Peter Pan se veía abrumado. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una máscara de seriedad absoluta.
?En serio voy a perder otra vez? —pensó, sintiendo el peso de los golpes combinados—. Si tan solo mi poder no hubiera sido tan débil aquel día... si hubiera alcanzado la Fase 3, tal vez Réka y Attila seguirían aquí. Merezco este dolor... No. Aún debo redimirme.
—Escúchenme bien... —rugió Peter Pan, su voz vibrando con una frecuencia que hizo estallar los vidrios de la iglesia a lo lejos—. Si quieren matarme, ?deberán hacer mucho más que eso!
De repente, la presión gravitatoria se contrajo. El canto de las aves se transformó en un lamento distorsionado; el tiempo mismo parecía volverse espeso. Benedek, Lázaro y Zora colapsaron instantáneamente.
—?Qué es esto? —jadeó Benedek, con el rostro pegado al fango—. ?No se supone que estábamos en la zona segura?
—Me impresionan —dijo Peter Pan, irguiéndose con una elegancia antinatural—. Lograron lo que creía imposible. Forzaron mi habilidad a evolucionar. Bienvenidos a mi Fase 3: Horizonte de Sucesos.
Peter ya no era un hombre; era una singularidad cinemática. Al comprimir su radio de exclusión a nivel de su piel, su masa inercial se desacopló de la constante gravitatoria. Fuera de ese límite milimétrico, la realidad sucumbía a un vacío de presión tan absoluto que la materia era colapsada antes de tocarlo. Era un objeto de peso nulo con la densidad de un colapso estelar.
—No importa si mejoraste... te der... —Máté no pudo terminar la frase. Sus 107 segundos habían expirado. Su cuerpo, sin una molécula de ATP, se desplomó como una estatua de plomo.
—?Se?or Máté! —gritó Pista, pero un golpe invisible le hundió el abdomen. Peter Pan se había movido sin fricción, sin sonido, impactando al ni?o con una fuerza que lo dejó inconsciente en un instante.
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—Parece que los insectos llegaron a su límite —dijo el gigante. Caminó hacia Máté y se acuclilló frente a él. Sus ojos, antes feroces, ahora mostraban una curiosidad gélida—. Eres raro, ni?o. Tu apariencia, tu lenguaje... "Biólogo". Dime algo... ?conoces un lugar llamado "Hungría"?
Máté abrió los ojos de par en par. La palabra lo golpeó más fuerte que cualquier pu?o de gravedad. En ningún mapa de este mundo existía tal nombre.
—?Quién... quién te dijo ese nombre? —susurró con sus últimas fuerzas.
—Entonces es cierto. Vienes del mismo lugar que éL —Peter Pan se puso de pie, su capa ondeando en un aire que ya no pesaba—. Espero que seas la persona que tanto esperé. Ya obtuve la confirmación que necesitaba... por ahora, vive.
En un estallido de velocidad, el general desapareció. La gravedad volvió a la normalidad tan súbitamente que Benedek sintió que flotaba.
—Siento que si salto, terminaré en las nubes —murmuró el legionario, intentando compensar la ligereza.
—Yo también me siento igual Benedek. Es que nuestros cuerpos aún están intentando compensar la presión de ese monstruo. Mira el suelo... ni siquiera las hormigas sobrevivieron— Dice Zora mirando al suelo.
Cinco minutos después, la hermana Beatrix llegó con refuerzos. El escenario era desolador: árboles triturados y un suelo donde ni las hormigas habían sobrevivido.
Horas más tarde, Máté despertó en la cama de la posada de la iglesia. Beatrix vendaba sus manos con delicadeza.
—Perdón por dejarlos solos —dijo ella, con los ojos empa?ados—. Corrí al gremio en cuanto pude...
—No se disculpe, hermana. Gracias a usted estamos vivos —respondió Máté.
Sus miradas se cruzaron en el silencio de la habitación. El aire se volvió pesado, pero esta vez no era por la gravedad de Peter Pan. Máté sintió que el rostro se le calentaba, y Beatrix no apartó la vista... hasta que la puerta se abrió de golpe.
—?Máté! Escuchamos que te dieron la golpiza de tu vida, ?estás bien? —Bernát y Eszter entraron atropelladamente.
Eszter frenó en seco al ver la cercanía entre ambos. Una sonrisa traviesa iluminó su cara.
—Ooooh... veníamos a ver si seguías vivo, pero no esperábamos interrumpir un momento romántico. ?Imaginen que no estamos aquí! —exclamó mientras agarraba a Bernát de la nuca y lo sacaba a rastras del cuarto.
—?No estábamos haciendo nada! —gritaron Máté y Beatrix al unísono, rojos como tomates.

