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las aventuras de Ashley y Cyborg mama

  Ashley miró al maldito Joven Pepe que sonreía desde su lodazal de colores, el mismo que había derrotado a su gatito. Sus manos intentaron destrozar la caja donde vivía Pepe, pero se detuvo: su gatito y otros juguetes estaban dentro. Una sombra enorme la envolvió. Ashley soltó un bufido y se giró para ver a mamá con su taza de leche y café. Sus ojos fijos, una mirada carmesí, chocaron con los suyos color rosa.

  —No rompas esa consola. Ahí están tus juegos —habló seca, como si un gato le hubiera robado la lengua. O quizás ella fuera la gata, por eso siempre bebía leche. Con una sonrisa, metió la mano bajo el sofá de mierda y, desde su escondite, sacó unas hojas y sus crayones.

  Dibujaba con fuerza. Sus ojos lo veían todo: colores por aquí, una curva, bigotes. Con una mirada, allí estaba su mamá sentada en el piso con una botella de leche. Ashley no entendía por qué no tomaba de su propia leche, que era más saludable. Una sonrisa se extendió por su rostro; con saltos, se acercó a ella, pero al llegar, dejó de moverse. Su madre la miraba con ojos tan rectos como los de un panda, erguida como una rama.

  Siempre estaba recta. Tal vez no fuera un gato, sino una rama. Miró su dibujo. Su voz feliz se apagó. Con los brazos rígidos como troncos, arrojó el dibujo y se dirigió al cuarto. Andy ya debía estar haciendo esas cosas aburridas que mandaba esa perra estirada. ?Quién mandaba tarea para las vacaciones? Solo los tontos le hacían caso.

  —Andy, ?dónde estás? ?No es divertido! —Lo buscó por todas partes: bajo la cama, donde aún no había monstruos de ojos saltones; en las esquinas, donde aún no aparecían; en los cajones; ni en la caja grande. Con piedras en el estómago, se acercó a su madre, que estaba viendo la televisión con botellas de chocolate y hielo.

  Con pasos medidos, Ashley se sentó a su lado. Le lanzó miradas, pero su madre estaba viendo el techo, o tal vez algo más con sus poderes de cowboy-máquina. Pasó de sentada a acostada, observando a los ni?os en la pantalla resolver un misterio con un fantasma inútil.

  —?Es el amigo! —Su cerebro creció tanto que podría salírsele de la cabeza. El amigo quería el puesto del muerto, así que mataba a la esposa para que el muerto se suicidara. Un plan sin fisuras.

  Clap.

  Se giró. Allí estaba su madre con su sombrero vaquero, tocando su brazo como cuando tocaba animales con varas, pero el brazo de mamá brillaba. Observó con atención cómo le salían garras de tigre y su piel era recorrida por serpientes azules.

  —Sol mío, ?dónde estás? —La voz de su padre, parecida a la de un pájaro, siempre sonaba diferente pero se deslizaba bien. Su madre solo le hizo un asentimiento y la escuchó llamarlo "rokero". Ashley no veía lo drogadicto en su padre, o tal vez era porque su padre era aburrido como una roca.

  —Querida, sé que llegué tarde, pero deja que tu rokero se encargue —dijo, quitándose la camisa con un giro en cada paso. Ashley lo miraba moverse. Su madre era igual, con esos ojos sin olas y pasos que resonaban. Su padre cayó en el regazo de su madre y, de su pantalón, sacó palitos de metal para tocarle el brazo metálico.

  —No queremos que pase como la última vez. Limpiar tu brazo de leche fue complicado—su padre hablaba suave y se sentía bien escucharlo. El brazo de mamá se iluminó con todos los colores.

  —?Dónde está Andy? —con cuidado toca la pierna de mamá; la última vez que lo hizo, su pelo se puso como el de una bruja. Mamá le lanzó una mirada lenta, como en una película.

  —Andrew está en el campamento, querida —papá no se mueve, sigue junto al brazo. Ashley aprieta los pu?os. Eso del campamento es tonto. Andrew debería estar con ella, como su peque?o mayordomo. Papá es tonto. Siente la cara mojada; se había mojado. No, ella es una ni?a grande. Al dar un paso atrás, el brazo estirado de mamá la atrapa.

  Intenta escapar, pero se rinde con rabia. Mamá la aprieta contra su costado; Ashley le muerde, pero solo juega con su pelo.

  —Andrew volverá. Está volviéndose… —mamá siempre hace eso: se corta como cuando Karito corta monstruos— …está consiguiendo aliados para el futuro.

  —Pero debe estar aquí conmigo. Debe hacer lo que yo quiera. Tú lo dijiste —se retuerce en el abrazo indestructible, pero al menos dejó de mojarse. Ella es una ni?a grande.

  —Querida, ahora lo importante es cuidarte. Sal, tu madre debe dormir… o ya se durmió —ve que papá tiene razón: mamá se durmió con los ojos abiertos y la espalda recta. No debería sorprenderle; mamá ha estado muy activa.

  Su padre se levanta y se va, dejando a mamá recostada contra el sofá. Ashley aprovecha para subirse a su pecho y observar su nuca. Y, como lo sabía, tenía tubos… como los suyos, pero los de mamá parecen feos, son más largos. Ashley se toca la nuca y cuenta cinco tubos; mamá tiene dos. Mientras intenta ordenar las burbujas de sus pensamientos en busca de la verdad, juega con el cabello de mamá.

  —Querida, muévete. Mamá debe dormir, y el suelo no es lugar para la soldado Alter —su padre, con unos pantalones y una camisa de hombre oso, sube a mamá a una carretilla—. Te llevaré a la casa de Julia en un momento.

  Ashley escupe al escuchar que la llevarán con la llorona Julia, que seguro estará con Nina, esa perra que, como las siamesas, hará que Mira esté allí también. Ashley no es tonta: sabe que Andy quiere tener sus aventuras en solitario. Con los dientes apretados, recoge la casa de los juegos infinitos, la enciende y busca en su catálogo el juego Képomon Luna. Ella tiene a Tenlit tipo madera; solo debe averiguar cómo vencer al Joven Pepe en un combate Képomon.

  —Ashley en movimiento —al salir del juego, ve que su padre tiene mordiscos y rasgu?os en la cara. Mamá-gata ataca de nuevo y el ratoncito logra escapar. Lo siguió en silencio fuera de casa. El ascensor está lleno como lata de sardinas, pero al menos nadie se echó un pedo.

  El viaje a la casa de la llorona fue rápido, y aprieta los dientes al pensar en tener que estar con esa gente.

  —Cari?o, sé que Julia tiene sus problemas, pero ?cuál es el conflicto? —su padre hace preguntas tontas, como siempre; no como mamá, que lo sabe todo. Julia y su grupo miran a Andrew; obviamente lo quieren como hermano por ser súper, pero solo ella puede tenerlo.

  —Es tonta —solo le responde eso. Mamá le dijo que no debe atacar a menos que tenga la oportunidad, y sabe que está sonriendo: su momento llegará para que aprendan quién es la hermana real.

  Los edificios pasaron uno tras otro, grandes y peque?os, hasta salir de la ciudad, donde había casas gordas, todas iguales. Su papá decía cosas tontas: ??Cómo estará el barrio? ?Estará abierto el estadio? ?Me da tiempo para ir a lo de Rick??. Siempre preguntas; no como mamá, que dice ?haz? y después piensa.

  Se bajaron frente a una casa igual que las demás, pero con un tipo acostado tomando de una jarra marcada con tres equis. Ashley intentó imitar el paso de papá, pero tropezó; su cara se puso roja cuando él la sostuvo de la mano.

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  Papá tocó la puerta y la mamá de Julia ya estaba allí.

  —Brian, ?cómo estás? ?Y Alter ya... volvió? —La mamá de Juli siempre olía a rosas podridas y lejía. De seguro mata gente y oculta los cadáveres en el jardín de rosas. Entonces Julia es una mini asesina. Debe vigilarla.

  —Maya, sí. Alter ya llegó. Mi amor volvió de las garras de la muerte, aunque levantar a una cyborg será la muerte de mi espalda. Tú deberías saberlo —su papá se apoyó en el marco de la puerta, siempre mirando a los ojos a Ma-Julia, quien soltó esa risita tonta que tiene Julia al ver a Andrew. Una familia de ladronas y asesinas; de seguro mató a su esposo. Ashley nunca lo ha visto.

  —Ay, Brian, eres pícaro como siempre. Pero sí, Rober aún no ha vuelto, aunque me alegro de que esté aquí. Con Ashley, obviamente —Ma-Julia jugó con su cabello, pero Ashley rodó los ojos y miró al hombre con esa botella frente al patio. Ese hombre se parecía al papá de Julia en las fotos, pero ahora estaba sucio y olía feo. Se encoge; pasa de esto. No quiere ver los intentos de robo. Papá nunca traicionaría a mamá-vaquera por una gorda fea. Entra a la casa, que, como siempre, está llena de cuadros de payasos y perros hechos de una piedra blanca pero muy suave. Los mira atentamente.

  —No lo pienses, diablillo —la voz de una perra arruinó su gran robo. Se gira: es la perra-hermana de Julia, con el pelo te?ido y anillos de dulce. Antes de que pudiera decirle algo, la perra se fue.

  Julia apareció de la nada, como un fantasma tirado a un pozo, con sus ojos amarillos como siempre. Detrás de ella, Nina y Mia.

  —Mira esto, Ashley: ya no eres la única. Menos es más —Mia hizo ese movimiento de perra rica de televisión. Ashley ve que tiene tubos, aunque los de Ashley siguen siendo más y más bonitos.

  —Más es más fea —Mia solo se ríe, y Ashley es arrastrada por Julia a su cuarto, lleno de peluches y una cama de princesa donde tiene monstruos. La suertuda. El olor a papá se le metió en la nariz e hizo que moviera la cabeza.

  —Papas fritas con queso. Ven, come. Mamá las hizo para todas —Julia, con su gran sonrisa, reparte. Detiene a Nina, la golosa. Mia juega con sus tubos. Toma su parte, pero con furia: cada papa frita conoce mi furia. No importa si están buenas.

  —Dirás qué, por Ashley. Tener al se?or Graves en su puerta... Tengo información —Mia dice eso mientras juega con el pelo de Julia. Todas chillan. Ashley se tapa los oídos, porque se sorprenden; es obvio. La siempre chismosa Nina pregunta: quiere el chisme.

  —Ok, ok. Al parecer, el se?or Graves era líder de una banda de rock en el pasado, y nuestras mamás eran fans todas juntas —Mia saborea los chillidos de Julia y Nina como si fuera una celebridad o una tipa del clima.

  —No puede ser. Mi mamá es: "Nina, haz esto", "Nina, no toques las pistolas", "Nina, no te acerques a papá" —Nina habla y habla; es como una abeja zumbando.

  —?Dónde anda Andy, Ashley? Y lo mismo para ti, Julia. ?Por qué Jane está en casa? —Mia suelta su nombre tan relajada mientras se recuesta. ?Y quién es Jane?

  —A Jane... la expulsaron —Julia mira a los lados como un mapache asustado que teme ser descubierto robando—. No soporta las pruebas. Además, golpeó a un chico. No sé por qué, solo sé que Jane está muy molesta.

  —Chicas, debemos estar juntas en unos a?os —Mia se para recta como un palo, cosa rara en una zorra que dice tonterías. Dos a?os es mucho tiempo; ni siquiera hemos terminado uno—. En el campamento debemos estar juntas.

  —?Y por qué? Yo tendré a Andy —Ashley está segura de que solo está lejos unos días. Además, tiene a mamá y a papá para ella sola. Andy le deberá todo el tiempo que estuvo fuera; tendrá que ser el doble de amable—. De seguro es el mejor del campamento.

  —?Quién sabe, Ashley? —Nina se mete donde no la llaman, fallando en ser misteriosa..

  Ashley le mostró la lengua a la zorra de Mia y la abeja de Nina. Eso explicaba la guitarra de papá; no la usaba mucho porque los vecinos eran una mierda, pero recordaba cómo cada nota le hacía temblar. Era la única vez que había visto a mamá cantar; todo se había sentido tan fuerte. Aunque mamá cantaba como si alguien la estuviera goleando, y papá cantaba mejor que esas bandas de mierda de las que Mia era fan.

  No sabía cuánto tiempo había pasado entre chismes y la comida que traía Ma-Julia. Ashley se mantenía con su consola, jugando, pero cuando las demás sacaron las suyas, se acercó a Julia, riendo bajito, para observar su partida de Kario Kart.

  —Deja eso —dijo Ashley, mostrándole su consola. En la pantalla, un auto increíble rugía. Era el último juego que mamá le había regalado: NFS: Fugitive. Apretó un botón y subió el volumen de golpe, llenando la habitación de estruendo. Todas saltaron de sus asientos. A Ashley también le zumbaron los oídos, pero valió la pena.

  —?Ooooo! —Ashley sonrió al ver la boca de Julia abierta en una O perfecta. Julia se acercaba, y Nina también, pero Ashley giró la consola para que Julia viera mejor. Disfrutaba al ver cómo Mia, la zorra, apretaba los dientes y sacaba un cuaderno de su mochila. ?Qué tonta! Seguro se pondría a hacer tonterías con la tarea. Con aire de suficiencia, Ashley tomó un sándwich de hamburguesa; sabía insípido, como toda la comida que no venía de Europa.

  Ashley no entendía por qué mamá no traía comida de Europa, o por qué no iban allí si la comida era tan rica. Papá solo se había reído y había dicho algo sobre la ironía de la vida. Mamá solo había respondido que los cowboys eran de EE.UU. Eso tenía sentido, pero ?por qué no iban al Viejo Oeste? Papá dijo que mamá era una vaquera que odiaba la arena. Mamá solo gru?ó.

  —?Ashley! Tierra a Ashley —Mia la sacudió. Ashley le escupió y sonrió al ver que había acertado limpiamente en su cara. Haber practicado valía la pena. Se volvió hacia Julia, que estaba conteniendo a Nina para evitar problemas.

  —Vamos, solo una vuelta. ?Quiero jugar! Ni siquiera en la computadora de papá se ve tan bien —Nina insistía. Ashley la miró; pensaría en un animal para describirla después, tal vez una jirafa, pero ahora era tiempo de dar palizas.

  —No puedo, Ashley. Me lo dio... Deja de bardear, Nina, eso es sucio —Julia forcejeaba lastimosamente. Nina ya le estaba mordiendo la mano y se había subido encima de ella. Ashley agarró a Nina de la camisa, la levantó y, con un rápido movimiento, la arrojó a un lado.

  Mia, ya limpia, se acercó a Nina, pero Ashley se sentó en la cama, rodeando a Julia con un brazo por la cintura. Con un movimiento experto, sacó un cable y lo conectó a su consola. La pantalla parpadeó un par de veces y comenzó a buscar juegos para dos jugadores.

  —Ashley... Sé que Nina se portó mal, pero no era necesario —Julia era tan tonta, perdonaba todo con su razonamiento; por eso nadie la respetaba. Ashley siguió buscando un juego, aunque notaba algo extra?o: sentía que había ojos observando desde la consola. Entonces era cierto: había un duende viviendo dentro, y mamá lo controlaba.

  —Nina solo quería jugar... Tu consola es muy buena; tiene juegos como Kopémon Luna. Nadie en la ciudad lo tiene —Julia soltaba puras excusas. Ashley suspiró. Tendría que cuidar de Julia; además, si era una mini asesina, podría ayudarla a cometer crímenes. Así tendría una guardia secreta. ?Aventuras! Obviamente, Andy sería el policía corrupto que caería rendido ante la ternura de la leyenda Ashley Graves.

  Al final, eligió un juego de cocina donde cada jugadora tenía su propia tarea. Julia entraba en pánico y siempre estropeaba su plato.

  —?Jajajajajaja! —Ashley soltó una carcajada que hizo que Julia se tapara la cara con las manos: había cocinado un pastel con forma de polla. Ni siquiera sabía que se podía hacer eso. No estaba tan mal, pensó, mientras las otras dos no se acercaban.

  —Ashley, es hora de irse. Llegó la hora. Lo mismo para ustedes, chicas —Ma-Julia entró, arruinando el momento. Ashley se levantó gru?endo; ya se estaba divirtiendo, pero sabía que era hora de la cena y quería comer en casa. Julia se despidió de ella y de las demás.

  Siguió a Ma-Julia, pasando de largo al borracho que ahora estaba junto al auto, con vómito. Las otras ni?as lo rodeaban como pollitos, pero Ma-Julia se detuvo y Ashley se giró al escuchar el rugido de un motor: allí estaba su mamá.

  Se detuvo en seco. El aire era caliente; de repente, el motor zumbaba y la emoción de Ashley crecía sin parar. ?Podría montarse! Su mamá se bajó y se plantó frente a Ma-Julia.

  —Mi hija se irá conmigo, Maya —. Mamá, alta, con pelo negro y ojos rojos, era gigante. Incluso hizo lo del finalizador, tronándose el cuello. Ashley no necesitaba voltearse para saborear la dulce envidia de Mia, la muy zorra.

  —Cl...aro, Alter. Buenas noches. Vamos, ni?as —. Huyendo como una cobarde, Ma-Julia metió a todas las chicas en el auto y arrancó con su auto de mierda.

  Para Ashley, la Akira Yaiba de su mamá no era solo una moto; era un dragón de metal rojo que dormía en el garaje. Le encantaba que fuera tan alta y brillante, y siempre se ponía de puntillas para intentar tocar el asiento. Cuando su mamá la encendía, el suelo temblaba un poquito y la ni?a sentía una emoción saltarina en la panza, so?ando con el día en que sus pies alcanzaran los pedales para salir a cazar luces por la ciudad.

  —Debes guardar tu USB personal, Ash, después de usarlo —su mamá le tomó la mano, metiendo bien el cable bajo la piel. Sin más dilación, por fin se montaron. Mamá activó el asiento de ni?a peque?a, pero eso no detuvo la emoción al moverse como una flecha; todo quedaba atrás. Con el aire golpeándole la cara, ningún auto podía acercarse. Se metieron en una obra en construcción y Ashley sintió que se hacía pipí al saltar una rampa. Esto era lo mejor.

  Fin

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