El eco de los pasos se desvanecía por el pasillo, cada zancada los alejaba más del silencio denso que se había instalado en la sala. Lidia y Cáliban permanecieron inmóviles, como estatuas atrapadas en un instante suspendido. Ninguno dijo una palabra. Cáliban, cruzado de brazos, observaba a Lidia con una mirada que no exigía, pero tampoco perdonaba. Le ofrecía el espacio para hablar... cuando estuviera lista. Pero ella no podía ni levantar la mirada del suelo.
—?Vas a quedarte ahí? —rompió el silencio con una voz baja, apenas un susurro cargado de tensión —?Callada… todo el tiempo?
Lidia tragó saliva con dificultad. Un nudo le cerraba la garganta, inmenso, como si su culpa tuviera forma y peso. No sabía qué decir, qué hacer. Sentía el cuerpo vacío y las manos le temblaban sin control.
—Se?or… —murmuró, casi sin aliento —Yo...
—Si solo vas a estar ahí… —interrumpió Cáliban, seco y hastiado —mejor hablamos otro día.
Dio media vuelta, con la firme intención de marcharse. Tenía responsabilidades, gente que lo necesitaba, y no podía permitirse malgastar segundos valiosos. Pero entonces lo escuchó. Un sonido seco, un golpe leve contra la madera del suelo.
Se volvió.
Lidia estaba de rodillas, inclinada hasta tocar el suelo con la frente. Su cuerpo temblaba. Sus hombros se sacudían con una súplica muda, desesperada.
—?Por favor… deme un castigo!
Cáliban se detuvo. La palabra quedó suspendida en el aire, como una campana en mitad de una catedral vacía.
—?Castigarte?
—Fue mi culpa… —su voz era una grieta en el muro del silencio, frágil y desgarrada —Yo decidí ayudarlas… Yo las llevé a la trampa. Me paralice cuando más me necesitaban. Por mi culpa las capturaron… por mi culpa… Cecilia…
—Está bien, Lidia. —respondió Cáliban, con su tono repentinamente suave, casi humano —No es tu culpa.
—?Lo es! —gritó, alzando la voz por primera vez. Su cuerpo entero parecía romperse al pronunciar esas palabras —Esa ni?a… por mi culpa ella...
él se acercó lentamente, sus pasos eran los de alguien que se acerca al filo de un abismo. Lidia no alzó la vista. El miedo se le dibujaba en la piel como escarcha sobre una flor marchita.
—Quieres un castigo porque crees que así aliviarás tu culpa… pero no es tan sencillo, Lidia…
Cáliban se agachó frente a ella. Con manos firmes y delicadas, retiró el velo negro que cubría su rostro. Sus facciones eran un mapa de sufrimiento. Estaba pálida, demacrada, con los pómulos marcados por días sin alimento. Surcos de lágrimas secas recorrían sus mejillas, y sus ojos, enrojecidos, eran pozos de arrepentimiento.
Cáliban suspiró profundamente.
—Por favor… por favor, castígame… —suplico nuevamente.
—No puedo hacerlo, Lidia. —La voz de Cáliban fue un susurro firme, como el eco de una sentencia ya dictada —No importa cuán cruel sea el castigo, ni cuántos dolores deposite sobre ti… nada aliviará el peso que llevas en el corazón.
—Pero… yo…
Las lágrimas corrieron una vez más por el rostro de Lidia, tibias y silenciosas, como una confesión que no encontraba perdón. La tristeza se apoderó de ella con la fuerza de una sombra interminable, envolviéndola como un manto de luto perpetuo. Cáliban la miró con compasión. Tomó su rostro entre las manos, como si fuera algo delicado que pudiera romperse en cualquier momento, y habló con sinceridad.
—Ni Cecilia… ni yo… te culparíamos por esto.
—Pero usted… Cecilia era… era especial para usted. Si alguien me quitara algo así, yo…
Cáliban desvió la mirada. Se incorporó con lentitud, girando el cuerpo hasta apoyarse en la fría pared del pasillo. Se dejó caer hasta quedar a la altura de Lidia, hombro con hombro, como dos náufragos en medio de una tormenta. Alzó los ojos al techo, como si esperara encontrar en ese cielo cerrado algún rastro de ella… de Cecilia.
—Fue mi culpa, Lidia…
—?No, se?or! —protestó Lidia, casi con desesperación —La única culpable en todo esto soy yo…
—Cállate… y escucha.
Las palabras de Cáliban no fueron crueles, pero irrefutables. Lidia bajó la cabeza, obediente, sin fuerzas para replicar. Lo miró de reojo, percibiendo en su rostro la sombra de un dolor antiguo.
—Xander te habló sobre mi relación con Cecilia… pero apenas rozó la superficie. Hay mucho más.
Lidia sabía que venían de otra vida, que su vínculo trascendía el tiempo, pero desconocía el peso real de esa conexión. Cáliban comenzó a contarle… habló de su castigo, del pecado de haber deseado otras vidas, de su condena a arrastrar una eternidad vacía. Sus palabras eran piedras cayendo en un pozo sin fondo, y cada una hacía eco en el corazón de Lidia.
Ella lo escuchó en silencio, con los ojos muy abiertos y el alma hecha pedazos. La voz de Cáliban estaba te?ida de una melancolía devastadora. No intentó consolarlo. Solo escuchó… porque era lo único que podía hacer.
—?Lo entiendes ahora? Esto no es tu culpa… no importa si hubieras estado allí, si hubieras luchado, si te hubieras sacrificado. Nada habría cambiado. El destino no se dobla. Al final… ella se habría ido igual. Porque me conoció.
Lidia se quedó en silencio, completamente paralizada. Las palabras murieron en su garganta antes de poder tomar forma. El simple hecho de imaginar perder a alguien amado una sola vez ya le resultaba insoportable… ?Pero una y otra vez, por siglos, por milenios? Aquello no era vida… era una condena.
Y sin embargo, él seguía allí. íntegro. De pie sobre los escombros de su propia eternidad.
?Tan sólo imaginar perder a mi esposo me rompe… ?Pero perderlo miles de veces? ?Sin poder hacer nada? ?Por qué la creación castigó a mi se?or con tanta crueldad? ?Desear una vida tranquila… un amor sincero… es un pecado tan imperdonable??
—Ahora que lo sabes… —empezó Cáliban —no te martirices más. Solo...
No terminó. El peso de un abrazo cálido se posó sobre sus hombros. Lidia se había sentado junto a él, rodeándolo con sus brazos delgados, suaves y decididos. No buscaba compasión, solo quería ofrecer consuelo, aunque fuera un gesto mínimo frente a tanta oscuridad.
Cáliban parpadeó, desconcertado.
—?Se puede saber qué haces?
—Nada… solo pensé que esto era lo correcto.
Ella lo abrazó con más fuerza. él, con todos sus a?os y batallas, aún le parecía ese muchacho de quince a?os cargando un destino que jamás pidió. A pesar de todo, Cáliban no la apartó. Contra toda lógica… aquel calor no lo incomodaba. Al contrario, lo sostuvo.
—Escucha, Lidia… —dijo tras un largo silencio —Sé que te culpas. Lo veo en tu mirada, en tus silencios, en tus sue?os rotos. Sé que ninguna palabra mía podrá arrancar ese peso de tu alma… pero quiero que sepas esto… no es tu culpa. Nada de lo que pasó lo es. Ni Cecilia… ni yo… te juzgaremos.
Guardó silencio un instante… y entonces a?adió, con un tono más bajo:
—Y también… te pido perdón. Por no decirte lo de tu hermana.
El cuerpo de Lidia se tensó. Lentamente, retiró los brazos, sentándose erguida a su lado, con los ojos fijos en el vacío.
—?Usted… lo sabía?
Cáliban asintió. En su rostro no había frialdad, sino una pena antigua. Lidia bajó la mirada. Sus manos temblaban visiblemente.
—?Xander… también?
Cáliban asintió nuevamente. Esta vez más lento, más doloroso.
—??Y no pensaron que debía saberlo?! —gritó, con una furia temblorosa —?Tal vez podría haber hablado con ella! ?Tal vez podría haber hecho algo! ?Tal vez…!
—Esa es la razón por la que decidí no decirte nada.
Las palabras de Cáliban cayeron como una losa. El silencio volvió a envolver a Lidia como una bruma espesa, casi irrespirable. Ella frunció el ce?o, apretando los dientes mientras una mueca de rabia contenida asomaba en su rostro.
—?Crees que ella no merecía ser salvada?
Cáliban no respondió de inmediato. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían observar algo mucho más lejano.
—Después de todo lo que hizo… —dijo al fin, sin suavidad —?Aún crees que merecía perdón?
Lidia abrió la boca, pero no pudo emitir palabra. Quiso protestar… pero los recuerdos se interpusieron. La mirada enloquecida de Berenice al encadenarla, la violencia de sus palabras, las maldiciones escupidas con furia. Cada confesión, cada herida, cada traición. Y también recordó aquellas noches… en las que se preguntaba si, en algún rincón de ese infierno, todavía quedaba algo que pudiera salvarse.
—Ella… —murmuró con voz quebrada, temerosa de la verdad —?Aún podría…? ?Aún merecía salvación?
Cáliban guardó silencio unos segundos. No con duda… sino eligiendo bien cada palabra.
—La redención no es una cuestión de merecer. No se gana ni se concede por compasión. Es una decisión. Una búsqueda incansable por el perdón… a pesar del dolor, a pesar de las heridas. Es caminar con los pies descalzos sobre un campo de espinas, sin dejar de avanzar. Berenice… renunció a ese camino. No quiso sanar. Eligió el da?o, eligió arrastrar a todos con ella antes que levantarse del abismo.
Lidia bajó la mirada. Las palabras dolían más por ser verdad.
—Pero… ?No había nada que pudiera hacer…?
—Desearía decirte que sí. Pero su odio… era demasiado grande. No quería dejarlo ir.
Ella negó con la cabeza, sin aceptar del todo lo que oía.
—?Cómo lo sabes? Quizás…
Antes de que pudiera continuar, Cáliban alzó una mano y la apoyó con suavidad en su mejilla. Un fulgor carmesí brotó de su palma, ardiente y profundo. Un dolor leve se filtró por su piel, pero no se apartó. Compartía con ella su poder… su Mirada Celestial.
Y entonces, Lidia lo vio.
Los colores de la creación. Corrientes de luz y sombra que flotaban alrededor de todo ser vivo. Las intenciones. Las emociones. Las verdades ocultas bajo mil máscaras.
—Esto es…
—Intenciones. —dijo Cáliban con voz grave, sin apartar su mano —Puedo verlas todas. Mentiras, verdades, miedos, deseos… Ninguna intención escapa a mis ojos.
Lidia pudo contemplarlo con claridad. Un fulgor rojizo, denso e incandescente, emanaba del cuerpo de Cáliban. Llamas espirituales lo envolvían como un manto ardiente, un mar de fuego que no podía extinguirse. Aquella visión no era metáfora… era realidad manifestada.
Y esa furia… se sentía viva.
—Esto es… ira. —susurró, estremecida.
—Sí. —confirmó él, sin ocultarlo —Así se ve una persona marcada por la cólera, por el frenesí. Una furia que se quedó grabada en su alma como una cicatriz eterna… Así era Berenice.
Cáliban apartó su mano de la mejilla de Lidia. Los colores desaparecieron, dejándola a solas con la pálida y fría luz del pasillo. Sus ojos habían visto la verdad, y con ella, la comprensión.
—La ira y el dolor la devoraron desde dentro. Lo supe en el instante en que abandonó la sala de invitados donde me retuvieron para ir por ti, cuando estabas encadenada. Lamento que hayas pasado por aquello…
Las lágrimas brotaron sin resistencia. Pero esta vez no eran por miedo… eran por el dolor de una memoria que aún sangraba.
—Ella dijo que todo era mi culpa… que le robé su felicidad… su vida… que debía pagar por lo que hice.
—La felicidad es una responsabilidad personal. —replicó Cáliban, con voz grave pero serena —Siempre lo ha sido y siempre lo será. No fue culpa tuya… ni de Xander. Cada decisión que tomó, la tomó con plena conciencia. Y aunque haya sufrido, eso no justifica su decisión de da?ar. El dolor no nos absuelve, Lidia… solo nos pone a prueba. Y no todos tienen a alguien cerca que les ense?e cómo sobrellevarlo sin destruirse.
—Sí… supongo que eso es cierto…
El silencio que siguió fue largo, pero no incómodo. Ambos se quedaron sentados, hablando en voz baja durante un tiempo que no sabrían medir. Las heridas no desaparecieron, pero por primera vez, el peso del odio y de la culpa pareció aflojar. Lidia, por dentro, se sintió más ligera. Saber que su se?or no la culpaba… la aliviaba.
Durante días había llorado sin descanso. Había perdido la cuenta de las veces en que se culpó por todo lo ocurrido. Incluso había pensado… en desaparecer. Para no causar más da?o, para dejar de ser una carga.
—Supongo que al final… soy una cobarde. —dijo con una sonrisa amarga —Ni siquiera puedo mirar a Xander a los ojos. No sé qué decirle… cómo empezar.
—No tienes que decir nada, si no quieres. —Cáliban la miró con ternura —Estoy seguro de que Xander jamás te culparía.
—Justo por eso… es tan difícil. A veces… la amabilidad duele más que el castigo. ?Cómo se puede vivir con calma… cuando no has pagado por tus errores?
Cáliban la miró fijamente. Y entonces, con una calma inquietante, dijo:
—Bueno… en ese caso…
Cáliban se incorporó con lentitud, el peso de la conversación aún colgaba en sus hombros. Con un gesto firme, le indicó a Lidia que lo siguiera. Avanzaron juntos por los pasillos silenciosos del castillo, cuyas paredes de piedra parecían susurrar antiguos ecos de dolor y redención. Al acercarse al comedor, comenzaron a oírse risas y murmullos. Voces jóvenes, alegres y despreocupadas.
—La culpa no desaparece, Lidia… —dijo Cáliban mientras caminaban —Es como una cicatriz. Por más que sane, siempre se quedará allí. No puedes borrarla… solo puedes aprender a vivir con ella. A hacer que duela un poco menos.
Al llegar al comedor, el bullicio se volvió más claro. Risas sinceras, platos que chocaban entre sí, voces que se superponían. Lidia se asomó ligeramente antes de cruzar el umbral. Las ni?as estaban sentadas en largas mesas, devorando todo lo que sus manos pudieran alcanzar, con la voracidad inocente de quien por fin conoce la seguridad.
—Las chicas… —susurró —Las trajiste al castillo…
—?No has hablado con ellas?
—No tuve el valor. —Bajó la mirada —Cada vez que las veo… me inunda la culpa por lo de Berenice. Recuerdo a todos los ni?os… vendidos como mercancía, como carne en exhibición…
—Por eso… —dijo él con voz firme —voy a dejarlas a tu cuidado.
Lidia retrocedió un paso, atónita. Sus ojos se agrandaron con una mezcla de incredulidad y temor.
—Se?or… no puedo… no creo ser capaz.
—Necesitan guía. Formación. Tienen que aprender, defenderse y levantarse. Pero más que eso… necesitan amor.
Lidia lo miró de frente. Sus ojos buscaban una se?al de duda en su expresión, pero no encontró nada. Solo convicción.
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—Yo puedo ense?arles disciplina… conocimientos… pero no sé si puedo darles amor. Eso… eso no lo sé dar.
—Por eso te elijo a ti, Lidia. —Su voz era suave, pero irrefutable —Porque sé que, aunque lo niegues, llevas el corazón adecuado. Quiero que entrenen con Abisal. Quiero que aprendan a vivir por sí mismas. He construido una peque?a aldea cerca del lago. Les expliqué las reglas, pero...
—?Las convertirás en armas? —lo interrumpió de pronto, con la voz rasgada por la amargura —?Eso quieres? ?Volverlas herramientas para luchar contra la oscuridad? ?Son ni?as! ?No merecen ese destino!
—Lamentablemente… —dijo Cáliban, sin elevar el tono —no es tu decisión. Y tampoco es mía.
—??Y entonces de quién es?! —alzó la voz, herida y temblorosa —??De unas peque?as que solo conocieron el dolor y el miedo?! ?Crees que tienen la capacidad de elegir ser armas? ?Ellas no pueden decidir eso! ?Son inocentes! ?Son solo ni?as! ?Ellas…!
Su voz se quebró.
Pero Cáliban solo la observó en silencio, como si esperara que ella misma entendiera la respuesta antes de que él tuviera que pronunciarla.
—Lidia…
La voz de Cáliban fue dura, cortante como un filo helado. El aire pareció volverse más denso, las paredes del pasillo vibraron ligeramente, como si el mismísimo castillo reaccionara a su poder. Lidia se quedó en silencio al instante. Todo su cuerpo se estremeció. Su corazón latía con violencia. El aura de su se?or se había tornado negra, opresiva, como una tormenta que amenazaba con devorarlo todo.
él la observó un momento, hasta que sus ojos encontraron los suyos. Entonces suspiró, y con ello, aquella presencia aplastante se desvaneció poco a poco.
—Si se convertirán en armas o no… eso sólo lo decidirán ellas. No ahora, por supuesto. Aún no. Pero no te equivoques… no es tu decisión. Tu única elección aquí es si estarás a su lado… para guiarlas por un camino distinto… o si vas a seguir ahogándote en tu culpa y las dejarás solas. Decide, Lidia.
Ella apretó los labios, las manos temblorosas se cerraron en pu?os. Cada palabra de Cáliban era una daga clavada en su conciencia.
—Pero yo… —balbuceó —no pude salvar a Cecilia. ?Cómo podría protegerlas a ellas? ?Cómo podría ser digna de algo así?
—Entonces haz por ellas lo que no pudiste hacer por Cecilia. —Su tono fue más suave, pero no menos firme —Ella confiaba en ti… yo confío en ti… y ellas… también lo harán, si les das una razón.
Lidia cerró los ojos. Exhaló despacio. Sintió el odio en su pecho deshacerse, como humo disipado en el viento. Seguía sintiéndose rota, insuficiente… pero había algo dentro de ella que no quería marcharse. Algo que le pedía quedarse.
Las puertas del comedor se abrieron en par. Las voces de las ni?as se silenciaron de golpe al ver las figuras que entraban. Cáliban caminó al frente. Lidia le seguía con pasos tensos, sintiendo sobre ella las miradas de todas.
Las peque?as se levantaron rápidamente, formándose en fila frente a la mesa, como se les había ense?ado. Cáliban levantó una mano.
—Chicas… —dijo con tono cálido —Quiero presentarles a la mujer que cuidará de ustedes mientras estén aquí. Con ella aprenderán, crecerán y se harán fuertes.
Pero apenas Lidia dio un paso al frente, la tensión explotó.
Un grito resonó en la sala, luego otro. Las ni?as comenzaron a chillar, llenas de terror. Varias se escondieron detrás de los pilares, otras se arrastraron bajo las mesas. Lidia se detuvo en seco. Aquellas miradas de pánico eran pu?ales. No era su culpa… y sin embargo, sus rostros lo decían todo. La confundían… con ella. Con la sacerdotisa que las había amenazado, capturado y quebrado.
Todas desaparecieron… excepto una. Beatriz. Estaba pálida e inmóvil. Temblando de pies a cabeza. Sus ojos estaban muy abiertos y la voz apenas le salía.
—S-Se?or… ella… ella nos…
Las palabras se deshacían en su garganta, ahogadas por el miedo.
Cáliban dio un paso hacia ella, pero entonces, Lidia se interpuso. Lo detuvo con suavidad, pero con firmeza. Ella quería ser quien enfrentará ese momento.
—Entiendo que tengan miedo… y que me odien. —La voz de Lidia era suave, pero firme. Sus manos, temblorosas, se alzaron con lentitud mientras retiraba el velo que cubría su rostro —Mi nombre es Lidia Montgard… hermana menor de Berenice Montgard, la mujer que intentó venderlas en el mercado negro.
El silencio que siguió fue espeso, pesado como una noche sin luna. Lidia se agachó frente a Beatriz, sin acercarse demasiado. Solo extendió una mano abierta, firme, pero sin presión. No la obligaría. No le daría se?ales. Si daba ese paso, quería que fuera completamente suyo. No le robaría esa decisión.
Beatriz la miró con confusión. Su cuerpo aún temblaba.
—?Usted… es su hermana menor?
—Así es. —Lidia asintió con tristeza —Nos parecemos mucho, ?Verdad?
La peque?a asintió con lentitud. Dio un paso, luego otro, arrastrando los pies con torpeza. Aún había miedo en sus ojos, pero la mirada de Lidia no era la misma que la de su captora. No había odio, ni desprecio, ni superioridad… solo una ternura llena de heridas mal cicatrizadas.
Beatriz alargó la mano, y sus dedos temblorosos rozaron los de Lidia. Finalmente, la tomó. Con temor… pero también con esperanza.
—?No nos hará da?o?
—No… —susurró Lidia, apretando con dulzura su peque?a mano —A partir de ahora, nadie volverá a hacerles da?o. Lo prometo.
Las lágrimas brotaron de sus ojos sin pedir permiso. Calladas, sinceras, rodaron por sus mejillas hasta perderse en las frías baldosas. Beatriz la observaba en silencio, sorprendida. Aquel rostro, que en su memoria era sinónimo de miedo, ahora mostraba compasión, culpa y… humanidad.
—Lamento lo que mi hermana les hizo… —dijo, con voz entrecortada —Debieron haber tenido tanto miedo… Perdón. Por todo.
Una a una, las ni?as comenzaron a salir de sus escondites. Desde detrás de las columnas, debajo de las mesas, todas con los ojos atentos, temerosas, pero curiosas. La sinceridad de Lidia, su llanto, su postura, todo hablaba por ella. Y era evidente que no era como Berenice.
—?Usted… nos va a cuidar? —preguntó una voz peque?a, tímida, detrás de Beatriz.
Lidia asintió, pero no con imposición, sino con delicadeza.
—Ese es mi deseo. Pero si alguna de ustedes no lo quiere… no lo haré. No quiero que se sientan obligadas, ni asustadas. Quiero que se sientan… a salvo.
Las ni?as intercambiaron miradas. Poco a poco, se acercaron. Beatriz permanecía a su lado, y su confianza hizo de puente. Las preguntas comenzaron a surgir:
—?Sabe usar magia?
—?Tiene una casa?
—?Puede jugar con nosotras?
Lidia respondió cada una, con una sonrisa que nacía desde el alma. No podía borrar el pasado, pero sí podía empezar algo nuevo y eso comenzaba ahora. Cuando giró la cabeza para mirar a su se?or, él ya no estaba. Cáliban se había marchado sin decir palabra, sin hacer ruido.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, ligera, llena de gratitud.
?Gracias, se?or… por salvarme…?
La gratitud hacia Cáliban se reflejaba en el rostro de Lidia como una luz tenue pero sincera. Sus labios se curvaron en una sonrisa suave, y su voz, por primera vez en días, sonó clara y animada.
—?Muy bien, ni?as! ?Vamos a regresar y terminar de comer!
Las risas resonaron en el salón, llenas de vida. Las peque?as corrieron de vuelta a sus asientos, con la alegría reflejada en sus ojos. Lidia las siguió con paso firme, dejando atrás su tristeza y también el velo que la había acompa?ado como símbolo de duelo y vergüenza.
Fuera de la mansión, bajo el cielo grisáceo de la ciudad, el grupo aguardaba a Cáliban junto a un carruaje ornamentado. El aire olía a humedad y metal. Cáliban apareció caminando con la calma habitual en él, con los ojos serenos, aunque alertas.
—?A dónde se fue Bardrim? —preguntó con tono neutral.
—Dijo que te tardaste demasiado y regresó al Emporio Negro. —respondió Joseph, con una media sonrisa.
—Bien… tal vez sea lo mejor.
Xander se acercó entonces, con la inquietud marcada en sus facciones.
—?Y Lidia? ?Cómo está?
—Mejor. —respondió Cáliban con voz baja pero segura —La dejé al cuidado de las ni?as. Tal vez… ellas le ayuden a encontrar el valor para perdonarse a sí misma.
—Me alegra. —Xander suspiró —Fueron días difíciles… se encerró en su cuarto, no quería hablar con nadie, ni siquiera conmigo. Nada de lo que decía la alcanzaba…
—Está bien, Xander. —Cáliban colocó una mano sobre su hombro —Ahora… depende de ella.
El silencio duró solo unos segundos.
—?A dónde vamos ahora?
—Al Gorrión Dorado. —respondió Xander —Adelina y yo… tenemos algo que mostrarte.
Cáliban asintió. Ordenó al resto del grupo que regresaran al Emporio, mientras él acompa?aba a Xander y Adelina. Subieron al carruaje, que de inmediato partió rumbo al Distrito Rojo de Hilloy.
A medida que se aproximaban al portal de transición entre los distritos, una energía extra?a envolvía el ambiente. Cáliban entrecerró los ojos. Diminutas partículas violetas flotaban en el aire como cenizas, devorando con lentitud la superficie mágica que separaba ambos territorios.
—?Magia de corrupción…? —murmuró, frunciendo el ce?o —?Qué ocurrió aquí?
Adelina se acomodó con elegancia en su asiento antes de responder.
—Quizá no lo sepas, jefe, pero el Culto lanzó varios ataques estratégicos. Fueron bombardeos precisos con magia comprimida. Las explosiones se expandieron alrededor de la academia… dejaron da?os menores, pero las secuelas… —miró por la ventana —Algunas zonas de la barrera son casi imposibles de reparar por la reacción mágica que causaron.
—Escuché que hay calles enteras donde la corrupción lo ha cubierto todo. —a?adió Xander, cruzado de brazos.
Cáliban guardó silencio, observando las partículas con atención. Su expresión se endureció.
—Así es… —respondió Adelina, con un poco de frustración —Intenté repelerla, pero era demasiado fuerte. Y su naturaleza… es un completo misterio. Me gustaría estudiarla más a fondo.
—Es magia divina. —dijo Cáliban, casi con desinterés, mientras miraba por la ventana del carruaje.
—?Magia divina? —repitió Adelina, sorprendida —?Como… de los dioses?
—No exactamente. La magia divina es un tipo de energía que proviene del exterior… de los planos superiores. Su asimilación en un cuerpo mortal requiere siglos de preparación. Es peligrosa, inestable… y poderosa. Luego te ense?aré más sobre ella.
Los ojos de Adelina brillaron con intensidad. Su cabello gris ondeó levemente mientras se inclinaba hacia él, emocionada.
—??Me va a ense?ar magia arcana?!
—No te hagas ilusiones. —La voz de Cáliban fue cortante, pero sin crueldad —Para percibir siquiera una pizca de energía divina se necesitan, al menos, ciento cincuenta a?os de entrenamiento constante. Si entrenas con diligencia… te ayudaré.
—?En serio haría eso por mí? —preguntó con una sonrisa que no podía ocultar su emoción.
Por un instante, la expresión de Adelina fue pura gratitud. Pero se desmoronó en cuanto Cáliban respondió, sin siquiera mirarla:
—Claro. Después de todo… ahora me perteneces. No puedo permitirme tener un guardaespaldas débil.
—Ah… sí… —murmuró ella, encogiéndose ligeramente en su asiento al recordar que había vendido su alma.
Xander se llevó una mano a la boca para contener la risa, disfrutando en silencio del súbito cambio de humor de su compa?era. Cáliban, en cambio, permanecía impasible.
El carruaje se detuvo frente al Gorrión Dorado. Con pasos decididos, Xander y Adelina guiaron a Cáliban a través de corredores ocultos, bajando por pasajes estrechos hasta llegar a una plataforma metálica.
—Elevadores mecánicos… y sistemas de drenaje. —Cáliban inspeccionó su entorno con atención —Veo que han avanzado bastante en tecnología aplicada. Interesante.
—?Usted entiende todo esto? —preguntó Adelina con una mezcla de respeto y sorpresa.
—Magia y ciencia tienen más en común de lo que crees. Ambas se rigen por leyes… ambas requieren estudio. Si dominas las dos, tus posibilidades se multiplican sin límites.
Descendieron por los elevadores hasta las entra?as del complejo. El laboratorio interior se abría como una herida de acero y piedra viva. Miraron máquinas silbantes, engranajes que giraban con chirridos metálicos y tuberías que exhalaban vapor marcaban el corazón del lugar. Cáliban avanzaba entre todo aquello con una mirada afilada, devorando cada detalle con ojos de sabio y guerrero a la vez.
Al llegar a una gran puerta de hierro reforzado, Xander se detuvo. De entre sus ropas, sacó un fajo de documentos cuidadosamente atados, amarillentos por el tiempo. Se los entregó a Cáliban con gravedad.
—Adelina los encontró en aquel escritorio abandonado.
Cáliban tomó los papeles sin decir nada. Sus ojos comenzaron a recorrer las páginas con intensidad.
—Muy bien… veamos qué tenemos aquí… —murmuró Cáliban, pasando lentamente las primeras páginas de los documentos cubiertos de polvo, con la luz parpadeante de los tubos de neón titilando sobre su rostro impasible.
Xander y Adelina guardaron silencio, atentos a cualquier gesto, cualquier tic nervioso, cualquier arruga que se profundizara en el ce?o de su se?or. Pero no hubo nada. Cáliban leía con la misma calma con la que un verdugo afila su hoja antes del amanecer. Al terminar, cerró los papeles con un chasquido seco.
—Ya veo… así que era eso…
—??Solo eso vas a decir?! —espetó Adelina, con los ojos muy abiertos —??No te parece completamente enfermizo que esto esté oculto aquí abajo?!
Con un golpe violento, presionó el botón metálico en la pared. Un zumbido profundo resonó por toda la cámara, seguido del chirrido pesado de las puertas de acero abriéndose lentamente. Detrás, un laboratorio oculto se reveló, ba?ado en un resplandor verdoso. Ocho cilindros gigantes se alineaban en la estancia, cada uno lleno de un líquido fluorescente que parecía palpitar con vida propia. En su interior, suspendidos en un letargo inquietante, flotaban ocho cuerpos femeninos. Eran bebés, algunos con rasgos similares.
—?Son clones! —gritó Adelina, retrocediendo un paso, como si aquello la repeliera por instinto —?Dioses… esto es monstruoso!
—?Cómo es posible? —musitó Xander, tragando saliva con dificultad. Sus ojos eran incapaces de apartarse de los tubos —?Qué clase de magia prohibida…?
—No es sólo magia. —interrumpió Cáliban, con la voz más grave que de costumbre —Esto… tiene sentido. Retorcido, sí, pero lógico si piensas como ella.
—?Ella?
—La Diosa. Antes de su caída, fue una reina obsesionada con vencer a la muerte. Buscó la inmortalidad en todas sus formas. Magia oscura, pactos con entes antiguos, códices perdidos, sangre de ángeles caídos… Nada le bastaba. Pero cuando descubrió la ciencia de los antiguos, unió lo arcano con lo impío. Y aquí está el resultado... ingeniería genética, fusionada con maldiciones selladas.
Cáliban se acercó a uno de los tubos. Dentro, una peque?a con piel de porcelana y ojos almendrados dormía sin conciencia. Por un instante, su rostro se suavizó.
—Esta... se parece a Cecilia.
—?Intentó clonar a las chicas? —preguntó Xander, apenas audiblemente —?Y lo logró?
—Sí. Y lo hizo a la perfección.
—?Pero con qué fin? —insistió Xander —?Para abrir más portales?
—?Eso es siquiera posible? —preguntó Adelina, con el rostro blanco como la cera.
—No lo piensen en términos lógicos. —dijo Cáliban, dándose la vuelta para mirarlos —Las chicas no son simples humanas. Cada una lleva una maldición que les otorga poder más allá de toda comprensión. Cecilia podía matar con un toque. Astrid… sus ojos pueden doblegar la voluntad de cualquiera. Juliana... su fuerza se desata cuando pierde el control. Y Elizabeth...
Se detuvo.
—?Qué hay de Elizabeth? —preguntó Xander con inquietud.
—De ella sé poco. Muy poco. Y eso es precisamente lo que me inquieta. Pero con las otras tres basta. Su intención podría haber sido crear un ejército… —dijo Cáliban con voz grave, sin apartar la mirada de los tubos —Un ejército que conquistara cada reino, uno por uno. Tomaron el ADN de las chicas cuando aún eran bebés… y desarrollaron estos clones durante quince largos a?os. Bueno, al menos eso dicen los documentos.
Un silencio incómodo se instaló hasta que Adelina, con el ce?o fruncido y la voz tímida, rompió la tensión:
—Am… se?or… —dijo, dudando —?Qué es exactamente un clon?
Cáliban desvió por fin la mirada de los tubos y se volvió hacia ella.
—Básicamente, una copia genética exacta de un individuo. Una réplica, idéntica en estructura celular, en herencia… en todo.
Adelina frunció los labios, meditando.
—Entonces… ?Se pueden hacer clones con la esencia de otra persona? O sea, como… mezclar dos esencias y tener ambas en una sola…
Cáliban entrecerró los ojos, intrigado por la pregunta.
—No. Un clon es una duplicación de un solo ser. Lo que describes sería otra cosa… más parecido a una fusión genética. Usando el ADN de dos personas se puede crear un embrión único, siempre que la tecnología lo permita. Pero no sería un clon. Sería…
—?Un hijo? —preguntó Xander, terminando la frase, con una ceja alzada.
Cáliban asintió lentamente.
—Exacto. Biológicamente hablando, sería un hijo de ambos. ?Por qué preguntas, Adelina?
El hada se revolvió con nerviosismo. Juntó las manos frente a su pecho, luego rebuscó entre su ropa hasta sacar unas hojas dobladas, arrugadas por el uso.
—Bueno… verá… ja, ja… es curioso. Mientras buscaba entre los archivos, encontré estos documentos aparte. Me tomé la libertad de leerlos un poco. Son informes adicionales, escritos por los científicos que trabajaron aquí. Explican los intentos fallidos de replicar las habilidades de las chicas a través de la clonación. Al parecer, durante quince a?os lo intentaron todo… usaron el ADN de cada especie conocida, cada variante genética posible… y no lograron nada.
Cáliban tomó las hojas con delicadeza. Su rostro era una máscara de concentración.
—Tiene sentido. Esta clase de experimentación requiere un conocimiento prohibido. Si la Diosa no los hubiese guiado… les habría tomado diez mil a?os alcanzar siquiera la mitad de esta tecnología.
—?Sí, sí! Exacto. Pero aquí viene lo… curioso. —insistió Adelina, soltando una risa nerviosa que no llegó a sus ojos —Hace unos meses, uno de los equipos descubrió una secuencia genética que, por primera vez, mostró resultados extraordinarios. Fue gracias a esa muestra que estos ocho bebés pudieron nacer. O más bien… crecer.
—Adelina. —la interrumpió Cáliban, con un filo en la voz —Si tienes algo que decir… deja de dar rodeos. Dilo de una vez.
Adelina extendió con manos temblorosas las hojas hacia Cáliban. Sus dedos se?alaron con precisión la última página, donde una entrada de bitácora estaba subrayada con tinta roja.
—Aquí… lea esto, por favor. —dijo en voz baja.
Cáliban tomó los papeles con una lentitud inusitada. Sus ojos comenzaron a recorrer la letra manuscrita, mientras la luz verdosa de los tubos clonales lanzaba sombras inquietantes sobre su rostro. Leyó en voz alta, como si intentara asimilar el contenido a través de la resonancia de sus propias palabras:
—“Entrada de la bitácora número 15058: Finalmente se han obtenido resultados después de quince largos a?os. Gracias a la alquimia implementada por el Alto Soberano, se ha podido estabilizar la condición de los óvulos a un estado más saludable. Con esto, podrán crearse sujetos en cadenas gigantes para la realización del proyecto a gran escala… gracias a la implementación del espermatozoide generado con alquimia avanzada, siguiendo los estándares del protocolo genético 7-B... La esencia del sujeto D-05258 ha mostrado resultados favorables. Los óvulos se encuentran fertilizados y listos para el proceso de incubación. Se espera un resultado a gran escala en un tiempo estimado de veinte a?os…”
Cáliban frunció el ce?o.
—Sí… esto ya lo había imaginado. —murmuró, más para sí mismo que para los otros.
Adelina desvió la mirada hacia Xander, como si estuviera buscando refugio en su presencia. Su expresión era la de alguien que lleva una carga demasiado pesada y está a punto de soltarla. Xander lo entendió al instante. Suspiró largamente, se pasó una mano por el rostro y luego habló, con la voz más seria que jamás le habían escuchado.
—Mi se?or… usted notó que en el informe mencionan al sujeto D-05258, ?Cierto?
—Lo leí. ?Y qué con eso? —preguntó Cáliban, impaciente, notando cómo el aire a su alrededor comenzaba a cargarse.
—La identidad de ese sujeto está en la última página… —a?adió Xander, mirando al suelo.
Intrigado, y ahora ligeramente incómodo por el evidente nerviosismo de ambos, Cáliban hojeó con rapidez hasta el final del informe. Sus ojos recorrieron las líneas... y entonces se detuvieron. Su rostro, habitualmente severo e impenetrable, perdió todo color. Era como si el mundo mismo se hubiese detenido para él. El documento tembló ligeramente en sus manos.
—No… —susurró.

