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Capítulo 4: Emboscada

  Después de que aquel hombre dejó de gritar, Cáliban lo observó en silencio, con una mezcla de curiosidad y desdén. Algo en su rostro le resultaba familiar, aunque no por experiencia propia. Entonces, los recuerdos comenzaron a surgir en su mente, no como suyos, sino como ecos del pasado del anterior due?o del cuerpo que ahora habitaba.

  ?Yo conozco a este hombre… o más bien, lo vi en los recuerdos de Mika'el?

  Su nombre era Carlos Stein, un hombre que había construido su reputación sobre una base de codicia y abuso de poder. Cáliban lo recordaba bien, no por lo que él había hecho directamente, sino por las historias que siempre lo rodeaban. Carlos trabajaba para el recaudador de impuestos local, un hombre inescrupuloso y temido en la región. Pero lo que más destacaba de Carlos no era su posición, sino su hijo, Erick Stein.

  Erick no desperdiciaba ni un solo momento para alardear sobre la posición de su padre, y no había mayor objetivo de su arrogancia que Mika'el, el pobre y huérfano chico que todos despreciaban. Cada vez que Erick tenía la oportunidad, se dedicaba a molestar a Mika'el, con burlas crueles y constantes. A veces lo golpeaba solo por diversión; otras, reunía a sus amigos para humillarlo en público.

  ?Carlos Stein… el padre de aquel mocoso arrogante que creía que su posición lo hacía invencible.?

  Ahora, el hombre que alguna vez había gozado de privilegios y respeto estaba reducido a gritar y lamentarse. Había perdido su trabajo junto con todos sus activos tras el ataque a la villa de Marcus, un destino que Cáliban consideraba más que merecido.

  Carlos no era más que un oportunista, un perro dispuesto a morder a quien fuera si eso le garantizaba una recompensa. Extorsionar a personas inocentes era su pan de cada día; no dudaba en aprovecharse de su posición para obtener ganancias o ganarse el favor de su jefe. Pero ahora, ese poder se había desvanecido, y todo lo que quedaba de él era un hombre desesperado.

  Cáliban dejó escapar un leve suspiro mientras sus pensamientos se ordenaban.

  ?No es más que un perro molesto porque ya no recibirá su hueso.?

  El peso de esos recuerdos no lo afectaba de la manera que podría haberlo hecho al verdadero Mika'el. Para Cáliban, Carlos Stein no era más que una nota al pie de una historia más grande. Sin embargo, no podía ignorar cómo las acciones de hombres como él habían moldeado la vida que ahora intentaba desentra?ar.

  —?Ese ni?o no es más que un muerto de hambre! —rugió Carlos Stein, su rostro se frunció rojo de furia y envidia —Estoy seguro de que no tiene dinero ni siquiera para comer, mucho menos para ir a una escuela. ?Qué clase de conocimientos podría tener? ?Exijo que se haga justicia! ?Ese lugar le pertenece a mi hijo!

  A su lado, Erick Stein fulminaba a Cáliban con la mirada, junto a sus pu?os cerrados y temblorosos mientras contenía la frustración. Estaba esperando el momento oportuno para descargar toda su ira con golpes, pero la presencia de los guardias lo mantenía en su lugar.

  Cáliban permaneció en silencio, observando la escena con calma, aunque sus pensamientos eran claros y directos.

  ?Ahora todo tiene sentido. No está molesto porque un pobre haya destacado. Está furioso porque le arrebaté el puesto a su hijo.?

  Giró la cabeza hacia el cartel donde estaban inscritos los nombres de los aprobados. Ahí estaba el motivo de la ira de Stein. Erick ocupaba el puesto número 11. Por pura lógica, habría estado entre los primeros 10 si no fuera por Cáliban, quien había ganado su lugar.

  Pero eso no podría importarle menos. Había trabajado duro para obtener ese puesto, y no pensaba dejar que alguien como Carlos Stein lo desmeritara.

  El guardia, que había estado observando la escena desde el principio, avanzó con pasos firmes hacia Carlos Stein. Su expresión reflejaba una mezcla de disgusto y determinación, como si contenerse en ese momento fuera más difícil que empu?ar su espada.

  Se detuvo frente a Stein, mirándolo directamente a los ojos mientras su mano descansaba sobre el mango de su espada, aunque no la había desenvainado todavía.

  —?Desde cuándo se necesita prestigio y dinero para recibir educación? —preguntó el guardia con voz firme, cada palabra estaba cargada de autoridad —?No es una de las leyes de su majestad que las personas con escasos recursos también tengan acceso a las escuelas?

  Stein intentó replicar, pero el guardia levantó una mano, silenciándolo.

  —?Quién eres tú para desmeritar el logro de este joven? —continuó el guardia, subiendo su tono de intensidad —?Acaso crees que el rey se equivoca al darle a todos la oportunidad de aprender, sin importar su origen?

  El silencio se volvió pesado, y Stein comenzó a retroceder ligeramente, incómodo ante la creciente tensión.

  —?Si es así! —exclamó el guardia, colocando ambas manos en el mango de su espada, aunque aún sin desenvainarla —?Entonces debería cortarte la cabeza ahora mismo por insultar a su majestad, Van Saint!

  La amenaza era clara, y el brillo en los ojos del guardia demostraba que no era una simple advertencia. Stein tragó saliva, incapaz de responder. Incluso Erick, que había estado retador hasta ese momento, bajó la mirada y dio un paso atrás. El se?or Stein temblaba visiblemente, sus manos sudorosas se apretaron en un gesto de sumisión. Haciendo una torpe reverencia, trató de salvar lo poco que quedaba de su dignidad.

  —?N… no, se?or! No me atrevería a insultar al rey de esa manera. Lo que quiero decir es… es… que… —Su mente buscaba desesperadamente una excusa —?Es posible que ese joven haya hecho trampa! ?Sí! él trabaja de mochilero, no asiste a ninguna escuela pública, ni recibió ninguna clase de educación! No creo que alguien como él pueda estar en los primeros puestos, ?Mucho menos en el primero!

  Aunque el tono de Stein era ahora más respetuoso, la duda y el miedo seguían presentes en cada palabra que pronunciaba.

  El guardia suspiró profundamente, llevándose una mano a los ojos, como si intentara disipar la irritación que le provocaban las palabras de Stein.

  —Entiendo tu punto… —dijo el guardia, bajando la mano lentamente, mientras alejaba la otra de la empu?adura de su espada —Pero me temo que eso tampoco es posible.

  Stein levantó la cabeza con una mezcla de esperanza y confusión.

  —?Por qué, mi buen se?or?

  El guardia dio un paso al frente y alzó la voz, dirigiéndose no solo a Stein, sino a toda la multitud reunida.

  —?La razón por la que los exámenes tardan en llegar y hacerse no es porque sean difíciles, sino porque están encantados con un hechizo anti-trampas!

  La multitud comenzó a murmurar, pero el guardia continuó con firmeza.

  —Por lo tanto, es imposible que un joven que aún no ha despertado su núcleo pueda realizar trampas. Incluso si tuviera habilidades mágicas, no hay manera de que un ni?o pueda superar las restricciones impuestas por el mismo director de la academia. ?Sería absurdo siquiera pensar algo así!

  Mientras el guardia hablaba, Cáliban escuchaba con atención, aunque en su mente los pensamientos iban por otro camino.

  ?Era consciente de los encantamientos anti-trampas, pero no esperaba que los hubiera puesto el director en persona. Ahora tiene sentido que fueran tan complejos… más de lo que había visto en la tienda de alquimia. Eso lo explica, supongo. De todas formas, ?Por qué llora tanto? El examen fue sencillo. Que su hijo tenga la inteligencia de una piedra no es mi problema.?

  —?Pero, se?or…! —intentó replicar Stein, desesperado por no perder la última palabra.

  El guardia lo miró con severidad, cortando sus palabras de raíz.

  —?Si sigues diciendo más idioteces, tendré que llevarte preso por incitar a la violencia en las calles e insultar a su majestad y al director!

  Stein apretó los dientes, derrotado. Con el orgullo hecho a?icos y la humillación pública quemándole por dentro, decidió retirarse rápidamente. Sin embargo, mientras se alejaba, su rostro reflejaba pura ira, empujando a cualquiera que se interpusiera en su camino.

  Cuando el bullicio disminuyó, el guardia se giró hacia Cáliban. Colocó una mano firme, pero amable, sobre su hombro. Sus ojos reflejaban una mezcla de respeto y empatía.

  —No te preocupes por escoria como esa, joven guerrero. Yo también fui como tú, un huérfano sin nada ni nadie que se preocupara por mí.

  Cáliban levantó la vista, encontrándose con una mirada llena de sinceridad.

  —Me gradué de la academia y elegí proteger a la gente común de este pueblo —continuó el guardia con una sonrisa cálida —Así que no te preocupes. Sigue tu camino. Estoy seguro de que, si sigues esforzándote como lo hiciste en el examen, llegarás lejos.

  Hizo una pausa, su tono cambió a uno más esperanzador.

  —Quién sabe… ?Podrías convertirte en un gran caballero! O tal vez… —agregó con un brillo en los ojos —incluso en un guardia real.

  Cáliban asintió levemente, agradeciendo las palabras del guardia. Aunque no tenía interés en convertirse en un guardia real, sabía que ese apoyo, aunque peque?o, era importante en su camino.

  Mientras el guardia se retiraba para llamar a uno de sus compa?eros de armadura plateada, quien le trajo una bandeja con sellos de cobre. Cáliban se quedó en silencio, reflexionando sobre lo ocurrido. La mirada furiosa de Stein al irse no le pasó desapercibida, pero sabía que ese hombre ya no representaba una amenaza inmediata. Por ahora, todo lo que importaba era avanzar hacia su próximo objetivo.

  —?Muy bien! —exclamó el guardia con autoridad, sosteniendo una caja con emblemas mágicos —?Los diez jóvenes que acabo de nombrar recibirán un sello mágico!

  Uno a uno, los seleccionados dieron un paso adelante, erguidos con orgullo mientras la multitud los observaba. No todos eran humanos. Entre ellos, destacaban los gemelos orcos, un varón robusto y una mujer con un porte imponente; un elfo de piel clara y cabello largo que parecía esculpido en mármol; una elfa oscura con una expresión severa y ruda; un goblin de mirada astuta; y una Jingwei, una criatura semejante a una harpía, con alas de diferentes colores que brillaban bajo la luz. El resto de los seleccionados eran humanos, entre ellos Cáliban, quien se mantenía en silencio, observando a los demás con calma.

  El guardia tomó los emblemas y comenzó a repartirlos mientras daba las instrucciones.

  —Escuchen bien. Estos emblemas son importantes, ya que son la prueba de que han quedado entre los diez primeros. Deberán llevarlos puestos y traer sus documentos el día del viaje para validar sus gastos.

  Hizo una pausa, asegurándose de que todos prestaran atención.

  —A partir de ese día, cualquier gasto que realicen hasta llegar a la academia será cubierto por esta. Alojamiento, comida, transporte… todo está incluido. Prepárense bien, porque la segunda prueba será mucho más dura que la primera. ?Les deseo suerte, chicos!

  El viaje estaba programado para dentro de tres días y duraría aproximadamente una semana en carruaje hasta llegar a la academia. Los seleccionados recibirían escolta imperial durante el trayecto, garantizando su seguridad. Era un trato especial que destacaba aún más su logro.

  Cuando el guardia terminó de entregar los emblemas, muchos de los jóvenes se alejaron junto a sus familias, festejando su éxito entre risas y abrazos. Sin embargo, Cáliban permaneció en silencio. Se encontraba solo, rodeado por familias felices que celebraban.

  Sintiendo una punzada de soledad que intentó ignorar, decidió alejarse. No quería que el eco de su recién recuperado corazón humano lo atrapara en un momento de vulnerabilidad. Caminó hacia el callejón que usaba habitualmente para regresar a la posada, su emblema brillaba tenuemente en su pecho.

  Fue entonces cuando escuchó el sonido de pasos detrás de él, provenientes de las sombras.

  —Vaya, vaya… —dijo una voz familiar, cargada de un odio palpable —Debes sentirte superior, ?Verdad?

  Cáliban se detuvo y giró lentamente. Frente a él estaba Erick Stein, con una sonrisa maliciosa en el rostro.

  —?Qué quieres, mocoso? —preguntó Cáliban con un suspiro de cansancio, su mirada era tan fría como una hoja de acero.

  Erick frunció el ce?o, irritado por el descaro de alguien que consideraba un simple gusano. Sin perder tiempo, llamó a sus amigos, quienes salieron de las sombras como perros esperando la orden de atacar.

  —?Por qué no me das esa insignia? —dijo Erick con desdén —Alguien como tú no la merece. Ni siquiera le sacarás provecho. ?Qué es lo que comen los pobres de todos modos? Estoy seguro de que la tierra es más que suficiente para ustedes.

  Cáliban mantuvo su mirada serena, lo que irritó aún más a Erick. El joven perdió la paciencia y dio la orden.

  —?Tráiganme su insignia! ?Ahora!

  Los amigos de Erick corrieron hacia Cáliban, confiados en su superioridad numérica. Sin embargo, la batalla duró solo unos segundos. Con movimientos rápidos y precisos, Cáliban los derribó con facilidad, dejándolos en el suelo con gemidos de dolor.

  Erick retrocedió un paso, temblando al ver la escena.

  —?Tú! ??Cómo hiciste eso?!

  Cáliban no respondió. En cambio, comenzó a caminar lentamente hacia él, su presencia era aplastante. Erick, desesperado, intentó arremeter contra él, pero su intento fue inútil. Con un movimiento ágil, Cáliban lo desarmó y lo inmovilizó, retorciendo su brazo contra el suelo con una fuerza que dejó al chico paralizado por el dolor.

  Se inclinó hacia él, con sus ojos fríos y su voz cargada de desprecio.

  —Si vuelves a acercarte a mí… me aseguraré de que tengas pesadillas, mocoso.

  Erick jadeó, luchando por liberarse, pero la presión en su brazo era implacable. Finalmente, Cáliban lo soltó, dejando al chico en el suelo, humillado y derrotado. Mientras Erick se levantaba con dificultad, juró para sí mismo que no dejaría pasar esta humillación.

  ?Esto no se quedará así…?

  Cáliban lo dejó ir, continuando su camino por el callejón. Erick, temblando y furioso, intentó levantarse, pero el dolor en su brazo se lo impedía. Sin embargo, no pudo contener la amargura que lo carcomía.

  —?Solo eres un pobre malnacido! —gritó, con una voz quebrada por el miedo —?Tu padre tuvo razón al abandonarte, y tu madre al quedarse muerta!

  El sonido de esas palabras cortó el aire. Cáliban se detuvo en seco. Su respiración se calmó, pero su cuerpo irradiaba una tensión peligrosa. Giró lentamente hacia Erick, y en ese momento, sus ojos comenzaron a brillar con un poderoso destello carmesí. La intención asesina que emanaba de su ser era tan abrumadora, que Erick no pudo evitar orinarse del miedo. Sus dos amigos, ya debilitados por el encuentro, terminaron desmayándose al instante.

  Cáliban caminó lentamente hacia él, cada paso resonaba en el callejón oscuro como el tambor de un juicio final. Al llegar frente a Erick, se agachó para verlo directamente a los ojos.

  —Solo eres un mocoso que se mete con los demás porque su vida es miserable. —Su voz era baja, casi un susurro, pero cada palabra cortaba como un cuchillo —No mereces ni una pizca de mi tiempo, así que lárgate. Y, por cierto… —agregó, enderezándose y apuntando hacia él con desdén —cambia tus pantalones, ni?o mimado.

  Erick se quedó paralizado, incapaz de moverse o hablar, mientras Cáliban se levantaba y retomaba su camino hacia la salida del callejón. La oscuridad que lo envolvía parecía tragarse todo a su paso, dejando a Erick temblando en el suelo, atrapado en sus pensamientos.

  Durante los días siguientes, Cáliban se dedicó a preparar todo lo necesario para el viaje. Compró una armadura de cuero nueva, una mochila más grande y algunos objetos esenciales. Era una costumbre que había desarrollado tras a?os de misiones en otros mundos, siempre planeando con antelación para enfrentar lo desconocido.

  Cuando llegó el día del viaje, se dirigió al lugar designado: la iglesia del pueblo. Era un punto de partida común, ya que simbolizaba protección y buen augurio para los viajeros. Cáliban entregó su insignia y papeles a los guardias, quienes le asignaron un carruaje.

  Sin embargo, al acercarse a su destino, lo primero que presenció fue una escena desagradable.

  —?No puedo creer que me pusieran con esta abominación! —espetó un elfo de piel clara, con el mentón alzado y una expresión de desdén absoluto.

  —?No te preocupes! ?El sentimiento es mutuo, rata trepadora! —replicó una elfa oscura, sonriendo con malicia, aunque su tono no ocultaba su irritación.

  Ambos estaban envueltos en una acalorada discusión. Aunque no eran los únicos pasajeros del carruaje, parecían dominar por completo el ambiente con sus gritos e insultos.

  En la esquina, junto a la ventana, se encontraba una joven humana. Era delgada para su edad, con un cabello corto del color de la noche que caía suavemente sobre su rostro. Ignoraba completamente el conflicto, con la mirada fija en el paisaje exterior, ajena al caos que la rodeaba.

  Cáliban decidió tomar ejemplo de ella. Subió al carruaje en silencio y se sentó, cerrando los ojos para desconectarse del ruido. Sin embargo, incluso con los ojos cerrados y los oídos tapados, los gritos de los elfos seguían llegando hasta él, como un eco constante de su irritación mutua.

  ?Va a ser un viaje largo…? —pensó Cáliban, suspirando internamente mientras intentaba concentrarse en lo que realmente importaba: la segunda prueba que los esperaba al llegar a la academia.

  —?No te me acerques, escoria! Dhae kan otec!

  —?Tu gente es la verdadera Dhae kan otec! ?Maldita sangre traidora!

  Cáliban, sentado en silencio, observó el intercambio de insultos entre los dos elfos, pero las palabras pronunciadas captaron su atención de inmediato.

  ??Dhae kan otec?... esto lo he leído antes.?

  Mientras los insultos continuaban, los pensamientos de Cáliban comenzaron a profundizarse. Según lo que había encontrado en los libros de historia, el término “Dhae kan otec” significaba “Enemigo Eterno” en el idioma natal de ambas razas élficas.

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  La historia relataba que, en un tiempo lejano, los altos elfos y los elfos oscuros convivían en armonía bajo la sombra del Gran árbol Yggdrasil. Ambas razas nacieron de las raíces del árbol, una del lado iluminado y la otra del lado oscuro. Cada generación sellaba esa paz con una unión matrimonial entre sus monarcas. Pero aquella era de armonía terminó en tragedia.

  Los textos divergían en la causa del conflicto. Según los elfos oscuros, el rey élfico asesinó a su reina para asegurar que su raza obtuviera la bendición exclusiva del Gran árbol. Por otro lado, los documentos de los altos elfos afirmaban que la reina, cegada por la envidia, intentó destruir a los altos elfos con una rebelión para garantizar la supremacía de su raza.

  Fuera cual fuera la verdad, el resultado fue una guerra que se extendió por mil a?os, conocida como La Guerra de los Frutos Prohibidos. Millones de vidas se perdieron, y aunque el conflicto terminó con el tiempo, las cicatrices permanecieron. Aquellos que vivieron la guerra no pudieron perdonar, y sus descendientes heredaron ese rencor, manteniéndolo vivo incluso siglos después.

  ?Un conflicto de esa magnitud, transmitido a través de generaciones, no se soluciona fácilmente.? —pensó Cáliban, mirando con lástima a los dos jóvenes que discutían por una batalla que no pelearon.

  Finalmente, los carruajes comenzaron a avanzar. A medida que el pueblo se desvanecía en la distancia, Cáliban no sintió ni nostalgia ni incomodidad. Solo quería dejar atrás aquel lugar lo más rápido posible.

  El sonido de los cascos de los caballos resonaba detrás y delante de los carruajes. Los caballeros del imperio mantenían una vigilancia constante mientras patrullaban el camino, asegurando la seguridad de los jóvenes.

  Una hora más tarde, Cáliban, con los oídos tapados, trataba de ignorar la interminable pelea entre los dos elfos.

  ?Ya pasó demasiado tiempo… ?Y estos dos no se callan!? —pensó con irritación creciente a cada momento.

  Mientras los observaba discutir, se dio cuenta de que la joven humana que compartía el carruaje no había despegado la mirada de la ventana desde que dejaron el pueblo. Tampoco había pronunciado palabra alguna. Su silencio contrastaba fuertemente con el ruido ensordecedor de la discusión.

  De repente, un sonido diferente alcanzó sus oídos… galopes violentos, más rápidos y desordenados que los de los caballeros. Cáliban tensó los músculos, mirando con atención hacia el denso bosque que los rodeaba. Su instinto le decía que algo estaba mal.

  Por un instante, una sombra cruzó entre los árboles. Era un jinete. Pero no estaba solo. Cáliban pudo sentir la presencia de más individuos, un grupo bastante grande que se desplazaba en paralelo al camino.

  Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo por completo. Extendió las manos y sujetó a ambos elfos, deteniendo su infantil pelea.

  —?Silencio! —susurró, con una urgencia que hizo que incluso los dos se callaran momentáneamente —Creo que nos van a emboscar.

  La elfa oscura lo miró con el ce?o fruncido, claramente molesta.

  —?De qué mierda estás hablando?

  Antes de que pudiera responder, un grito rompió la calma del día.

  —?Ataquen! —rugió el bandido mientras soplaba un cuerno de guerra que resonó con fuerza en el bosque.

  En cuestión de segundos, un ejército de bandidos emergió de entre los árboles, cargando contra los carruajes con espadas y hachas alzadas. El choque del metal, los rugidos de batalla y los gritos de terror llenaron el aire.

  El líder de los guardias, montado en su caballo, evaluó rápidamente la situación y alzó la voz por encima del caos:

  —?Lleven a los estudiantes a un lugar seguro! ?Nosotros los detendremos!

  Sin perder tiempo, un peque?o grupo de caballeros reunió a los jóvenes, que descendían de los carruajes aterrorizados, empujándose unos a otros en su intento por huir. Uno de los guardias intentó mantener el orden, gritando con determinación:

  —?Síganme por aquí! ?No se separen de mí!

  Pero el caos pronto se intensificó. Una lluvia de flechas descendió del cielo, impactando a algunos de los jóvenes que no fueron lo suficientemente rápidos. Los estudiantes corrieron, intentando mantenerse cerca de los caballeros, pero el campo de batalla era un laberinto de peligros.

  De pronto, un grupo de bandidos emboscó a los estudiantes y a sus protectores, cortándoles el paso. Los guardias, con las espadas desenvainadas, se posicionaron entre los bandidos y los jóvenes, gritando:

  —?Huyan y escóndanse! ?Volveremos por ustedes más tarde!

  Con determinación, los caballeros se lanzaron al combate, enfrentándose a los enemigos para ganar tiempo. Los estudiantes, movidos por el miedo, corrieron despavoridos hacia el bosque. El pánico y la adrenalina impulsaban sus cuerpos mientras los sonidos de la batalla se desvanecían lentamente a sus espaldas.

  Después de un tiempo que se sintió eterno, Cáliban divisó una peque?a cueva escondida entre las sombras de los árboles.

  —?Por aquí! —les indicó, se?alando la entrada.

  Sin tener otra opción, los estudiantes lo siguieron al interior de la cueva. El miedo y el pánico llenaban el aire. El eco de sus respiraciones resonaba en las paredes, amplificando el sonido de sus latidos desbocados y creando una atmósfera asfixiante.

  —??Ahora qué hacemos?! ?No quiero morir aquí! —dijo la elfa oscura, su voz se entrecortaba por el miedo.

  —Hay que seguir corriendo… —sugirió otro joven, aunque su tono no mostraba mucha confianza —Si seguimos adelante, podríamos llegar al siguiente pueblo a salvo.

  El alto elfo, aún con el rostro lleno de tensión, negó con la cabeza.

  —?Llegar al pueblo? —dijo con incredulidad —El siguiente pueblo está demasiado lejos. Nos capturarán antes de que podamos siquiera acercarnos.

  Uno de los orcos abrazó a su hermana gemela, que temblaba visiblemente a su lado, y habló con voz grave:

  —Mejor quedémonos aquí. Estoy seguro de que los guardias ganarán y vendrán a rescatarnos.

  Cáliban, que observaba la entrada con atención, negó lentamente mientras su voz cortaba la tensión como una daga:

  —Yo no contaría con eso…

  La mirada de todos se volvió hacia él. Cáliban había notado sombras moviéndose cerca de la entrada. Entre las hojas y las ramas, pudo distinguir figuras aproximándose con cuidado. Bandidos. Se acercaban sigilosamente, como depredadores acechando a su presa.

  —Están aquí… —murmuró Cáliban.

  Sin dudar, comenzó a moverse hacia la entrada de la cueva para evaluar la situación. Pero antes de que pudiera salir, sintió una mano femenina sujetar su brazo con fuerza.

  —?Espera, no salgas! ?Es peligroso! —gritó la chica, sujetándolo con más fuerza.

  Era la misma que había permanecido en silencio durante el viaje, con la mirada fija en el paisaje desde la ventana. Su voz, firme pero impregnada de preocupación, lo detuvo por un instante.

  Cuando Cáliban giró la cabeza para mirarla, su expresión cambió de inmediato. Sus ojos se encontraron, y una avalancha de emociones lo golpeó como una tormenta. Miedo, ira, resentimiento.

  ?El destino es una mierda a veces…? —pensó, sintiendo que el aire se le escapaba. ?No importa cuánto lo intente… ?Por qué siempre tiene que ser así??

  El rostro de la chica evocaba en él sentimientos contradictorios, algo que no podía permitirse en ese momento. Era como si el pasado se burlara de él, arrojándolo en una situación donde el juicio y la razón se desmoronaban.

  Apretó los pu?os, su mente estaba dividida. Pelear en esta situación era claramente una desventaja. Los estudiantes que se refugiaban en la cueva no significaban nada para él; no eran más que un grupo de mocosos asustados. ?Realmente valía la pena arriesgar su vida por ellos?

  Sin embargo, esos pensamientos se desvanecieron tan rápido como habían llegado. La joven frente a él, con su expresión de genuina preocupación, lo obligó a tomar una decisión.

  Cáliban tragó saliva, reprimiendo la ira y el dolor que bullían en su interior.

  —No te preocupes por mí… todo va a estar bien. —Su voz era calmada, pero en su rostro se dibujaba una sonrisa melancólica, como si cargara con un peso que nadie más podía entender.

  —?Vaya! ?Parece que tenemos a un valiente! —exclamó uno de los bandidos, riéndose mientras desenfundaba su arma.

  El hombre que parecía ser el líder del grupo alzó la voz, com su tono cortante y autoritario:

  —?Maten a todos los ni?os, excepto a la joven de cabello negro! ?A ella captúrenla con vida!

  Al escuchar la orden, los bandidos cargaron contra Cáliban, sus armas brillaron bajo el tenue sol que atravesaba las copas de los árboles. Cáliban, sin embargo, permaneció inmóvil, su postura era relajada mientras sus dedos se envolvían lentamente alrededor del mango de su espada.

  El primero en lanzarse fue un bandido corpulento que blandía un hacha enorme.

  —?Muere! —gritó, levantando su arma para un ataque desde arriba.

  Cáliban no se movió ni un centímetro. Desde la cueva, la joven que lo había detenido antes observó con horror.

  ?Debe haberse quedado congelado del miedo… ?Tengo que ayudarlo!? —pensó, pero su cuerpo no le respondió. Estaba paralizada, presa del miedo.

  El filo del hacha descendía rápidamente, a punto de partir a Cáliban en dos. Pero antes de que el arma pudiera tocarlo, un movimiento casi imperceptible cortó el aire.

  Un fino destello de luz surcó el espacio, y un instante después, la cabeza del bandido rodó por el suelo, mientras su cuerpo se desplomaba. Un charco de sangre se extendió sobre la tierra, alcanzando los pies de Cáliban, quien permanecía completamente sereno.

  Otro bandido intentó aprovechar el aparente punto ciego de Cáliban, atacando desde atrás. Pero lo único que vio antes de morir fue el rojo brillante del filo que lo dividió en dos.

  A lo lejos, el suave tensado de una cuerda de arco alertó a Cáliban. Una flecha silbó en el aire, pero antes de que pudiera alcanzarlo, tomó el cuerpo del primer bandido caído y lo usó como escudo. La flecha quedó incrustada en el cadáver, y sin perder tiempo, Cáliban arrancó el proyectil y lo devolvió con una puntería mortal. El arquero enemigo cayó, sin siquiera darse cuenta de lo que había sucedido.

  Los estudiantes, que observaban desde la cueva, y los bandidos que quedaban vivos, se quedaron paralizados, incapaces de procesar lo que acababan de presenciar.

  —?Cómo es posible? —murmuró uno de los bandidos —Este joven no es normal…

  El líder de los bandidos apretó los dientes, su mirada se fijó en Cáliban. Frente a él solo había un chico que no parecía tener más de quince a?os, pero su habilidad letal y la frialdad de su mirada infundían un miedo que no podía explicar.

  —??Qué están haciendo?! —rugió, tratando de recobrar el control —?No sean cobardes! ?Atáquenlo de una vez!

  Cáliban se permitió un breve suspiro mientras veía la oleada enemiga acercándose.

  ?Como lo suponía, esto no será fácil…?

  Había pasado algún tiempo desde que despertó en el cuerpo de Mika'el, pero aún no se acostumbraba completamente a sus limitaciones físicas. Aunque había entrenado tanto como podía en el pueblo, sabía que esta batalla sería diferente. No tenía el lujo de usar la sorpresa o la oscuridad a su favor; este era un combate frontal, y la situación era mucho más peligrosa.

  Sin dudar, usó el arco que había tomado y abatió a un arquero que se preparaba para disparar desde la retaguardia. Luego se lanzó de frente hacia el enemigo, su espada estaba preparada para el choque.

  Un bandido intentó bloquear su embestida, levantando su espada en defensa. Cáliban aprovechó el movimiento para impulsarse, esquivándolo con agilidad y clavando su arma en el guerrero que venía detrás. El filo cortó carne y hueso con precisión mortal, y el hombre cayó al suelo, sin vida.

  Rodando hacia un lado para esquivar un ataque inminente, Cáliban hundió su espada en el costado de otro enemigo, torciendo el arma para partirlo por la mitad. Con un movimiento fluido, recogió una espada caída y la lanzó con precisión al pecho de un bandido que corría hacia él, derribándolo antes de que pudiera siquiera levantar su arma.

  En ese momento, otro atacante aprovechó un aparente punto ciego e intentó cortar el cuello de Cáliban. Pero el joven esquivó el golpe por un pelo, y en una contraofensiva rápida y brutal, hundió su espada en la mandíbula del bandido, empujándola hasta el cráneo.

  El campo quedó en silencio por un momento. El suelo estaba manchado de sangre, y los cuerpos de los bandidos caídos yacían alrededor de Cáliban. Solo quedaba uno con vida, el líder, quien observaba con una mezcla de furia y miedo.

  Cáliban respiró hondo, limpiando el filo de su espada mientras fijaba su mirada carmesí en su último oponente.

  —Tu turno… —dijo con voz gélida, avanzando lentamente hacia él.

  —?Mierda! —exclamó el último bandido mientras soltaba su espada y salía corriendo hacia el bosque, sus gritos de terror se desvanecian entre los árboles.

  —?Wow! Eso fue impresionante, ?Cómo has-? —comenzó a decir la elfa oscura, sus ojos brillaban con asombro.

  Pero antes de que pudiera terminar la frase, Cáliban la interrumpió con un tono firme y cortante:

  —?Silencio! No salgan de la cueva. ?Esto aún no ha terminado!

  Los estudiantes intercambiaron miradas confusas. No había enemigos visibles a la vista, y el último bandido había huido. Sin embargo, pronto entenderían la razón detrás de las palabras de Cáliban.

  Desde las sombras del bosque surgió un hombre alto y corpulento. Sus pasos resonaban con una calma escalofriante mientras sostenía en su mano la cabeza decapitada del bandido que había intentado huir. Sin ninguna muestra de emoción, arrojó la cabeza al suelo como si no fuera más que basura.

  —Realmente odio a los inútiles… —dijo con indiferencia, observando la cabeza que rodaba por la tierra antes de dirigir su atención hacia Cáliban —?Vaya! Parece que no eres un ni?o ordinario, ?Verdad? Bueno…, ya que eres mejor que mis hombres, qué tal esto…

  El hombre sonrió, pero su expresión estaba cargada de amenaza.

  —Te dejaré vivir si me entregas a la jovencita de allá. —Se?aló a la joven de vestido azul, cuyos ojos se abrieron de par en par mientras sus piernas temblaban de puro terror.

  Cáliban sintió inmediatamente que este oponente era diferente. La presencia del hombre era abrumadora, y su cuerpo emanaba un aura palpable, densa y peligrosa.

  —Aura… él debe ser el líder… —susurró para sí mismo, apretando los dientes.

  El hombre soltó una carcajada al escuchar sus palabras.

  —?Vaya! Sí que eres especial… efectivamente, puedo usar Aura. Así que, en vez de hacerte el héroe, ?Por qué no vienes bajo mi mando? —ofreció con una sonrisa maliciosa —Te ense?aré todo sobre el Aura, incluso podrías llegar a ser mi segundo al mando.

  Cáliban alzó su espada con determinación, sus ojos se alzaban con una mezcla de desafío y frialdad.

  —Un hombre muerto no tiene nada que ofrecer…

  El líder de los bandidos soltó un suspiro burlón.

  —Qué pena… Tienes agallas, eso te lo concedo.

  Antes de que pudiera moverse, la joven del vestido azul, con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa, dio un paso adelante.

  —Si… si voy contigo… —dijo con dificultad, intentando mantener la compostura —?Dejarás a los demás en paz?

  El líder levantó una ceja y luego sonrió, adoptando un tono amable y casi paternal.

  —?Claro, dulzura! Si vienes conmigo obedientemente, dejaré ir a todos tus amiguitos.

  Cáliban observó con cuidado la interacción, su mente trabajaba rápidamente para analizar la situación. La joven se giró hacia él, posando una mano temblorosa sobre su hombro.

  —Está bien… —dijo, casi en un susurro —Ya no tienes por qué pelear más. Iré con él, y ustedes estarán a salvo…

  Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso más, Cáliban la detuvo, sujetándola del brazo.

  —Apártate y regresa con el resto —dijo, firme como una roca —No te voy a entregar.

  La joven intentó protestar, pero Cáliban la interrumpió nuevamente.

  —Acaba de lanzar la cabeza de su subordinado con total indiferencia, ?Y crees que nos dejará vivir? —La seriedad en sus ojos era inquebrantable —Vuelve a la cueva… ?Ahora!

  Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro de la joven. En su mirada se mezclaban vergüenza, miedo y una chispa de agradecimiento. Sin embargo, no había tiempo para sentimentalismos. Asintió débilmente y retrocedió, volviendo al refugio con los demás estudiantes.

  El líder de los bandidos rió nuevamente, pero esta vez su tono estaba cargado de amenaza.

  —?Vaya! Sí que eres un ni?o listo… una lástima, pero tienes razón. Me han ordenado no dejar testigos. —Alzó su espada lentamente, mientras sus ojos se clavaban en Cáliban —Así que no me odies, ni?o. Esto es solo… trabajo.

  Cáliban tomó posición, su espada era firme en sus manos mientras estudiaba cada movimiento de su oponente. Sabía que esta batalla sería diferente, más dura, más peligrosa.

  ?No puedo perder aquí. No ahora.?

  El aire se tornó más pesado a medida que los dos contendientes se preparaban para el choque inevitable.

  El bandido líder arremetió contra Cáliban con una velocidad impresionante. Aunque este logró esquivar el primer ataque, la fuerza y rapidez de su oponente resultaron abrumadoras. En un movimiento fluido, el bandido repelió la espada de Cáliban con tanta fuerza que el impacto hizo eco en el bosque.

  —?Wow! Sí que eres fuerte, ni?o, pero eso no será suficiente… —se burló, com una voz cargada de una confianza peligrosa.

  Sin darle tiempo a reaccionar, el bandido saltó hacia Cáliban y le propinó una poderosa patada en el abdomen. El impacto fue brutal, haciendo que escupiera todo el aire de sus pulmones y volara hacia atrás, estrellándose contra un árbol cercano.

  Antes de que pudiera recuperar el aliento, el líder se acercó lentamente, como un depredador que saboreaba su presa. Cáliban, jadeando y luchando por levantarse, sintió una mano fuerte que lo agarró del cuello y lo levantó del suelo.

  —Eres fuerte, eso lo admito —dijo el bandido, frío y despectivo —Pero a menos que también uses Aura o tengas la fuerza para destrozar rocas, no creo que puedas hacerme da?o, ni?o…

  En la cueva, la joven del vestido azul, incapaz de contener su miedo, gritó:

  —?No! ?Déjalo!

  El líder giró la cabeza hacia ella, una sonrisa cruel se formó en su rostro. Pero su distracción fue suficiente para que Cáliban, aún colgando, formara una mueca desafiante.

  —Lo malo de los fuertes —dijo con voz entrecortada —es que se confían demasiado…

  Antes de que el bandido pudiera reaccionar, Cáliban metió la mano dentro de su camisa y sacó una peque?a bomba que había comprado días atrás en la tienda de alquimia del pueblo. Con un movimiento rápido, la rompió contra el rostro del hombre.

  Un sonido sibilante llenó el aire cuando el ácido comenzó a corroer la piel del bandido, quien lo soltó inmediatamente y retrocedió con gritos de dolor.

  —?Agh! ?Mi rostro! ?Maldito mocoso de mierda!

  Aprovechando el instante de ventaja, Cáliban aterrizó con agilidad, tomó impulso y corrió hacia su oponente. Con un movimiento giratorio preciso, levantó su espada y la hundió en el brazo del bandido, cortándolo de un solo tajo.

  El grito del líder resonó en el bosque mientras caía de rodillas, su brazo ensangrentado yacería a pocos metros de él.

  —?Maldito…! —gru?ó, intentando levantarse mientras sujetaba la herida con su mano restante.

  Cáliban se mantuvo en guardia, con su espada lista para el siguiente movimiento. Su respiración era pesada, pero sus ojos carmesíes no mostraban ni un ápice de duda.

  ?Como pensé… puede usar el Aura en su arma, pero no sabe manejarlo en su cuerpo.?

  Cáliban, analizando cada movimiento de su oponente, continuaba ganando distancia.

  —?Peque?a rata! —rugió el bandido, su furia se desbordó al ver que su presa seguía escapando.

  Con un rugido, el hombre tomó impulso y cargó contra Cáliban, chocando sus espadas en un estallido de metal. Entre esquives y contraataques, la batalla se prolongó, el bosque resonaba con cada golpe.

  ?Ya casi… solo un poco más…? —pensó Cáliban, manteniéndose atento a los movimientos de su enemigo.

  El sudor corría por su frente, pero su mente seguía clara. Sabía que no podía mantener este ritmo mucho tiempo; necesitaba crear una apertura.

  De repente, el bandido cambió el ritmo de su ataque, destruyendo la espada de Cáliban con un golpe reforzado por Aura. Antes de que pudiera reaccionar, lo tomó del cuello y lo estrelló contra el suelo con una fuerza brutal.

  —?Parece ser que se te acabaron los trucos, mocoso! —exclamó con una sonrisa triunfal mientras sujetaba su cuello con firmeza —?Vamos! Quiero que mi cara sea lo último que veas antes de morir.

  Cáliban lo miró directamente a los ojos, sin mostrar miedo.

  —Lo siento, pero parece que ya se te acabó el tiempo… —murmuró con una voz débil, pero firme.

  El bandido frunció el ce?o, confuso.

  —?De qué demonios estás hablando?

  Antes de que pudiera obtener una respuesta, una sombra emergió de las copas de los árboles, descendiendo con una precisión letal. En un parpadeo, el filo de una espada cortó limpiamente la cabeza del bandido.

  El cuerpo del líder enemigo cayó al suelo, inerte, mientras su cabeza rodaba entre las hojas. Cáliban jadeó, su cuerpo, exhausto por la batalla, apenas le respondía, pero sus ojos se alzaron para encontrarse con la figura del líder de los caballeros, quien ahora se erguía frente a él.

  —?Lo hiciste bien, chico! —dijo el caballero mientras ayudaba a Cáliban a levantarse —Gracias a que ganaste tiempo, pudimos deshacernos de todos los bandidos. Me aseguraré de que esto llegue a oídos de la academia.

  Cáliban asintió ligeramente, limpiándose el polvo del rostro mientras los estudiantes salían de la cueva y corrían hacia él. Entre vítores y palabras de admiración, lo rodearon, llenos de emoción y gratitud.

  —?Eres increíble!

  —?Nunca había visto algo así!

  —?Nos salvaste!

  En medio de la multitud, la joven de vestido azul se acercó con timidez. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su cuerpo temblaba mientras tomaba la mano de Cáliban.

  —?Gracias!... —susurró con la voz quebrada —Y… realmente lo siento tanto…

  Cáliban desvió la mirada, intentando ocultar la incomodidad que sentía ante la escena.

  —Está bien… —respondió con indiferencia, apartando la mano suavemente —No necesitas preocuparte por eso.

  La joven bajó la cabeza, pero una peque?a sonrisa apareció entre sus lágrimas, agradecida por sus palabras.

  Horas después, el grupo fue escoltado al pueblo más cercano. El director de la academia, como símbolo de disculpa por lo ocurrido, cubrió los gastos para que todos los estudiantes utilizaran círculos de teletransportación.

  El procedimiento era caro, reservado solo para situaciones excepcionales, pero el incidente justificaba la medida.

  Cuando llegó su turno, Cáliban subió a una plataforma cubierta de runas y símbolos que brillaban con una luz azulada. Los magos de túnicas azules comenzaron a recitar un complejo hechizo de activación.

  De repente, un portal se abrió, envolviendo el cuerpo de Cáliban en una luz brillante. Sintió una extra?a presión en su pecho mientras la magia lo transportaba a otro lugar.

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