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Capítulo 122: Vínculos que se rompen

  La ma?ana se vestía de gris. Una bruma espesa se deslizaba entre los árboles como un velo silencioso, y las gotas del rocío, mezcladas con los restos de una lluvia nocturna, caían de las hojas con un ritmo pausado, como si el bosque aún despertara de un largo sue?o. Bajo ese cielo plomizo, una figura solitaria danzaba con el filo del acero.

  Astrid, de cabellos dorados como el trigo maduro, portaba una máscara ornamentada que ocultaba la intensidad de su mirada. Su espada trazaba arcos en el aire con una elegancia que desafiaba su juventud. Cada giro, cada estocada era ejecutada con la determinación de quien no busca la perfección, sino algo más profundo. O fuerza suficiente para enfrentar lo que aún no tenía nombre.

  Desde una ladera cercana, Liviana la observaba, envuelta en un abrigo de terciopelo azul oscuro. Su porte era el de una doncella noble, pero su mirada escondía una aguda percepción. Apoyada contra un tronco, apenas susurró:

  —Los movimientos de mi se?ora son cada vez más pulidos… ?Qué la impulsa a entrenar con tanta intensidad? —murmuró, más para sí misma que para ser oída.

  El sol apenas asomaba entre las colinas, y su luz tibia apenas lograba abrirse paso entre las nubes. La espada de Astrid destellaba con cada movimiento, dibujando finos reflejos dorados en el aire húmedo. Su respiración se volvió más pesada tras una estocada final. Bajó la hoja, dejando que la punta tocara la tierra en un gesto de agotamiento y frustración.

  ?No es suficiente… aún no puedo…? —pensó, con el pecho agitado y el pulso acelerado.

  La imagen de Cáliban, su líder, surgió en su mente como una sombra implacable. Recordó con vívida claridad la manera en que su espada, enorme y majestuosa, había descendido sobre la ni?a poseída por la diosa. La escena se repetía una y otra vez en sus sue?os, como una herida que no sanaba.

  Había tenido una vida privilegiada. Entrenada por los más sabios maestros, rodeada de guerreros y nobles dispuestos a morir por ella, guiada por la figura imponente de su padre. Contaba con la lealtad incuestionable de Liviana, su amiga de la infancia, y ahora, con nuevos compa?eros con quienes compartir batallas y crecimiento.

  Pero… nada de eso parecía llenar el vacío. Había perdido el interés en casi todo. Excepto por esto. Esta vez, algo era distinto.

  —?Qué hace mi se?ora? —La voz de Liviana la sacó de sus pensamientos. Había llegado hasta ella sin hacer el menor ruido, como solía hacerlo. Su tono era suave, pero firme.

  Astrid alzó la vista, dejando caer el peso de su espada con un suspiro.

  —?De verdad piensas quedarte aquí hasta que acabe el a?o? —preguntó con una mezcla de cansancio y escepticismo.

  —?Se?ora! ?Cómo puede preguntar eso? —replicó Liviana, ofendida —Después de lo que pasó con usted… con su amiga… ?Espera que regrese al reino como si nada? Su padre ya debe saberlo todo. No tardará en enviar una orden para traerla de vuelta.

  Astrid frunció el ce?o, su expresión se endureció por algo más que el esfuerzo físico. Su voz fue un susurro, cargado de determinación.

  —Aun si mi padre me lo ordenara, no me iría… estoy cómoda aquí. —dijo Astrid, secándose el sudor del cuello con una toalla, con la mirada fija en un punto lejano del cielo.

  Liviana frunció los labios, preocupada. Dio un par de pasos hacia su se?ora, casi como si temiera alejarse demasiado de su sombra.

  —Se?ora… ?Por qué no piensa más en su seguridad? Si algo le pasara, el reino… su padre…

  Astrid giró sobre sus talones y ascendió con paso firme los escalones del patio, sentándose al borde de una piedra ancha que servía de banco improvisado. Sus ojos seguían reflejando un fuego inusual, uno que Liviana no veía desde hacía a?os.

  —?Crees que mi padre se volvió el Santo de la Espada quedándose sentado en su trono todo el día? él tuvo sus desafíos… yo quiero vivir los míos. —dijo, acariciando con la yema de los dedos la empu?adura de su espada.

  Las palabras de su se?ora golpearon como un eco en el pecho de Liviana. Se acercó con más cuidado esta vez, bajando la mirada con respeto.

  —Se?ora… ?Me está diciendo que ha vuelto a perseguir su sue?o de superar a su padre?

  Astrid suspiró, bajando por un instante la guardia de su rostro.

  —No diría que lo retomé. Solo que… hay algo que ha llamado mi atención. Nada más.

  Mientras el sol empezaba a abrirse paso entre las nubes, en otra parte de la casa, Joseph se levantaba. Había madrugado con la intención de llegar temprano al Emporio Negro. Al abrir la puerta de su habitación, se encontró con una figura inquietante. Vió a Edmund, inmóvil frente a la puerta de Elizabeth. Tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados. Parecía una estatua tallada en mármol, ajena al paso del tiempo.

  —Qué tipo más raro… —susurró Joseph, apartándose en silencio.

  Al bajar las escaleras, divisó a Randa, profundamente dormida en el sillón. Sus brazos estaban acurrucados contra el pecho, y un hilo de baba pendía de la comisura de sus labios. Joseph sonrió con una mezcla de ternura y resignación.

  —Bueno… cada vez somos más en esta casa. —murmuró, sacudiendo la cabeza mientras recogía sus cosas.

  Estaba por alcanzar la puerta cuando una voz lo detuvo.

  —?A dónde vas?

  Giró lentamente. Astrid estaba aún en el patio, secándose el cuello con una toalla blanca. Liviana permanecía a su lado, siempre alerta, como un perro guardián. Su postura era impecable, pero sus ojos estaban clavados en Joseph con una mezcla de curiosidad y escrutinio.

  ?Así que este es el hijastro de Lord Hilloy… ?Qué habrá hecho para llamar la atención de su padrastro?? —pensó Liviana, entrecerrando los ojos mientras lo observaba.

  Joseph se encogió ligeramente de hombros, tratando de no parecer nervioso.

  —Ah… iré al Emporio Negro a recoger mis pesas. Cuando fuimos capturados por el culto, se rompieron durante el combate. Sirven bien para entrenar, pero no aguantan una pelea real…

  Astrid se acercó entonces, estirando los brazos con un gesto que no ocultaba su interés.

  —?Qué tal si te acompa?o? También me gustaría reparar las mías. Las tengo desde hace poco, pero han sufrido con el uso.

  Joseph asintió con un leve gesto. él y Astrid comenzaron a caminar por los senderos adoquinados de la academia, cubiertos aún por un manto de rocío. El cielo aún no se decidía entre la noche y el amanecer, y el frío calaba en los huesos.

  No tomaron carruaje. A esa hora, los conductores aún no activaban la maquinaria que los ponía en marcha desde las estaciones de transporte. Por lo tanto, no les quedó más opción que caminar hacia el Emporio Negro, envueltos en el silencio denso de una ciudad que apenas despertaba.

  —Por cierto… —rompió el silencio Astrid mientras esquivaban un charco —?Cómo está el líder?

  —Ayer fui a la mansión Hilloy. —respondió Joseph, sin detener el paso —Aún no se ha recuperado, pero el se?or Xander dijo que su cuerpo ya está estable. Muy probablemente se levante pronto.

  El tono de Astrid era neutro, pero había una preocupación latente en su mirada, casi imperceptible. Mientras hablaban, Liviana los seguía a una distancia prudente, aunque sin apartar la vista de Joseph. Sus ojos lo recorrían con precisión, como si desmenuzara cada músculo, cada fibra, cada gesto.

  ?No hay duda… este ni?o ha pasado por la etapa de Transformación del Alma. ?Pero cómo es posible?? —pensó, frunciendo levemente el ce?o.

  —Oye… —dijo de pronto.

  Su voz, firme y cortante, interrumpió la conversación. Joseph se detuvo. Astrid también, sorprendida de que Liviana interviniera de esa manera.

  —?Sí? —preguntó, algo confundido.

  —?Cómo es que pasaste por la etapa de Transformación del Alma?

  Joseph ladeó la cabeza, claramente desconcertado.

  —?La etapa de qué?

  Liviana frunció el ce?o aún más, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

  —?Me estás diciendo que no sabes lo que es?

  —Pues… no. —respondió rascándose la nuca.

  Liviana negó con la cabeza, molesta. No con él, sino con la situación.

  —La Transformación del Alma es una etapa de iluminación y equilibrio. Un punto en el que cuerpo, mente y corazón se alinean completamente. Ese estado armonioso desbloquea el potencial oculto del cuerpo, purificando la sangre y los meridianos. Mejora el flujo de energía, elimina impurezas y fortalece la piel y los músculos hasta niveles insospechados. Incluso… el rostro rejuvenece ligeramente.

  Joseph abrió los ojos con asombro. Se miró las manos como si las viera por primera vez. En efecto, su piel parecía más firme, sentía sus movimientos más ligeros desde hacía unos días, aunque no le había prestado atención.

  —?En serio? ?No sabía que eso era posible! —exclamó.

  Astrid lo observaba en silencio, intentando descifrar si fingía o si realmente estaba ignorante del proceso por el que había pasado.

  Liviana, en cambio, sintió un pinchazo de envidia que no pudo disimular del todo. Aquella etapa era la meta de todo artista marcial. Alcanzarla sin saberlo era como tropezar con un tesoro enterrado por accidente.

  —Tsk… Algunos nos rompemos el alma durante a?os y no lo conseguimos. Otros simplemente… lo viven sin saberlo. —murmuró con una mezcla de frustración y fascinación.

  —?Y tú? —preguntó Joseph, con genuina curiosidad —?Lo has conseguido?

  Liviana no respondió de inmediato. Caminó unos pasos más, con la mirada al frente.

  —?Cómo lo conseguiste? —insistió Liviana, sus ojos brillaron con una mezcla de ansias y frustración —?Qué fue lo que hiciste?

  Astrid giró la cabeza y la miró de reojo. No era común ver a Liviana tan insistente, tan… vulnerable. Siempre había sido contenida y precisa, una fortaleza de compostura. Pero esa pregunta la desarmaba. Era lógico. Pocos eran los que habían atravesado el umbral que se requería para el décimo nivel, y menos aún los que compartían ese conocimiento. Ni siquiera durante los a?os que sirvió al Rey y a la Gran Dama, líder de las valkirias, se atrevió a formular esa pregunta.

  Y sin embargo, aquí estaba, exponiendo su deseo frente a un muchacho que parecía ignorar la magnitud de lo que llevaba dentro.

  —Dime. —repitió —?Cómo lo hiciste?...

  Joseph vaciló. Su paso se detuvo por un instante, y los transeúntes que pasaban por la calle empedrada comenzaron a mirar la escena con cierta incomodidad. Algunos murmuraban, otros solo observaban con la típica curiosidad de quienes no entienden, pero intuyen que algo importante sucede.

  Joseph volvió a caminar, con la mirada al frente.

  —No lo sé…

  La respuesta cayó como una piedra en el pecho de Liviana. Su ce?o se frunció con más fuerza.

  —Vamos… ?Te pagaré lo que quieras! ?Solo dime-!

  —Liv… —intervino Astrid, con voz firme y mirada severa —Estás siendo grosera…

  El tono fue suficiente para cortar el aire como una hoja. Liviana dio un paso atrás de inmediato, bajando la cabeza.

  —Lo siento…

  —Está bien. —respondió Joseph, con una media sonrisa conciliadora —No te lo oculto por desconfianza… y no me interesa el dinero. Cáliban siempre dice que el conocimiento no debe negarse a quien lo busca de corazón. Pero esto… esto es difícil de explicar para mí.

  Hizo una pausa, como si estuviera buscando las palabras correctas, y luego alzó los hombros levemente.

  —Más que un aprendizaje o una técnica secreta milenaria… fue una sensación. No sé cómo decirlo. Me siento bien… me siento completo. Como si por fin todo en mí estuviera en sintonía. ?Tiene sentido para ti?

  Liviana se quedó en silencio. Sus labios se entreabrieron como si fuera a responder, pero no encontró palabras. Esa explicación… no le decía nada. No había teoría marcial que hablara de “sensaciones”. No existía una guía, un patrón, un manual que la llevara a esa armonía de la que hablaba Joseph. Y eso le resultaba tan desconcertante como frustrante.

  Durante el resto del camino, caminó en silencio, meditando sobre aquellas palabras. Una parte de ella se negaba a aceptarlo, otra intentaba entender. Pero ninguna lograba hallar un punto de anclaje.

  Al llegar al Emporio Negro, sus pasos se detuvieron frente a la puerta principal.

  Una elegante inscripción en relieve dorado avisaba que la entrada estaba restringida. Solo los miembros de la Lista Diamante podían pasar sin supervisión. Liviana no estaba entre ellos.

  —Tendré que esperar aquí. —dijo en voz baja, casi resignada.

  Astrid se volvió hacia ella, dándole una última mirada de complicidad.

  —No tardaremos.

  Liviana asintió y cruzó los brazos, quedándose firme como una estatua al lado de la puerta, observando con la mirada afilada de una escolta real.

  Dentro del Emporio, los pasillos estaban iluminados por lámparas de cristal con filamentos que vibraban al paso de la energía. Cada rincón olía a metal recién forjado, aceite caliente y polvo antiguo. Joseph caminaba al lado de Astrid, aún pensativo.

  Ella rompió el silencio con una voz curiosa, casi amistosa.

  —Por cierto… —dijo Astrid con un tono más ligero, como si buscara un nuevo rumbo en la conversación —?Cáliban te ense?ó sobre la espada?

  Joseph parpadeó, sorprendido por la pregunta.

  —?La espada?... —repitió con cautela.

  —Sí. —insistió Astrid, desviando la mirada como si no quisiera parecer demasiado interesada —Estoy entrenando y he tenido algunos problemas. Pensé que… tal vez él te había ense?ado algo del manejo. Quizá podrías ayudarme.

  Joseph se detuvo en seco. Sus pasos, hasta entonces tranquilos, cesaron de pronto. La luz de las lámparas tembló levemente a su alrededor.

  —Escucha. —dijo, mirándola directamente a los ojos —Voy a responderte con sinceridad… Sí, me ha ense?ado algunas cosas. Pero no puedo compartirlas contigo. No es algo que me corresponda decidir. Si quieres aprender sobre su técnica… pregúntaselo a él.

  Stolen story; please report.

  Astrid enmudeció. Sus labios se entreabrieron levemente, pero no dijo nada. Su expresión oscilaba entre la incomodidad y la sorpresa. Había sido descubierta.

  —?Cómo lo…?

  —He visto pelear a Cáliban más veces que tú. —la interrumpió Joseph con firmeza, pero sin arrogancia —Lo he visto entrenar, observar su espada, moverse con ella como si fuera una extensión de su alma. ?De verdad crees que no notaría que intentas imitar sus movimientos? Incluso el se?or Xander no ha logrado dominar por completo su técnica… y eso que entrena bajo tutela directa de Cáliban. No puedes esperar comprenderla tú sola.

  Astrid chistó con fastidio y giró el rostro, cruzándose de brazos.

  —No eres nada divertido… —musitó.

  —?Diversión? —repitió Joseph, incrédulo —Hace menos de una semana casi nos matan. ?Por qué estás pensando en divertirte? Deberías estar concentrada en volverte más fuerte. Tal vez eliminamos a un culto, pero hay muchos más. Algunos peores. Algunos ya podrían saber quiénes somos.

  Las palabras golpearon a Astrid con la fuerza de una bofetada. Había intentado disimular su incomodidad tras una sonrisa altiva, pero la mención del combate, de la sangre y los cuerpos que quedaron atrás, la hizo vacilar. Había olvidado, o quería olvidar, que aún estaban en peligro. Que este respiro era temporal.

  —Tienes razón… —susurró —Lo siento.

  El silencio se apoderó de ellos mientras continuaban su camino por los pasillos del Emporio. Ya se escuchaban los ecos del trabajo temprano. Golpes de martillo, vapor, chispas que saltaban en las forjas. Finalmente llegaron a la sala principal, donde los asistentes de Bardrim ya se movían de un lado a otro, revisando encargos, tomando medidas, entregando metales.

  Lo curioso fue que Bardrim, el mismísimo maestro herrero, también estaba allí.

  El viejo enano de barba blanca y trenzada solía aparecer al mediodía, envuelto en el humo de sus experimentos, de mal humor y más inclinado al insulto que al saludo. Pero hoy se había levantado temprano.

  Bardrim balbuceaba palabras sin sentido mientras trataba de tallar con precisión una piedra preciosa. Sus dedos callosos y temblorosos sostenían un diminuto cincel de energía, intentando transformar la gema en un núcleo canalizador. Su concentración era total, tanto que ni siquiera los múltiples llamados de Joseph lograban sacarlo de su trance.

  —?Bardrim! —gritó Joseph finalmente, perdiendo la paciencia.

  El enano pegó un peque?o salto del susto y soltó las herramientas, que cayeron con estrépito sobre la mesa metálica.

  —?Mocoso! ?Casi me das un infarto! —bramó con voz áspera —??Quieres matarme antes de que cumpla los 300 a?os?!

  Joseph soltó un resoplido, cruzándose de brazos.

  —Te estuvimos llamando varias veces, viejo… ?Qué te tiene tan ajetreado?

  —Agh… nada que te importe. —Bardrim se frotó los ojos, visiblemente agotado —?Viniste por tus pesas, cierto? Están ahí, en la repisa. Solo tómalas y vete…

  Astrid se acercó con paso seguro, cargando sus propias pesas rotas.

  —A mí también me gustaría solicitar una reparación.

  —Déjalo en esa caja y vuelve en seis días. —gru?ó el herrero, se?alando sin siquiera levantar la vista.

  A simple vista era evidente que Bardrim no estaba en su mejor estado. Bajo sus ojos se formaban profundas ojeras, y sus manos, que anta?o empu?aban martillos como si fueran plumas, ahora temblaban incluso al levantar el cincel.

  Joseph lo observó con preocupación.

  —Oye, viejo… ?No crees que deberías dormir un poco? No te ves nada bien.

  —?Dormiré cuando esa estúpida princesa se largue de esta academia! —exclamó Bardrim, raspándose la cabeza con irritación —?Hasta entonces, tengo que seguir con esto! ?Maldita sea! ?Por qué tengo que soportar estas tonterías?

  Joseph frunció el ce?o, confundido.

  —?Princesa…?

  Bardrim lo ignoró, y continuó hablando para sí mismo, como si no pudiera frenar el flujo de sus propias frustraciones.

  —?Mocoso! ?Cuándo se despertará ese estúpido al que llamas líder?

  Joseph bajó la mirada y negó lentamente con la cabeza. No tenía respuesta para eso. Cáliban seguía inconsciente, su condición era estable pero inmóvil, atrapado en un silencio que comenzaba a pesar sobre todos.

  El herrero resopló con furia contenida, tomó su martillo y volvió a trabajar con un bufido de hastío. No había más que hacer allí.

  Sin decir palabra, Joseph recogió sus pesas nuevas, agradeció con un leve gesto de cabeza y salió junto a Astrid por el mismo pasillo por el que habían llegado. Durante el camino de vuelta, el ambiente estaba cargado de pensamientos no dichos. El silencio era espeso, pero no incómodo. Ambos parecían estar sumidos en sus propias reflexiones.

  Astrid, sin embargo, no podía dejar de pensar en la técnica de espada. Su mente repasaba una y otra vez los movimientos de Cáliban. La forma en que canalizaba su energía, la perfecta armonía entre sus pasos y su filo. Si Joseph sabía algo, por poco que fuera, lo necesitaba. Pero debía ser más sutil. No podía permitirse otro rechazo directo.

  Entonces, tejió una idea en su cabeza.

  —?Qué harás ahora? —preguntó con un tono casual.

  Joseph miró hacia el cielo por un momento, como si organizara sus prioridades.

  —Mmm… Creo que seguiré con mi entrenamiento. No quiero desperdiciar ni un solo segundo de lo que queda de escuela. Quién sabe cuánto tiempo tendremos antes de que otra amenaza aparezca…

  Astrid sonrió, fingiendo despreocupación.

  —?Oh! ?Te parece si te acompa?o?

  Joseph la miró con una ceja alzada, un tanto sorprendido.

  —?Entrenar… juntos?

  —Sí. Tú dijiste que Cáliban te ense?ó algunas cosas. Quizá no puedas ense?arme directamente su técnica, pero podríamos intercambiar ideas… movimientos… Tal vez así entiendas mejor lo que pasó contigo. Y yo… podría corregir mis fallos.

  No era una mala propuesta. Sonaba razonable. Pero había algo en los ojos de Astrid que traicionaba su aparente inocencia. Una chispa de obstinación. Joseph lo notó, pero no dijo nada.

  Joseph aceptó sin poner objeciones. En su mente no había segundas intenciones. Pero Astrid sí. Sabía que no podría hacerlo hablar abiertamente sobre la técnica de Cáliban. Sin embargo, si lo observaba con atención, si seguía sus movimientos con ojos atentos, tal vez podría deducir algo. Lo importante era no forzar las respuestas, sino intuirlas.

  Liviana no se quedó atrás. Aunque no lo demostraba con tanta evidencia, su curiosidad era tan intensa como la de su se?ora. Algo en la forma de actuar de Joseph la inquietaba… y al mismo tiempo, la desafiaba.

  Joseph las guió de regreso a la Casa. Dado que Cáliban aún no despertaba, entrenar en la mazmorra quedaba fuera de consideración. Así que optaron por el patio trasero. Era amplio, empedrado y rodeado de árboles altos que filtraban la luz matinal en haces irregulares. Estaban solos.

  —Bueno… dejando de lado el entrenamiento físico por hoy. —dijo Joseph, dejando sus pesas a un lado —Siempre suelo empezar con esto.

  Sacó un cuenco de madera lleno de agua. Astrid y Liviana se miraron, confundidas.

  —?Qué harás con eso? —preguntó Astrid, alzando una ceja.

  Sin responder, Joseph colocó el cuenco sobre su cabeza con cuidado. Se irguió con la espalda recta, como si cada vértebra encajara milimétricamente con la anterior. Entonces, desenfundó ambas espadas con movimientos lentos. Ejecutó un tajo horizontal, muy lento y tembloroso, como si danzara con el aire. Luego retrajo ambas hojas de la misma forma. Y repitió. Una, otra y otra vez. Durante diez minutos. Sin apuro, sin palabras.

  —?Eso es todo lo que harás? —inquirió Astrid con cierta impaciencia.

  —De hecho… creo que lo entiendo. —intervino Liviana antes de que Joseph pudiera contestar —También es un entrenamiento recurrente en el ejército. Sirve para afinar los sentidos y lograr una conexión más profunda con la espada. Mientras mejor sea el control, más cerca estás de volverte uno con tu arma.

  Su explicación fue dicha con orgullo. Sus ojos brillaban al recordar sus propias lecciones marciales. Astrid giró la mirada hacia Joseph, esperando que confirmara aquella teoría.

  Pero él, sin emitir palabra, negó con la cabeza. Su concentración no se rompió. Continuó ejecutando los mismos movimientos suaves, con la respiración controlada, el cuenco seguia inmóvil sobre su coronilla.

  Astrid frunció los labios. No entendía del todo el sentido del ejercicio, pero no se permitiría quedarse atrás.

  —Quiero intentarlo. —dijo, decidida.

  Liviana se ofreció primero, queriendo mostrar el ejemplo. Colocó el cuenco sobre su cabeza con la destreza de alguien habituada al equilibrio. Su primer tajo fue elegante, rápido. Pero algunas gotas de agua salpicaron al suelo.

  —Tch…

  Aun así, sus movimientos eran gráciles, controlados. Dominaba su cuerpo con precisión. Incluso Joseph asintió con respeto ante su técnica.

  Astrid, por su parte, trató de replicar el ejercicio, pero su impaciencia le jugaba en contra. Al cabo de unos minutos, dejó escapar un suspiro de fastidio. El cuenco tembló. El agua osciló peligrosamente.

  Entonces, con un bufido, dejó caer el cuenco con desdén.

  —Muy bien, ya lo entendí. Siguiente ejercicio. —dijo, cruzándose de brazos.

  —?Qué? Pero apenas estamos empezando. —respondió Joseph con extra?eza —Yo suelo hacer esto al menos unas dos horas…

  Astrid no dijo nada. No respondió a la queja. En lugar de eso, recogió de nuevo el cuenco, lo llenó, y lo colocó sobre su cabeza. Esta vez, su expresión cambió. Algo en ella se endureció. No como una armadura, sino como una hoja lista para cortar.

  Y entonces, con un solo movimiento, veloz y limpio, dio un tajo al aire. La espada silbó. El cuenco vibró, pero ni una sola gota de agua se derramó.

  Joseph y Liviana se quedaron boquiabiertos. La precisión era perfecta. El tajo había sido ejecutado con una técnica innegable, una velocidad contenida, una elegancia que sólo se alcanzaba cuando mente, cuerpo y filo estaban alineados.

  —Eso fue… —murmuró Liviana, sin terminar la frase.

  Joseph no dijo nada. Solo la observó con más atención. Astrid, aunque satisfecha, no sonreía. Había algo desafiante en su mirada. Como si hubiera querido probar un punto. No solo a ellos, sino a sí misma.

  —?Cómo se esperaba de mi se?ora! ?Usted es una genio milenaria! ?Digna de la sangre de los Saint! —exclamó Liviana, aplaudiendo con un júbilo desbordado.

  Sus ojos brillaban de orgullo y devoción mientras las palmas se estrellaban una contra otra como truenos celebratorios. Pero Joseph, en silencio, observaba otra cosa. Bajo la máscara ornamentada de Astrid, donde se suponía debía florecer una sonrisa, notó algo más.

  No era alegría. No era satisfacción. Era tristeza.

  Astrid sostenía su espada con firmeza, pero sin alma. Miraba el filo como si estuviera observando un objeto cualquiera, como si no pudiera sentirlo, como si le perteneciera sólo por obligación.

  Suspiró levemente. Luego, como quien se pone un disfraz, dibujó una sonrisa en su rostro.

  —Bueno… ?Qué sigue?

  Joseph la miró en silencio, aún procesando lo que acababa de ver. El talento de Astrid iba mucho más allá del simple “don” innato. Tenía una capacidad casi sobrenatural para observar, interpretar y ejecutar. Aprendía con una rapidez que rozaba lo imposible. Pero había algo roto en medio de todo eso. Como si, por más perfecto que fuera el movimiento, algo esencial le faltara.

  —Bueno… lo siguiente es… —empezó a decir, y así, el entrenamiento continuó.

  Durante horas, Astrid repitió cada ejercicio que Joseph propuso. Equilibrio, fluidez, resistencia, agilidad. Cada técnica era absorbida, desmenuzada y replicada casi a la perfección en la mitad del tiempo. Joseph estaba anonadado. Nunca había conocido a alguien con ese nivel de maestría. Y sin embargo, cada vez que la observaba, sentía que Astrid no avanzaba con hambre de superación, sino con una necesidad silenciosa, desesperada… como si tratara de llenar un hueco invisible.

  Cuando terminaron el último ejercicio, el sol ya se estaba ocultado. Un viento suave soplaba entre los árboles del jardín, y la luz de las antorchas comenzaba a pintar sombras largas sobre las piedras del patio.

  Ambos se sentaron en los escalones, empapados de sudor, exhaustos y en silencio. Joseph se pasó la mano por el rostro y luego miró a Astrid, que tenía los ojos clavados en el atardecer.

  —?Cómo es que tienes un talento tan grande? —preguntó finalmente, sin poder contener su asombro.

  —?Eso es obvio! —respondió Liviana antes que su se?ora pudiera abrir la boca —?La sangre de mi se?ora fue bendecida por el dios de la luz en persona! ?Está destinada a ser una guerrera diestra que abrirá las puertas de una nueva era!

  Joseph apenas reaccionó. Toda esa palabrería noble no le importaba. Lo que quería era otra respuesta. Una más humana.

  Astrid giró apenas el rostro y dijo, con tono amable:

  —Liv… tengo sed. ?Podrías traerme algo de beber?

  —?Por supuesto, mi se?ora! —dijo Liviana, haciendo una reverencia veloz antes de desaparecer con la velocidad de una ráfaga.

  Joseph ni siquiera alcanzó a ver la sombra de su armadura alejándose.

  —Veo que es extremadamente leal a ti… —comentó con una media sonrisa.

  —Ja… no le hagas caso. A veces puede ser muy intensa. —dijo Astrid, dejando caer la cabeza hacia atrás, respirando profundamente.

  Un silencio más cálido se instaló entre ellos. El tipo de silencio que no exige palabras, pero que también las invita.

  Joseph miraba el suelo, moviendo una piedra con la punta de su zapato. Había algo en su garganta. Una pregunta. Una que le había estado quemando por dentro desde hacía rato. Pero no sabía cómo ponerla en palabras sin que sonara mal… o sin parecer que se entrometía donde no debía.

  Astrid lo notó. Lo observó de reojo, con atención. Conocía esa tensión. Ese tipo de contención que precedía a una conversación real.

  —Si tienes algo que decir, dilo… —murmuró Astrid, sin mirarlo directamente.

  Joseph respiró hondo, inseguro por un instante. Luego se decidió.

  —Bueno… ?Cómo lo llevas? Ya sabes… desde la muerte de Cecilia…

  El aire pareció hacerse más denso. Astrid bajó la mirada, su expresión cambió de inmediato. Un suspiro se escapó de sus labios como si soltara una carga que ya llevaba demasiado tiempo ignorando.

  —Así que era eso… —dijo, en voz baja —Bueno… yo…

  Quiso hablar, de verdad quiso, pero las palabras no se formaban. Desde la muerte de Cecilia no había compartido más momentos con sus compa?eras. Antes, eran inseparables. Pero tras la pérdida… algo se había roto. Irremediablemente.

  —Cuando Cecilia falleció… —continuó al fin, con esfuerzo —el vínculo que nos unía… se desvaneció.

  Joseph ladeó la cabeza, incrédulo.

  —?Por qué? Se veían muy unidas. ?Un vínculo así puede perderse tan fácilmente?

  —Aun si me lo preguntas… no lo sé… —confesó Astrid, con una sinceridad desconcertante.

  Se hizo el silencio. Joseph sintió que tal vez había tocado una herida abierta. Estuvo a punto de desviar la conversación, pero justo cuando intentó hablar, Astrid retomó la palabra con una voz nostálgica.

  —Después de nuestra primera misión juntas… Cecilia nos llevó a la mazmorra. Nos trataba a todas por igual, sin importar que fuéramos de la realeza, soldados o plebeyas. Comenzamos a salir, a compartir, a reír… a vivir algo que se sentía normal, sincero. Era feliz.

  Su mirada se perdió en algún punto lejano del horizonte, donde el sol se había escondido detrás de las monta?as.

  —Con el tiempo, me encari?é con ellas. Más de lo que jamás pensé que me permitiría. Pero ahora… no sé cómo afrontar esto. Siento que, si me acerco, solo recordaré lo que perdimos.

  Joseph se rascó la cabeza. No tenía la respuesta correcta, pero tampoco quería dejarla sola con ese peso.

  —?Sabes? Creo que deberías hablar con ellas. Tener gente en la que confiar… es bueno. Y además, no creo que Cecilia aprobara que su amistad se terminara por su culpa.

  Astrid permaneció en silencio, meditando sus palabras. El sonido suave del viento acariciando las ramas se mezclaba con la baja temperatura. Las hojas crujían y bailaban alrededor de ellos. Su cabello, dorado como el sol que se ocultó, ondeaba con cada soplido helado.

  —Lo pensaré. —susurró finalmente.

  Joseph asintió, y por un momento, solo se escuchó el susurro del atardecer. Pero él no podía irse sin hacer otra pregunta. No después de todo lo que había compartido ella.

  —Por cierto… —dijo con suavidad —?Por qué querías aprender la técnica de espada de Cáliban? Si es por poder, no lo entiendo. Tú podrías dominar cualquier estilo. ?No te basta con eso?

  Astrid tardó un momento en responder. Luego, con una peque?a risa amarga, murmuró:

  —No es por poder. Solo que… estaba aburrida.

  Joseph frunció el ce?o, desconcertado por la respuesta. Astrid lo miró con una expresión extra?amente vacía, casi como si se hablara a sí misma.

  —Cuando todo lo que haces se te da bien… llega un momento en que todo pierde sabor. Nada me retenía. Nada me desafiaba. Nada me hacía sentir viva. Pero cuando vi a Cáliban luchar… cuando lo vi moverse como si la espada no fuera una herramienta sino una extensión de algo más profundo… sentí algo.

  ??Aburrida??

  Una sola palabra y, sin embargo, Joseph no podía quitársela de la cabeza. Se quedó mirando el rostro de Astrid, oculto tras la máscara, mientras su mente regresaba a cada instante del día. Desde la primera estocada hasta el último ejercicio, Astrid no había mostrado ni una sonrisa, ni un gesto de satisfacción. Nada. Era como ver a una máquina de guerra tallada con precisión divina… sin alma.

  Durante horas la observó moverse con una gracia imposible. Completaba cada rutina en tiempo récord, su juego de pies era impecable, su control corporal absoluto. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.

  ?Supongo que solo aquellos que nacen con talento pueden entenderlo…? —pensó Joseph, sintiéndose peque?o por un instante. Porque, por mucho que él se esforzara, jamás sería así.

  Se levantó despacio, sacudiendo el polvo de su ropa con una mano.

  —Bueno, sea como sea… —dijo con tono sereno —Piensa lo que te dije. Creo que esta es una oportunidad para volver a estar unidas. Claro… también deben poner de su parte.

  Hizo una pausa y bajó ligeramente la voz, siendo más directo.

  —?Ya les preguntaste a las demás cómo se sienten?

  Astrid negó lentamente. No dijo nada, pero el leve movimiento fue suficiente. Su máscara volvía a ser su escudo.

  —?Por qué no empiezas por ahí?

  Joseph le dio un par de palmadas en la espalda, con la familiaridad justa para no parecer condescendiente, y se marchó rumbo a los ba?os.

  Astrid se quedó sola en los escalones. El viento arrastraba los últimos suspiros del día, y el cielo comenzaba a apagarse lentamente, ti?éndose de un azul profundo. Observó el horizonte, inmóvil, hasta que el último rayo de sol desapareció. Entonces, y solo entonces, cerró los ojos. Intentó buscar en su memoria la última vez que había sido feliz.

  Pero no encontró nada.

  Solo recordaba el palacio silencioso. Las noches eternas, plagadas de tristeza. La angustia de sentir que, a pesar de todo su poder, no podía elegir su destino. El peso de las expectativas era una piedra invisible atada a su cuello desde que tenía memoria.

  Y sin embargo, entre esa niebla oscura, algo cálido emergió.

  Risas. Pláticas sin formalidades. Tardes robadas para hacer compras. Peque?os entrenamientos en el bosque. Momentos con Cecilia, con las demás… donde no era “la heredera de los Saint”. Donde simplemente era Astrid.

  Una chica, una amiga, una persona...

  En su vida, jamás se había sentido así de libre. Así de humana. Aunque fuera efímero. Ahora todo se sentía muy lejano.

  —Joseph tiene algo de razón… —murmuró —Debería hablar con ellas ma?ana…

  Entonces vio a Liviana acercarse desde la mansión. Traía una jarra de agua y una sonrisa ligera en el rostro, como si también estuviera más relajada que de costumbre.

  Astrid tomó el vaso de agua que le ofreció. Luego se levantó despacio, recogió su espada con cuidado y caminó hacia la puerta principal. El día había sido largo. Sus músculos dolían, su mente estaba cargada… pero algo dentro de ella parecía menos tenso. Como si una herida, aún sin cerrar, hubiese recibido al menos una venda.

  ?Extra?o poder ba?arme en el gremio…? —pensó con cierta amargura mientras se adentraba en la penumbra cálida de la mansión.

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