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Capítulo 1: Traición

  Bajo el vasto cielo estrellado, las luces del firmamento parecían palpitar al unísono con el caos que se extendía en la noche infinita. En medio de esta oscuridad, una solitaria luna temblaba con fuerza, resquebrajada por los ecos de una batalla colosal. Sobre su superficie quebrada se alzaban ruinas celestiales, restos de una era olvidada, y allí, en la cima de una colina polvorienta y derruida, un guerrero de armadura negra y capucha sombría se sostenía apenas. Extendía su mano hacia su pecho desgarrado, cubriendo una herida profunda de la que manaba una sangre dorada, brillante y espesa, que al tocar el aire se desvanecía en partículas que flotaban como estrellas agonizantes.

  A su espalda, los restos de una imponente ciudadela se alzaban como el último testimonio de una civilización extinta, sus torres retorcidas emitían sombras deformes contra el cielo.

  En su entrada, una gigantesca puerta de madera, custodiada por un sello arcano de brillo tenue, desafiaba a todo aquel que se atreviera a acercarse. Frente a esta imponente barrera, un ser de musculatura sobrehumana, cubierto con una armadura negra tan sombría como la noche misma, respiraba con dificultad. Sus ojos fríos y brillantes, enmarcados por una máscara demoníaca, parecían surgir de las profundidades del infierno. Con cuernos tan oscuros como el abismo y una mandíbula bestial que recordaba a una criatura sedienta de sangre.

  Aquel ser, de rostro cubierto en sombras, miraba a su oponente con una mezcla de desprecio y satisfacción.

  Detrás del demonio, cientos de secuaces encapuchados observaban con temor. En sus cuerpos cubiertos por túnicas oscuras, sobresalían tentáculos que se retorcían, como si temieran la furia de la batalla. El guerrero demoníaco, cansado por el combate brutal, suspiró.

  Entonces, avanzó despacio hacia el guerrero caído, su sombra se proyectó como una marea oscura, hasta que, con un gesto calculado, levantó el rostro de su oponente, cuya máscara cubría la expresión oculta tras ella.

  —Cien millones… —murmuró el demonio con una voz grave —cien millones de apóstoles cayeron por tu espada, y aun así sigues luchando, desangrado y derrotado… ?Por qué no te rindes, hermano?

  El tono burlón y cínico de sus palabras era un veneno que se infiltró en el silencio, y sus ojos destellaban un gozo cruel al ver a su enemigo retorcerse de dolor.

  El guerrero herido tosió, y de la penumbra que cubría su rostro, dos ojos carmesíes ardieron en dos brasas de furia. Aquella mirada intensa era una promesa de guerra, un fuego que ninguna herida podría extinguir. A pesar del dolor que lo consumía, sus ojos irradiaban una energía desafiante, un odio antiguo que latía tan fuerte como su corazón herido.

  La presencia de su mirada era tan avasalladora que incluso los apóstoles del demonio, carentes de emociones mortales, sintieron un miedo helado. El caballero negro, reuniendo las últimas fuerzas de su cuerpo desgarrado, lanzó un golpe con una fuerza que desafió el peso de su propia agonía.

  El impacto fue tan poderoso que la luna tembló en su núcleo, y el demonio fue lanzado fuera de la superficie lunar. Su cuerpo cayó como un cometa que atravesaba el vacío hasta chocar en la atmósfera de un planeta desolado. Al estrellarse contra el suelo, un cráter monumental se abrió, devorando la tierra en un abismo.

  Desde el fondo del cráter, una risa profunda y siniestra se elevó como un eco en el firmamento. El demonio, ahora ba?ado en su propia sangre dorada, se incorporó lentamente, limpiando el rastro del combate de sus labios.

  —Vaya… aun te quedaban fuerzas… —dijo, con una sonrisa torcida mientras su sangre dorada burbujeaba en sus labios.

  Sobre la luna, el caballero luchaba por mantenerse en pie con su cuerpo tambaleante resistiéndose a la caída. Los apóstoles, testigos de la escena, retrocedieron con una mezcla de miedo y admiración ante la voluntad indomable de su adversario. Con un esfuerzo final, el guerrero levantó la cabeza y clavó su mirada en el cráter donde el demonio yacía.

  A través de esa distancia colosal, ambos cruzaron sus miradas, como si una promesa de destrucción y venganza sellara en ese instante el destino de ambos.

  —Y pensar… que anta?o fuimos discípulos del mismo maestro… éramos familia… hermanos de batalla… ?Amigos de corazón y confianza! —exclamó el caballero, con una voz profunda y quebrada por la mezcla de rabia y dolor. Alzó la mirada, sus ojos ardientes se dirigieron a su antiguo hermano. —Dime, Karrigan… ?Qué te prometieron ellos? ?Poder? ?Riquezas? ?Conocimientos prohibidos? ?Dime! ?Qué fue tan irresistible que te llevó a traicionar a los tuyos? ??Qué pudo ser tan seductor como para destrozar todo aquello que juramos proteger juntos?!

  Karrigan, aún caído en el fondo del cráter, se limpió la sangre que manchaba su rostro con un gesto lento y arrogante. De sus labios brotó una risa tenue, cargada de amargura y burla.

  Mientras se incorporaba con dificultad, el peso de su traición parecía tangible en cada movimiento, y su mirada, cruel y desafiante, se fijó en el caballero con un destello sombrío, procediendo a extender los brazos hacia el firmamento, como si reclamara el universo entero.

  —Ah, Avalon… realmente eres un digno oponente. El honorable guerrero, el inquebrantable bastión, el favorito del maestro… —respondió con una voz cargada de odio y recelo —Dime, hermano. No, espera… somos enemigos ?Verdad? Entonces… ?Cómo debo dirigirme a ti ahora, Hermano…?

  Antes de que Avalon pudiera responder, Karrigan lanzó un rugido y se abalanzó contra él. Su impulso fue tan colosal que la superficie misma del planeta tembló, agrietándose como si quisiera romperse desde su núcleo.

  Avalon intentó canalizar su energía para sanar su herida, pero un dolor desgarrador se extendía cada vez que usaba sus poderes; la misma armadura, forjada para soportar los ataques más letales, parecía ahora impotente ante la herida. Sin piedad, Karrigan se lanzó sobre él con el pu?o cubierto en una energía oscura y voraz.

  Avalon, apretando los dientes con el dolor que lo desgarraba, logró bloquear el ataque con su brazo, pero la fuerza del impacto fue tal, que la onda expansiva lanzó a los secuaces de Karrigan al vacío del espacio.

  La luna misma tembló, sacudida por el choque de ambas energías, y Avalon fue arrojado varios metros. Sin embargo, no se rindió. Con un grito ahogado, plantó sus pies en la superficie lunar, dejando profundas marcas en la roca. Trató de ponerse de pie, pero la herida parecía cobrar vida propia, desgarrándolo desde dentro con un dolor agudo, haciéndolo tambalear y forzándolo a arrodillarse.

  ??Por qué esta herida no sana?? —pensó Avalon, aturdido —?Mi armadura fue forjada para resistir incluso los ataques más letales… ?Qué clase de poder es este?? —La duda y el desconcierto empezaron a invadir su mente, algo que Karrigan no dejó pasar desapercibido.

  Alzando el mentón con una expresión de satisfacción, el traidor dejó escapar una sonrisa pérfida que iluminó su rostro con una siniestra crueldad.

  —Oh… ?Intentando curarte, hermano? ?Te cuesta entender lo que pasa? ?Adelante, sigue intentándolo! —Karrigan avanzó despacio, como un cazador que saborea el terror de su presa —Quizás pensaste que tu armadura podría repeler los ataques de Damnatium, el mineral maldito… pero eso solo sirve para su forma más pura.

  De su cinturón, Karrigan sacó una daga cuyo aspecto era retorcido e inquietante, como si su forma estuviera constantemente cambiando. La hoja parecía vibrar con un aura oscura, y del metal surgían gritos de agonía que atravesaban el silencio, como los lamentos de almas torturadas y atrapadas en su interior.

  Avalon sintió un escalofrío recorrer su columna al ver aquella arma, cuyos bordes parecían brillar con un tono de pesadilla.

  —Este mineral… es especial. Fue forjado con un odio tan profundo que incluso tú, no podrías resistir su poder… —Karrigan levantó la daga, sus ojos brillaban con una locura contenida. —Este cuchillo, Avalon, fue creado con almas corrompidas de los diez de nuestros hermanos caídos en el olvido. Sus últimas palabras y sus gritos de desesperación, fueron la forja de esta hoja.

  Avalon miró la daga, horrorizado, mientras el peso de la revelación caía sobre él. Aquel mineral maldito, esa hoja nacida del sacrificio de quienes una vez llamaron "hermanos". Un dolor feroz surgió de su pecho al comprender que Karrigan había manchado su propia familia, profanado las almas de aquellos que un día juraron proteger ante la misma causa.

  La ira comenzó a transformarse en algo aún más profundo… una furia ancestral que quemaba como el fuego de una estrella comenzó a alzarse desde su pecho.

  Pero Karrigan solo sonrió con mayor intensidad, saboreando el horror en el rostro de Avalon, y con voz grave, continuó.

  —?Sorprendido, Avalon? Esta hoja es el resultado de mi odio, de mi desprecio hacia todo lo que una vez valoraste, hacia todo lo que me negaron por elegirte a ti… el favorito, el perfecto…

  Karrigan, con una ligera sonrisa de satisfacción, chasqueó los dedos. Al instante, los cielos se agrietaron y el espacio mismo pareció deformarse, rasgándose en un portal oscuro y titánico.

  De las sombras emergió una figura colosal que hizo que incluso la luna temblara con su presencia. Avalon sintió que el tiempo se detenía cuando reconoció el imponente esqueleto que atravesaba el portal, envuelto en una energía oscura y corrupta.

  —No… maestro… —murmuró Avalon, con una tristeza abrumadora en su voz.

  Ante él estaba el cadáver resucitado de Avalos, el dragón primordial, una entidad tan antigua como la creación misma. Fue él quien le ense?ó todo lo que sabía, quien lo acogió en su templo fuera del tiempo, quien lo instruyó en las artes de la guerra y la sabiduría.

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  Avalos no fue solo su maestro; fue su guía, su familia, su segundo padre. Con la vista nublada por las lágrimas doradas, Avalon apretó su pu?o, conteniendo el llanto. Pero en ese instante de tristeza, el dolor se transformó en rabia.

  La energía de Avalon comenzó a ascender como una llama imparable. Su tristeza se tornó en odio, su dolor en ira pura. Los recuerdos de sus hermanos caídos y de aquellos días bajo la tutela de Avalos agolpaban en su mente. La luna misma comenzó a temblar bajo la presión de su furia; las ruinas a su alrededor se estremecieron como si sintieran el peso de aquella energía.

  Con la voz temblando de furia y melancolía, Avalon miró a su hermano caído y dijo:

  —Nuestros hermanos… nuestro maestro… nuestro hogar… tú lo destruiste todo, Karrigan. Dime, ?Qué te dieron a cambio? ?Fue lo suficientemente valioso para traicionar todo aquello que alguna vez amaste? ?Valió la pena?

  Karrigan no mostró rastro de remordimiento. Su mirada permaneció fría y altiva, y con una sonrisa de desprecio, alzó la daga maldita en dirección a Avalon.

  —?Valió la pena? —respondió, burlón —Hermano, el universo mismo se doblegará a mis pies, y tú… tú solo eres una sombra del pasado…

  Avalon sintió que no había nada más que decir. Estiró un dedo hacia el cielo y, con un movimiento lento y deliberado, trazó un corte en la misma realidad. De esa brecha oscura, sacó una espada majestuosa, cuyo resplandor superaba al de cualquier estrella.

  Era un arma que parecía contener en su filo el poder de las mismas galaxias, el símbolo de su poder primordial. Karrigan sonrió al verlo, pues finalmente su hermano estaba dispuesto a desatar su verdadera fuerza.

  —?Perfecto! —rugió Karrigan, con su energía envolviéndolo en una oscuridad aún más densa —?Esto es lo que quería! —Y con un grito de desafío, Karrigan lanzó un nuevo ataque, sosteniendo la daga maldita como si su único propósito fuera extinguir la chispa de vida de Avalon.

  Avalon, sin embargo, ya no pensaba en contenerse. Su energía primordial comenzó a te?irse de un tono oscuro y salvaje, reflejando un deseo no de derrotar, sino de aniquilar a su hermano. Ya no buscaba vencerlo; quería destruirlo, hacer que Karrigan dejara de existir por completo.

  Con un grito de ira que resonó en todo el cosmos, Avalon liberó su energía, elevándose por encima de la de Karrigan. En un abrir y cerrar de ojos, se situó frente a él y descargó un golpe devastador, cortando su armadura con un tajo horizontal. La fuerza del impacto lanzó a Karrigan contra un sol en formación. El calor y la presión deformaron su cuerpo e hicieron temblar los cimientos de la estrella.

  Karrigan, imbuido en una ira ciega, rugió y desgarró el núcleo del sol con sus propias manos, dividiéndola en dos y provocando la implosión del sistema solar.

  Los planetas a su alrededor comenzaron a temblar y a ser tragados por el vacío, pero para Karrigan no importaba. Empu?ando su daga, lanzó un corte tan poderoso que atravesó el firmamento, alejando las estrellas cercanas.

  Avalon bloqueó el ataque con el filo de su espada y se lanzó nuevamente contra él. Los dos se enfrentaron en una contienda brutal, en un intercambio de cortes. Sus movimientos eran tan veloces que se entrelazaban como destellos en el vacío.

  La energía desatada por ambos era tan inmensa que los planetas a su alrededor comenzaron a orbitar a su alrededor, arrastrados por la gravedad de sus ataques. Polvo cósmico y gas estelar se mezclaban en remolinos violentos, mientras el choque de sus armas resonaba como un trueno en todo el universo. Golpe tras golpe, sus armaduras comenzaron a agrietarse, y el sonido del metal desgarrándose reverberó por toda la creación.

  Entonces, en un momento de descuido, Karrigan aprovechó para lanzar un golpe crítico, rompiendo la espada de Avalon con una fuerza sobrehumana. La explosión resultante detuvo el sistema solar entero. Los planetas que orbitaban a su alrededor se dispersaron en la oscuridad, y aquellos que no soportaron la onda expansiva fueron reducidos a polvo.

  Avalon fue lanzado de regreso a la superficie de la luna, su armadura quedó rota y su cuerpo inmóvil. La espada que una vez brilló con una fuerza infinita yacía junto a él, apagada. Karrigan, cubierto de sangre dorada, alzó la hoja rota y, con una sonrisa de satisfacción sádica, pasó su lengua por la sangre del inmortal, saboreando su triunfo.

  —Hmmm… la sangre de un mortal que nunca mereció la divinidad… —dijo, en tono de desprecio , mientras limpiaba la hoja de su hermano.

  Avalon, con las fuerzas menguadas, apenas podía moverse. Sentía cómo la sombra de la muerte se cernía sobre él, pero, aun así, su espíritu se negaba a rendirse. Sus ojos, aunque debilitados, brillaban con un último destello de desafío.

  —Dices que no merezco la divinidad… pero tú eres el que ha traicionado su honor y su legado… —respondió Avalon con una voz débil —Incluso la muerte sería una liberación demasiado noble para alguien como tú.

  Karrigan se aproximó a él, disfrutando del momento de su victoria. Miró a su hermano caído, el guerrero que una vez fue su igual, reducido ahora a una sombra rota en la superficie lunar. A su alrededor, la energía oscura comenzaba a desvanecerse, dejando solo el silencio del cosmos, pero Karrigan no sintió remordimiento; para él, esto no era más que el primer paso en su ascenso al poder absoluto.

  Mientras se inclinaba sobre Avalon, con la daga aún en mano y la sonrisa de un demonio en sus labios, una oscura promesa resonó en sus pensamientos. Que este sería solo el principio de un nuevo orden, un universo forjado en su imagen, donde la traición y la destrucción serían las piedras angulares de su reinado.

  Con un último suspiro, Avalon cerró los ojos, pero su espíritu, imbuido de la memoria de su maestro y de sus hermanos caídos, se preparaba para el descanso final, sabiendo que su sacrificio podría encender el fin de la resistencia en este universo.

  Pero Karrigan, ajeno a esto, solo miraba hacia adelante, su victoria estaba escrita en sangre y cenizas, con la luna como único testigo de la tragedia final entre dos hermanos… que una vez se amaron…

  Karrigan cargó el cuerpo inerte de Avalon sobre su hombro y avanzó hacia las ruinas. En el interior, bajo una bóveda dorada imponente, se alzaba una gigantesca puerta con un sello arcano, resplandeciente y ominoso.

  Con frialdad, Karrigan dejó caer el cuerpo de su hermano sin mirarlo, su indiferencia total hacia aquel que una vez fue su compa?ero de batalla no lo dejaba dudar. Luego, estirando sus dedos hacia el sello, invocó su energía oscura, dibujando jeroglíficos en el aire que resplandecieron al contacto con la sangre de Avalon.

  —La llave de la bóveda... siempre me pregunté cuál sería —dijo en voz baja, hablando para sí mismo mientras el sello respondía al conjuro —Alguien como mi padre nunca confiaría en una llave física o en un simple hechizo. Pero tras a?os de estudio descubrí que no estaba atada a ninguna llave común, sino a un ser vivo. La sangre de aquel que él más valoraba como discípulo… aquel que amó más que a su propio hijo…

  El sello parpadeó y la puerta se abrió lentamente, revelando el corazón de esta. Karrigan avanzó con paso triunfante hacia un pedestal adornado con runas arcaicas. Justo encima descansaba una caja negra decorada con intrincados bordados dorados.

  Sus manos temblaban con anticipación, pero sus movimientos eran precisos, como los de un cazador al borde de su recompensa. Tomó la caja con cuidado, y al abrirla, sus ojos se iluminaron al ver el enorme cristal rojo que reposaba en su interior. Una energía indescriptible emanaba de él, densa y poderosa, antigua y tentadora.

  —?Por fin! —gritó Karrigan, exaltado, alzando el cristal. —?Finalmente es mío! ?La llave de toda la creación!

  De repente, una sensación gélida recorrió su columna. Una duda, una sombra de desasosiego nubló su euforia.

  A pesar de sostener el cristal, algo no se sentía bien; una disonancia misteriosa lo hizo girarse. Y ahí estaba Avalon, tambaleante, intentando ponerse de pie. Sus ojos aún encendidos con una tenue luz de desafío se posaron sobre él.

  —Dime, Karrigan… ?Se siente bien? —susurró Avalon con una voz apagada, pero penetrante. —Saber que finalmente ganaste… que nada ni nadie se interpondrá en tu camino… no, espera… algo no se siente bien, ?Verdad?

  Karrigan miró a su hermano con incredulidad mientras Avalon, con una expresión calmada, sacaba un cristal idéntico de su cinturón. Sin dejar de observarlo, Avalon comenzó a recitar un hechizo arcano, y al instante, relámpagos rojos rasgaron el cielo, haciendo temblar la luna. Desde las profundidades de la tierra, se oyeron rugidos antiguos, como si algo oscuro despertara.

  —?No lo entiendes, Karrigan? —dijo Avalon, con la voz tranquila. —El maestro nunca confió completamente en ti. él me contó sus secretos, sus miedos, y una de esas preocupaciones… eras tú…

  Karrigan observó con horror cómo el cristal en su mano comenzaba a desvanecerse; su imagen se disolvía, revelando que no era más que una ilusión. Su rostro se deformó en una mueca de furia pura.

  —?No! ?Detente, Avalon!

  Avalon, aún tembloroso, retiró su máscara. En el rostro de un hombre joven se dibujaba una sonrisa amarga y fría ante su último acto de desafío hacia su hermano.

  —Siempre supe que llegaría este día. Por eso, tomé mis propias precauciones…

  La desesperación asomó en los ojos de Karrigan, quien lanzó un grito de rabia y se abalanzó sobre Avalon, pero era tarde. Con una determinación serena, Avalon cerró su pu?o, destruyendo el cristal.

  Una explosión de energía desató el caos en el universo. Mientras un resplandor cegador lo envolvía todo, Avalon cerró los ojos y, con una voz apenas audible, susurró al viento:

  —Maestro… hermanos… pronto me reuniré con ustedes…

  —?Noooo! —El grito de Karrigan retumbó en el vacío del espacio, y fue lo último que resonó antes de que el universo entero se estremeciera en una explosión cataclísmica.

  Un estallido colosal detonó en cada rincón del firmamento. Una supernova de energía devastadora envolvió las estrellas, inundando los confines de la creación.

  En medio del abismo, sumido en una profunda oscuridad donde no brillaba ninguna luz, Karrigan jadeaba con desesperación. La mitad de su cuerpo había desaparecido, destrozado por la explosión.

  ?Ese maldito hijo de perra… se llevó la mitad de mi cuerpo con él…? —pensó con odio, mientras su mente giraba frenética —?Maldita sea… necesito un nuevo plan…?

  Con un gesto de concentración, usó una técnica de sonido para enviar una se?al a sus subordinados. Pronto, uno de sus soldados apareció junto a él, acompa?ado de varios refuerzos. Uno de ellos se acercó, mirando con desconcierto el estado de su líder.

  —Se?or, ?Qué ha ocurrido? ?Llegamos demasiado tarde? Yo…

  Karrigan, sin un atisbo de compasión, chasqueó los dedos, y el cuerpo del apóstol explotó en un estallido de entra?as y sangre que se dispersaron en el vacío. Su voz, gélida y despiadada, heló a todos los soldados presentes.

  —Demasiado tarde, inútil…

  Mientras sus secuaces temblaban ante su ira, Karrigan llevó la mano a su barbilla, meditando sus próximos movimientos. Finalmente, levantó la cabeza y se dirigió a sus tropas con un grito de autoridad implacable.

  —?El plan ha fracasado! ?Procedan al plan de contingencia! ?Estoy herido y necesito tiempo para sanar! ?Manténganme informado de cada avance!

  Los soldados respondieron al unísono:

  —?Sí, se?or!

  Karrigan comenzó a retirarse hacia su nave. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros y estrategias renovadas. Mientras se alejaba, una sonrisa siniestra se formó en las comisuras de sus labios, una expresión de fría determinación.

  ?Avalon… pensaste que podrías detenerme con tu sacrificio, pero tu esfuerzo fue en vano. Ahora que no estás para interponerte en mi camino, mi plan continuará… y pronto renacerá una nueva creación, una forjada en mi imagen y bajo mi dominio absoluto…?

  La nave se perdió en el vacío a la velocidad de la luz, llevándose con ella el siniestro eco de su risa. En lo profundo del universo, la oscuridad se alzaba una vez más, y una nueva era de terror y poder absoluto comenzaba a gestarse bajo el mando del implacable Karrigan.

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