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Capítulo 117: Escenas que nublan el alma

  Una sensación opresiva se apoderó del lugar. Como una marea invisible, la presión comprimió el aire, y justo después del grito de Cáliban, una onda expansiva sacudió la arena. Alec y Glandeir fueron obligados a retroceder, cubriéndose por reflejo ante la repentina erupción de poder.

  Un calor abrasador invadió la atmósfera. Las venas de los brazos de Cáliban se encendieron como hilos ígneos, trazando líneas de fuego viviente bajo su piel.

  —??Incendió su núcleo?! —gritó uno de los nobles desde las gradas con incredulidad —?Qué locura!

  —?Es eso en lo que confía para ganar? —dijo otro con desdén —Vaya desperdicio… no vivirá mucho tiempo.

  Los comentarios comenzaron a multiplicarse, mezclando asombro y compasión. Pero quien más reaccionó ante esas palabras fue la Gran Sabia.

  El término "incendiar el núcleo" no era desconocido. Era una técnica prohibida, un último recurso que solo se usaba cuando no existía otra salida. Consistía en prender al núcleo energético interno del usuario, forzando una liberación descomunal de poder a cambio de consecuencias devastadoras. En el mejor de los casos, el núcleo quedaba atrofiado… en el peor, el cuerpo colapsaba y moría.

  Alec retrocedió un par de pasos más al ver que el cuerpo de Cáliban comenzaba a te?irse de un rojo incandescente. Su risa fue nerviosa, cargada de falsa seguridad.

  —?Así que realmente lo hiciste! ?Incendiaste tu núcleo! ??Eso es todo lo que te queda, demonio?! ?Ya no hay más trucos?

  Pero su voz se apagó en cuanto sus ojos se encontraron con los de Cáliban. Algo en él había cambiado.

  Sus ojos ardían con un fuego antinatural, como brasas en una noche sin luna. Su cabello, ahora casta?o, se movía lentamente en cenizas flotantes. Cada vena de su cuerpo brillaba con un rojo intenso, como si fuera lava viva. De sus pu?os emergían llamas silenciosas, peque?as pero mortales, que empezaban a consumir el aire mismo.

  Desde las gradas, Loana rompió el silencio.

  —Maestra… ?Eso es…?

  Madame Lothrim no respondió al instante. Con la mirada clavada en la arena, apretó la venda que cubría su herida como si intentara contener algo más que dolor físico.

  —No… no puede ser…

  Su voz, apenas audible, fue suficiente para alarmar a quienes estaban a su alrededor. El rostro de Valeria reflejaba una mezcla de asombro y desesperación. Aquella manifestación… no era solo un incendio de núcleo. Era algo más.

  Noah, desde el palco reservado, observaba la escena con creciente inquietud. Su respiración se cortó por un segundo, y sus ojos se abrieron con súbito reconocimiento.

  Lord Tyrion, al notar su reacción, se inclinó hacia él.

  —?Se?or! —preguntó con urgencia —??Es él…?!

  —Así es… él es el joven Cáliban, maestro del gremio Avalon… ?Ocurre algo? —preguntó Lord Tyrion con genuina curiosidad.

  Noah no respondió de inmediato. Su mirada permanecía fija en la arena, sus labios apenas susurraron una verdad que solo él comprendía.

  ??No cabe la menor duda! ?Esa técnica… solo un descendiente directo de él podría ejecutarla!?

  Incluso sus compa?eros de gremio intercambiaron miradas cargadas de asombro y desconcierto. Nadie sabía qué estaba ocurriendo realmente, excepto él. En el campo de batalla, Alec, ajeno a las implicancias de lo que presenciaban los espectadores, arremetió nuevamente. Confiado, levantando su espada para desatar una ofensiva total.

  Pero tanto su hoja como la de Glandeir fueron detenidas con manos desnudas.

  Ocelotl, el espíritu que compartía una conexión profunda con Cáliban, había nadado incontables veces en los recuerdos de su maestro, absorbiendo sin esfuerzo las técnicas, maniobras y el arte marcial que este había perfeccionado. Aunque Cáliban nunca le ense?ó directamente, el vínculo entre ambos era tal que bastaba compartir pensamiento y propósito para comprenderse con total claridad. Para Ocelotl, el mundo entero era irrelevante. Su existencia sólo tenía sentido al servicio de aquel a quien reconocía como su único igual.

  Con una sincronía perfecta, ambos devolvieron los ataques con un golpe demoledor. Alec y Glandeir fueron lanzados en direcciones opuestas, cada uno estrellándose contra extremos distintos de la arena, dejando tras de sí una estela de polvo y energía disipada.

  ?Se?or… déjeme encargarme de esto.? —murmuró Ocelotl en su mente.

  Cáliban asintió sin pronunciar palabra y se lanzó hacia Alec, mientras su espíritu caminaba con lentitud decidida hacia Glandeir, separando así el combate en dos duelos paralelos.

  —?Maldita peste! —bramó el coloso de luz con furia desbordante.

  —Ni siquiera vales lo que una u?a de mi maestro… —respondió Ocelotl con desdén, sus palabras eran tan afiladas como su voluntad.

  Glandeir rugió y alzó su espada envuelta en luz violeta, descargando tajos con una fuerza que hacía temblar el suelo. Ocelotl, con los brazos envueltos en llamas, bloqueó cada ataque con una maestría que bordeaba lo sobrenatural. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, sin un solo gesto desperdiciado.

  Sin embargo, la perfección era inalcanzable incluso para él. Una de las estocadas logró desgarrar su armadura en el hombro, dejando al descubierto una tenue luz interna.

  Glandeir, alentado por ese da?o, rugió con más fuerza aún. Su siguiente golpe fue un tajo vertical cargado con todo su poder. La espada chispeó con una energía cegadora que surcó el cielo como un relámpago violeta.

  Pero Ocelotl, en lugar de esquivar, bajó ambos brazos con serenidad. Con una mano golpeó el punto de equilibrio de la espada y, con la otra, lanzó un contraataque al costado del coloso, impactando con tal precisión que el gigante se estremeció de dolor, como si un fuego abrasador recorriera su costado.

  —?Acaso nunca te has enfrentado a alguien de tu nivel?

  —?Silencio!

  Glandeir retrocedió unos pasos y alzó la mano al cielo. Un fulgor violeta iluminó sus dedos y, al instante, decenas de lanzas lumínicas descendieron como una lluvia implacable.

  Ocelotl reaccionó de inmediato. Colocó ambos brazos en una posición defensiva.

  —?Círculo de la Gula: Cerbero, Guardián de la Entrada!

  Extendió sus extremidades a los lados, generando una barrera esférica resplandeciente que envolvió su cuerpo entero. Las lanzas se clavaban con fuerza en la superficie del escudo, algunas traspasaron levemente la defensa.

  Glandeir sonrió con arrogancia al notar que su poder podía penetrar aquella barrera.

  —?Tu defensa es patética!

  Apretó aún más sus pu?os, generando nuevas ráfagas de lanzas que disparó con renovada intensidad.

  —Parece que está en problemas… —comentó Loana con el ce?o fruncido y la inquietud reflejada en su mirada.

  —No lo creo… observa con atención. —se?aló el director con una sonrisa enigmática.

  Las lanzas que impactaban en el escudo no eran simplemente repelidas. Eran absorbidas lentamente por fauces dentadas que emergían de la superficie de la barrera. Cada proyectil devorado alimentaba a Cáliban a través del vínculo que compartía con su espíritu.

  —??Eso es siquiera posible?! —exclamó Dimerian, incapaz de apartar los ojos de la técnica.

  —Jamás había visto manipular el aura de esta manera… —murmuró Lartyr, quien estaba sentado junto a Reinhard. Estaba perplejo, mientras trataba de comprender lo que presenciaba.

  —Con un poder como este, líder… ?Por qué no lo usaste antes? —preguntó Astrid, en voz baja.

  Nadie respondió. Todos observaban en silencio el desarrollo del combate. Había algo hipnótico en esa técnica… algo que escapaba a la comprensión ordinaria.

  Juliana, especialmente, parecía hechizada por la escena. Su mirada permanecía fija en la arena, sin pesta?ear siquiera.

  Esto llamó la atención de Elizabeth.

  —Jul… ?Estás bien?

  No recibió respuesta. El cabello rizado de Juliana danzaba suavemente con el viento, sus ojos reflejaban un brillo opaco, como si estuviera sumida en un trance.

  Elizabeth y Astrid intercambiaron miradas nerviosas. Nhun seguía dormida en brazos de esta última, sin percatarse del desconcierto creciente entre sus compa?eras. Ninguna de ellas lograba comprender lo que ocurría con Juliana.

  —?Maldita sabandija! —exclamó Glandeir, retirando su poder al notar que era consumido por aquella técnica.

  —Te lo advertí… a mis ojos, no eres más que un gusano.

  Ocelotl movió sus manos con precisión y determinación. Alzó su brazo dominante, y las llamas que lo envolvían se intensificaron, creciendo de forma descomunal.

  —Círculo de la Ira: Desembarco Iracundo del Rey Flegias.

  Glandeir no esperó a que el ataque se concretara. Se deslizó hacia atrás, intentando encontrar una apertura, una mínima brecha a la que aferrarse. Pero fue inútil. Ocelotl lanzó su pu?o hacia adelante, y en ese mismo instante, una lluvia de golpes atravesó la armadura del gigante espiritual.

  Desde las gradas, Noah observaba con suma atención.

  —Un solo ataque… y fue capaz de asestar ocho golpes en menos de un segundo… esto no tiene ningún sentido…

  Lord Tyrion notó la inquietud en su voz y preguntó:

  —?Por qué? te he visto hacerlo muchas veces…

  —Lanzó ocho impactos, eso es indudable… pero no pude ver ninguno. —respondió Noah, sin apartar los ojos del combate —Aunque fuera un espíritu legendario, o incluso uno divino, no debería poder superar las capacidades físicas de su invocador. Yo debería haber visto esos golpes. Aunque se moviera con una velocidad descomunal, tendría que haber podido percibirlos. Pero no vi nada…

  Noah era un guerrero experimentado, un mercenario con un trasfondo único. Había enfrentado a múltiples maestros de distintas disciplinas y, hasta ahora, ninguna técnica se le había escapado de la vista o del análisis. Pero esta vez, algo era diferente. Aquello no solo era poder… era arte.

  ?Un prodigio… la única explicación es que sea un prodigio en las artes marciales…?

  Glandeir fue disparado como un proyectil, estrellándose contra la pared de la arena. Su cuerpo temblaba por el impacto, y de sus labios escapó un chorro de sangre lumínica, reflejo del da?o interno sufrido.

  —Levántate… aún no hemos terminado. —dijo Ocelotl, acercándose lentamente a Glandeir. Su figura irradiaba una ira palpable, las llamas en sus brazos ardían con mayor intensidad a cada paso. Su caminar, sereno e inquietante, hizo temblar al golem de luz.

  Al otro lado del campo, Cáliban no concedía respiro alguno a Alec. Ambos intercambiaban golpes a una velocidad impresionante, pero la experiencia de combate de Cáliban era aplastante. No solo anticipaba y esquivaba los ataques con fluidez, sino que respondía golpeando los puntos vulnerables incluso antes de que su oponente finalizara sus movimientos, dejándolo totalmente expuesto.

  ??No tiene sentido! ?Nada tiene sentido!?

  Cada tajo de Alec era repelido. Su espada se movía con velocidad y una gracia cultivada, pero era inútil frente a los brazos envueltos en llamas de Cáliban. Ni siquiera la magia divina que imbuía su hoja lograba atravesar aquellas llamas implacables.

  ??Qué demonios son estas llamas? ?No puedo atravesarlas de ninguna forma!?

  En un último intento desesperado, Alec lanzó su espada con fuerza buscando cortar a Cáliban por la mitad, pero este desvió la hoja con sus palmas desnudas.

  —Demasiado lento…

  —?Cállate!

  La furia de Alec lo impulsaba. Sus movimientos se volvían cada vez más rápidos, más frenéticos. Cortaba el aire con cada tajo, tratando de alcanzar a su enemigo. Ejecutó un corte diagonal dirigido al brazo de Cáliban, pero éste, inmutable, lo bloqueó con su antebrazo envuelto en fuego.

  —Demasiado débil…

  Un golpe brutal impactó la mejilla de Alec, dejándolo aturdido por un instante. Cáliban no desaprovechó la apertura. Dió una patada en el estómago que hizo doblarse a su enemigo, expulsando todo el aire de sus pulmones.

  Cáliban sentía su sangre arder bajo la piel, sus músculos rugían de dolor. Sus huesos crujían, su carne se desgarraba con cada esfuerzo. Pero nada de eso importaba. No retrocedería, no ahora.

  Alec retrocedió tambaleante y, con un grito de desesperación, clavó su espada en el suelo.

  —?Formación estelar!

  La energía violeta recorrió la hoja de la espada hasta fundirse con el suelo. Un círculo espiritual se desplegó bajo los pies de Alec.

  —La técnica que le ense?ó la Maestra… —susurró Loana.

  El círculo se expandió abarcando una vasta área; serpientes de luz comenzaron a danzar sobre el suelo, reptando con violencia en busca de herir a Cáliban. Este se movía entre la energía con agilidad, esquivando cada intento de atraparlo. Sin embargo, una lluvia dorada emergió desde el mismo suelo. Esquirlas de luz se elevaron y descendieron sobre él, persiguiéndolo con la precisión de un enjambre de abejas asesinas.

  De pronto, Cáliban se detuvo en seco. Cerró los ojos y exhaló lentamente.

  —Círculo de la Pereza: Hundimiento del alma.

  Una explosión sacudió la arena, obligando a los espectadores a cubrirse. Un estruendo ensordecedor anunció el impacto de las flechas y serpientes de luz que alcanzaron a Cáliban. Exhausto, Alec desactivó su formación, convencido de haberlo herido seriamente.

  Los presentes mantenían la mirada fija, pero sus corazones latían con inquietud. Incluso Nhun, que había estado llorando, se despertó y se enmudeció al escuchar la fuerza de la explosión, observando el denso humo que se alzó como una cortina en la arena.

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  Alec jadeaba, agotado por el esfuerzo y la tensión del combate.

  Pero entonces, de entre el humo, emergió una figura envuelta en un aura rojiza que danzaba como fuego vivo. Cáliban apareció ileso, inhalando profundamente antes de que las llamas volvieran a envolver sus manos.

  El aliento de Alec se volvió errático; sus manos temblaban al ver a Cáliban aproximarse con una expresión gélida en el rostro.

  —Me das lástima, Alec… Tú mismo te pusiste la soga al cuello, cegado por tu deseo de creerte superior a los demás.

  —?Cállate! ?Acabaré contigo y te reunirás con esa mocosa en la muerte!

  —?Su nombre era Cecilia!

  Alec lanzó un rugido y cargó con su espada, buscando arrebatarle la vida. El pu?o de Cáliban chocó contra la hoja en un duelo de pura fuerza que dejó boquiabiertos a los espectadores. Se inició un intercambio violento y veloz de golpes a corta distancia que obligaba a ambos a emplearse al máximo.

  Pero el miedo había calado hondo en Alec, y eso volvía sus movimientos torpes, predecibles…

  Cáliban atrapó el brazo de Alec cuando este intentó apu?alarlo, y usando su propio peso, lo arrojó contra el suelo con una fuerza brutal. Sin dar tregua, sujetó su pierna con ambas manos y, sin piedad alguna, lo lanzó como si fuera un mu?eco de trapo a través del campo de batalla. El cuerpo de Alec rebotó varias veces como una piedra que fue arrojada sobre el agua, mientras su espada volaba lejos de él.

  A duras penas, Alec intentó incorporarse con sus últimas fuerzas.

  —Levántate…

  Cáliban pateó la espada caída, lanzándola hacia el aire. El arma giró varias veces, pero antes de tocar el suelo, Cáliban dio otra patada certera a la empu?adura, clavando la hoja a escasos centímetros de los pies de Alec.

  —Levántala… lucha… ?Dónde quedó ese joven orgulloso que juró matarme? ?Aquí estoy! ?Levántate y pelea, cobarde!

  Sus ojos resplandecían con una ira contenida, una furia desbordante que se traducía en cada palabra.

  —?Querías un duelo a muerte, no? ??Entonces por qué tiemblas?! ?Levántate!

  Cáliban, colmado de frustración, golpeó a Alec en la mandíbula, obligándolo a incorporarse. Luego recogió la espada de este y la arrojó con fuerza a sus pies.

  —?Defiéndete!

  Se lanzó con ímpetu hacia él. Alec logró alzar su espada a tiempo para bloquear el ataque, pero el calor abrasador que irradiaban las llamas de Cáliban lo hacía retroceder con cada golpe.

  —?Aléjate de mí!

  En la mano de Alec se formó una esfera luminosa que iluminó toda la arena.

  —?Voluntad Ferviente!

  La esfera estalló en una brillante expansión de luz, envolviendo a Alec en un escudo protector de gran resistencia. Desde las gradas, Madame Lothrim frunció el ce?o; sus manos temblaban visiblemente.

  —La técnica defensiva más poderosa de Alec… eso significa que está acorralado.

  El miedo se apoderó de ella. El dolor de su herida combinado con la intensidad del combate la consumía. No esperaba ver a Cáliban combatir con tal dominio. Desde un inicio, todos creyeron que Alec ganaría sin lugar a dudas… pero nadie anticipó que aquel joven mostraría semejante destreza marcial.

  ?Maldita sea… mientras más lo observo… más se parece a ese puto viejo…?

  —Maestra… ?Qué debemos hacer…? La pelea no parece que vaya a terminar bien… si no los detenemos, ambos podrían morir… —susurró Loana.

  —No lo sé… realmente… no lo sé…

  Lágrimas brotaron del rostro de la mujer. Loana quedó impactada. Aquella mujer fuerte y dominante, que siempre había irradiado autoridad, había perdido su brillo. Cualquier decisión que tomará, cualquiera a quien favoreciera, terminaría por herir al otro. Si ayudaba a uno por encima del otro, el rencor sería inevitable. Incluso si intentaba salvar a ambos, los corazones heridos sembrarían resentimiento.

  Madame era plenamente consciente del lazo que unía a Cáliban con Cecilia… y Alec había asesinado a la ni?a. Para él, no había perdón posible. Ella lo sabía bien.

  —??Crees que esto podrá detenerme?! —rugió Cáliban.

  Sus pu?os golpearon con brutalidad la barrera. Un rugido de dolor y odio brotó desde lo más profundo de su alma. Las heridas en sus manos eran profundas, pero no se detuvo ni un instante. Con cada golpe, el eco resonaba dentro del escudo, haciendo que Alec perdiera el valor de seguir luchando. En su desesperación, buscó consuelo en quien lo había guiado.

  —Gran Madre… por favor, ayúdame… no puedo ganar esto solo…

  En medio del estruendo, una voz maternal acarició su mente, calmando su angustia y susurrándole consuelo.

  ?No temas, hijo mío… le daremos a ese demonio una lección que jamás olvidará…?

  La voz lo envolvió con dulzura.

  Cáliban asestó un último golpe. El escudo estalló como un espejo quebrado. No dudó ni un instante al ver a Alec en trance. Con el pu?o envuelto en llamas de ira, se lanzó directo al rostro de su adversario sin vacilar.

  Los ojos de Alec reflejaron de pronto un aire diferente… casi femenino. Alzó su espada justo en el momento en que el pu?o iba a impactarle.

  —Ahora, pelearé yo… —dijo con una voz melodiosa.

  Cáliban frunció el ce?o. Detuvo su ataque por una fracción de segundo y clavó su mirada en los ojos de Alec, intentando descifrar qué era lo que realmente tenía frente a él.

  —A ti es a quien quería matar…

  —Veamos cómo lo haces, Asesino de Dioses…

  Cáliban lanzó una onda de fuerza con la palma de su mano, desviando la espada. Pero Alec reaccionó con sorprendente destreza; su esgrima se volvió dominante, elegante y peligrosa, como una tormenta surcando una llanura desprotegida. Sus movimientos eran más certeros, sus golpes más pesados, y su dominio del arte marcial, superior.

  —Alec se ha vuelto más fuerte de repente… —comentó Elizabeth, con evidente preocupación.

  Astrid frunció el ce?o bajo su máscara.

  —Algo no está bien…

  Madame Lothrim analizaba cada paso, cada tajo, cada desplazamiento. Ella había criado a Alec, conocía su estilo como la palma de su mano. Y no, eso que veía… no era suyo.

  —?Alec había estado ocultando su fuerza? —preguntó Loana, incapaz de comprender el cambio repentino.

  El director, sin embargo, solo asintió lentamente en silencio.

  ?Como sospechaba… ?

  Alec alzó la mano y sopló un polvo extra?o que parecía hecho de diminutas estrellas suspendidas en el vacío. Esbozó una sonrisa.

  Lágrimas de la Diosa.

  Una técnica ancestral que invocaba un denso humo estelar, como si el mismísimo cosmos se disolviera ante sus ojos. Allí donde el polvo caía, la piedra era erosionada sin esfuerzo.

  Cáliban conjuró el Escudo del Guardián de la Gula. Las bocas de la barrera devoraban el polvo estelar con dificultad. Aunque resistía, su habilidad aún no había alcanzado su máximo esplendor, y peque?as porciones del escudo comenzaban a desintegrarse.

  Aun así, Cáliban mantuvo su posición con firmeza. Alec no perdió tiempo. Con un movimiento ágil, su espada golpeó el escudo una y otra vez mientras el polvo lo corroía desde el exterior.

  ??Ahora es el momento!?

  Cuando el escudo estuvo a punto de romperse, Alec colocó su mano sobre el suelo y canalizó el resto de sus fuerzas en una formación que resplandecía con un fulgor violeta. El nombre de esta habilidad era…

  —?Cuna de la Gran Madre!

  Un peque?o domo oscuro envolvió a ambos contrincantes. Los espectadores perdieron de vista la batalla. Lartyr y Reinhard, quienes observaban desde las gradas mientras conversaban sobre la situación de su hogar, vieron aquel domo y, sin duda, lo compararon con el que usó el director en su propio combate.

  —Parece que lo que dijiste era cierto, primo… —murmuró Lartyr.

  Observó a su primo menor, pero este no apartaba la mirada del domo, estaba absorto en cada detalle del enfrentamiento.

  Dentro de la cúpula cristalina, Cáliban aún mantenía su escudo. Alec, eufórico por la emoción de poder acabar con su oponente, alzó la mano y exclamó:

  —?Ante mí, solo te espera la muerte!

  De las paredes del domo brotaron picos oscuros que se precipitaron sobre el escudo de Cáliban. Este mantuvo los brazos tensos, soportando el dolor de sus heridas, mientras sus músculos gritaban de agotamiento. Alec corrió hacia un punto débil en la barrera y, con una estocada precisa, rompió esa sección del escudo, acortando la distancia entre ambos.

  Cáliban alzó los brazos para interceptar el ataque, pero no esperaba que Alec lanzará su espada. Con reflejos agudos, logró desviar el arma con los pu?os, provocando que el escudo se alzara de nuevo en defensa.

  Ambos chocaron pu?os. El fuego abrasador de Cáliban quemó la mano de Alec, pero este, en lugar de retroceder, esbozó una sonrisa triunfal.

  —Te confiaste…

  Aprovechando su cercanía, Alec usó la mano quemada para sujetar el brazo de Cáliban y atraerlo hacia él. Con la otra, ejercicio presión sobre la espada que había sido lanzada, infundiéndola con energía divina. El arma cobró vida y voló hacia la espalda de Cáliban, atravesando su muslo y haciendo que se arrodillara de dolor. Alec puso ambas manos en las sienes de Cáliban. Un torrente de poder golpeó directamente su mente.

  Alec sonrió con arrogancia y susurró:

  —Cárcel Eterna…

  La mirada de Cáliban se oscureció, entrando en un trance que lo llevó a lo más profundo de su mente.

  Ahí, Alec apareció sobre un mar negro bajo un cielo estrellado. Estaba fascinado por el imponente ambiente que se alzaba ante sus ojos, pero la sensación duró apenas unos segundos. A su lado, una figura se materializó, envuelta en un velo de aire violeta que se extendía con gracia.

  Alec se arrodilló por costumbre, pero la figura le habló:

  —Ahora no, querido… Debemos adentrarnos para asesinar al demonio, o todo lo que hemos hecho será en vano…

  Alec asintió con determinación y comenzó a caminar entre las aguas negras. De pronto, el lugar vibró con un poder colosal; las aguas se abrieron en dos, y desde las profundidades emergió una figura gigante con forma de serpiente marina. Rugió con furia, haciendo retumbar todo el espacio.

  La diosa tembló al reconocer a la criatura.

  —??J?rmungandr?! ??Qué hace aquí?!

  Desde el abismo surgió un caballero negro que flotó a gran velocidad alrededor de la serpiente. Blandió una espada desde el cielo, y una explosión celestial envolvió el área mientras combatía contra la colosal criatura.

  —?Oh no! ?Esto es malo! —exclamó la diosa, conjurando un escudo de luz corrupta para proteger a Alec.

  El resplandor lo cubrió todo. Alec fue despedido hacia el vacío. De repente, la oscuridad se transformó en un cielo azul. Mientras caía, otra escena se desplegó ante sus ojos. En el cielo, dos figuras colosales combatían a una velocidad imposible de seguir. Las nubes se desgarraban y el espacio mismo vibraba con cada impacto.

  Por un instante, ambos oponentes se detuvieron. Uno era el mismo caballero negro que había visto antes; el otro, un majestuoso fénix cuyas alas llameantes se extendían por los cielos.

  —?No podrás detenerme! ?Ascenderé, y nadie me lo impedirá! —rugió el fénix, desatando una oleada de poder que despejó las nubes a su alrededor.

  El caballero negro alzó su espada hacia la criatura celestial y respondió:

  —Revive las veces que quieras… ?Te mataré en cada una de ellas!

  Ambas figuras arremetieron con fiereza. La onda expansiva del impacto alcanzó a Alec en pleno vuelo, lanzándolo varios kilómetros más allá. De pronto, la diosa apareció a su lado.

  —?Alec! ?Agárrate!

  La diosa conjuró un escudo circular a su alrededor, protegiéndolo del choque brutal que lo empujó contra una monta?a gigantesca que se alzaba hacia los cielos. Alec rodó cuesta abajo hasta quedar al borde de un acantilado.

  Con la respiración agitada y el corazón latiendo con fuerza, logró reincorporarse como pudo para evitar caer.

  —?Madre! ?Qué es este lugar? ?No entiendo nada de lo que está pasando!

  La diosa, agotada, respondió con suavidad:

  —Estamos en los recuerdos del demonio. Lo que estás viendo son algunas de sus batallas pasadas…

  Un escalofrío recorrió a Alec al escuchar esas palabras.

  ??Contra qué he estado luchando todo este tiempo…??

  De repente, el gran lago frente a la monta?a vibró. Del agua emergieron tres figuras que flotaban sobre la superficie. Una mujer de belleza legendaria, con orejas alargadas y un porte etéreo, caminó sobre el agua como si fuera tierra firme. Sus vestiduras celestes se deslizaban con gracia, y al levantar una mano, el lago se elevó formando una plataforma líquida donde los peces aún nadaban en su interior.

  La mujer ascendió lentamente y se sentó en el aire con absoluta elegancia.

  —Bien… Supongo que esto será suficiente para ustedes dos. Seré la testigo.

  A su lado, el caballero negro flotó hasta uno de los extremos de la plataforma, tomando la empu?adura de su espada aún envainada. Suspiró, visiblemente cansado.

  —Bueno, hermano menor… tu deseo se ha cumplido. ?Esto es suficiente para ti?

  Desde las espaldas de la mujer surgió una figura imponente, vestida con una armadura dorada que reflejaba la luz con una intensidad divina. Su aspecto era el de un mono, pero Alec pudo percibir un aura inmensa, rebosante de sabiduría y poder… un ser cuya presencia rivalizaba incluso con la de un dios.

  El mono alzó su bastón dorado. El grabado de dragón rugió con un poder ensordecedor que obligó a Alec a cubrirse los oídos, incluso la diosa tuvo que protegerse del impacto sonoro. Sin embargo, las otras figuras parecían completamente inmunes al estruendo.

  El mono soltó una risa nasal y áspera frente al caballero negro.

  —?He estado esperando esto! No sabes cuánto me aburro en la monta?a…

  La mujer rió con una gracia elegante.

  —Por cierto, también llamé a los otros hermanos. Ellos también estaban aburridos… incluso el maestro dijo que vendría un rato.

  El caballero frunció el ce?o.

  —?Qué?

  De repente, Alec alzó la vista hacia el cielo estrellado, aunque aún era de día. Allí, con absoluta claridad, observó diez estrellas danzantes surcando el firmamento como cometas descendiendo hacia la atmósfera. En el centro, una estrella carmesí, mucho más grande que las demás, se precipitaba con fuerza, seguida de las nueve restantes.

  Alec pudo sentir el poder abrumador que emanaban, incluso desde la distancia.

  En ese momento, caballero suspiró.

  —?Por qué siempre me pasa esto a mí?

  Antes de que las estrellas tocaran la atmósfera, la diosa tomó a Alec y ambos volaron monta?a abajo. Pero la monta?a parecía interminable; por más que descendieran, no había fin a la vista. Tras unos segundos, una densa niebla surgió en el vacío. Cayeron sobre el techo de un antiguo templo construido al borde de un profundo abismo.

  Entonces, Alec presenció una escena que le dejó sin aliento a través de un hueco en el techo.

  En una de las paredes del templo, un hombre fornido, de un largo cabello casta?o y cubierto de cicatrices, permanecía encadenado. Su cuerpo estaba magullado, pero su expresión era feroz.

  Desde la oscuridad emergió la figura de un anciano de cuerpo robusto y ojos completamente blancos. Acariciaba su barba blanca con un aire satisfecho mientras caminaba hacia el prisionero.

  —Asesino de dioses… ?Qué se siente haber perdido tu poder divino?

  El hombre alzó la mirada con serenidad.

  —?Estás listo para aceptar las consecuencias de tu estupidez, Rey del Olimpo?

  El anciano soltó una carcajada al oír el fútil intento de provocación.

  —Belona no podrá ocultarse por mucho tiempo… y cuando llegue el momento, ni siquiera tu maestro podrá detenerme…

  Alec escuchó esas palabras con creciente curiosidad. Pero un impacto atronador sacudió el costado de la monta?a. El anciano y el prisionero se volvieron hacia el acantilado; el templo se agrietó, fisuras comenzaron a abrirse por doquier.

  Una de esas grietas se tragó a Alec, arrojándolo a la oscuridad hacia un destino desconocido. La diosa lo envolvió en un escudo de luz para iluminar el entorno, pero la oscuridad era absoluta.

  Tras una larga caída, Alec aterrizó en un río rojo. Nadó desesperadamente buscando la orilla, pero el ambiente opresivo nublaba sus pensamientos. Sus ojos temblaron al contemplar el escenario ante él.

  Era el infierno mismo. Había almas torturadas en un suplicio eterno. La diosa cubrió los ojos de Alec y buscó una vía de escape. Los gritos de dolor y desesperanza resonaban en el cielo como si fueran el único sonido posible en ese lugar.

  En medio del río, un hombre desali?ado combatía ferozmente a un barquero mientras avanzaba caminando sobre el agua. Portaba guanteletes forjados en fuego puro. Cada golpe levantaba olas titánicas que estremecían el río entero.

  —?No pasarás, condenado! —bramó el barquero.

  —?Incluso si el demonio mismo estuviera aquí, no me rendiría! ?Cruzaré este río, aunque tenga que hundirte con él!

  El hombre embistió con su barco como un toro furioso envuelto en llamas. Ambos chocaron con una violencia abrumadora. De repente, las aguas rojas se elevaron en una gigantesca ola que ni la diosa pudo contener.

  Alec fue engullido por el agua. Luchó por salir a la superficie, pero la profundidad lo arrastraba hacia abajo. Nadó con todas sus fuerzas cuesta arriba. Poco a poco, el color del agua pasó de rojo a negro.

  Finalmente, Alec emergió, jadeando, una vez más rodeado de oscuridad.

  Respiró con dificultad e intentó reincorporarse, pero notó que no había suelo alguno, solo una plataforma de agua negra que se extendía hacia el infinito. El cielo estrellado adornaba el firmamento con una belleza inquietante.

  A lo lejos, Cáliban aguardaba, firme y en silencio.

  —Eres atrevido, mocoso...

  —?Quién eres? ??Qué eres?!

  —Eso no importa... ahora, terminemos con esto.

  Cáliban arremetió con velocidad. La diosa volvió a tomar posesión del cuerpo de Alec. Ambos quedaron cara a cara, resistiendo con todas sus fuerzas el impacto del otro.

  —?Sabes? Tienes una vida bastante interesante…

  —Mi pasado no te incumbe, espíritu corrupto…

  Alec lanzó una onda de energía que arrojó a Cáliban hacia atrás. Entonces, la diosa colocó su mano sobre la superficie líquida, repitiendo el mismo hechizo de antes.

  —Eso no funcionará conmigo otra vez…

  —Contaba con eso. —respondió ella con una sonrisa en los labios.

  Lanzas resplandecientes surcaron el cielo, formando una gigantesca formación que atrapó el cuerpo de Cáliban sin darle oportunidad de moverse.

  —?Finalmente!

  La diosa, con pleno control del cuerpo de Alec, tomó el rostro de Cáliban con ambas manos. En ese instante, su conciencia fue transferida al cuerpo del guerrero, tomando posesión total de su ser.

  —?Por fin! ?Con los recuerdos y el cuerpo del campeón, podré alcanzar un poder mayor del que jamás imaginé!

  Alec, aún presente en su propia mente, celebró con júbilo el plan de su se?ora. Habían vencido al demonio. Su luz pronto se extendería por nuevos horizontes.

  Pero entonces, un pensamiento oscuro e inevitable invadió su mente.

  —Mi se?ora… pero, ?Qué hay de mí?

  La diosa, que ahora habitaba el cuerpo de Cáliban, giró sobre sus pies y miró a Alec en medio de aquella plataforma oscura. Sus ojos, donde se reflejaban las estrellas del firmamento, lo observaron con una tristeza contenida.

  —Oh, querido… perdóname… pero solo puedo tener un elegido. Cumpliste tu papel a la perfección, de verdad…

  El alma de Alec se estremeció. La diosa alzó la mano y un halo de luz envolvió su figura.

  —Tu sacrificio será recordado por esta diosa… puedes descansar en paz, hijo mío…

  Alzó el brazo, decidida. La energía divina crepitó en sus dedos. Estaba lista para acabar con Alec.

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