El frío se apoderaba del ambiente, y la suave brisa mecía las hojas de los árboles con un susurro constante. El sol comenzaba a ocultarse, anunciando la llegada de la noche. Los animales del bosque se refugiaban, conscientes de los peligros que la oscuridad traía consigo. Desde la aparición de aquellas siniestras figuras que acechaban en la penumbra, nadie en Saval se atrevía a aventurarse fuera de sus hogares después del anochecer. Solo los valientes, o quizás los insensatos, quienes parecían no valorar sus vidas, se arriesgaban a transitar por los caminos durante aquellas gélidas noches.
En medio de la espesa oscuridad, los pájaros que dormían en las ramas percibieron una luz que se movía sigilosamente por uno de los senderos polvorientos del bosque. No era una luz estática, sino el titilar de una linterna. Una antigua linterna, del tipo que solo los peregrinos solían usar para protegerse en sus largos viajes.
—?Dónde estoy? —se escuchó una voz aguda, casi infantil.
Un joven forastero sostenía la linterna con firmeza, tratando de no tropezar en el terreno irregular del bosque. Había perdido el rumbo después de seguir un camino que parecía no llevar a ninguna parte. El bosque lo había envuelto antes de que se diera cuenta de que ya no estaba en un lugar familiar.
Aun así, continuó caminando, esperando encontrar algún indicio que le se?alara la salida o, al menos, un refugio donde pasar la noche. Solo se escuchaban sus pasos, resonando en la nada. El viento soplaba, pero era silencioso, como si temiera llamar la atención de algo o alguien.
Así transcurrió un tiempo indefinido. ?Minutos? ?Horas? El joven no podía saberlo. Solo avanzaba, paso a paso, observando su entorno. árboles inmensos y silenciosos lo rodeaban por todas partes.
Finalmente, su perseverancia dio frutos. A lo lejos, distinguió un letrero de madera, cuadrado y con algo tallado en su superficie. Al acercarse, apoyó una mano sobre la superficie áspera y acercó la linterna para leerlo.
“Así es SAVAL, lo que debes soltar te pesa”, decía el letrero.
El joven frunció el ce?o, reflexionando sobre aquel extra?o mensaje. ?Soltar lo que te pesa? Parecía un acertijo sacado de un libro de filosofía. Sin embargo, no tuvo tiempo de profundizar en su significado. Una risa aguda y desagradable resonó entre los arbustos. El joven se giró bruscamente, buscando el origen del sonido. La risa volvió a escucharse, más macabra esta vez, como la de un payaso desquiciado. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Las risas cesaron de repente. El joven, ahora nervioso, apretó la linterna con fuerza y decidió alejarse del lugar. No estaba seguro de lo que acababa de escuchar, pero algo en su instinto le decía que debía huir. Sin embargo, no tardó en sentir una presencia acechándolo desde atrás. Volteó una y otra vez, pero solo veía oscuridad. Una, dos, tres veces… Estaba al borde del pánico.
—?Miau!
Un chillido de dolor brotó bajo sus pies. Había pisado la cola de un gato, que ahora se levantaba furioso. El joven intentó disculparse, pero el animal huyó rápidamente entre los arbustos. Aunque el encuentro fue breve, le sirvió para recuperar un poco la calma.
—Vamos, Tobías, no hay nada que temer —se dijo a sí mismo, aunque el temblor en sus manos delataba su miedo.
Decidió continuar su camino, consciente de que quedarse quieto no lo ayudaría a salir del bosque. Por un momento, pensó que las risas habían sido producto de su imaginación, pero entonces las escuchó de nuevo. Esta vez eran más fuertes, más desquiciadas. Lentamente, giró la cabeza, esperando no ver nada. Pero esta vez sí había algo.
Entes sombríos lo observaban fijamente. Eran siluetas simples, con rostros vagamente humanos pero carentes de rasgos definidos. No tenían orejas, nariz ni cabello. Solo unos ojos sin pupilas y una boca que emitía un brillo tenue. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. Ni siquiera el sonido de un alfiler cayendo al suelo habría sido perceptible en aquel momento.
Tobías quedó paralizado. Apenas podía respirar. No entendía cómo no se había desmayado por la falta de aire. Pero, tras esos segundos eternos, los entes comenzaron a reír. No era una risa humana, sino un sonido enfermizo, como si se deleitaran con la desgracia que estaban a punto de causar. Tobías, sin pensarlo dos veces, echó a correr. Los entes lo persiguieron, sus risas mezclándose con gritos de agonía. De alguna manera, el joven esquivó árboles y raíces, pero al voltear, vio que ahora lo seguían lobos de ojos rojos y piel oscura, como si estuvieran hechos de humo.
En un acto desesperado, Tobías se desvió del camino, adentrándose en el bosque con la esperanza de confundir a sus perseguidores. Pero su plan fracasó. Tras unos metros, tropezó y cayó de bruces al suelo. Rápidamente se dio la vuelta y, aterrado, vio a los lobos acercarse lentamente. Tomó la linterna, que aún emitía un tenue resplandor, y cerró los ojos, rogando que su final no fuera demasiado doloroso.
—Fiiiu —sonó un silbido.
De inmediato, los lobos se detuvieron, transformándose de nuevo en entes sombríos. Tobías, confundido y aterrorizado, no entendía lo que estaba sucediendo. A lo lejos, entre la densa oscuridad, apareció una figura que desentonaba por completo con el entorno. Vestía un traje de colores azules y rojos, adornado con botones amarillos, y calzaba zapatos de punta afilada, uno rojo y otro azul. Su cabeza estaba cubierta por una máscara blanca con una sonrisa fija y un sombrero de varias puntas del que colgaban peque?as campanillas. Tobías no tardó en reconocerlo: aquel ser parecía un bufón salido de una pesadilla.
El extra?o personaje se acercó a Tobías, ordenando a los entes que retrocedieran. Lo observó de arriba abajo y, tras un momento, se llevó las manos al sombrero.
—?Oh, por los cielos! ?Un ni?o perdido! —exclamó con una voz melodramática.
El bufón ayudó a Tobías a levantarse, quien aún luchaba por procesar lo que estaba viendo. Con movimientos rápidos, el payaso le sacudió el polvo de la ropa y le arregló el desordenado cabello negro. Parecía preocupado, pero también extra?amente feliz de verlo. ?Era la máscara, o había algo más en su expresión?
—Espero que mis Prefornus no te hayan asustado demasiado —dijo el bufón, sin que sus palabras resultaran reconfortantes—. Tienes suerte de que estaba cerca, o te habrían arrancado el alma. Dime, ?de dónde eres?
Tobías tardó en responder, todavía sin aliento. El bufón repitió la pregunta, y esta vez el joven logró articular una respuesta.
—Me perdí. Iba camino a un lugar, pero tomé un atajo y terminé aquí.
—?Qué lástima! —respondió el payaso—. No es seguro caminar de noche. Podrías tropezar y caer, ?y quedar noqueado! ?Sabes cuántos animales devoran ni?os por aquí?
—Eh, no, y no quiero saberlo —respondió Tobías, incómodo.
—Exacto, treinta. Ven, te llevaré a mi carpa. ?Te la pasarás genial!
Tobías no confiaba en el payaso, pero los entes que casi lo mataban seguían cerca. Además, aquel bufón acababa de salvarlo. “Quizás él sabe cómo salir de aquí”, pensó.
Mientras caminaban, el bufón contaba chistes absurdos sobre un pollo, una gacela y un refrigerador. Eran tan malos que Tobías apenas podía fingir una risa incómoda. Las únicas carcajadas provenían del payaso y sus entes, quienes parecían encontrar un humor inexplicable en aquellas bromas.
En el camino, Tobías notó extra?as marcas talladas en algunos árboles. Algunas parecían frescas, como si acabaran de ser hechas. El bufón y los entes parecían demasiado ocupados riéndose como para prestarles atención. Al principio, Tobías no podía distinguirlas bien, pero cuando llegaron a un río y un puente, algo llamó su atención.
—Ve primero, joven humano —ordenó el bufón.
Al cruzar, Tobías notó que una de las tablas del puente tenía letras escritas con carbón: “Que no te quite la linterna”. Aunque le sorprendió, decidió no decir nada. Tras cruzar, intentó alzar la linterna para ver mejor.
—Ey, no hace falta que la levantes tanto —reprendió el bufón con calma.
—Perdón, solo quería ver si estamos cerca —respondió Tobías.
—Oh, no te preocupes, ya casi llegamos.
Tobías bajó la linterna, pero una pregunta lo inquietó.
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—?Quién eres tú?
—?Pero si no me he presentado! —exclamó el bufón con exageración—. ?Dónde quedaron los modales? Mi nombre, joven, es Jester. Jester, el bufón máximo de toda Saval.
—Hola, Jester. Mi nombre es…
—?Sabes qué le dijo un perro a una lechuga? —lo interrumpió Jester—. ?Dame la hoja para el examen!
El bufón cayó al suelo, riéndose a carcajadas. Tobías fingió una risa, pero estaba convencido de que aquel payaso estaba completamente loco. En ese momento, sintió unas peque?as piedras golpear su cabeza. Volteó, pero no vio a nadie. Una brisa extra?a sopló cerca de él, y cuando volvió a mirar, Jester estaba justo frente a su rostro. Del susto, Tobías retrocedió, soltando la linterna.
—Oye, jamás pensé ver a un humano por aquí —dijo Jester, con un tono demasiado alegre, mientras sostenía la linterna.
—?De qué hablas? —preguntó Tobías, temblando.
El bufón se limitó a reír, contemplando la linterna con fascinación.
—El alma humana… Tan curiosa y extra?a… Me alegra tenerte aquí, ni?o. Hace tiempo que no sonreía como hoy —dijo, antes de que su tono se volviera macabro—. ?Me prestarías tu alma?
Tobías quedó petrificado. Sin pensarlo, echó a correr, esperando escapar de aquel lugar.
—Supongo que eso significa no —se rió Jester—. Qué pena… No era una petición.
El joven corrió entre los árboles con todas sus fuerzas, pero su escapada no duró mucho. Sin la linterna, la oscuridad lo envolvió por completo, y no tardó en chocar contra el duro tronco de un árbol. Adolorido, cayó al suelo, frotándose la frente con desesperación. Cuando levantó la vista, vio a Jester acercarse, sosteniendo la luz de la linterna con una sonrisa inquietante.
—Ni?o, ?tu madre no te ense?ó a no correr en la oscuridad? —preguntó el bufón con un tono burlón.
—No tengo madre… —respondió Tobías, temblando.
—Oh, qué pena. Ya pensaba en enviar flores de consuelo por tu muerte —dijo Jester, riéndose con una risa que heló la sangre del joven.
Tobías lo miró fijamente, aterrado, deseando no haber tomado aquel camino maldito. “Por favor, si alguien me escucha, ?ayuda!”, susurró para sí, casi resignado a su destino. Pero entonces, una fuerte brisa sopló, levantando una nube de polvo que cayó sobre Jester, cegándolo momentáneamente. Tobías, sorprendido por aquella casualidad, notó que el polvo parecía ser guiado por una figura invisible. ?Cómo era posible? No había nadie allí. Sin perder tiempo, recordó la frase del puente: “Que no te quite la linterna”. Con un movimiento rápido, arrebató la linterna de las manos del bufón y echó a correr.
Jester, que no había dejado de reír con una risa que sonaba a agonía, se levantó furioso. Al ver que Tobías huía con la linterna, gritó a sus prefornus con un tono grave y siniestro:
—?Qué hacen ahí, ineptos? ?TRáIGANMELO!
Los prefornus no tardaron en perseguir a Tobías. Sus risas agudas delataban su presencia. El joven esquivó árboles, saltó riachuelos e incluso intentó lanzarles piedras, pero todo fue en vano. Los entes lo seguían de cerca, y parecía imposible escapar.
—Ve a la izquierda. Por los cerezos —escuchó una voz femenina.
Tobías no entendió de dónde provenía la voz, pero instintivamente giró hacia donde se?alaba. Vio un grupo de cerezos y un camino estrecho. Sin dudarlo, tomó esa ruta.
Los prefornus estaban cada vez más cerca, pisándole los talones. Al final del camino, una vieja caba?a descuidada apareció ante sus ojos. Tobías no lo pensó dos veces: entró por la puerta abierta y la cerró con todas sus fuerzas, asegurando la cerradura. Sin mirar atrás, corrió por un pasillo que lo llevó a una zona subterránea iluminada por velas. Las paredes eran frías y poco acogedoras. Pronto se encontró frente a una puerta reforzada.
—?Hola? ?Hay alguien? —preguntó, golpeando la puerta con educación.
Al principio no hubo respuesta, solo el silencio y, a lo lejos, las risas de los prefornus. La puerta se abrió de repente, revelando a un anciano encorvado que lo miró fijamente. Sostenía un bastón de madera sencillo y, sin mediar palabra, tomó la mano de Tobías y lo jaló al interior, cerrando la puerta detrás de ellos.
—?Ni?o! ?Qué haces aquí? ?No sabes que este lugar es peligroso? —dijo el anciano, visiblemente molesto.
—Se?or —respondió Tobías, nervioso—, estoy buscando el camino de regreso. Me he perdido, y ese bufón me persigue.
El anciano no pareció prestar mucha atención a sus palabras. Abrió un cajón y sacó unos lentes gastados con grietas. Se los colocó y se acercó a Tobías, examinándolo con detenimiento.
—Espera un momento… ?eres un humano? —preguntó, sorprendido.
—Sí, lo soy —respondió Tobías, extra?ado por la reacción—. Mi nombre es…
—?Estás herido! —interrumpió el anciano, se?alando las heridas que Tobías había sufrido durante la persecución—. ?Pobre joven! Ven, siéntate para que te trate.
Tobías no le daba mucha importancia a sus heridas, pero el anciano insistió. Sacó una caja de madera con vendas, alcohol y una crema de árnica. Limpió las heridas, las vendó y aplicó la crema con cuidado.
—?Dónde estoy? Un letrero decía que estaba en Saval —preguntó Tobías.
—Hijo —respondió el anciano con tono paternal—, corres mucho peligro. Saval es un lugar muy peligroso para los humanos, especialmente con Jester suelto. Tranquilo, aquí estarás a salvo. Cuando amanezca, regresa por donde viniste y, sobre todo, no sueltes esa linterna.
Tobías miró la linterna con curiosidad. —?Qué tiene de especial?
—Esa linterna representa tu alma. Mientras brille, no podrán arrebatártela. Pero si pierdes la esperanza, su luz se apagará. No la sueltes nunca. Aquí no sabrás cuándo es de noche hasta que sea demasiado tarde, y entonces… bueno… —el anciano terminó de curar a Tobías y le arregló el cabello—. Debes tener hambre. Te traeré algo de comer.
El anciano se retiró a una de las habitaciones. Tobías se quedó solo, observando la sala polvorienta iluminada por velas. Había varias puertas que llevaban a pasillos largos y estrechos. La sensación de claustrofobia era palpable, pero al menos era más seguro que la carpa de Jester.
Mientras miraba alrededor, Tobías notó a una joven de estatura similar a la suya observándolo. Tenía el cabello casta?o y un atuendo verdoso y rojizo. Era semitransparente, como un fantasma, y su semblante transmitía tristeza. Tobías la saludó con la mano.
La joven se giró, pensando que saludaba a alguien más, pero no vio a nadie. Sorprendida, preguntó: —?Puedes verme?
Tobías asintió. La muchacha parecía desconcertada. —Un gusto, soy Tobías —se presentó el joven—. Finalmente, he podido decir mi nombre.
La joven sonrió levemente. —Puedes llamarme Nadia.
—?Nadia?
—Sí, no lo critiques —dijo con tono serio.
—?Y qué haces aquí?
—Es una larga historia —suspiro Nadia—. Una que no tengo ánimos de contar. Solo diré que morí por una decisión tonta y que, de alguna manera, reaparecí como un fantasma… o lo que sea que esté pasando conmigo. Aparecí cerca de esa linterna que tienes
Tobías se sintió intrigado. —Espera, ?eso significa que me has estado siguiendo?
—Pues sí —respondió Nadia con cierto aire de soberbia—. Creo que me debes las gracias por salvarte de ese payaso.
Tobías recordó la ráfaga de polvo que había cegado a Jester. Humildemente, le agradeció a Nadia por haberlo salvado.
En ese momento, el anciano regresó con un plato de pan dulce y una bebida. Al verlo, Nadia retrocedió, con una expresión de pena o vergüenza que Tobías no notó.
—Aquí tienes, hijo mío. Come y bebe un poco, te ayudará —dijo el anciano.
Tobías comió el pan y bebió el jugo, que sabía a arándanos. No era un banquete, pero después de todo lo que había pasado, estaba agradecido por tener algo que llevarse a la boca.
Sin embargo, un estruendo interrumpió la calma. Una risa sádica resonó en la distancia, poniendo los pelos de punta a todos.
—Ji, ji, ji. Espero que nadie esté dormido… El coco ha venido a llevarse sus almas.
El anciano palideció. Jester se acercaba. Sus días de escondite habían terminado. Rápidamente, se volvió hacia Tobías.
—Hijo, vete por ese pasillo. Te llevará a una salida secreta. Toma la linterna, sal y, bajo ninguna circunstancia, regreses aquí. Ve al pueblo. ?Entiendes? —Tobías asintió, nervioso—. Bien, ?qué esperas? ?Vete, corre!
—Pero, ?y usted? —preguntó Tobías.
—Estaré bien. ?Solo vete! ?Escapa!
Los pasos se acercaban, y la puerta comenzó a ser golpeada con fuerza. Tobías corrió por el pasillo se?alado, seguido por Nadia. Al final, no había salida aparente, pero Nadia voló entre las paredes y descubrió una brecha escondida detrás de una pintura.
—Tobías, quita el cuadro y entra —dijo.
El joven obedeció. Torpemente, retiró el cuadro y saltó al agujero, deslizándose por un tobogán resbaladizo. Gritó mientras caía, temiendo lastimarse.
Mientras tanto, la puerta de la caba?a fue derribada. Los prefornus entraron, riendo como siempre. Detrás de ellos, Jester apareció en la habitación. Solo estaba el anciano, rodeado por los entes.
—Ah, así que aquí te escondías —dijo Jester—. Te doy crédito. Nunca pensé que esta patética caba?a escondiera algo más. Un impresionante juego de escondidas. Lástima que terminó.
Jester se rió, pero la pasividad del anciano lo hizo callar.
—Oye, estoy jugando a las escondidas con un nuevo amigo. Dime dónde está, para que todos podamos ir por un té helado.
—Jester —dijo el anciano—, esto no tiene por qué ser así. Recuerda quién eres.
—?Error! Respuesta incorrecta —respondió el bufón—. Dime a dónde fue ese crío.
—No dejaré que le hagas da?o. él ya se ha ido.
Jester suspiró. Tomó el plato y lo miró con nostalgia.
—Sabes, Nodry, recuerdo cuando me alimentabas con este plato. Decías que me amabas… —su tono se volvió grave por un instante—. ?Quieres saber cuánto te amo?
—Por favor, sé que estás allí… —murmuró el anciano.
El bufón comenzó a reír.
—?Alguien puede decirme qué hora es? Exacto… Es la hora de divertirse.
Chasqueó los dedos, y todas las velas se apagaron. La oscuridad lo envolvió todo, y las risas de Jester resonaron cada vez más fuertes, mientras la estructura entera temblaba.
Tobías salió disparado de una cueva, cubierta por una cascada. Cayó de cara al suelo, tragando tierra. Al levantarse, escupió con asco.
—Linda forma de aterrizar —dijo Nadia con sarcasmo—. ?Estás bien?
—Solo un poco adolorido —respondió Tobías, notando que la linterna seguía intacta. Recordó al anciano y sintió un profundo remordimiento.
Se levantó y corrió de vuelta hacia el agujero, pero Nadia se interpuso.
—Detente —dijo, aunque Tobías la atravesó.
—No puedo dejar a ese anciano con ese bufón.
Pero el agujero ya se había derrumbado, impidiendo que Tobías regresara. Ambos sintieron el peso de lo que había ocurrido.
—No… —murmuró Tobías.
—Tobías, sé que quieres ayudarlo, pero si regresas, solo conseguirás que ese bufón te mate —dijo Nadia.
—Pero… lo abandoné.
—Sí, pero él se quedó para darte tiempo. Tranquilo, él sabe cómo escapar.
Tobías intentó calmarse. Aunque se odiaba a sí mismo por dejar al anciano a su suerte, poco hubiera hecho para salvarlo. Secándoselas lágrimas, se incorporó. Recordando que aquel anciano le pidió ir al pueblo, se dirigió fuera dela cueva. El sol ya estaba saliendo.
—Ojalá tengas razón… Oye, ?sabes como puedo llegar a un pueblo?
Nadia tenía la cara tapada. Al escuchar la pregunta, se volteo nerviosa. Parecía tener los ojos un poco aguados.
—Eh, claro que sí… Sigueme. Si mi memoria no me falla, debe ser por aquí.
Así ambos se fueron del lugar, procurando no desperdiciar el día que había llegado, porque en Saval, andar en la oscuridad es sentencia de muerte.

