a Namys quién era el favorito del público. Detrás de ella, su sirvienta soltó un grito ahogado.
—Impresionante, ?no? Gazazo, para alguien de su tama?o, tiene una velocidad prodigiosa. Pero Magui es alguien que ha entrenado durante mucho tiempo —la sirvienta comentó con un punto de orgullo—. Con orgullo puedo decir que esa maga de fuego es una de sus sirvientas de confianza, aunque últimamente los miembros centrales de su grupo se hayan ido.
Pero a Namys no le preocupaba. Sabía que Magui necesitaba formar su propio equipo; por ahora solo contaba con gente común.
Como había supuesto, Gazazo cayó al suelo con quemaduras, pero en una posición estable y, sin dudar, disparó su escopeta. El ataque impactó de lleno a Magui, quien no lo esperaba. Ante esto, Namys solo sacudió la cabeza con leve decepción.
—Sigue subestimando a Gazazo y sigue sin dominar sus hechizos estrella —murmuró para sí. Namys sabía que Magui era una profesional, pero se dejaba llevar por la emoción. A estas alturas, ya debería saber que Gazazo no se alteraría con solo eso.
La batalla siguiente fue bastante corta. Magui, herida, dejó aberturas que Gazazo aprovechó para usar su escopeta, presionándola junto con cuchillas de viento hasta que la maga cayó al suelo y fue noqueada con un golpe contundente.
La multitud no lo tomó bien; los abucheos no se hicieron esperar. Gazazo, imperturbable, simplemente abandonó el campo de entrenamiento. Namys asintió con la cabeza aprobatoriamente. "No hacer espectáculo es la marca de Gazazo".
Sin más, se retiró. Aunque a Namys le habría gustado presenciar otras batallas, incluso participar en alguna, sabía que si intervenía en el evento que su hijo Narel había creado, estaría minando su autoestima y autodeterminación. Entre todos sus hijos, él era el más capacitado para ser líder de clan, y necesitaba espacio para crecer. Con esta resignación, Namys se dirigió a una habitación aparentemente vacía, seguida por su sirvienta.
Para su disgusto, la sirvienta salió corriendo en cuanto traspasaron el umbral. Pero desde las sombras emergió Reptar, con su máscara de oso de la penumbra, deteniendo a la fugitiva con un golpe preciso e invocando cadenas que surgieron de su cuerpo para atrapar a la rebelde.
—Entonces, ?en verdad me traicionas o eres un roba-rostros? —Namys se acercó lentamente, sus pasos resonando en la frialdad del pasillo vacío—. Supongo que sabías que, de haber entrado en esa habitación, cinco hombres habrían salido para detenerte.
Con un ademán de Namys, Reptar liberó parcialmente al prisionero de sus cadenas. El cautivo, con el labio fruncido y ya sangrante, empezó a proferir insultos.
—?Maldita sea! ?Demonios del infierno! —una retahíla de improperios variopintos brotó de su boca mientras, con un movimiento brusco, se arrancó la cara como si fuera una máscara de carne, revelando su verdadero rostro: el de un humano de pelo negro y facciones comunes, con la excepción de tener dos bocas de las que surgían más injurias.
Reptar, sin dudar, le arrancó la cabeza de un golpe certero. El cuerpo del roba-rostros se desplomó en el suelo.
—Entonces la ni?a está muerta —concluyó Namys con amargura—. Se hará un funeral y se enviará una compensación a su madre.
Tomó entre sus manos la máscara de carne, hecha del rostro de una ni?a que había visto crecer, a cuya madre y abuela conocía personalmente. Una lástima que hubiera terminado así.
Namys sintió un peso repentino en el estómago, como si estuviera en las profundidades más abismales, como si el invierno mismo hubiera traspasado las paredes para helarle el alma. Pero, con un suspiro que empa?ó el aire frío del pasillo, su mirada se centró de nuevo en la determinación.
—Reptar, te ordeno que prepares todo. Gazazo conoce a un roba-rostros, un maestro. Es hora de ir por él —su voz adoptó un tono grave, y su postura se erigió como un muro infranqueable—. Espero que esa escoria no sea la responsable.
Reptar solo asintió y se retiró, como siempre, en silencio.
Namys se quedó sola en el pasillo, aún sintiendo el frío que se le había instalado en los huesos. Conteniendo las ganas de refugiarse en su cama, se dirigió al templo. Su camino hasta allí fue firme, saludando y manteniendo conversaciones cortas con otros elfos bajo su mando, mostrando una compostura inquebrantable.
Al poner un pie en el templo, sintió cómo las llamas naranjas que cubrían cada centímetro del recinto —desde la rama más alta hasta las hojas en el suelo— la envolvían en su calor. El invierno que llevaba dentro comenzó a derretirse. Con cada paso que la adentraba más en el santuario, los recuerdos más felices acudían a su mente, y su ira se refinaba en un propósito incandescente.
Ya frente al capullo de Togaz, Namys solo podía sentir una determinación feroz de hacer pagar a quienes se habían atrevido a desafiarla, a quienes habían sido tan arrogantes como para actuar en contra de ella y su clan.
Si esos insectos creían que esto la sacaría de quicio, que la verían como una anciana débil, Namys y su familia les mostrarían cómo lo hacían los elfos. El invierno siempre invitaba a contemplar el Abismo, pero con su familia a su lado, Namys se juró a sí misma nunca dejar de ver el cielo.
Fin

