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Vectores de Acero y el Peso de una Constante

  Unas horas después, Bernát se encontraba en el jardín trasero de la iglesia. Usaba un trozo de rama quemada como carboncillo para garabatear frenéticamente sobre hojas de papel arrugadas. Su rostro era un poema de frustración mientras intentaba resolver sistemas de variables físicas que no parecían darle paz.

  —Desde cinco kilómetros de distancia se nota que estás por estallar —dijo Eszter, sentándose a su lado con un suspiro—. Sigues dándole vueltas a lo del escarabajo, ?verdad?

  —Sí —gru?ó Bernát, rompiendo la punta de su rama—. No pude hacer nada. Cuando supe que el conejo de cristal era Rango Variable de amenaza nivel 1, pensé que estaríamos bien contra una amenaza nivel 3. Me equivoqué por un margen estúpido.

  Bernát bajó la mirada, apretando los papeles entre sus manos.

  —Máté tiene su resistencia infinita... Tú tienes ese "ruido" que te avisa del peligro. ?Pero yo? Solo puedo calcular un poco más rápido. No pude pensar bajo presión y caí como un novato.

  Eszter guardó silencio un momento antes de hablar con una seriedad impropia de ella.

  —Deja de castigarte con números que no te dan la respuesta que buscas. En psicología decimos que el carácter es el destino, Bernát. Tú eres el eje de este grupo. No eres débil por no golpear fuerte; eres el único con la arquitectura mental necesaria para sostenernos cuando todo se rompa. Tu alma es una constante en un mundo de variables, y eso es lo más cercano a un dios que he visto.

  Bernát la miró, sorprendido por la profundidad de sus palabras. Eszter se puso de pie y regresó a la iglesia sin mirar atrás.

  —Ahora eres tú la que dice cosas complicadas —murmuró Bernát con una peque?a sonrisa, mirando el cielo estrellado.

  Tras días de recolectar hierbas y ahorrar cada Bit, el grupo acumuló 400 monedas. Se dirigieron a la armería del gremio con el entusiasmo de quien va a comprar su libertad. Máté no dudó: eligió unas manoplas de hierro reforzado, ideales para aprovechar su energía inagotable en combate cerrado. Eszter, tras descartar los arcos, tomó un látigo de cuero trenzado.

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  —Ya solo queda el indeciso —bromeó Eszter mientras Bernát deambulaba por la tienda.

  —Es difícil... las espadas son demasiado pesadas para mi centro de gravedad —murmuró él, hasta que sus ojos se posaron en una lanza corta. Era ligera, equilibrada y permitía mantener la distancia.

  Tras gastar 375 Bits en el equipo, regresaron al bosque. Pasaron días entrenando y huyendo del chirrido del Escarabajo Turbina hasta que, finalmente, decidieron que era hora de la revancha. Cuando el escarabajo emergió para embestirlos, los tres se movieron en una coreografía ensayada.

  —Ya no somos los mismos —declaró Máté, esquivando la carga y golpeando el costado del insecto con sus manoplas, el sonido del metal contra la quitina resonó en el claro.

  El escarabajo, aturdido, intentó virar hacia Bernát, pero el látigo de Eszter se enredó en su cuerno principal, derribándolo contra el suelo.

  —?Esta vez no, maldito insecto! —gritó ella.

  Sin embargo, la criatura de rango Variable no se rindió. Agitó sus alas con una frecuencia ultrasónica, soltándose del látigo y usando los árboles como plataformas para rebotar, creando una red de embestidas desde todos los ángulos.

  —?Es demasiado rápido! —exclamó Eszter, esquivando por puro instinto mientras Máté y Bernát se pegaban al suelo para evitar ser decapitados.

  Bernát cerró los ojos un segundo, sincronizando su mente con el zumbido de las alas. Uno... dos... el patrón es una parábola recurrente... ?Ahora!

  Bernát se puso en pie y extendió su lanza. El escarabajo, en su trayectoria de máxima aceleración, no pudo corregir el rumbo y se empaló directamente en la punta del arma. El impacto lo hizo caer al suelo, chirriando de dolor.

  —?Ahora te tengo! —Bernát olvidó las matemáticas por un segundo y atravesó el tórax de la bestia con un grito de victoria.

  —Lo logramos... —suspiraron los tres, mirando el cadáver del insecto que antes los había humillado.

  —?Somos invencibles! —celebró Eszter—. ?Cualquier bicho que venga será pan comi...!

  Su frase fue cortada por un coro de chirridos metálicos provenientes de todos los arbustos circundantes. Una docena de Escarabajos Turbina emergieron, moviendo sus alas en se?al de guerra. Los tres se miraron por un segundo antes de dar media vuelta y salir corriendo a toda velocidad hacia la aldea.

  Horas después, en el gremio, Irena miró el cadáver del escarabajo con su habitual desprecio.

  —No era necesario que trajeran este resto orgánico al mostrador —dijo, pero procedió a cambiar sus collares de madera por unos de cobre.

  —Ahora son oficialmente Legionarios de Rango Variable. Pueden aceptar misiones de su nivel y cazar bestias de rango Frecuencia. Pero tengan cuidado: esas sí pueden matarlos de verdad. Ahora váyanse, quiero almorzar —concluyó Irena, dándoles la espalda sin más ceremonia.

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