Las horas se deslizaban lentamente mientras Lady Lidia se dedicaba con precisión a dibujar los intrincados círculos de alquimia. Cada línea, cada runa, cada símbolo tenía un propósito exacto. No había margen de error. Mientras tanto, Cáliban permanecía en reposo, sumergido en las aguas termales del castillo, intentando aliviar la fatiga y el dolor que desgarraban su cuerpo.
Cuando finalmente completó el círculo, Lidia no perdió el tiempo. Recorrió los pasillos a toda prisa, buscando a su se?or hasta dar con las puertas del ba?o termal.
—?Se?or! ?El círculo está completo! —gritó desde el umbral, sin atreverse a cruzar.
—Gracias, Lidia… iré en un momento…
La voz de Cáliban sonaba apagada, como si pesara toneladas. Lidia lo notó. Pero también entendía que no era el momento de hablar. Se retiró rápidamente, deseando echar un último vistazo al complejo diagrama que acababa de trazar.
Dentro, las aguas caían en cascada, rozando las rocas y mezclándose con trazas de sangre. Cáliban permanecía en medio del lago termal, con el agua cubriéndolo hasta el pecho y el rostro tenso por el esfuerzo. Intentaba circular su energía vital para reparar su organismo, pero el dolor lo golpeaba con cada intento.
?Maldita sea… usar la magia del Zodiaco y los Pu?os Ardientes ha empeorado mis heridas… tengo… que… resistir…?
Durante veinte minutos, luchó con su propia esencia, sintiendo cómo la energía se le escapaba. Cada exhalación parecía disolverlo un poco más. La vida fluía de él como un hilo invisible hacia el mar cósmico de la creación.
Finalmente, logró estabilizarse. El temblor en sus manos se detuvo. Su corazón volvió a un ritmo soportable.
?Tendré que ser más cuidadoso a partir de ahora…?
Tras vestirse y abandonar las termas, se dirigió hacia la cima del castillo. Allí, encontró a Lidia de rodillas, revisando con meticulosa atención cada trazo del círculo alquímico.
—?Está listo?
La voz grave de Cáliban la hizo estremecer.
—?Ah! Sí… perdón, estaba un poco nerviosa… Este círculo de alquimia parece… importante. ?Qué planea hacer con él?
Cáliban guardó silencio unos segundos. El viento soplaba fuerte en las alturas, como si incluso el aire esperara su respuesta. El ambiente se volvió más denso, más pesado. Lidia sintió cómo la tensión le oprimía el pecho.
Entonces, con la solemnidad de un juez que está a punto de dictar una sentencia irreversible, Cáliban habló:
—Voy a refinar a alguien.
—?Re… refinar? —repitió Lidia, con los ojos abiertos —No lo entiendo… ?Qué significa exactamente… refinar a una persona?
Cáliban no respondió de inmediato. Sus ojos se clavaron en el centro del círculo, donde convergían las runas principales y el peque?o reto?o. El viento volvió a soplar, arrastrando consigo la sensación de que lo que estaban por hacer… no tenía vuelta atrás.
Minutos después, los invitados comenzaron a llegar al castillo. Lord Xander fue quien los recibió en la entrada, con su porte habitual, sereno y enigmático. Reinhard se adelantó, con los ojos fruncidos.
—Lord Xander… ?Cáliban le ha dicho para qué quería esta reunión? —preguntó, claramente desconcertado por el secretismo.
—No. —respondió el noble con una ligera sonrisa en los labios —Solo me pidió que esperaran aquí, fuera de la sala principal. Sin embargo… creo que puedo imaginar lo que pretende.
El tono de su voz dejó entrever que sabía más de lo que decía. Sin a?adir nada más, se volvió hacia el bosque.
—Por ahora, esperen. Necesito ir a buscar algo…
Y sin dar más explicaciones, se marchó. Su figura se desvaneció entre los árboles del bosque, avanzando con paso seguro hacia un lugar conocido solo por unos pocos… la Cueva de las Revelaciones.
Joseph, al ver su dirección, lo comprendió de inmediato.
—Parece que… ya es tiempo.
Nhun se acercó a él. La duda aún bailaba en sus ojos, como brasas que se niegan a apagarse.
—?Estás seguro de que lo que dijiste… es verdad?
Joseph asintió sin dudar. Su mirada no temblaba, pero el peso en su rostro era evidente.
—Sí.
Sin embargo, no todos estaban tan convencidos. Astrid cruzó los brazos, alzando una ceja inquisitiva.
—?Y por qué te lo dijo solo a ti?
Joseph frunció el ce?o con molestia, cansado de repetir el mismo ciclo.
—Ya hablé suficiente. No les diré nada más. Si quieren creerme, háganlo. Si no… también es su decisión.
Se apartó del grupo, caminando hacia la puerta principal del castillo. Su espalda recta era la única respuesta que les dejaba. Los demás se miraron entre sí. La incertidumbre crecía como una marea.
Mientras tanto, Lord Xander caminaba entre los árboles. El bosque oscuro lo recibía con un silencio denso. Sus pasos eran firmes, aunque cada crujido bajo sus pies parecía resonar con una tristeza antigua.
Llegó finalmente a la Cueva de las Revelaciones. Aquel lugar, donde los gritos habían sido el único lenguaje durante días, y ahora… un silencio espectral lo llenaba todo.
El aire era pesado. Los árboles, inmóviles. El suelo, húmedo por la bruma.
Y en el ambiente flotaba algo más que humedad o soledad. Era angustia. Dolor puro, en estado latente. Cada hoja que caía, cada rama que crujía, lo hacían como si lloraran.
Lord Xander se detuvo frente a la entrada.
Empujó las puertas de la Cueva de las Revelaciones. Un viento frío lo recibió desde el interior, arrastrando consigo un susurro de ecos rotos y silencios antiguos. En el centro de la penumbra, flotando entre la soledad y el peso de lo no dicho, una carta descansaba suspendida en el aire. Su hoja temblaba levemente, como si respirara… o sollozara.
Xander la tomó con sumo cuidado. Al tocarla, escuchó el murmullo. Un lamento etéreo y frágil, traspasado de súplica.
—Por favor… —susurró una voz de mujer, como una sinfonía quebrada por el miedo —Te lo suplico… haz que se detenga…
—Esto es poco para lo que realmente mereces, bruja… —respondió Xander, sin rastro de piedad.
—Te lo daré todo… —rogó la voz, ahora ahogada en desesperación —Todo mi conocimiento, todo lo que soy… solo por favor… no me lleves con él…
Xander cerró los ojos un instante, pero no para dudar. Solo para contener el asco.
—No importa lo que ofrezcas. Recibirás tu castigo… sin importar el precio.
Guardó la carta en su saco y dio media vuelta. No miró atrás. Aquella criatura no merecía compasión. No después de lo que había hecho.
Detrás de las puertas principales del castillo, Adelina y Lidia aguardaban junto al trono. Ambas alertas, custodiaban el lugar por si la prisionera intentaba algún arrebato. Las ni?as, ocultas tras Adelina, se mantenían cerca, listas para actuar como testigos.
Afuera, el resto del grupo esperaba con tensión. Nadie comprendía del todo el motivo por el cual Cáliban los había convocado… pero lo sentían. Algo importante estaba a punto de suceder.
Dentro de la sala, Cáliban avanzó hasta el centro. Al alzar la mano, el aire vibró con poder. La piedra del suelo se transformó, moldeándose hasta convertirse en un trono negro, antiguo, de líneas marcadas por una magia olvidada.
Se sentó con solemnidad. Su mirada, indiferente y pesada, se clavó en el vacío frente a él.
Xander, que regresaba del bosque con paso tranquilo, comunicó con su mente:
??Debería dejarlos pasar??
?No… aún no. Espera mi llamada. Por ahora, entra tú solo.?
Xander obedeció. Cruzó las puertas con la cabeza en alto y la mirada gélida, cruzando la sala hasta detenerse ante su se?or. Frente a él estaban Cáliban, sentado en su trono; Lidia, con los ojos fijos en él; y Adelina, imperturbable, con las ni?as detrás en caso de algún ataque.
Xander alzó la mano y dejó ir la carta. Esta flotó brevemente hasta aterrizar suavemente en la palma de Cáliban. él la miró como si fuera una peste. Su ce?o se frunció, y sus ojos comenzaron a brillar con un carmesí denso y amenazante.
Una onda de energía recorrió la sala, oscura e inmensa. Las paredes vibraron y el aire se tornó pesado. Del interior de la carta, como si la arrancaran de una dimensión oculta, emergió una figura luminosa. Su cuerpo parecía compuesto de fragmentos de luz condensada e inestable, como si su propia existencia estuviera en conflicto.
La figura aterrizó justo en el centro del círculo.
El alma de la diosa tomó forma lentamente. Ya no era la figura radiante y perfecta que alguna vez había inspirado temor y devoción. Era una anciana ajada, encorvada por el peso de su culpa, despojada de toda belleza y humanidad. Su cuerpo temblaba, sus ojos parpadeaban sin rumbo, incapaces de sostener una sola dirección. Cada aliento era un lamento.
—?Qué es esto…? ?Dónde estoy…? —murmuró, hasta que su mirada cayó sobre el trono de piedra.
Y entonces lo vio.
—Oh… —dijo con un hilo de voz, antes de que una risa seca brotara de su garganta —Eres tú. ?Sabes? Muy en el fondo, conservaba una mínima esperanza de que las heridas que te dejé hubieran sido suficientes para matarte…
Cáliban no se inmutó. Su voz fue calmada, cortante, con la seriedad implacable de un juez.
—?Aún tienes el descaro de hablar, engendro?
—?Ja! —escupió la anciana —No me hagas reír. Esa pose de juez heroico no te queda. Tú también has cometido atrocidades. ?Tantas como yo! ?Y todavía tienes la osadía de actuar como si fueras el bueno aquí?
—Nunca he sido el bueno. —interrumpió Cáliban, su tono se tornó más oscuro que las sombras del salón —Jamás lo he sido. Y no tengo intención de fingirlo. No soy salvador. No soy redentor. Solo destruyo a mis enemigos… y por mala fortuna, tú estás en esa lista.
La diosa soltó una carcajada seca y hueca.
—?Bah! Sea lo que sea que pienses hacerme, hazlo de una vez. No esperes que te suplique.
Cáliban esbozó una sonrisa amarga. Podía ver el temblor en sus manos, la forma en que su voz se quebraba por momentos. Era valentía fingida. Nada más.
Desde un costado del salón, Beatriz se aferró con fuerza a la mano de Adelina.
—?Es ella…?
Adelina asintió con gravedad. Las ni?as que la acompa?aban retrocedieron un paso. Algunas no podían ni sostener la mirada. Ver a la diosa en ese estado les causaba repulsión… y miedo.
—Bien. Entonces… comenzaremos con el juicio de la Madre de la Mirada Triste.
Su voz resonó como un trueno contenido. El eco rebotó en los muros de piedra. Ninguno de los presentes osó interrumpirlo.
—Los cargos en tu contra son…
—?Mentiras! —vociferó la anciana. Su boca, deformada y sin dientes, escupía palabras como veneno —?Todo son falacias inventadas por traidores y cobardes!
Entonces, una descarga eléctrica recorrió el aire con un sonido seco y brutal. El cuerpo espectral de la diosa se estremeció violentamente mientras un grito desgarrador atravesaba el salón. Su alma ardía en una luz agónica.
Cáliban observó el castigo sin parpadear. No movió un músculo. Solo esperó… como si aquello fuera una formalidad inevitable.
Cuando los espasmos cesaron, la diosa cayó de rodillas, jadeando.
—Maldito… —susurró, apenas con fuerza —?Qué me hiciste…?
Cáliban la miró como si fuera un insecto arrastrándose.
—Oh, lo olvidaba… —dijo con frialdad, inclinándose apenas hacia adelante —Tu alma está atrapada en la carta. Yo, como su due?o, me convertí en el amo de tu esencia… y a tu amo no puedes mentirle. ?Ya lo olvidaste? Tú misma usaste muchas de estas cuando aún reinabas.
La mirada de la diosa se apagó. Sus pupilas, antes errantes, se congelaron en un punto vacío. La última chispa de su plan, sembrar caos entre las filas de su enemigo con mentiras calculadas, acababa de extinguirse antes de siquiera de comenzar.
Cáliban suspiró, como si le cansara el acto de escucharla fingir inocencia.
—Bien… dejando de lado tu patético intento de fingir virtud, pasemos a los cargos. Eres acusada de esclavitud y tráfico de almas inocentes… manipulación de mortales para recibir culto como una deidad benévola… tortura y experimentación con estudiantes de la academia… y eso sin contar la lista interminable de pecados que ya adornaban tu historial.
La diosa temblaba. Cada palabra era una daga. Cada acusación, un espejo imposible de evitar.
—Y dime… ?Qué harás ahora? —espetó con voz rasposa, buscando una salida en la moral de su juez —?Recuerda las palabras de tu maestro! ?La venganza no es justicia! ?De verdad quieres manchar el honor de tu hermana… de tu maestro? ?Qué dirían si estuvieran aquí ahora?
La sala se estremeció.
Cáliban frunció el ce?o con rabia contenida. Alzó el brazo, y un torrente de energía pura impactó contra la mujer, arrojándola con violencia hacia las puertas de piedra. El golpe fue seco y brutal. El eco del impacto rebotó por todo el salón. Con un segundo gesto, su cuerpo fue arrastrado de nuevo al centro del círculo.
—No vuelvas a pronunciar sus nombres con esa sucia boca… bruja. Ahora… responderás mis preguntas.
El tono cambió, más grave, más directo:
—?Cómo escaparon de la Dimensión Oscura?
La mujer tragó saliva. Sus dedos temblaban, y por primera vez, su silencio no era arrogancia, sino terror. Sabía que mentir no era opción. Cada palabra falsa traería dolor. Y si quería, al menos, una mínima esperanza de conservar su existencia… debía cooperar.
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—E-el… el sello… —balbuceó —La barrera que contenía la dimensión… está empezando a deteriorarse…
Cáliban llevó una mano a su barbilla, pensativo. Asintió en silencio, procesando la confirmación de lo que ya temía.
—Tal y como sospechaba…
Xander dio un paso adelante, su voz era contenida por el respeto, pero cargada de urgencia.
—?Se?or…? ?A qué se refiere?
Cáliban se recostó levemente en su trono de piedra. La sala entera contenía el aliento. Los presentes lo miraban.
—Mi maestro creó una barrera dentro de la Dimensión Oscura… —declaró, su voz profunda reverberó en las paredes —Su estructura dependía de la energía de los sellos originales, conectados a las raíces del Velo. Un sello inquebrantable, dise?ado para que ningún engendro, por fuerte que se volviera, pudiera jamás regresar a este plano. No importaba cuán poderosos se volvieran dentro… aquí nunca podrían poner un pie.
Guardó silencio un instante, como si evocara una memoria dolorosa.
—Pero desde su muerte, temí que esa barrera comenzará a debilitarse. Y ahora lo he confirmado.
Cáliban fulminó a la anciana con la mirada. Su ce?o marcado proyectaba desprecio. Una llama de ira latía en su pecho, aunque su voz se mantenía controlada.
Xander y Adelina intercambiaron una mirada de asombro. El solo hecho de saber que el maestro de Cáliban había tenido el poder suficiente como para sellar una dimensión entera elevaba su figura a un plano casi mítico. Y, de paso, revelaba cuán profundo era el legado que cargaba Cáliban.
—Además de ti… —continuó el juez —?Quién más ha salido?
—?Cómo se supone que lo sepa? —gru?ó la diosa, arrastrando las palabras con desprecio —No me interesa lo que hagan los demás… solo me preocupo por mí.
Cáliban torció el gesto en una mueca de desprecio puro.
—?Cómo alguien como tú llegó a ser llamada reina…?
Hizo una pausa, conteniendo su disgusto, y prosiguió con frialdad.
—Sea como sea… romper esa barrera no es posible solo con poder bruto. ?Quién les dio las llaves para salir?
La anciana rió con una mezcla de ironía y desesperación.
—?Ja! Me temo que eso… no puedo decírtelo.
Cáliban entrecerró los ojos con amenaza. Levantó lentamente el brazo, y la energía comenzó a concentrarse en su palma.
—?Espera, espera, espera! —gritó la diosa, retrocediendo —?Lo digo en serio! ?Aun si quisiera, no puedo decirlo!
—?Por qué? —gru?ó Cáliban, su energía vibró con violencia contenida.
La anciana tragó saliva. Su tono cambió, ahora marcado por un miedo real.
—Fue una entidad… no sabemos quién. Nunca lo vimos. Pero era… inmenso. Poderoso más allá de toda lógica. Nos dio las llaves. Y también… nos impuso una condición.
Cáliban se recostó levemente en su trono. Los dedos tamborilearon sobre el reposabrazos. La tensión se acumulaba en la sala como una tormenta a punto de desatarse.
—Habla. —ordenó, seco.
—E-el acuerdo fue este… —murmuró la diosa, con la voz quebrada —Nos permitió abrir la puerta solo tres veces. Nos dio tres oportunidades. Si fracasábamos… jamás volveríamos a salir.
—?Y a cambio?
—A cambio… —dudó un momento, pero al ver el brillo en los ojos de Cáliban, continuó —Dijo que no le importaba lo que hiciéramos con nuestra libertad. Podíamos gobernar, destruir, asesinar… pero había una condición. Debíamos reunir cuatro semillas. Semillas ocultas en esta dimensión.
Cáliban levantó una ceja, su semblante se endureció aún más.
—?Qué son esas semillas? —preguntó Cáliban con tono severo.
—No lo sé… —respondió la diosa, sin fuerza —Aquel ser no quiso compartir más información con nosotros… Solo dejó en claro que, si no las reuníamos… jamás podríamos salir de allí.
Cáliban guardó silencio. Esperaba que este interrogatorio arrojará luz sobre el origen de la amenaza… pero lo único que obtenía eran más sombras. Más dudas. Más piezas sueltas de un rompecabezas cada vez más peligroso.
—?Tus vástagos siguen en la Dimensión Oscura?
La anciana bajó la mirada. Por un momento, una chispa de ira se encendió en su rostro.
—Mi reino fue devastado… por el Padre sin Forma…
Entonces, sus ojos se iluminaron con una chispa de oportunidad.
—?Pero si me liberas… te diré quién es realmente…!
—Es el director. —interrumpió Cáliban, seco como un corte de espada —Mató al hombre y tomó su cuerpo sin que ninguno de ustedes lo notara.
La mirada de la diosa se estremeció. Sus pupilas se dilataron.
—?Cómo… lo supiste…?
—No lo sabía. —respondió él, apoyándose en el trono —Solo era una teoría. Pero gracias a ti… la acabo de confirmar.
El golpe fue demoledor. La diosa, consciente del error, volvió al silencio con los labios sellados y la dignidad hecha trizas. Había revelado más de lo que debía. Cáliban, en cambio, se recostó un poco en su trono, irritado.
Había esperado más. Una verdad que justificara todo. Algo sólido. Pero lo único que encontró fue una criatura miserable y asustada, y una verdad incompleta.
Había llegado la hora.
—Xander. —ordenó, con voz cortante —Llama a Nhun.
Xander asintió y salió de inmediato. Pasaron solo unos minutos antes de que la joven elfo cruzara las grandes puertas del salón. Pero algo era distinto esta vez. El ambiente era espeso, opresivo. Como si el aire pesara.
—?Qué sucede? ?Por qué me llamaste aquí…?
—?Nhunisha A’ken Hagiran! —tronó la voz de Cáliban, retumbando en las paredes como si los cimientos del castillo la replicarán.
Nhun se encogió al escuchar su nombre completo, como si cada sílaba llevará peso. El tono de Cáliban era solemne, autoritario. Su presencia, abrumadora.
—Este es un juicio. El juicio contra la divinidad que cometió crímenes innombrables… entre ellos… arrebatarle la vida a tu mejor amiga. Cecilia.
El corazón de Nhun dio un vuelco. No entendía todo lo que ocurría, pero algo en su interior se removió. Caminó lentamente hacia el trono, sus pasos resonaron con fuerza en la sala silenciosa.
Y entonces, la vio.
Una anciana arrodillada en el centro. Su cuerpo temblaba y sus ojos estaban vacíos. No era una diosa. No era una reina. Era solo una criatura derrotada, aplastada por el peso de sus propios actos.
Nhun la observó, atónita.
—?Es… ella? —preguntó Nhun con la voz temblorosa, apenas creyendo lo que veía.
Cáliban asintió con la misma seriedad con la que había dictado tantos destinos antes.
—Como juez, y en nombre de los caídos, te concedo la autoridad para dictar sentencia… ?Cuál crees tú que debe ser su-
—?Es culpable! —interrumpió Nhun, gritando con furia desbordada —?Esa perra es culpable hasta la médula! ?Prendamos una hoguera y quemémosla como en los viejos tiempos!
El eco de su voz retumbó en las paredes, y el silencio fue absoluto.
Nhun no esperó el permiso. Se lanzó hacia la figura encorvada de la diosa con las manos envueltas en energía, decidida a desgarrarla con su propia voluntad. Pero cuando sus hilos atravesaron el cuerpo de la anciana sin ofrecer resistencia, un escalofrío le recorrió la columna.
—?Qué… qué sucede? —gimió con incredulidad —??Por qué no puedo matarla?! ??Por qué no puedo tocarla?!
Cáliban suspiró con el peso de la explicación.
—Nhun… ella no tiene cuerpo físico. Es solo un alma. No puedes herirla, por mucho que lo desees.
—??Entonces de qué sirve todo esto?! —rugió Nhun, con los pu?os apretados y los ojos inyectados en lágrimas —??Para qué hacerme venir si no puedo hacer justicia?!
—Yo no dije eso. —respondió Cáliban —Como sea…
Se puso de pie, y el poder volvió a envolver el trono y a quien lo ocupaba.
—?Diosa de la Mirada Triste! Has sido encontrada culpable. Y como castigo por tus innumerables crímenes, yo te sentencio… a ser refinada.
El rostro de la diosa se transformó. Donde antes había apatía y desprecio, ahora había miedo puro.
—?No! ?No me condenes a eso! ?Me niego! ?No permitiré que me usen como experimento de alquimia! ?Mis sirvientes vendrán! ?Ellos me rescatarán!
Cáliban bajó los escalones del trono lentamente, hasta situarse frente a ella. Se inclinó, mirándola directo a los ojos.
—Esperaba que dijeras eso.
Sin más palabras, colocó sus manos alrededor del cuello espectral de la anciana. Sus dedos atravesaron el alma misma, absorbiendo parte de su energía divina. El cuerpo de la diosa comenzó a vibrar, distorsionándose. Sus facciones se agitaban como una tela rasgada por el viento.
—Hijos míos… —dijo Cáliban con dulzura. Era la misma voz con la que la diosa solía susurrar plegarias a sus devotos —Estuvimos al borde de la derrota… pero aún no los he abandonado…
Todos en la sala quedaron petrificados. No era solo una imitación. Era una reproducción perfecta. La tonalidad, el ritmo, la cadencia. Aquella era la voz de la diosa. Cáliban, a través de la energía que acababa de absorber, la utilizaba como una máscara para penetrar la red de fe que aún la conectaba con sus seguidores.
—Lo… lo está haciendo… —murmuró Lidia, impactada.
—?Está usándola como canal? —preguntó Adelina con el ce?o fruncido.
Su voz, disfrazada con la cadencia maternal de la diosa, se propagó por todo el continente. Como una plegaria resucitada, llegó a cada rincón donde aún vivían los fieles. A cada alma que, a pesar del silencio de los a?os, aún albergaba la esperanza de volver a escuchar a su divinidad. La madre que, según creían, nunca los dejaría solos.
—Reúnanse, mis fieles… —dijo la voz —Vengan a las ruinas del Gorrión Dorado… en una semana. Ahí, volveremos a surgir de nuestras cenizas. ?La lucha por la que tanto hemos sacrificado no ha terminado! Yo nunca los abandonaré…
Y entonces, el silencio volvió.
Cáliban cerró los labios, apagando la proyección con precisión. Un mensaje corto, claro, y suficiente. Lo justo para provocar una reacción.
La diosa, aún arrodillada, alzó la mirada. Su rostro descompuesto por el miedo no tenía ya soberbia ni arrogancia.
—Tú… —murmuró —?Por qué…?
—Porque no pienso dejar a ninguno de tus seguidores vivos. —respondió Cáliban, con una calma escalofriante —Voy a erradicar tu culto. Para siempre.
Alzó la mano, y un vórtice de energía envolvió el alma de la diosa. Ella gritó, se retorció, imploró, pero la decisión ya estaba tomada. La carta se abrió sola, como una prisión invocando a su prisionera, y la absorbió entre lamentos, devolviéndola a su encierro con un grito final de desesperación.
Todo quedó en silencio nuevamente.
El trono se deshizo. La piedra antigua se fragmentó, regresando la sala a su forma original. Cáliban descendió lentamente.
—Xander. —dijo con voz serena, sin alterar su ritmo —Llama a los demás. Subiremos.
Adelina, Lidia y las ni?as lo siguieron en silencio. La tensión aún colgaba en el aire, densa como el humo. Nhun apresuró el paso y se colocó a su lado, con los ojos aún ardiendo.
—?Qué castigo vas a darle…? —preguntó en voz baja, contenida, pero llena de expectativa.
—Sígueme… y te lo diré.
Nhun no respondió. Caminó junto a él, sus pensamientos estaban centrados en un solo deseo… justicia. Quería verla sufrir. Quería que la asesina de Cecilia pagará hasta el último aliento.
Finalmente, llegaron a la cima del castillo. Un peque?o jardín se extendía bajo el cielo, sereno pero cargado de simbolismo. En el centro, un único reto?o se alzaba del suelo.
—Por cierto… —preguntó Nhun, mirando la planta —?Este árbol es la semilla que reclamaron a principios de a?o?
—Sí. —respondió Cáliban, observándolo con detenimiento —Era una semilla podrida del árbol de los Elfos. Aunque estaba débil, logré modificar su estructura para que, en vez de absorber la energía de las personas, se alimentara de la energía del entorno.
Se arrodilló junto al reto?o, pasando los dedos sobre las hojas aún tiernas.
—Gracias a eso, ahora funciona como una batería mágica. Alimenta el núcleo de agua que usamos en las termas… pero aun así… —Frunció el ce?o con cierta inquietud —Desconozco por qué no ha crecido.
—Tal vez… ?Le falta agua? —sugirió Nhun, sin saber bien qué más decir.
—Así no es como funcionan los árboles de este tipo. —respondió Cáliban con tranquilidad, sin apartar la vista del reto?o —Su estado es simbiótico. No necesita agua como tal…
Extendió la mano y el jardín cambió.
Una luz se encendió en el suelo. Desde el centro, un círculo alquímico de trazado perfecto comenzó a brillar, revelando líneas finas, símbolos arcanos y marcas precisas que solo podían haberse dibujado con una paciencia inhumana. Un temblor recorrió el aire. Los cielos, antes tranquilos, se tornaron oscuros. Truenos dorados comenzaron a arremolinarse sobre la cúpula del castillo.
Parecía que el firmamento estaba a punto de romperse.
—Lidia. —ordenó Cáliban, sin levantar la voz —Coloca a las ni?as donde te indiqué.
—Sí, se?or. —respondió la maga con tono firme.
Guió a las peque?as hacia sus posiciones. Cada una se sentó exactamente donde las marcas lo indicaban, sin una sola protesta. Algunas estaban nerviosas, otras simplemente observaban con curiosidad. Ninguna entendía del todo lo que estaba por suceder.
Nhun, inquieta, se acercó un paso.
—?Qué planeas hacer con todo esto?
—Refinar un alma con alquimia es peligroso si no se ejecuta con precisión. —dijo Cáliban, contemplando el círculo —Pero las recompensas… pueden ser inconmensurables.
La mirada de Nhun se tensó.
—?Y si el alma es divina?
—Si refinas un alma divina, puedes obtener suficiente energía como para alterar permanentemente el talento de una persona. O de varias. Por eso… —miró a los presentes con calma —si distribuyo esa energía entre ustedes, todos verán su potencial incrementado.
Nhun tragó saliva.
—?Y ella…?
—Desaparecerál —respondió Cáliban, sin rastro de vacilación —Para siempre. Su existencia será borrada. No habrá reencarnación. No habrá recuerdo. Nada. Ni en este mundo ni en ningún otro.
El silencio los envolvió.
Ambos miraban el círculo. Era hermoso y terrible al mismo tiempo. Se iluminaba en distintos colores, como si cada línea contuviera la esencia misma del cosmos. Nhun bajó la vista. Aún podía ver en el rostro de Cáliban las cicatrices de los golpes de hace un rato. El moretón, el corte mal curado. No dijo nada, pero el nudo en su garganta era imposible de ignorar. La culpa ardía.
Y entonces, el resto del grupo llegó.
—?Qué ocurre, líder? —preguntó Reinhard, al ver el símbolo titilando en el césped.
—?Qué es esto? —dijo Juliana, abriendo los ojos al ver el cielo rasgado por relámpagos dorados.
Elizabeth y Astrid observaron el firmamento, inquietas. La presión en el aire era pesada. No era un clima normal.
—Está bien. —dijo Cáliban con voz tranquila, pero firme —Necesito que se coloquen en las marcas. Solo tienen que sentarse ahí y la energía los inundará. Hagan lo que hagan no se resistan ni se alejen de sus puestos. Lo demás sucederá por sí solo.
Joseph, que había guardado silencio, fue el primero en asentir. Caminó hasta su lugar sin cuestionar nada.
Reinhard observó a Cáliban, luego al cielo, y suspiró.
—No sé qué estás tramando, pero confío en ti.
Cáliban les se?aló a cada uno su lugar en la formación. Incluso Xander y Adelina recibieron su posición exacta, marcados por el aura invisible que fluía desde el centro del círculo. Un silencio reverente se apoderó del grupo.
Cuando por fin todos los preparativos estuvieron completos, Cáliban alzó la carta hacia la cima del reto?o sagrado, girando sobre sí mismo. Desde el interior de la carta encantada, la diosa suplicaba con voz temblorosa:
—?Ten piedad...! ?No entiendes lo que estás haciendo!
Pero en el rostro de Cáliban solo se dibujaba una mirada fría, cortante como el hielo eterno.
—Tú, que jamás conociste la misericordia, ?Ahora la exiges? —respondió, te?ido de desdén.
Levantó ambas manos y comenzó a recitar un cántico ancestral. La carta ardió con una luz etérea. El alma de la diosa emergió, gritando, y fue encerrada en una cúpula de energía pura, tejida con la esencia divina del propio Cáliban.
Se concentró profundamente, cada fibra de su mente estaba enfocada en abrir un diminuto portal en la barrera que los separaba del resto de la dimensión. Los rayos respondieron con violencia; rugían como bestias salvajes, rehusándose a ser dominados.
Cáliban guió relámpagos de múltiples colores hacia la jaula energética. La diosa, atrapada, luchaba inútilmente.
—?Déjame salir! ?Esto es una blasfemia! —gritó, con la desesperación de quien sabe que el fin se acerca.
Pero los relámpagos sellaron su destino. Se entrelazaron como cadenas indestructibles.
La prisión comenzó a cerrarse, comprimiendo el alma divina entre chillidos de dolor y gemidos agónicos. Su energía, purificada y desgarrada, era absorbida por los círculos donde cada uno de los presentes se encontraba. Todos, menos Cáliban, que conservaba su poder para sostener la formación.
Los rayos empezaron a vibrar con fuerza, desafiando el control del mago. Su respiración se volvió pesada.
—Debo resistir... si pierdo el control, la dimensión entera colapsará. —se dijo, apretando los dientes.
Los minutos se arrastraban como siglos. Reinhard, con el rostro pálido, observó cómo el portal en la barrera se expandía lentamente.
Y entonces, lo logró.
Cáliban mantuvo cada elemento bajo control, selló el alma de la diosa y la refinó en el proceso. Pero algo falló. Cuando intentó devolver los elementos al firmamento, una chispa violeta se desvió, errática como una voluntad rebelde.
El relámpago voló directo hacia Cáliban. Alarmado, levantó su escudo más poderoso.
—?Atrás todos! —rugió.
Pero era demasiado tarde.
La descarga explotó en mil fragmentos. Las chispas se esparcieron violentamente. Xander corrió hacia Lidia y los chicos, protegiendolos con su espada. Adelina, veloz, conjuró un escudo de emergencia alrededor de las ni?as.
Pero el peligro aún no había terminado.
—?Cáliban!
Reinhard, impulsado por el instinto y la lealtad, se lanzó hacia su amigo. Fue el más rápido del grupo, como un destello entre el caos. Se colocó justo a su espalda, sosteniéndolo con firmeza para evitar que fuera arrastrado por la embestida. Pero la furia del relámpago púrpura era incontrolable.
El relámpago atravesó el pecho de ambos en ese instante.
Ambos fueron lanzados como un cometa ardiente, atravesando el balcón en un estallido de luz. Cayeron al lago con una explosión chispeante que levantó una densa nube de vapor.
—??Mi se?or!!
—??Jefe!!
Xander y Adelina descendieron a toda velocidad, seguidos por el resto, con el corazón golpeando como un tambor de guerra.

